domingo, 28 de octubre de 2012


Ramón Oviedo: En el discurso de las leyes*

Por Efraim Castillo

1. Introducción






 
Ramón Oviedo


QUIENES HEMOS SEGUIDO el discurso estético de Ramón Oviedo —sobre todo los que fuimos testigos de su gran encuentro con la historia del arte y, consecuentemente, con su definitiva incursión en la pintura, abrazándola y aferrándola como su tesoro más preciado—, sabemos que, aún hoy, a las puertas de cumplir los 89 años, este insigne Maestro de la actividad plasticográfica (Maestro con letras mayúsculas) era capaz de alcanzar lo que hoy ha logrado: no sólo una obra compuesta por miles de pinturas y dibujos sobre lienzos, cartón y papel de diferentes formatos, que residen en las más ilustres colecciones privadas y públicas de múltiples países, sino un conjunto de murales que pueblan y trascienden las fronteras de la República Dominicana, manteniéndose activo y siendo capaz de realizar una obra monumental de 195 por 116 pulgadas, como el mural Nacimiento de la Constitución, que hoy se inaugura en el sagrado recinto de la Cámara de Diputados de la República Dominicana.

He dicho y escrito en diferentes oportunidades, que el muralismo es la expresión fundamental de la estética y representa la única manera posible de que la historia de una nación, región e, inclusive, de una civilización, ya sea como discurso estético o como recuento de sus más sobresalientes eventos, trascienda más allá de los claustros y de las frías exhibiciones museográficas, porque la muralística alberga una franquicia, no sólo de repaso anecdótico, sino de un notable balance donde los sucesos que, como hitos, forjan el orgullo, la pasión y la epopeya de los pueblos, para que puedan ser leídos, tanto por los ilustrados como por los ciudadanos comunes. Si no, husmeemos como estudiosos lo que significaron las viejas civilizaciones y encontraremos en las cuevas prehistóricas, en los palacios, en las tumbas y los templos egipcios, en las ruinas de las ciudades griegas y romanas, así como en los altares mayas de Chichén Itzá y en los tabernáculos aztecas de Tlatelolco, la heredad de sus culturas a través de sus murales, realizados para narrarnos sus agonías y defectos, sus alegrías, momentos brillantes, sus faenas bélicas y de paz, el escudriñamientos de los misterios que los asombraron, así como, también, encontrar en esos productos culturales el maravilloso estadio en que el hombre, al fin, alcanzó y abrazó en Occidente la Fe a través de una religión donde el amor y el perdón estallaron como una fusión de esperanza y redención: la historia de un Jesús eternizado tras la caída del Imperio Romano y su posterior división.

Porque el mural, como un lenguaje estético altamente asimilable, se concentró en Bizancio como un libro abierto y, posteriormente, llegó a Roma para testimoniar el cristianismo que asienta y moraliza la base de nuestras leyes.

2. La escuela muralística en República Dominicana

SI ALGÚN ORGANISMO nacional se decidiera, algún día, a realizar un estudio sobre los murales que han sido realizados en nuestras ciudades y pueblos, determinando mediante esa investigación el estado en que se encuentran sus valores estéticos, las historias que narran y, sobre todo, cómo son recibidos por las comunidades en donde han sido producidos, ese estudio posiblemente arrojaría tres preguntas trascendentes:
 
a)   ¿En virtud de cuál estrategia cultural se realizaron?
b)   ¿Ha existido una disciplina muralística en el país?
c)    ¿Existe algún departamento u organismo oficial que los monitoree?



 


 Paul Giudicelli


El punto C reviste una importancia vital, porque el que lea una biografía sintetizada de Paul Giudicelli, uno de los artistas dominicanos que trabajó el mural (principalmente en mosaicos cerámicos), podrá observar que dejó plasmada una obra muralística en los palacios municipales de Luperón, Oviedo, Nagua, Sabana Grande de Boyá (donde realizó un tríptico), Sabana de la Mar, Higüey y, asómbrense, en una gallera de San Juan de la Maguana. A mí, personalmente, me gustaría saber cómo se encuentran esos murales. ¿Han sido curados? ¿Sabrán los ayuntamientos de esos municipios la enorme importancia que tienen? ¿Son visitados por los alumnos de las escuelas de esas provincias? Y mi preocupación se acrecienta, entonces,  porque hace algún tiempo la prensa del país se hizo eco del penoso estado en que se encontraban los murales al fresco pintados por Amable Sterling y José Ramírez (Condesito) en la parte frontal de uno de los edificios del Parque Mirador Sur, actualmente ocupado por el Centro de Información Ambiental y que, antes, albergó un destacamento policial.



 
 José Ramírez (Condesito)




 
 Jaime Colson

Tanto Sterling como Ramírez fueron alumnos destacados de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Santo Domingo y del Taller de Pintura Mural del Profesor Jaime Colson, junto a otros que, como Juan Medina, Roberto Flores y Norberto Santana, también han aportado producciones murales a la sociedad dominicana. Asimismo, recordarán el suceso que indignó al país sobre el tapiado que se practicó a un mural de Silvano Lora en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).



 
 Silvano Lora

Al respecto, no estaría demás apuntar que la destrucción de un mural no debe apoyarse en la calidad del mismo, ya que en su proyección se entiende que hubo una preselección con bocetos y maquetas y que un jurado calificador autorizó su aprobación. Lo trascendente, entonces, es curar el inventario de los murales existentes en el país para que sirvan de testigos estéticos a las generaciones futuras.

3. Pero, ¿qué es un mural?

Dentro de la lexicografía de la estética, la validación sígnica, la raíz y la derivación del vocablo mural tiene como origen el muro, ya sea éste como pared de caverna o estructura cultural (ladrillo, adobe, hormigón u otra argamasa), y el ser humano, cuando comprendió que era mortal, lo destinó para narrar su historia y, desde luego, jugar a la inmortalidad. Y eso aconteció desde el mismo momento en que el ser humano descubrió el ocio y los juegos, ese estreno a lo lúdico que Roger Caillois expone como un principio común de diversión, de turbulencia, de libre improvisación y de despreocupada plenitud, mediante la cual se manifiesta cierta fantasía desbocada (pero)… que, normalmente, desemboca en la conquista de una disciplina[1]. Y puedo afirmar aquí,  a viva voz que de ese principio nació el mural, la expresión de un lenguaje que se transformó —madurado por los siglos— en la escritura cuneiforme y en todas aquellas que han mantenido, arbitraria o condescendientemente, la historicidad, en tanto principio de acumulación de experiencias válidas para el ser humano. Así, el mural ha sido, más que una diversión lúdica de nuestros ancestros, una huella resistente, una señal luminosa que nos ha permitido rastrear lo que fueron y por lo que lucharon nuestros antepasados.

