miércoles, 11 de julio de 2012


¿Dónde está Johnny Lupano?, de Néstor Medrano

Por Efraim Castillo
Santo Domingo, julio 8, 2012.

1. Introducción

Cuando Néstor Medrano me solicitó a comienzos de junio que le presentara su novela ¿Dónde está Johnny Lupano?, le respondí que con mucho gusto, requiriéndole que me enviara el manuscrito original de la obra[1], porque considero que es en esa etapa del espacio literario donde la creación del autor se encuentra intacta, tal cual, sin los parches y remiendos por los que atraviesa en la edición y que, por lo regular, embute en el texto enmascaramientos y estilos ajenos a la concepción del mismo. Asimismo, le hice tal solicitud porque considero que si el crítico tiene la oportunidad de acceder al manuscrito original, puede contactar  las exudaciones, los titubeos, las inspiraciones tardías, los cabeceos soñolientos y, sobre todo, puede descifrar las vicisitudes, los aturdimientos y goces que provocó al escritor el trabajo de novelar, una ocupación que en nuestro país —y en muchos otros del planeta— se realiza sin esperar emolumentos y tan sólo para provocar la evacuación de los miedos y fantasmas que apretujan el alma. La verdad y la magia que encierra el manuscrito original puede, inclusive, liberar la creación literaria de esos erratones y erratas que tanto molestaban al Pablo Neruda de Confieso que he vivido.
Pablo Neruda
Debo confesar, igualmente, que sospeché —por el título de la novela— y yéndome presuroso a ese tropo que lleva el nombre de sinécdoque, que el texto me podría conducir a una aventura de corte policial, argumento sumamente escaso en la producción narratológica dominicana y deduje del mismo modo, que tratándose de un joven como Néstor Medrano, envuelto diariamente en las noticias que se mueven y rotan en la redacción de un diario[2], la historia de la obra podría convertirse en apasionante.

Néstor Medrano
Pero me equivoqué, porque a medida que fui estudiando el texto —que no alcanza las cincuenta mil palabras— comprendí que ¿Dónde está Johnny Lupano? se convertía, más allá de una lectura emocionante, en una narración excepcionalmente organizada dentro del canon de la novela negra, aunque abriendo las compuertas para la inserción de pistas que, alejando la ficción de lo puramente policial, se yuxtaponían entre las trampas y cercos del crimen político, porque el novelista, al situar la trama en las postrimerías de la dictadura trujillista, involucra a familiares del dictador y personeros del régimen, así como a la embajada norteamericana, junto  a personajes ficticios como la cantante Isabel Gutiérrez, alias La estrella de fuego, el mismo compositor Lupano y el detective Ontario Mejía, en la desaparición del letrista, un norteamericano aposentado en el país a través del apasionamiento que despierta en él la cantante. Y  siguiendo el canon de la novela negra tamiza la investigación a través del detective Mejía, un oficial al que gradúa en la Academia de West Point y confiere a Balaguer la responsabilidad de su designación, convirtiéndolo así en la némesis del tenebroso Johnny Abbes García.

Joaquín Balaguer en fotografía de los años 50’s.
2. Surgimiento de la novela negra
      El papel del detective Mejía a lo largo de la novela guarda una estrecha relación con los detectives históricos de las sagas policiales negras, recordando a los famosos héroes hard boiled surgidos en los años 20’s a través del personaje Three Gun Terry Mack, creado por Carroll John Daly (John D. Carroll), en el relato Knights of the Open Palm, publicado en la revista Black Mask, en 1923, y que luego sustituyó por el implacable detective privado Race Williams, a quien hizo colgar en la puerta de su agencia un letrero que rezaba:
Hay mucha gente que tiene sus manías. La mía es empuñar una pistola cargada mientras duermo. Porque hay que recordar que si no se pica carne, no hay hamburguesas.
     Sin embargo, fue Race Williams, otro personaje creado por Daly, quien perfiló definitivamente la sicología del héroe de la novela negra.
Carroll John Daly

La revista Black Mask había sido lanzada al mercado norteamericano en papel barato o pulp[3], en abril del 1920, por Henry Louis Mencken y George Jean Nathan, que provenían de sectores sociales acomodados: Mencken era hijo de un industrial tabacalero de Baltimore y Nathan era graduado de la Universidad de Cornell, uno de cuyos premios lleva hoy su nombre. El establecimiento de la revista Black Mask se originó con la idea de salvar la publicación literaria Smart Set, de la que Mencken era crítico desde 1908. Así, y tras recuperar la inversión de quinientos dólares que habían efectuado en 1920, Mencken y Nathan la vendieron —luego de editar ocho números— a Eltinge Warner y Eugene Crow, por 12.500 dólares. En 1927 la dirección de Black Mask se fortaleció al asumir su dirección Joseph T. Shaw, alias Cap,

H. L. Mencken  

George Jean Nathan

 quien lanzó ese año el famoso editorial que definió el rumbo del relato policial negro. En uno de los párrafos de aquel editorial, Shaw escribió:
     La ficción detectivesca, tal como la vemos, tan sólo ha comenzado a desarrollarse. Todos los demás campos han sido ya trabajados y sobreexplotados, pero la ficción detectivesca apenas se ha tocado aún[4].
     Cap Shaw había intuido que el detective privado podía desplazar, con un halo de caballero andante a la fuerza pública del orden, sumido para entonces en la más profunda corrupción.

