jueves, 17 de febrero de 2011

CURRÍCULUM (El síndrome de la visa)


Un día como ayer —hace treinta y ocho años— me enteré de la muerte de Caamaño. La noticia nos llegó a Yaqui Núñez del Risco, Freddy Beras Goico y a mí, mientras asistía en calidad de invitado al programa Nosotros a las 8, que se transmitía por Radio Televisión Dominicana. Cuando salí del programa medité profundamente en la suerte futura del país y comprendí que la diáspora, tras la desaparición de nuestro último gran héroe, se acrecentaría enormemente. Mi novela Currículum (El síndrome de la vida)  fue un resultado de aquella meditación que me persiguió durante siete años (la novela la produje en alrededor de dos meses de agotador trabajo, en 1980).

http://theocmag.blogspot.com/2009/02/36-anos-fusilamiento-de-un-heroe.html


Capítulo I


Vienen de allá. Nos vamos acullá.
A  LA FRANCA, Vicente, tengo que irme.  
—Otro más.
   —Sí, me voy para sumarme a los casi quince millones de los nuestros que se encuentran allá.
   —En verdad, ¿somos tántos?
   —Eso dicen.
   —¿El conteo?
   —Lo sabes: la surveymanía. Esa enfermedad que
comienza a azotarnos y que nos convertirá, a la larga,
en simples números.  
   —Todos los conteos... ¡los cuentos, las fábulas, el cotorreo!
   —Sí.
   —Y, ¿qué hacen, cómo suenan, qué venden, cómo se vende?
   —Lo sabes, también: las computadoras. Todo ordenadito.
   —¿Y para qué? Porque, al final, sólo la muerte.
   —Sí, todos los finales conducen a la muerte. La muerte por suicidio, la muerte por el otro, la muerte por simple muerte.
   —¿Te lo imaginas? Dentro de algunos años: ¡coño, cómo vivían esos tipos! Estadísticas por aquí, estadísticas por allá. 
   —Podrías decirlo igual: la penetración cultural, el cansancio de no conseguir nada... y la edad, además, pero no me convences. En tu decisión de largarte para allá hay otras cosas: el cine, la televisión, Woody Allen paseando por Times Square. ¿Manhattan?
   —Eso creo.
   —¿Y?
   —¿Otro por qué? Sumarme a los de allá: quince millones más uno es igual a quince millones uno. ¿Conforme?
   —Aún no me convenzo.
   —¿De mí?
   —Precisamente. Porque si fuera de Sabana Iglesia, tal vez, quizás. O de San Juan. Pero, no tanto.
   —¿Por?
   —El sur huye menos.
   —¿Los españoles?
   —¡Déjalos fuera! ¡Fueron azarosos para estas tierras!
   —Es siempre lo del sur.
   —Explícate.
   —Piel más oscura.
   —¿Impureza racial?
   —Llámalo así, si prefieres.
   —Pero tiene sus ventajas.
   —Bueno, no es tranquilidad; no es prudencia; no es cortesía; no es melao con caña.
   —¿Adónde diablos piensas llegar, Vicente?
   —Bueno, no es adónde pienso llegar, sino en donde estamos. Hablamos de lugares, apacibles. Con ríos. Arroz. Plátanos. Condición de fuga. De fugar.
   —¿Transfugar? ¿España? Algo así me narró un tal Jiménez, el hijo de la viuda, un lectorcito de novelitas del FBI y vendedor de visas y de-lo-que-sea.
   —-¿Y?
   —La duración aquí. Los colonizadores en: Por. Para. Rajadura. 
   —¿De abrirse una grieta?
   —Sí, de rajarse: como Jalisco.
   —¿Espanto, quebranto, Lepanto?
   —Todo junto: susto, enfermedades, cobardía. Las flechitas, primero; ciclones, terremotos, después; los piratas, mucho después; Luperón y los otros, el 63, mucho-más-después.
   —¿Se rajan?
   —Claro. Pero. Antes. Fortuna espesa. Extremadura, lo peor, primero; Galicia, lo peor, después.
   —¿Y? ¿Cataluña?
   —¡Ojalá!
   —¿Vascongadas?
   —¡Más ojalá!
   —¿De dónde?
   AsturiasGijón. Por ahí. Vienen. Alpargatas. Pantaloncitos así, desbolsillados.
   —¿Para? Supermercados. Ferreterías. Se entrecruzan. Nada de producción. Importación, primero; exportación, después. Con. Se bañan poco.
   —¿Grajo?
   —Peor. Bolsas sucias.
   —¿Cojoncitos?
   —Puede ser. Mala impronta. Hijos míos jamás podrán, tú sabes, con hijas de ellas. Paredes altas. Hijos de ellos con hijas de ellos, tú sabes, si pueden. Cruzar fortunas. Los millones míos con los millones tuyos.
   —Pero, ¿algunos? Sí, algunos: Constanza, Roselló. Podría ser Corripio aquí.
   —¿Podría ser?