Por eso, dentro de una cantidad indeterminada de años —que podrían ser diez o veinte, o ciento cincuenta o, ¿por qué no?, mil o dos millos que lleguen hasta el Palacio del Congreso dominicano podrán haber olvidado ciertas actitudes hostiles que estuvieron presentes como lastres en su sociedad, pero al contemplar el mural Nacimiento de la Constitución, de Ramón Oviedo, se inclinarán hacia él y lo saludarán, no como una página, sino como un compendio de gratitud hacia una Cámara de Diputados que se atrevió a escribir una historia de amor, de comprensión y, más que nada, de reconocimiento a su pasado.

4. El mural Nacimiento de la Constitución de Ramón Oviedo
 

Benedetto Croce abrió los nuevos conceptos para una estética que yacía invernando desde Grecia —no obstante Chateaubriand, Novalis, Von Schlegel, Ludwig Tieck, John Ruskin, D’Annunzio y Paul Valéry—, enriqueciendo la teoría hegeliana del arte, que lo definía como una actividad específicamente humana, porque creaba sus propias leyes. Hegel limitó la estética a tres categorías de ascendente espiritualización: el arte simbólico, el arte clásico y el arte romántico[2]. Croce la idealizó como visión y expresión[3], elevando la intuición humana a la jerarquía de conocimiento y otorgándole el mismo valor que a la lógica, ya que toda verdadera intuición o representación es, al propio tiempo, expresión, (aduciendo que) lo que no se objetiva en una expresión no es intuición o representación, sino sensación y naturalidad[4].

Sin embargo, Umberto Eco, en Obra abierta, expone que la teoría de Croce no resistió los planteamientos abordados durante el discurso del Siglo XX, de que las estéticas tradicionales resultaban insuficientes para comprender las nuevas expresiones y exigencias que el arte presentaba[5]. Y opone Eco a la teoría de visión y expresión, de Croce, la de la normatividad de Luigi Pareyson[6], (que la enriquece)[7], y donde el término forma significa organismo, formación del carácter físico que vive una vida autónoma, armónicamente calibrada y regida por leyes propias; y a un concepto de expresión afronta el de producción y acción formante[8]. Esto lo escribo y lo digo para enfrentar, con una teoría válida y fuertemente comprobada, que por encima de las academias está esa intuición planteada por Croce y esa normatividad aportada por Pareyson. Si fundimos ambas teorías podemos comprobar que el artista plástico, ese creador innegable de productos estéticos, rige su oficio desde la unitotalidad de sus instintos y, por ende, gobierna su talento en beneficio de sus actividades cotidianas. Es decir, existen artistas que organizan sus producciones siguiendo su instinto, como es el caso del Maestro (con m mayúscula) Ramón Oviedo, que por invitación de la Honorable Cámara de Diputados y como parte de su Programa de Apoyo a las Artes y las Letras, ha realizado el maravilloso mural Nacimiento de la Constitución, que se une a su producción muralística repartida alrededor del mundo y que, para los que la conocemos, debemos reconocer que estamos en presencia de una de sus creaciones más importantes, ya que interpretar la Constitución de la manera que lo ha hecho, requería de una traducción desde lo abstracto, es decir, demandaba de una hermenéutica, de una interpretación donde lo textual se convirtiera en pura iconografía, de la misma manera en que Julia Kristeva, apoyándose en el crítico literario ruso Mijail Bajtin, explica el fenómeno de la absorción y la transformación desde un texto a otro texto[9]. Así, Ramón Oviedo, partiendo desde los cimientos mismos de la nacionalidad dominicana, ha enrolado en Nacimiento de la Constitución el tránsito esplendoroso del verbo legislar.

En sus 22 mil seiscientas pulgadas cuadradas, Nacimiento de la Constitución es un mural destinado a una lectura profunda. Por él desfilan los esplendorosos momentos en que el ser humano emprende la búsqueda de respuestas para calmar sus instintos y normar la convivencia en aquella Ciudad-Estado que vulneró para siempre la fuga del nomadismo; por él desfilan los reclamos de amparo de parte de los ciudadanos comunes; por entre sus líneas y colores, Oviedo ha desarrollado, para permanecer en constante evolución dentro del lenguaje figurativo, brotan esplendorosamente los signos que enmarcan los preceptos legislativos. En Nacimiento de la Constitución se entrelazan los sueños y las utopías de una historia donde el Ser dominicano auspició y sintetizó las normas, los derechos y obligaciones que convergieron en la realidad de San Cristóbal, un 6 de noviembre del año 1844. Y todo en clave figurativa, alejada de la escuela muralística mexicana que auspició José de Vasconcelos en los años veinte, pero también alejada un tanto del concepto eurocentrista repartidor de ismos. Nacimiento de la Constitución expande su narrativa hacia los símbolos que han poblado la totalidad de la producción de Oviedo y se incorpora a esa identidad que ya ha creado escuela en el país: una identidad que se vuelve roja, azul, verde, pero cimentada en un correlato donde la intuición y la normatividad absorben y transforman la materia de lo narrado. La Constitución, para Oviedo, deja de ser un papel, una idea abstracta y se metamorfosea en luz, en enseñanza, en color y, sobre todo, en un guardián donde las leyes se objetivan en lo universal.       

El mural Nacimiento de la Constitución está destinado a convertirse en una lectura obligada para los legisladores, para los funcionarios públicos, para los estudiantes y para aquellos dominicanos y que aspiren a entender la carta magna del país como una extraordinaria respuesta de qué hemos sido y qué deseamos ser. Y es que en la muralística de Ramón Oviedo, siempre el punctum, ese foco fundamental hacia donde se dirige la primera mirada a la obra de arte, se encuentra en la convergencia donde la historia adquiere su magnificencia. De ahí, a que en Nacimiento de la Constitución, una casita humilde de San Cristóbal divide en dos la obra: a la izquierda está el pasado, la búsqueda, la simbiosis de todas las historias para confluir en la epopeya del 27 de Febrero, donde nueve meses después (un 6 de noviembre) un grupo de heroicos ciudadanos se atrevió a inscribir la Patria entre los Estados organizados por normas supremas, abriéndola hacia un futuro que estamos compartiendo como Estado soberano.
 