Joseph T. Shaw —Cap— (1874-1952).
      Durante su gestión como director de Black Mask —de 1926 a 1936— la novela policial y detectivesca se elevó a un prestigioso escalón en la actividad literaria norteamericana, surgiendo escritores como Samuel Dashiell Hammett (creador del detective Sam Spade), Raymond Chandler (inventor del detective Philip Marlowe), Ross Macdonald (quien creó al investigador privado Lew Archer), Erle Stanley Gardner (creador del abogado-detective Perry Mason), Cornell George Hopley-Woolrich (que usaba el seudónimo de William Irish y que todos recuerdan por su famosa novela del 1940, La novia vestía de negro, que François Truffaut llevó al cine en 1968), James M. Cain (cuya novela de 1934, El cartero siempre llama dos veces, se convirtió en la puerta de entrada del neorrealismo cinematográfico italiano de la mano de Luchino Visconti en Ossessione, su opera prima, en 1942), Mickey Spillane (creador del detective Mike Hammer), Chester Himes (el escritor afroamericano que creó los detectives negros Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones), y Patricia Highsmith (cuyo personaje Tom Ripley representa la antítesis del detective de la novela negra), entre otros.
      Desde luego, para arribar a este prototipo de investigador, la novela policial tuvo que emerger desde un Edgard Allan Poe, que publicó en 1841 Los crímenes de la Rue Morgue (The Murders in the Rue Morgue)[5], un relato que se desarrolla en París y en donde el escritor norteamericano crea el detective Chevalier Auguste Dupin[6], el primer investigador privado de la literatura mundial. Dupin también aparece en los otros dos relatos que Poe organizó a través de la pesquisa policial: El misterio de Marie Rogêt, de 1842, y La carta robada, de 1844, sirviendo luego de plataforma a Arthur Conan Doyle para imaginar a Sherlock Holmes, en 1887.

Edgard Allan Poe
3. Influencias de la novela negra

La influencia de la novela policial se internó rápidamente en Europa y América Latina, creando desde finales del Siglo XIX dos escuelas: la inglesa y la francesa, surgiendo del Reino Unido Conan Doyle, G. K. Chesterton y Agatha Christie como cabezas visibles; y de la francesa Emile Gaborieau, Maurice Leblanc, Gaston Leroux y George Simenon, y produciendo en el resto del mundo docenas de escritores dedicados al subgénero, entre los que se destacaron y destacan: los argentinos Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh y Mempo Giardinelli; el suizo Friedrich Dürrenmatt, el nicaragüense Arquímedes González, que revivió a Sherlock Holmes en una supuesta búsqueda de Jack El Destripador en Nicaragua, en su novela La muerte de Acuario; el escocés Philip Kerr, autor de la serie Berlin Noir; el italiano Andrea Camilleri, creador del Inspector Montalbano, en homenaje al escritor español Manuel Vázquez Montalbán, quien había inventado al detective Pepe Carvalho; el puertorriqueño Luis López Nieves, quien en la novela El corazón de Voltaire combina los fundamentos de la novela negra y la histórica, a través de correos electrónicos, entre otros cientos de literatos.
      Aunque muchos de los novelistas dominicanos huyen a priori de la escritura policial, en el fondo se agita siempre esa estructura porque nuestra historia —que es la historia de la vida dominicana y, por lo tanto, el anillo nutricional de todas nuestras narraciones épicas o líricas— se mueve siempre desde el lodo de una intriga, tal como ha sido la historia del país. De ahí, a que será muy difícil, pero no imposible, sacudir de nuestra narratología el espectro de Trujillo, porque ese fantasma arrojó sobre el alma nacional, no sólo treinta y un años de amarguras, sangre y frustraciones, sino una conciencia, un estilo de vida que ha continuado a través de Balaguer y los demás gobernantes, sean éstos de izquierda o derecha, y en la narratología negra se sigue un patrón conductual similar, porque es desde el poder-saber que se organiza la trama en ese subgénero, algo que Keith Hoskin, en Foucault a examen, explica al dedillo.