   —Sí, nada claro. Abarcando mucho, ¿se aprieta mucho? Las rajaduras no aprietan, aflojan, sueltan, se deshacen. Hay que ver.
   —Ah, ¡conque Asturias! Y es hermosa. Poco mezclada. Tú sabes, los moros penetraron poco allá; los mineros, el comunismo. Pero nosotros tenemos lo peor: buscavidas, desarrapados.
   —¿Honrados?
   —Habría que ver.
   —País extraño.
   —Es preciso. Ser. Como ves.
   —Pero, ¿por qué JánicoSabana IglesiaSan José de las Matas, Puñales, Vicente?
   —La sangre. Poco mezclada. Condición de tránsfugas. Se van. Juran por la bandera de allá. En el sur ocurre poco.
   —¿Acaso está Dios?
   —Podría estar, más bien, el mismo Diablo. Costumbre de desayunar con los demonios.
   —¿Cuáles?
   —El demonio de la sequía, de la desolación.
   —¿Sólo?
   —No. También el demonio del hambre.
   —¿Y la Iglesia?
   —Bien. A Dios gracias.
   —¿Sólo eso?
   —No. También las furias del abandono.
   —Entonces, ¿no se van?
   —Se van. Pero no tanto. Con disimulo. Sequedad. Hambre. Abandono. Tres demonios insalvables. Conducen, eso sí, a la revuelta. Sureños allá, ¿cuántos? ¿Surveymanía? Muchísimos.
   —Pero, ¿y de Sabana Iglesia, de Jánico? ¿Uno por cinco? Surveymanía, encuestamanía. La época. Datos. La cibernética es el futuro. Un slogan: sabed cuantos son y la dicha os sonreirá.
   —¿Uno por diez?
   Surveymanía. Es asunto de hábitat. El curtimiento. La mujer del sur.
   —Pero, ¿la cibaeña?
   —Precisamente la mujer de Mao: cocomordán, toto-que-muerde. El mito. Fenómenos de contacto, mientras que en el Sur los demonios: la sequedad, el hambre, el abandono.
   —Pero, ¿y los guineos, el maní, el arroz?
   —Puntos de contacto. Puntos necios.
   —¿El esfínter como un punto necio?
   —No, sólo recogimiento y soltura en juego constante. Lo ulterior es el hambre por un ordeño del glande.
   —No me convences, Vicente.
   —No me importa.
   —¿Es una tesis?
   —Lo demás es eso, Vicente: sobra, desacuerdo con el límite.
   —Bueno, hablas bonito; siempre has hablado bonito; pero eso no significa que tengas, que obtengas, que sobreentiendas la visa. Entendimiento de aquí, huida de aquí, atajamiento de aquí. ¿El antihéroe? La revolución pasó. ¿Cobardía? Mucha.
   —Sin embargo, es vital la cobardía para ser cuerdo, Vicente. Lo racional versus lo irracional; los cojones, versus las neuronas tales de la parte izquierda de los sesos.
   —¿Justifica eso los quince millones de nosotros allá?
   —Jiménez, el hijo de la viuda, lo justifica, Vicente. Sería la victoria anhelada sobre el imperio por ahogo tercermundista. Como para morirse de risa. Roma ahogada por Atila o la paráfrasis terrible del mito: Atila-cojones-caballo-no crecerá la yerba. O mejor aún: esfuerzo-la-visa-CDA-dominicano ausente.
   —-Pero, no entiendo, Beto: ¿quince millones?
   —Te lo dije, Vicente, repitiéndote lo que leí de fuente  confiable, de The New York Times.
   —¿De los nuestros?
   —No sé. Tal vez Hugo Morales, nuestro siquiatra del Bronx lo sepa. ¿Conoces a Hugo Morales? Es un médico nuestro allá. Preocupado allá. Benefactor allá. ¿Lo sabías? Tenemos muchos médicos dominicanos allá. Porque los cerebros altos obtienen la visa.
   —Pero tú, Beto, ¿no tienes el cerebro alto?
   —Lo tengo hinchado, pero no alto. Conocimientos desarraigados, non sense, política... Pero alto no. Hinchado sí.
   —-Con tu pasado, ¡dudo que te den la visa!
   —Bueno, Vicente, tenemos que hacer el intento porque la visa es una manía.
   —¿Sabes la fecha de la cita?
   —La fecha no me importa. Ya llevo casi cinco años intentándolo, Vicente.
   —¿No te han pedido nada, los cónsules?
   —Mucho. Casi un millón de currículos: un curriculum hoy, otro mañana, otro pasado mañana. Casi un millón de currículos.
   —¿Para qué? ¿Sobre qué?
   —La carrera de mi vida: desde lo fetal.
   —¿Y no lo saben, ya?
   —Desean saber más, sin resabios. Cuestión de cansancio.
   —¿Sólo eso, o están tras la búsqueda de algo?
   —Estoy preparado, Vicente. Estoy en cuatro patas, al acecho.
   —Verdad que eres comemierda, Beto.
   —Comemierda eres tú, Vicente, a la franca.