* Presentación del mural Nacimiento de la Constitución en la Cámara de Diputados, el 14 de noviembre del año 2007.

 

 

 



[1] CAILLOIS, Roger: Los juegos y los hombres, FCE, México, 1986.   
 
[2] HEGEL, J. G. F.: Estética, traducción de Ch. Bénard, 2a ed., Madrid, Daniel Jorro, 1908, t. I.
[3] CROCE, Benedetto: Estética como ciencia de la expresión y lingüística general. Gredos, Madrid, 1926, p. 53.
[4] Op. Cit.
[5] ECO, Umberto: La definición del arte. Editorial Martínez Roca S.A., Barcelona 1970.
[6] PAREYSON, Luigi: Conversaciones de Estética. (Capítulo La contemplación de la forma). Visor. Madrid. 1987.
[7] Expresión mía.
[8] ECO, Umberto. Op. Cit.
[9] KRISTEVA, Julia: El texto de la Novela. Editorial Lumen. 1981.

jueves, 18 de octubre de 2012


Vértices del tiempo: El regreso de Gerardino a las artes plásticas

Por Efraim Castillo

CUANDO EN 1968 advertí a Luis Miguel Gerardino que debía dedicarse a la pintura en los momentos libres que le permitía la publicidad —la actividad de la que vivía—, me respondió “que sí, que lo haría”. Pero no lo hizo esa vez ni las tantas otras veces que volví a repetirle lo mismo, en atención al inmenso talento con que manejaba los colores y las líneas.
Luis Miguel Gerardino

Para entonces, Gerardino contaba con alrededor de veinticinco años, y cuando en las décadas siguientes le indicaba que su verdadera vocación se encontraba en un juicioso encuentro con su auténtico mundo interior, ese universo que se emboca hacia la profundidad de los lenguajes estéticos, sonreía diciéndome que “se dedicaría a la pintura cuando se retirara de la publicidad”.

Recuerdo que cuando había sobrepasado los cuarenta, le hablé de la decisión que había tomado Ramón Oviedo —al finalizar el decenio de los 70’s— de colgar las herramientas de la dirección artística de la Publicitaria Fénix para dedicarse por completo a la plástica, y me respondió que “prefería compartir ambas actividades”.

Motoconcho 1 
 
Gerardino consideraba entonces que el diseño publicitario, de alguna manera, estaba conectado a la otra estética, a esa que define la esencia del arte y sus valores intrínsecos. Desde luego, para él resultaba difícil apartarse de la publicidad para embarcarse en un camino por el que tenía que comenzar a ascender, máxime que para comienzos de los 80’s, Gerardino era considerado el más completo dibujante publicitario del país y eso le hacía meditar como algo ilógico el aventurarse en una actividad que reunía artistas del calibre de Guillo Pérez, Domingo Liz, Ramón Oviedo, Cándido Bidó y Papo Peña-Defilló, entre otros, cuyos posicionamientos en la plástica se dirigían hacia la maestría.
 Juana Saltitopa "La Coronela". Retrato al óleo de Luis Miguel Gerardino Goico que se exhibe en el Museo Nacional de Historia y Geografía
 
Desde luego, aunque se había embarcado por completo en el mundo utilitario del dibujo publicitario —fundando su propia agencia a mitad de los 70’s—, Gerardino nunca se apartó totalmente de la pintura y, de cuando en vez, ejecutaba trabajos pictóricos que vendía a muy buenos precios, debido sobre todo a la excelencia de sus realizaciones, por lo que aseguró, al menos, un pequeño eco en el mercado nacional. De las producciones que vendió en aquel tiempo sobresalen sus realizaciones La última cena, su famoso Retrato de Duarte y otras obras, las cuales se encuentran en colecciones privadas del país y del exterior. Y, posiblemente, fue esa actividad practicada a deshoras lo que le permitió mantenerse en contacto con la plástica y conservar la perspectiva de que podría, en el futuro, dedicarse por completo a la pintura.

Hoy —acercándose a los setenta años, un ciclo biológico que no acepta aplazamientos—, Gerardino ha decidido incorporarse plenamente a la actividad pictórica, desempolvando el viejo caballete y armándose hasta los dientes de tubos de óleo y acrílica, para llevar hasta la Galería de Arte Nader una colección de veinticuatro obras de diferentes formatos, en donde su pasión por el tema social prevalece a través de una producción expresionista-figurativa, pero trabajada con un perfil que rememora los reputados afiches que realizó en sus tiempos de grafista publicitario, y otorgando protagonismo a la impronta de espontaneidad que lo destacó como ilustrador.

 
 Yola del Destino 1
 
Algunos críticos se preguntarán que por qué Gerardino ha preferido trabajar temas sociales como el motoconcho, los viajes ilegales a través del mar y la vida nocturna de nuestras ciudades, ya recreados por artistas como Freddy Javier y Ramón Oviedo, cuando muchas de las obras que realizó, mientras trabajaba como dibujante publicitario, se centraron en magníficos retratos y escenas heroicas de nuestra historia (como su su Regreso de Duarte, Retrato de Caamaño y La batalla de Santomé). Sin embargo, podría afirmar que a este productor mimético lo que verdaderamente le interesó en sus realizaciones fue plasmar una singular cosmovisión sobre los ángulos y superficies en que transcurre la existencia de los dominicanos, atrapados en un sinfín de angustias y tribulaciones, temas que lo emparentaron —en la arquitectura de la obra— a una manufactura aproximada a Bacon, distanciándose de éste —claro está— en la desgarradora organización con que el artista anglo-irlandés proyectó una estética de profunda vinculación con Munch y con ese Goya explorador de los bordes. En la obra de Gerardino se mueven prostitutas, ángeles, buscavidas y soñadores, alrededor de los tormentos rememorados en las supresiones del día, de la misma manera en que transcurre la vida en el universo de Bacon, aunque separadas ambas estéticas por la metafísica del dolor. Mientras en Gerardino se comprime el tiempo en un ir y venir elíptico, en Bacon se tuestan las ambigüedades de una sociedad que condena al ser humano a convertirse en lo que el propio artista llamó meat, es decir, carne.