Dice Hoskin:

Para Foucault la clave del ‘poder-saber’ puede ser descubierta por cualquier comentarista-detective, tras examinar el ‘corpus delicti’ y escoger un extracto plausible para construir con él un caso.
          Apuntando Hoskin que esto es lo que han hecho el inspector Plodders, el inspector Lestrade, de Conan Doyle, y, antes que él, Monsieur G., el prefecto de policía de París, de Edgard Allan Poe[7].
         El mismo Foucault en su ensayo Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión, enuncia que de la novela negra a Thomas De Quincey[8], o del ‘Castillo de Otranto’ a Baudelaire, hay toda una reescritura estética del crimen, que es también la apropiación de la criminalidad bajo formas admisibles… (tratándose) en apariencia del descubrimiento de la belleza y de la grandeza del crimen; (y que) de hecho es la afirmación de que la grandeza también tiene derecho al crimen y que llega a ser incluso el privilegio exclusivo de lo realmente grande, afirmando que la lucha entre dos puras inteligencias —la del asesino y la del detective— constituirá la forma esencial del enfrentamiento

Michel Foucault
4. ¿Dónde está Johnny Lupano?: un cajón de sastre de las tenebrosidades del trujillato.
         Uno de los muchos goces que experimenté leyendo el manuscrito de ¿Dónde está Johnny Lupano?, fue cuando en las primeras páginas de la obra Medrano ofrece una de las pistas fundamentales del cajón de sastre[9] en que convierte el texto. A modo de epígrafe, el novelista inserta un supuesto poema extraído de los archivos del doctor Elito Balaguer, el cual fue convertido en una bachata de amargue, interpretada por Isabel Gutiérrez, conocida como La Estrella de Fuego, musa y tormento del letrista Johnny Lupano, el norteamericano que desaparece misteriosamente y provoca una intensa labor de búsqueda por parte de la dictadura, temerosa de represalias por parte del gobierno yanqui.
         Esta inserción de cabecera sirve a Medrano para introducir el papel que Balaguer desarrollará en la novela y, al mismo tiempo, tal como acontece en la narratología negra híbrida, mezclar la fábula a lo que podría ser historia, convirtiendo en señales las alusiones de los personajes históricos con los ficticios.
5. La intertextualidad como absorción y transformación continuos en ¿Dónde está Johnny Lupano?
      En el Susurro del lenguaje, Roland Barthes pregunta al lector:
       ¿Nunca os ha sucedido, leyendo un libro, que se han ido parando continuamente a lo largo de la lectura, y no por desinterés, sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de excitaciones, de asociaciones? En una palabra, ¿no les ha pasado nunca eso de leer levantando la cabeza?[10]

Al lector de ¿Dónde está Johnny Lupano? le podría, indiscutiblemente, suceder esto porque la magia de la narratología negra reposa, como todo texto novelado, en la intertextualidad, ese conector inconsciente del escritor que liga lo que escribe con referentes ya leídos, y que traspasa en su escritura al lector. En la épica, la acción —por lo regular— descansa en la bravura o en la proeza legendaria, siempre relacionados con la intrepidez y valentía del héroe. La novela negra, aunque organiza el relato a través de la investigación de uno o más crímenes por parte de un individuo al que se denomina detective, se abre a variables arropadas, o por la corrupción policial, política y empresarial, o a problemáticas que tocan sentimientos como el amor, el odio, la pena y la envidia. De ahí, a que la intertextualidad en las narraciones negras, esa absorción y transformación de textos que Mijail Mijalovich Bajtin (1895-1975) introdujo como materia de estudio en la teoría literaria, y que la búlgara Julia Kristeva reivindicó —no sólo para los espacios de la crítica literaria y la lingüística[11]— ocupa un obligado referente en el peritaje investigativo que se desarrolla en este subgénero y esa intertextualidad, ese constante retorno de palabras que conducen a múltiples acciones dentro de la trama, en la novela de Medrano opera como una escalera que sube y baja incesantemente para confundir, desviar, apostar y renegar de los hilos conductores escaneados desde las profundidades del alma.
      Y aquí es esencial recurrir a Tzvetan Todorov, quien en Tipología de la novela policial, ofrece acertadas pistas sobre su estructura y de las cuales señalado dos:
            1)    La construcción de la trama sobre dos muertes; y

2)    La superposición de dos series temporales: el tiempo de la investigación que comienza después del crimen y el tiempo del drama que conduce a él[12].
          Aunque la sustancia fundamental de la trama en el texto de Medrano no establece la pesquisa sobre dos muertes, el tiempo histórico de la obra abarca, quizás, el más sanguinario periodo del trujillismo, el cual involucró un Servicio de Inteligencia Militar (SIM) integrado por matones capitaneados por Abbes García, lo que establece una simbiosis entre el móvil de la investigación y el tiempo histórico en que transcurre, haciendo posible la introducción de personajes satélites como Petán Trujillo, quien obsesionado con la belleza y la voz de Isabel Gutiérrez, La Estrella de Fuego, asedia a Lupano, envolviendo por carambola a Balaguer, al propio dictador y a la embajada norteamericana, en la posterior desaparición del compositor,  sistematizando a través de citas epigráficas cada capítulo a manera de informaciones periodísticas y análisis de diarios, lo que conecta la novela con ciertos elementos utilizados por Roberto Bolaño en Los detectives salvajes.   
José Arismendy Trujillo Molina (Petán).