 
 Ángeles de la noche

 En este retorno, en esta vuelta de Luis Miguel Gerardino a lo que debió ser un trazado de su propia vida, a una ruta protagonizada por su talento, se abre un signo de alegría en el mundo estético de República Dominicana, donde los  lenguajes pictóricos se encuentran en un amplio y sombrío callejón sin salida, debido —sobre todo— a que la búsqueda de la creación se ha estancado en la imitación y no en esa sentencia de Benedetto Croce de que toda creación artística es una unidad intuitiva de la forma y del contenido, pero estrechamente relacionada con la historia[1].
Si se otea hacia atrás la trayectoria de la plástica dominicana, podrá observarse que las producciones cumbres han descansado sobre episodios protagónicos de nuestra historia o, como en la mayoría de las premiaciones, en sucesos que pertenecen a correlatos sociológicos. La misma cronología histórica del arte se aposenta en reproducciones de la vida misma, sobresaltada en las primeras civilizaciones por la mitología y las religiones mágicas y, luego, apoyadas por las directrices ideológicas de los imperios.
En estas veinticuatro pinturas de Luis Miguel Gerardino sobresale, como en toda realización expresionista-figurativa, la intención de provocar una reacción apasionada del espectador o lector frente a la obra, nunca permitir la indiferencia. Porque, ¿cuál es el proyecto fundamental del arte, sino inyectar en la piel social un arrebato, una herida sangrante en la masmédula de Girondo… o un goce subconsciente en la profundidad del sueño?

Los viajeros, las prostitutas, los niños, los ángeles y visionarios sociales de Luis Miguel Gerardino, como en aquel expresionismo arremolinado en el movimiento El puente (Die Brücke) de 1905, donde descollaron Ernst Ludwig y Erich Heckel, avisarán sobre los discursos tardíos, sobre las miserias existenciales y las voluptuosidades de las corruptelas, no sólo a los asistentes de la muestra Vértices del tiempo, sino también a los que han tratado de evadir un lenguaje que, como el expresionista-figurativo, ha permanecido y evolucionado a través de realizadores como Brueghel, Goya, Daumier, Cézanne, Gauguin, Van Gogh, Munch, Modigliani y otros, y que ha irrigado de fecundas esencias —con su impronta— a otros lenguajes estéticos.

Al fin, Luis Miguel Gerardino se lanza a la arena hostil, gozosa y esplendente de la plástica, con una colección que, como Vértices del tiempo, habrá de repercutir en esos ámbitos sagrados donde duele la presencia del verdadero arte.

Verano, 2010.

 

 

 

 



[1] CROCE, Benedetto: Breviario de Estética, editado en la Colección Austral, primera
edición 10-VIII-1938.

lunes, 8 de octubre de 2012


Aquella vez que descubrí Constanza

Por Efraim Castillo.
 
 





Cuando a finales de enero del 1964 el entonces coronel de la policía Morillo López me puso en libertad —tras cerca de tres meses en prisión—, advirtiéndome que debería portarme bien; es decir, que no siguiera buscándome problemas de militancia revolucionaria, arribé a la conclusión de que un corto descanso alejado de las actividades políticas me vendría bien y convencí a mi compañera de entonces que viajáramos a Constanza a comienzos de febrero.

Desde el mismo momento que llegamos a la terminal de La Javilla, en la avenida San Martín de Santo Domingo, y abordamos el carro Austin (importado y promocionado por obra y gracia del triunviro Donald Read Cabral), sabía que aquel viaje no sería igual a otros que había realizado a distintos puntos del país.
 


Recuerdo que algo muy intenso se apoderó de mí tan pronto nos alejamos de Abanico y comenzamos a ascender la loma Casabito. En aquel 1964, la carretera —inaugurada el 16 de agosto de 1955— aún presentaba el aspecto de vía construida a lomo de mulo y aprovechando las condiciones naturales del terreno. El asfalto que la cubría descansaba en un sólido lecho de cascajo y muy pocos baches vulneraban su superficie. En el ascenso, escuché viejas historias que hablaban de la Ermita de Nuestra Señora de la Altagracia, situada en el pico de Casabito.

Antes de llegar a Constanza franqueamos los poblados Las Palmas, Arroyo Frío, Los Ríos y, al llegar a Tireo, escuché el sonido de los aserraderos, cuyos sinfines convertían en madera los troncos de pinos, ébanos, caobos y sabinas que cubrían las montañas de la cordillera.

Cuando el Austin ascendió al punto alto que abandona Tireo, la imagen de Constanza entró por mis ojos como un chorro de placidez y esa imagen nunca ha salido de mí, recordándome unn hermoso valle cubierto de hortalizas y pinos circundándolo. Sí, desde aquel instante, supe que esa visión me acompañaría por siempre.  

Al preguntarle al conductor sobre el mejor alojamiento, éste no me señaló el hotel Nueva Suiza, cuya silueta se recortaba al sur del pueblo, sino que nos trasportó al Brisas del Valle, un hotelito propiedad de Doña Cunda Collado. En aquel febrero del 1964 el clima de Constanza era mucho más frío que ahora, y en todo el valle podía olfatearse el penetrante aroma de los pinos y las hortalizas recién cosechadas. Mi compañera, hija de españoles, me confesó aquella noche que Constanza le recordaba las viejas historias narradas por su padre, cuando siendo un mozalbete en las montañas de Galicia, su madre le pedía que fuera al bosque en procura de leña.
 




 

 
 “Este es un pueblo hermoso, Efraim”, me confesó esa noche, luego de la cena servida por
Doña Cunda.

Pero la sorpresa mayor aconteció al día siguiente, cuando sentados en el parque, observamos a la gente dirigirse a sus faenas a pie o sobre tractores y camionetas. Entre los transeúntes contemplamos rasgos asiáticos y al preguntarle a un limpiabotas por aquellas personas, nos respondió que “eran algunos japoneses que Trujillo había asentado en Constanza”.

La tarde de aquel día nos enteramos que Constanza, además de la colonia japonesa, que ocupaba la zona sur del pueblo y justo a la salida hacia San José de Ocoa, también albergaba una colonia española, asentada en el noreste de la comarca. Esa misma tarde visitamos ambas colonias y observamos que la mayoría de las casitas lucían bien pintadas y con flores sembradas en sus frentes, como el resto de las viviendas de la ciudad.

Los días siguientes conocí junto a mi compañera varios parajes de Constanza: subimos a las lomas  El Gajo y Culo de Maco y nos trasladamos a El Convento —cuando este mini-valle lucía pleno de vegetación y misterio—; asimismo subimos a Valle Nuevo y La Nevera en un viejo Jeep, propiedad de un primo de Doña Cunda, visitando el salto de Aguas Blancas. Pero lo más importante que nos ocurrió fue conocer personas y hacer amistades.
 




 

 
Conocimos a dos muchachas que respondían al nombre de Nelly: una tenía el apellido Abud y la otra Soto, y a través de ellas nos hicimos amigos de un joven matrimonio híbrido formado por el constancero Miguel Ángel Matías y la japonesa Yoko Takata, una jovencita que ya estaba embarazada. Miguel Ángel resultó ser hermano de Daniel Matías, al que había conocido en la Agrupación Política 14 de Junio.
También hicimos amistad con varios jóvenes que militaban en movimientos revolucionarios, como Bolívar Soriano y otros, los que me invitaron a dar charlas en un viejo club de madera situado al lado de una sala de cine, frente al parquecito central.

 
Desde luego, aquellas charlas produjeron mi expulsión del pueblo, la cual me fue comunicada por el jefe de la fortaleza —un coronel cuyo nombre prefiero no recordar— a través de uno de los jóvenes recién conocidos. Demás está decir, que la tristeza me invadió cuando tuve, junto a mi compañera, que abandonar Constanza.

Pero este pueblo nunca abandonó mis recuerdos. Los recuerdos amados se introducen en nosotros como garfios, como lanzas que taladran los músculos y los nervios, y dejan huellas ardorosas que nunca cesan. Por eso, cada vez que esas memorias acudían a mí buscaba la forma de volver a Constanza, hasta que, al fin, cuando la situación económica me lo permitió, comencé a comprar algunos metros de tierra... pensando siempre en el retiro.

Recuerdo que en uno de aquellos viajes llevé conmigo a mi hijo Efry, que entonces contaba con siete años de edad, y nos hospedamos en el hotel Nueva Suiza. La primera mañana que Efry salió a la terraza del hotel y contempló el valle de Constanza, me dijo exactamente lo mismo que yo había pensado cuando arribé por primera vez a este asombroso lugar:

“Papi”, me dijo Efry, “Constanza es un paraíso”.

Sí, Constanza, el valle agrícola intramontano más alto del Caribe —desde luego, después de Valle Nuevo—, es todo un paraíso y como tal hay que mantenerlo. Por eso, mi percepción, la de mi hijo Efry y la de todos los que lo divisan por vez primera, no se aleja de la del colono Victoriano Velano, en 1750, ni de la del licenciado Antonio Sánchez Valverde, cerca del 1785; ni tampoco de la del cónsul británico sir Robert Hermann Schomburgk, cuando lo visitó en 1851, ni de la del geólogo norteamericano William Gabb, quien lo visitó en 1871; ni la del Barón alemán Eggers, en 1887, que asombrados, propagaron a los cuatro vientos la belleza de su geografía; ni mucho menos, la de Antonio Abud y Ñañín Quezada, que llegaron, vieron y se quedaron para siempre; así como la de todos aquellos —como yo—que tras haberla conocido, añoran siempre volver para deleitarse con su clima y su gente.

Es por todo esto que creo, profunda y sinceramente, que la campaña preparada por el Comité Municipal de Constanza, para robustecer los vínculos de amistad entre los visitantes a esta ciudad y sus habitantes, así como para fortalecer el amor hacia todo lo que representan sus bosques, ríos y medioambiente, es una muestra —pequeña pero altamente efusiva— de lo vital que sería para el futuro de este paraiso nacional valorar la importancia que revisten estos principios.

Si las mujeres y hombres de Constanza justiprecian el orgullo de ser los habitantes de un territorio colmado de esplendentes historias de trabajo, valor, de una simbiosis cultural única en Latinoamérica y, ante todo, de un clima y belleza que nada tienen que envidiar a los mejores del mundo, entonces el porvenir de este valle estará asegurado, porque nadie, absolutamente nadie que no sea Dios, podría impedir que el progreso físico y espiritual cubra el horizonte de este prodigioso enclave.

      

 


 

martes, 25 de septiembre de 2012


Paraíso relativo

Por Efraim Castillo
 

EL HOMBRE ABRIÓ los ojos y se vio fuertemente atado desde el cuello hasta los pies. Volvió a cerrar los ojos y, tras unos segundos, los abrió nuevamente. ¡Nada, seguía amarrado, atado con una fuerte soga desde el cuello hasta los pies! Entonces miró a su alrededor y se percató de que se encontraba en una habitación blanca, pero no de un blanco corriente, sino de un blanco sorprendente, brillante, sin manchas; de un blanco liso, llano; de un blanco total, al igual que el color del piso donde se encontraba tirado. Asimismo, advirtió que la habitación era cuadrada y con tan sólo una puerta de gruesa madera, también pintada de blanco, aunque más brillante que el de las paredes y piso. Después de percatarse de las dimensiones de la habitación en donde se hallaba, levantó lentamente la cabeza y descubrió una ventana situada en una de las paredes laterales del cuarto, la cual estaba abierta, y divisó a través de ella algunas nubes.
 
 

            Para qué negarlo, el hombre, ya sobresaltado, aumentó su perturbación cuando la
puerta se abrió de golpe y penetraron por ella cientos, posiblemente miles de ratas blancas, las cuales se confundían con el color de las paredes, del piso y de las nubes que se movían a través de la ventana. Desconcertado, vio a las ratas acercarse a sus pies y comenzar a mordisquearlos. Pero para sorpresa suya, el hombre no sintió dolor alguno por los mordiscos, aunque sí veía las huellas sangrantes de las mordeduras y la avidez conque las ratas saboreaban las carnes de sus dedos.