6. La novela ¿Dónde está Johnny Lupano? como denuncia de otras desapariciones en un escenario que, como el dominicano, vivió y vive la substancia vital de la novela negra.
          Desde las misteriosas desapariciones de Freddy Miller Otero, en mayo del 1959, la de Guido Gil, en enero del 1967, la de Henry Segarra, en julio del 1969, hasta la más reciente, la de Narciso González, en mayo del 1994, éstas han estado ligadas al ámbito de lo político y, por lo tanto, se han convertido en detonantes sociales que han cuestionado los métodos investigativos del país, siempre vulnerados por la corrupción que se mueve alrededor del poder. Medrano, así, elabora el tejido de su novela para devolver su fabulación al tiempo de la dictadura, pero recordando al lector nacional que la desaparición de personas forma parte del sombrío continuum que se ha agitado en el país a lo largo de su historia.
          Por eso, en la desaparición de Johnny Lupano emergen las secreciones oscuras de una política nacional que, aunque ha tratado de cambiar mediante las victorias electorales de nuevos mandatarios, vuelve siempre al expediente del clientelismo político, un asfixiante cáncer que los contamina y empuja hacia el basurero que acoge los fraudes, los asesinatos y la malversación. Es ahí donde Medrano, con suma maestría, inserta el canon negro a la narración, explayándola  hacia el discurso híbrido que toca las novelas policiales latinoamericanas. Así, en menos de cincuenta mil palabras, Néstor Medrano invita al lector a meditar sobre los motivos, ya sean políticos, amorosos, económicos o de angustia existencial, que merodean el espacio de la desaparición física como crimen, a través de un texto inyectado, sazonado y servido con la hibridez que se asienta en el autor latinoamericano, aprisionado en regímenes abiertos a las lóbregas prácticas del crimen, asentándolas en argumentos que sobrepasan las más sombrías tramas del argumento negro.
          Lo memorable de la novela ¿Dónde está Johnny Lupano? no reside tan sólo en su tejido híbrido, sino que Medrano, desde una memoria que no vivió, pero que conoce como aquellos que han posado una somera mirada a la historia reciente dominicana, inyecta —en la vena correcta del texto— un súmmum de las maquinaciones que han propiciado, por falta de estrategias medulares, la permanencia de las estructuras carcomidas del pasado, impidiendo un proceso de vertebración social, capaz de determinar y valorar desarrollos humanos integrales. Y la excusa de Medrano, para tocar aquellas ulceras sociales, ha sido remontar la escritura hasta los finales sangrientos de la Era de Trujillo, cuya violencia llegó a niveles macabros tras albergar las siniestras migraciones de los dictadores Perón y Batista, junto a varios de sus funestos personeros. Y desde allí, desde ese cajón de sastre donde todo se puede cocer, el novelista replantea los miedos, acechanzas, intrigas, odios y pasiones que se movían —y aún se mueven— de la dictadura. Nada se le escapa a Medrano: en el texto se agitan, además de Balaguer, Trujillo, Petán y Abbes García, algunos personajes como Rubirosa y Ramfis, así como otros camuflados a través de metáforas y tropos manejados con un cuidadoso sigilo. 
          Pero son Isabel Gutiérrez, La estrella de Fuego, Johnny Lupano y Ontario Mejía, los sujetos-objetos que representan el eco de una sociedad en busca de su reivindicación, quienes se encargan de gritar —desde una modernidad que no llega—, la ilusión, la esperanza y erradicación de aquel periodo lóbrego de nuestra historia, convirtiendo en luz aquel señalamiento de Ortega y Gasset al referirse a El Quijote,  de que la realidad es, de por sí misma, siempre antipoética, y es tomada oblicuamente como destrucción del mito[13].

José Ortega y Gasset.
          Sería bueno señalar a los jóvenes escritores dominicanos que no evadan el abordar temas relacionados con la dictadura de Trujillo, porque aunque muchos tramos han sido superados o desmontados, aún quedan intactas sus estrategias demoníacas para camuflar y camuflarse, comprando y vendiendo personas y, vía las desapariciones de objetos y seres, vincular lo social al mito y viceversa. Por eso, esta novela de Néstor Medrano no sólo debe leerse como una fabulación anexada al género negro, sino como un espejo de lo que fuimos y, ¡maldita sea!, continuamos siendo…
 




[1] Le solicité que me la enviara en formato PDF.
[2] Medrano nació el 30 de noviembre del 1970 y es redactor y columnista del Listín Diario Cuenta con 42 años.
[3] La idea de Mencken, quien era cronista literario y poeta, así como de Nathan, que se desempeñaba como crítico dramático, era salvar la revista Smart set, un prestigioso magazine literario.  
[4] Encyclopedia of Pulp Fiction Writers (2001).
[5] El relato de Poe se publicó en la revista Graham’s Magazine de Filadelfia, en abril del 1841.
[6] El Chevalier de A. Dupin lo utilizó Poe para significar caballero, dejando sentado que pertenecía a la Légion d’honneur.
[7] Keith Hoskin: Foucault a examen, en Foucault and Education. Disciplines and Knowledge. De Stephen J. Ball. Published by Routledge. 1990.
[8] De Foucault se refiere a Thomas de Quincey, el periodista, crítico y escritor británico, cuya biografía Confesiones de un inglés comedor de opio, publicada en 1821, lo hizo famoso.
[9] Para la Real Academia de la Lengua Española, hay dos acepciones para esta expresión: a) Un conjunto de cosas diversas y desordenadas; y b) Una persona que tiene en su imaginación gran variedad de ideas desordenadas y confusas
[10] BARTHES, Roland: Le bruissement de la langue, París, Seuil, 1984.
[11] Ver el artículo Bajtin, la palabra, el diálogo y la novela, de Julia Kristeva, publicado en el número 239 de la revista Critique, en julio de 1966.
[12] TODOROV, T., Tipología de la novela policial, en Daniel Link (comp.), El juego de los cautos, Buenos Aires, La Marca, 1992.
[13] ORTEGA Y GASSET, José: Meditaciones del Quijote. Revista de Occidente en Alianza Editorial. Madrid. 2005.  



















viernes, 29 de junio de 2012


Bienvenida… ¡un adiós no!, sino como dice tu nombre: ¡un abrazo eterno con la memoria de tu vida!

Por Efraim Castillo

Mario Benedetti en uno de los poemas de Adioses y bienvenidas, que presentó en el 2005, cuatro años antes de su muerte y que, precisamente, tituló Bienvenida, dejó escuetamente lo que es un recibimiento y, a la vez, una despedida:

Ahora no tengo dudas
Vas a llegar distinta y con señales
Con nuevas
(alegrías)
Con hondura
Con franqueza…
Sé que voy a quererte sin preguntas
Sé que vas a quererme sin respuestas…

          Y es, precisamente por eso, que desde que atravesé la peligrosa curva de los setenta años, me he venido preguntando: ¿qué es la muerte? ¿Será una partida o, acaso, una bienvenida? ¿Existirá como un tiempo residual de la propia vida, este vía crucis de llantos, sorpresas y alegrías?

William Shakespeare, meditando sobre esa interrupción del hálito existencial, confesó en uno de sus sonetos:

Cuando haya muerto, llórame tan solo
mientras escuches la campana triste,
anunciadora al mundo de mi fuga…

Porque la muerte, la gran atormentadora de los que no somos capaces de comprenderla, de ajustarla como una sombra, como un gemelo, como una acechanza invertebrada en el discurso de nuestras vidas, nos refugiamos en el silencio de los recuerdos, de las vivencias y, desde allí, repetimos los ecos que el tiempo diluye.

Por eso, este memorial que nos ha reunido para recordar a Bienvenida Rodríguez, Viuda Archetti, no debe enfrentar la vida a la muerte, sino para cantar —con la voz de la gratitud que enaltece el alma— su travesía de bondad, humanismo, sabiduría y, ¿por qué negarlo?, sus lágrimas de dolor, desde su nacimiento allá en Puerto Plata, en 1929, hasta su partida la noche del pasado domingo, 24 de junio.

Era un niño de once años en esta San Cristóbal de comienzos de los 50’s, cuando conocí a Bienvenida a través del ingeniero Giovanni Archetti, uno de los técnicos que Alexander Kovacs había reunido y contratado para estructurar la base tecnológica humana de la Armería, y quien visitaba nuestro hogar en compañía de otros inmigrantes italianos, junto al doctor Rafael Despradel, alguien a quien este pueblo no puede olvidar. Recuerdo a Bienvenida como una mujer fuerte, siempre decidida y con unos destellos imaginativos siempre aptos para responder a situaciones impredecibles, los cuales han heredado sus hijos, a los que es muy, pero muy difícil, sacar la alfombra debajo de sus pies para sorprenderlos con preguntas inoportunas.

La amistad de Bienvenida y Mimí, mi madre, fue tan estrecha y a prueba de amarguras, que mi madre bautizó a uno de sus hijos y Bienvenida a una de mis hermanas, sellando, mucho más allá de los cercos alevosos de la vida, una amistad que se volvió confesión de desilusiones y celebración de alegrías. Y esa fue una de las razones por las que nunca perdí de vista el discurso vital de Bienvenida, y sus hijos pasaron a formar parte de mi propia vida, como el aprecio que me une a Giovannito, a su esposa Mayra y a sus hijos.