Tras dejar sólo los huesos de sus pies, el hombre observó a los roedores engullir sus pantorrillas y, sorprendiéndose más aún, notó que estaba completamente desnudo, algo en lo cual no había reparado por el espeso atado de la soga.

— ¿Dónde estoy? —se preguntó, ya que hacía muy poco caminaba, cansado, por el parquecito central del pueblo con los huérfanos del orfelinato que dirigía, pidiéndole a los muchachos que recogieran flores para el altar de la Virgencita. Su vida había transcurrido así, justo hasta ese momento: tranquila, ordenada, dedicada con el entusiasmo de la santidad a servir a todos, tal y como ordenaban las sagradas escrituras, además de realizar verdaderas obras de bien social. Por esto le resultaba difícil comprender la situación por la que atravesaba en esa habitación insólita, donde era devorado por cientos o posiblemente miles de ratas blancas.

¿Sería verdad esto que le sucedía? Razonó que podría ser una pesadilla y, como para comprobarlo, cerró los ojos y escupió hacia arriba. Pero, ¡oh, qué pena!, la saliva le cayó sobre el pecho y algunas de las gotas cayeron sobre su rostro.

­—¡No, no es un sueño! ­—se dijo—. ¡Es verdad! ¡Esto que me pasa está sucediendo realmente!­ 

Entonces miró hacia la ventana. Detuvo sus ojos en ventana y observó las nubes, descubriendo cuando el viento se las llevó a dos grandes águilas de dorado plumaje que volaban hacia ella, portando algo entre sus garras. Y se sorprendió mas porque las águilas no eran tales, sino dos niños alados que portaban arpas.

—¿Serán ángeles acaso? —se preguntó, respondiéndose a seguidas—: ¡Sí, son dos ángeles, dos serafines portando laúdes! Y tienen un enorme parecido a los mellizos Gutiérrez, aquellos huerfanitos que encontré moribundos frente a la puerta principal del orfelinato y que más tarde fallecieron, tras vanos intentos por salvarles.

Cerrando los ojos, el hombre sintió, más allá de la extraña situación por la que atravesaba, una angustia infinita en su corazón.

—¡Ah, Señor, cuánta pena sentí! Pero sabía que los mellizos Gutiérrez eran dos serafines de Señor, y Él sabe cómo me dolieron sus muertes, sobre todo cuando supe que eran hijos de Rafaela, la viuda de Enrique Gutiérrez, el jardinero. 

El hombre, con las ratas metidas entre la soga y devorándole los muslos, esbozó hacia los querubines una débil sonrisa, preguntándose luego si no sería mejor elevar la mirada hacia la ventana y tratar de olvidar lo que le ocurría. Acto seguido, observó a los serafines tocando las arpas y, tras realizar una pequeña deducción, supuso que podría encontrarse en alguna de las habitaciones del infierno y de que aquellos niños tan parecidos a los mellizos Gutiérrez, ahora convertidos en serafines, habían sido enviados por el Señor para recordarle algún pecado:

— ¡Pero eso es imposible! —se gritó a sí mismo—. ¡Yo he llevado una vida ejemplar, Señor, bien lo sabes! ¿Acaso no me ceñí al sacerdocio desde la más temprana edad, dedicándote todas mis actuaciones y sacrificios?

El hombre, entonces, pasó revista a muchas de las acciones importantes de su vida y se contempló, en algunas de ellas, quitándose el pan de la boca para repartirlo entre las personas más hambrientas del pueblo y, casi a punto de repasar otros momentos de su santa existencia, tuvo que interrumpir sus pensamientos cuando contempló a las ratas devorándole los testículos. Atolondrado, observó los huesos de sus rótulas y fémures tan blancos como el color de la insólita habitación donde se encontraba tirado y, por primera vez desde que comenzó aquella tortura, sintió deseos de llorar.

            —¿Cómo, Señor Dios, he podido merecerme un castigo así? —Y mientras lloraba, oyó la música salida de las arpas—. ¡Ah, qué música tan parecida a la de ese Corelli brotando desde las voces de los niños del orfelinato! Recuerda, Señor, cuando me flagelaba por sólo pensar en lo magnífico que hubiese sido castrarlos para mantener incólumes aquellos registros vocales tan gloriosos. Pero, Señor, ¿no habrá una equivocación en todo este amargo montaje infernal? ¿No habrá, Dios mío, algún extravío,  alguna equivocación en mi envío a este lugar infame?

El hombre, con las lágrimas desbordando la parte baja de sus pómulos, recordó cuando se encaramaba sobre el púlpito y arengaba a los niños, advirtiéndoles lo terrible que era el infierno, y casi podía oír, remontándose en la oleada vital del tiempo, a los crujientes gritos que emitía:

—¡El infierno está ahí para los pecadores… para los niños que atraviesen la puerta prohibida del pecado! ¡Cada cual tendrá el infierno que merece!

Y, entonces, el hombre atrapó en su memoria la frase con la que cerraba sus sermones:

—¡Arrepiéntanse ahora o nunca, porque el Señor aguarda en su venganza!

Al recordar aquella zona de sus prédicas, el hombre trasladó su memoria a los rostros asustados y angustiados de los niños, los que representaban para él la más amada de las recompensas. Recordó, asimismo, que tras quitarse la ropa de cada celebración, se sentaba a deleitarse de su hazaña:

—¡Verdaderamente… los asusté! —se decía, y apuraba a seguidas algunas copas de vino.

Por eso, reiterándoselo a sí mismo; expresándolo en la más alta de las voces y usando para pensar todas las zonas posibles de su cerebro, el hombre se repetía que él no se merecía este infierno por el que atravesaba, porque —y eso era lo que deseaba insinuar—, ¿no había acumulado, acaso, el suficiente porcentaje de buenas acciones para merecerse el cielo, ese cielo que le prometieron cuando, desde niño, hacía todo lo que le ordenaban con el propósito de ganárselo? ¿Merecía él este infierno, esta pesadilla de ser devorado horriblemente por cientos, miles de ratas blancas? De ahí, que tras realizar ese rápido razonamiento, comenzó a gritar a todo pulmón que no, que él no se merecía lo que le estaba aconteciendo. Y presionaba su cerebro para rumiar que aquello que le ocurría era una terrible equivocación en los archivos celestiales. Y al gritar, deseaba ser escuchado por alguien antes de que las ratas comenzaran a devorarle el resto del cuerpo.