A través de Giovannito, Teresita, Sandra, Fico y Carla, sé que Bienvenida estará presente, no sólo a través de esa genética que traza los rasgos visibles de las personas, sino mediante esos brillos intelectuales que ella plasmó como una herencia bendita en sus discernimientos. 
 Bienvenida Vda. Archetti rodeada de sus hijos. Desde la izquierda: Stefano (Fico), Teresita, Carla, Sandra, su nieta Ana Teresa, y Giovannito. 

Sí, Bienvenida está aquí, ahora mismo, habitando el sacrosanto legado que Dios creó para que los padres los depositen en sus hijos y éstos a sus nietos, y así perpetuarse una herencia que habitará el planeta hasta el fin de los tiempos.

En la faz de Teresita veo a Bienvenida, y en la de Giovannito, y en la de Carla, y en la de Fico, y en la de Sandra. La faz de Bienvenida está en cada calle, en cada sendero abierto por sus pisadas, en cada tristeza y goce que la llenaron durante sus ochenta y tres años de existencia y los sesenta años habitando esta San Cristóbal de los recuerdos, que la acogió como una madre ejemplar y a cuya sociedad legó su herencia fundamental: sus hijos, sus dieciséis nietos y sus once biznietos.

De ahí, a que a Bienvenida no se la puede llorar con esas lágrimas que brotan desde la fisiología del cuerpo, sino con aquellas que, como las de la gratitud que pregonan el amor y la amistad, germinan desde el pozo infinito de la ternura, para aposentarse en el legado inmaculado de su vida. A Bienvenida tenemos que perpetuarla a través de una límpida nostalgia de luces, de anécdotas vinculadas a sus goces, a esos brillos portentosos de su imaginación y a los cantos y trinos que adornaron su existencia. 

Pablo Neruda, cuando la tristeza lo abatía, recordó a los seres amados en un poema que tituló Oda al día feliz:    

Hoy dejadme
a mí solo
ser feliz,
con todos o sin todos,
ser feliz
con el pasto
y la arena,
ser feliz
con el aire y la tierra,
ser feliz…

          Y eso, que no le quepa duda a nadie, es lo que Bienvenida, desde ese lugar que ya habita en la inmortalidad, nos está pidiendo a todos: ¡Sed felices con el recuerdo de su vida y con esas alegrías que compartió junto a todos, cuando la incertidumbre amenazó la esperanza y ella, con su coraje, la venció, fomentando una familia unida que ofreció a San Cristóbal y al país, para luchar siempre apegada a la verdad y al amor!

Entonces, ¡por Dios!, no le digamos un adiós a Bienvenida, sino como lo dice su nombre: ¡démosle un abrazo eterno con la memoria de su vida!

Santo Domingo. Junio 28, 2012.


sábado, 9 de junio de 2012

Aquella reunión del 37


Aquella reunión del 37

Por Efraim Castillo

A

NOCHE SE EFECTUÓ un colosal agasajo en la residencia campestre de Jacinto Pichardo, el gobernador provincial de Dajabón. La mansión de Pichardo se levanta a unos cuatrocientos metros del río que da nombre al poblado y la provincia, Dajabón, y que se aprovecha como una de las líneas fronterizas entre Haití y República Dominicana. Desde la residencia se divisa el pequeño puente sobre el río, por el que cruzan a diario cientos de haitianos que acuden a Dajabón en busca de las viandas que no producen en su territorio, trayendo consigo las que demandan los dominicanos. En la cabeza oriental del puente se levanta una pequeña fortaleza custodiada por soldados dominicanos, al igual que la garita que se yergue en el lado haitiano. El agasajo, preparado por las autoridades de Dajabón, tenía como fin calmar la preocupación de Trujillo por las constantes denuncias de incursiones de bandas haitianas al territorio dominicano, para robar ganado, secuestrar y asesinar personas. La residencia campestre de Pichardo fue custodiada por soldados y agentes secretos, veinticuatro horas antes de la llegada del Jefe, quien al escuchar el murmullo del río se detuvo para escucharlo, mascullando a su asistente:

—¿Oyes ese murmullo de agua?

—Sí, Jefe… ¡Es el río Dajabón!
 "El río Dajabón se aprovecha como una de las líneas fronerizas entre Haití y República dominicana..."

—¡Claro que lo sé! ¡Ese río hay que salvarlo!... —gruñó Trujillo.

No comprendiendo aquella expresión, el asistente preguntó:

—¿Lo cree así, Jefe?

Sin mirarlo, Trujillo sonrió, y con su voz aflautada volvió a murmurar:

—¡Sí… hay que salvar ese río! —y esbozando una sonrisa, penetró a la residencia, donde lo esperaba el gobernador Pichardo y sus acompañantes.
 La residencia campestre de Jacinto Pichardo...

Al agasajo asistieron las principales autoridades de Dajabón y del país, algunos con sus esposas, para escuchar las denuncias de las tropelías haitianas formuladas por los comerciantes, agricultores y ganaderos del noroeste dominicano. Cuando Trujillo entró a la residencia, el gobernador provincial lo condujo hasta el comedor y allí lo invitó a tomar asiento en la silla que encabezaba una mesa rectangular. Al tomar asiento Trujillo, los demás asistentes hicieron un repentino silencio que culminó cuando, eufóricamente, todos gritaron a coro:

—¡Viva Trujillo! ¡Viva Trujillo! —seguido por efusivos aplausos que provocaron una sonrisa, más bien un mohín, en el rostro del Jefe.

Al cesar los vítores y aplausos, Pichardo carraspeó y se dirigió a Trujillo:

—¡Bienvenido a Dajabón, amado Jefe!

Y a seguidas comenzó el agasajo: dos muchachas vestidas con llamativos vestidos llevaron a Trujillo una botella de brandy Carlos I con su respectiva copa y para los demás garrafas de ron y whisky escocés. A las muchachas les siguieron mozos con bandejas surtidas de manjares, y un trío de la región tocó la música favorita de Trujillo: merengues y boleros. Después de apurar varios tragos de brandy y probar algunos bocados, El Jefe levantó su copa y gritó:

—¡Brindo por Dajabón y el noroeste dominicano, tierra de héroes y buenas hembras! Les agradezco este agasajo y deseo que me expongan el motivo del mismo, el cual, supongo, es el mismo del que me han enterado los organismos de seguridad del Estado, referente a los atropellos que bandas de delincuentes haitianos han venido cometiendo contra propiedades públicas y privadas del país.

 —…Y también contra seres humanos, Señor Presidente —se atrevió a señalar René Escobar, quien ostentaba el cargo de Secretario Regional del Partido Dominicano.

—¡Sí, Jefe! —expresó Pichardo—. Los haitianos no respetan las vidas dominicanas y se guían por brujos del vudú, uno de los cuales participó en una ceremonia en las proximidades de Montecristi que se convirtió en algo terrible…

—¿Y qué fue lo terrible en esa ceremonia? —inquirió Trujillo—.

—Lo que siempre pasa, Jefe… ¡Algo horrible! —contestó Pichardo.

—¿Qué coño pasó? —preguntó Trujillo, aflautando la voz como un tenor lírico.

Pero esta vez no fue Pichardo quien respondió a Trujillo, sino Escobar:

—¡Asaron un cabrito de dos patas, generalísimo!

Al escuchar las palabras cabrito de dos patas, el cuerpo de Trujillo se sacudió, adquiriendo

 

su rostro la apariencia de una grotesca máscara. 

—¡Coño —estalló Trujillo—, los malditos haitianos han vuelto a lo mismo!

—Sí, Jefe, han vuelto a lo mismo… —expresó el Pichardo, quebrando la voz.

Pero Escobar, ampliando el énfasis sarcástico, remató la información:

—No, Jefe, no han vuelto a lo mismo… ¡Simplemente han seguido en lo mismo! Recuerde que esas ceremonias han continuado y continuarán mientras los mañeses rindan culto a Papá Legbá, la serpiente tutelar del vudú…

—… y a Wangol, la potencia máxima —agregó el Pichardo—…

—… y a Badagris, el Dios de la guerra —intervino Escobar—…

—… y a Papá Bocor, la divinidad de la selva —anexó Pichardo—…

—… y a Dangbé, la serpiente cortesana de Papá Legbá —adicionó Escobar.

—… y a Damballah Ouedó, que es su Dios del perdón —expresó Pichardo, acercándose a Trujillo—…

—… y a Aizán —gritó Escobar—…

—… y a Ogún —intervino Otero, el guardaespaldas de Escobar—…

—… y a Sobó —dijo desde la galería circular de la casa solariega, la esposa de Pichardo—…

—… y a Agwé Woyó —apuntaló Mélido Infante, un ganadero de Guayubín a quien los haitianos habían robado decenas de reses—…

—… y a Siligbó —expresó, con un dejo de picardía, la esposa de Escobar—…

—… no olviden a Ossange —gritó eufórico Bertrán, el taquígrafo del Partido Dominicano en Dajabón—…

—… ni a Lokó Atinsú —sentenció Pichardo—…

—… ni a Papá Guedé —vociferó Escobar—…

Casi aturdido por el concierto de nombres de deidades animistas y santeras, Trujillo detonó como una bomba circular:

—¡Sí, coño, a todos los groseros dioses que trajeron los mañeses del África… para jodernos!

Y como si estuviese preparada la reafirmación al estallido de Trujillo, Pichardo subrayó: 

—¡Sí, Jefe, estamos y estaremos más jodidos mientras esos malditos vecinos sigan robando, matando y practicando su vudú en nuestro sagrado suelo!

—¡Usted lo sabe, Jefe: al único santo que debemos adorar los dominicanos se llama Rafael… San Rafael! —afirmó Escobar con cara de satisfacción.