El hombre sabía, por el escupitajo lanzado momentos antes hacia arriba, que no vivía una pesadilla: estaba convencido de que todo acontecía realmente, no obstante la ausencia de dolor en las mordeduras, cuyos efectos sensitivos eran superados ampliamente por la tremenda visión de saberse desgarrado por las mordeduras de las ratas blancas. Sí, sabía que lo que vivía era una duplicación del más horrible pasaje dantesco.

¡Y pensar que a este hombre lo juzgaban como a un santo! Las mismas monjas del convento al que asistía todas las mañanas para decir misa, a menudo sacaban a relucir lo bueno que era, nombrándolo a coro en sus oraciones diarias:

—¡Te pedimos, Señor, que nos superemos para llegar a ser iguales, o muy parecidas, al padre Eustaquio!

Inclusive, mucha gente del pueblo desfiló por el orfelinato cuando se supo la noticia de que el cura se debatía entre la vida y la muerte. Sin hacerse esperar, las oraciones inundaron todos los rincones del pueblo y sólo variaban de acuerdo al desarrollo intelectual de las personas que las emitían. Aunque, desde luego,  algunos adinerados —como el caso del señor alcalde, a quien el padre Eustaquio aconsejaba para que no hiciera fraude en las elecciones municipales, o del jefe de la policía municipal, quien había desvirgado impunemente a varias quinceañeras, y al que había perdonado tras la confesión, imponiéndole el rezo e varios rosarios a la Virgen— dejaban escapar pequeñas frases:

—¡Eustaquio es un imbécil, Señor, pero se ha ganado el cielo!

             —¡El muerto, por más santo que haya sido... al hoyo!

Y otros, algo instruidos, se atrevían a decir:

—¡Llévatelo, Señor Dios, porque esos tipos están mejor allá que aquí!

Sin embargo, algunos de los viejos comunistas que aún permanecían fieles a la memoria del Partido Socialista Campesino —desaparecido tras dejar de percibir las subvenciones que el Partido Comunista de la Unión Soviética y el gobierno cubano les enviaban—, dejaban entrever su enorme satisfacción por la gravedad del cura,  exclamando:

—¡Por tipos como el padre Eustaquio se cayó el Muro de Berlín! ¡Que se joda!

—¡Ese santón no es más que un maldito pedófilo!

Pero la gente humilde y la de escasa formación intelectual, lloraba y oraba con verdadero ardor religioso por el cura fallecido:

—¡Oh, Señor, no permitas que el padre Eustaquio nos abandone! Porque, Señor, ¿qué será del orfelinato sin él? ¡Cúralo, Señor, sánalo para que continúe su obra de bien! Pero Señor, si te lo vas a llevar definitivamente, que la Gloria sea su recompensa eterna, amén!

En su lecho de muerte, el hombre rememoró las grandes acciones de bien para con la comunidad que había realizado y aceptó con tranquilidad su partida.    Y ahora, en la habitación blanca donde se encontraba atado y comido por ratas blancas, venían a su mente las palabras de gratitud pronunciadas por la gente humilde del pueblo, las cuales fueron los últimos sonidos que escuchó antes de morir:

—Al padre Eustaquio le esperan el sosiego y la felicidad eternos, absolutos, del Paraíso.

Pero de vuelta a la realidad, el hombre acrecentó su horror al observar a las ratas devorándole el vientre y reparó, entre las desordenadas partes engullidas de su cuerpo, la desaparición de sus testículos y su falo.

—¡Qué poco uso le di a ese instrumento reproductor, Señor! —expresó al ver los huesos ensangrentados de su pelvis—. Bien sabes Tú, que sólo lo utilicé para orinar, y que cuando sentía aquellas erecciones juveniles por las tentaciones que Satanás introducía en mí al observar las nalguitas de los niños en las madrugadas tibias, me infería duras autoflagelaciones, imitando a San Ignacio de Loyola.

LAS RATAS CONSUMÍAN ahora toda la parte baja del estómago del hombre, despedazando y comiendo los intestinos delgado y grueso, para después atacar los riñones y el estómago. El hombre notó que el ritmo de las mordeduras seguía al de la música emanada de las arpas de los serafines.

—Todo está meticulosamente calculado —pensó—. Al parecer, todo obedece a un riguroso plan trazado por alguien.        

Al pensar esto, el hombre cerró los ojos y se vio caminando con los niños por el bosque, bordeando caminos llenos de flores y subiéndose por momentos a los árboles a tumbar mangos, cajuiles y caimitos; se vio reprimiendo las risas espontáneas de los muchachos para poder escuchar el sonido del viento entre los pinos; se vio llamando la atención a dos varoncitos que jugaban al amor; se vio bañándose con la sotana puesta en algún arroyo lleno de sapos y protegiendo con su cuerpo de alguna lluvia indiscreta a los niños. Con los ojos cerrados, el hombre pensó que, aunque sospechaba encontrarse en el infierno, su martirio terminaría pronto cuando los ratones le devorasen el corazón y los pulmones.

—Todo terminará entonces —se dijo—. Luego vendrá el silencio, la muerte eterna y, tal vez, hasta pueda ver a Jesús con sus heridas de manos y pies cicatrizadas.

Así, el hombre abrió los ojos y miró hacia la ventana con la remota esperanza de que la visión de los serafines llevase hasta él alguna ligera noción de ese pasado esplendente. Pero, ¡oh!, ¿qué veía ahora el padre Eustaquio? ¿Sería un ángel lo que sus ojos habían descubierto allí, justo en el mismo centro del espacio abierto entre las nubes y los querubines? ¡Sí, aquella figura agresiva, potente, hermosa como el más agraciado de los hombres y tan atractiva como la más pura de las beldades, debía con toda seguridad de ser un ángel! ¡Y llevaba en su mano derecha una poderosa espada de dos filos que haría envidiar la Excalibur del Rey Arturo, o la Tizona del Cid, por lo que dedujo que debería ser un ángel guerrero! El hombre, tras esta deducción, concedió la razón a todos los pintores del bajo y alto Renacimiento por sus interpretaciones de los ángeles.

 


 


—¿Cómo habrán podido imaginar que los ángeles eran tal y como este que revolotea frente a la ventana, con alas de plumas de fuego y el cabello tan dorado como ese trigo que madura bajo el abrasador sol del verano? Entonces, tras la pregunta, sonrió a la aparición, y tratando de que aquella sonrisa suya, que era casi una mueca por saberse engullido por las ratas, se constituyera en algo así como una tabla de salvación o una salida momentánea a la horrible situación por la que atravesaba.

Pero, ¡oh, Dios!, cuando levantó la cabeza y abrió desmesuradamente los ojos para acompañar la sonrisa, notó que el ángel había desaparecido, permaneciendo en el espacio de la ventana sólo los querubines tocando sus arpas. El hombre, abatido y descorazonado, bajó tristemente la mirada, descubriendo que las ratas llenaban, engullían y desbordaban todo su estómago y vio su hígado, páncreas, bazo y demás vísceras, ser comidos por los roedores como si sus órganos constituyeran el más suculento de los manjares.

—¡Si tan sólo sintiese dolor, si tan sólo padeciese un poco del maravilloso dolor soportado por mi buen Jesús cuando cargaba la cruz y fue taladrado de pies y manos por afilados clavos! —expresó con fatigosa voz.

Pero nada, nada, nada sentía al ser engullido. Entonces gritó, tratando de buscar con su alarido alguna pista perdida en aquella habitación blanca y un súbito frío lo arropó, sintiendo la boca pegajosa.

—¡Ah, siento frío! ¡Al fin siento algo! ¿Estaré situándome en el borde de la desaparición total? —se interrogó, tratando de reconfortarse, de llevar a su ánimo huidizo alguna noción, algún destello de razón.

EL HOMBRE CERRÓ los ojos y los abrió al instante, casi como un pestañeo, como una reacción fugaz, como el aleteo de un colibrí, y vio a las ratas engullendo su corazón, sus pulmones y, luego, comenzando a morder su cuello.

             —¡Debería estar muerto ya! —se dijo, en un balbuceo casi imperceptible, y fue entonces que sus ojos magnificaron el tamaño de las ratas cuando éstas treparon hasta su boca, nariz y pómulos para lacerarlos atroz y ásperamente. El sopor invadía el cerebro del hombre y comprendió que todo estaba terminando, que su vida se iría en unos segundos y dirigió sus ojos (que comenzaban a ser roídos por las ratas) hacia la ventana y observó a los serafines tocando sus arpas tranquila y suavemente y, tras ellos, la hermosa figura del ángel guerrero, quien, apareciendo repentinamente, le sonreía.  El hombre cerró los ojos con la esperanza de que, al hacerlo, vendría la nada, el vacío, lo absoluto del misterio infinito. Porque, ¿qué quedaba ya de sí, sino huesos ensangrentados y una esperanza rota?  

CUANDO VOLVIÓ A abrir los ojos, el hombre no pudo creer que estaba de nuevo atado como un andullo, y tirado en el suelo de la misma habitación blanca. Pero se sorprendió aún más al descubrir que su cuerpo estaba intacto: tenía los pies, las pantorrillas, los muslos; sintió su pene al practicar el simple ejercicio de recordar el calendario de Marilyn Monroe posando desnuda para los diferentes meses del año y el cual le había confiscado al travieso Pedrín, tras revisar los colchones de las cuarterías. Tenía también indemnes su vientre, su pecho, y realizó pequeñas muecas para darse cuenta de que sus músculos faciales estaban en su justo lugar.

—¡Oh, Dios, gracias, gracias, Señor, ya que todo fue una farsa! ¡Gracias desde lo más profundo de mi alma por impedir que esa horrible visión del infierno no fuera más que una espeluznante pesadilla! —se dijo alborozado. Entonces, al disponerse a cerrar los ojos para seguir orando, vio cómo la puerta se abría de golpe y penetraban por ella cientos o tal vez miles de ratas blancas, que corrían hacia él y comenzaban a devorarlo—. ¡Oh, no, Señor, no! ¡Esto no puede ser cierto! ¡Dame una señal de que, en verdad, esto no es más que una pesadilla! ¡Ahí están los testigos, Dios mío! ¡Pregúntales a las beatas del pueblo! ¡Pregúntales a los niños del orfelinato, Señor! ¡Yo cumplí Contigo, Santo Señor; yo guardé Tu Palabra, tus órdenes, tus códigos!... —imploró el hombre, y luego escuchó una voz de trueno, hiperbólica, redundante, cortante, que rompió su la cadena de imploraciones:

—¡Lo sabemos, Eustaquio... lo sabemos! —dijo la voz.

El hombre, entonces, buscó con sus ojos la dirección de donde provenía la inmensa voz y los dirigió hacia la ventana alta, descubriendo allí la grandiosa figura del ángel.

—¡Ángel, poderoso Ángel... eres tú!

—Sí, Eustaquio, soy yo... ¡tu Ángel!

—Dime, Ángel mío, ¿por qué si el Señor reconoce mi comportamiento, mi santa conducta terrenal, me ha confinado en este infierno? ¡Dímelo, poderoso Ángel!, ¿por qué me han arrojado a esta habitación para ser comido por las ratas?

El Ángel, levantando sus brazos y esgrimiendo la más dulce de las sonrisas, contestó al hombre:

—En verdad llevaste la más santa de las vidas, Eustaquio. Tú has sido un ejemplo a seguir y muchos de los llamados santos no tuvieron ni por asomo una observación de los mandamientos como tuviste tú.

—Entonces, divino Ángel, ¿por qué estoy en este infierno?

Más sonriente aún, el ángel respondió al hombre:

—No estás en el infierno, padre Eustaquio... ¡Estás en el paraíso! ¡Te merecías el paraíso, Eustaquio!

Tremendamente anonadado, aplastado como un tomate bajo las patas de un elefante, el hombre —y como en un cósmico recuento de su vida— repasó sus momentos estelares de santidad: los sacrificios, los rechazos eróticos, los autoflagelamientos, los harapos que vestía tras donar sus ropas al prójimo, las promesas cumplidas todos los años; en fin, el hombre computó toda su existencia y cuando pudo balbucir un pero ya las ratas blancas alcanzaban su boca...