—¡Sí, Jefe! ¡A San Rafael Trujillo es al único que debemos seguir los quisqueyanos! ¡Y a los que no les guste eso… que se jodan! —vociferó la esposa de Pichardo.

—Porque generalísimo —aulló Escobar—, ¡ya lo de Horacio y la Virgencita de la Altagracia hace rato que pasó a la historia! ¡Ahora lo que nos mueve y guía es Trujillo y la Virgencita! ¿Verdad, Jefe?

Al observar que el rostro de Trujillo volvía a la expresión del fiel recibidor de lisonjas, el taquígrafo Bertrán apuntó con cara de horror:  

—¡Mira que comerse un niñito!

—Pero eso no es nada —arguyó Pichardo—, ya en San Juan de la Maguana circula el gourde…

—… y en Santiago se está vendiendo más clerén que ron Bermúdez —dijo Escobar.

—Eso es cierto, Jefe —gritó Bertrán—, los Bermúdez están que rugen…

—… Y también los Bello —adicionó Escobar.

—Detrás del clerén vendrá el Barbancourt… —gritó la esposa de Pichardo desde la galería.

—… y después la hechicería constante —dijo a su vez la esposa de Escobar.

—… la hechicería agresiva —sentenció Pichardo—…

—… la hechicería antinatural —vomitó Escobar—…

—… la hechicería selvática… —escupió la esposa de Pichardo…

—… ¡y la maldita nigromancia de la Guinea! —gritó Bertrán.

—¡La misma que trajo Dessalines, Jefe!... —dijo el guardaespaldas.

—… ¡la misma que Cristóbal llevó al paroxismo! —afirmó Escobar.

—Recuerde las amenazas de Soulouque, Jefe —dijo Pichardo—. ¿Recuerda sus palabras?: ¡A los dominicanos no les dejaremos ni gallinas ni gatos vivos! ¡Yo los perseguiré hasta el fondo de sus bosques, hasta las alturas del Cibao, sin piedad, como a puercos cimarrones!, dijo ese hijoeputa negro.

—¿Dijo eso el maldito Soulouque? —preguntó Trujillo.

—¡Sí, Jefe, eso dijo el hijoeputa seudo emperador! ¡Esas mismas fueron sus palabras! —reafirmó Pichardo.

—¡Ya los houngans y boccors haitianos venden sus elíxires con sangre humana en las calles de Barahona!… ¡Con sangre de dominicanos! —intervino Escobar…

—… ¡y también en las calles de Montecristi y de esta hermosa Dajabón, generalísimo! —dijo el guardaespaldas, deletreando las sílabas como si deshojara flores.  

—… ¡y también en las de Puerto Plata, amado guía! —bufó la esposa de Escobar.

—¡Esos mañeses descienden de los boccors yorubas, Jefe! —lanzó Pichardo—. ¡Descienden de esos malditos brujos que los jefes tribales vendían a los negreros españoles y portugueses, para librarse de ellos y que, al no ser aceptados ni en la Louisiana ni Alabama, los dejaban caer en Puerto Príncipe!…

—… que debió llamarse por los siglos de los siglos Villa de la Santa María, como la bautizó el Gran Almirante —lanzó la esposa de Escobar.

—¡Recuerde, Jefe, cómo devoraron los mañeses, en Viajama, el corazón del coronel Viet por mandato preciso de Dessalines! —dijo apesadumbrado Pichardo.

—¡El mismísimo Chanlatte lo dijo, generalísimo! —sentenció Escobar.

—¿Qué, Escobar... qué dijo el tal Chanlatte? —preguntó Trujillo.

—Que los haitianos están siempre listos para el robo y la devastación —contestó Escobar, agregando—: Por eso, Jefe, muy pronto, no tendremos bosques, ni ríos, ni madrugadas frescas.  

—Tenemos que recelar de Papá Vincent y su laissez faire, Jefe —arguyó Pichardo—, porque si la cosa sigue como va, en nuestros carnavales sólo se bailará el yanvalú y el petró!

—¡Ese es un desgraciado desideratum que mueve a los que los azuzan —expresó Escobar—, a los que envían mensajes de odio a las aldeas haitianas, a los que alimentan la idea de la indivisibilidad insular, como si esta isla hubiese sido descubierta por África!

—¡Coño! —gritó Trujillo, colérico.

—¡Sí, Jefe —dijo Pichardo—, me gusta ese coño! ¿Y sabe por qué? ¡Pues porque el maldito animismo no puede inyectarse como una vacuna!

—¡Por suerte tuvimos a un Sánchez Ramírez —intervino Bertrán—, a un Santana y, sobre todo, Jefe, lo tenemos a usted!

—¡Que viva Trujillo, coño! —gritó Pichardo.

—¡Que viva! —gritaron todos, mientras los ojos de Trujillo se achicaban y su lengua recorría los oscuros labios, relamiéndolos de puro gusto.