sábado, 15 de enero de 2011

EFRAIM CASTILLO SOBRE MIRLA LEDESMA Y ALEJANDRO ASENCIO


CUANDO QUIERO LLORAR, NO LLORO[1]

Por Efraim Castillo.

1.
S
Í, HUBIESE QUERIDO llorar, pero no pude, cuando contemplé las obras (aproximadamente treinta lienzos de diferentes formatos) que Mirna Ledesma y Alejandro Asencio me mostraron en uno de los salones de la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA), y las cuales formarán parte de la muestra Percepciones que, a partir del próximo mes de Noviembre, montarán en la Casa de Guayasamín, de Santo Domingo.
   Lo de llorar se convierte muchas veces en un desafío, en una afrenta, porque se trenza a ese último elemento de la estética aristotélica —la catarsis— y que, por ósmosis o penetración, nos deja en la boca el sabor del goce. Pero frente a las obras de Mirna y Alejandro no pude hacerlo, porque, simple y llanamente, el goce lo dejé bien adentro, degustándolo, catándolo, apreciándolo de la misma manera como se estiman esas sorpresas maravillosas que se arrinconan en lo estético.
   Tanto Mirna, como Alejandro —graduados ambos en la promoción del 2001 de la ENBA—, han desarticulado por completo en sus Percepciones las pesadas cargas argumentales con que los nuevos egresados tratan de impactar en sus realizaciones, creyendo éstos (los graduandos) que así desafiarán un mercado que, como el de la plástica, se transforma constantemente tras la búsqueda de lo trascendente; de aquello que se mueve y abre dentro de la peculiaridad de lo estético[2], y que, como sustancia viva, debe reflejar, no sólo los problemas de lo cotidiano, sino, también, lo que se percibe como una búsqueda de la quimera y de los sueños, y que se adelanta a los propios reflejos científicos, a esa dualidad especulativa, a esa actitud epistemológica burguesa, tal como ya lo debatían en el Bateau-Lavoir Picasso y sus compinches, a comienzos del Siglo XX. Porque, ¿no es, acaso, el problema de la historia, la historia misma?, talcomo lo enunció Hegel y que defendió Lukács de mil maneras en su monumental Estética?
   Dentro de esa incomprensión hacia lo nuevo con que suelen egresar los académicos de sus respectivos centros de aprendizaje (buscando entre los epítetos con que los bombardean los profesores, los productores y los maestros, los cuales, casi siempre, los miran con el desdén de lo incomprensible), se anida regularmente cierto miedo hacia los encuentros, hacia esos tránsitos por donde —a menudo especulando— consideran que deben moverse, y de ahí, entonces, que esa noción de vacío, que ese compartimiento donde suelen encerrarse, se convierta en un espacio-tiempo estanco. Sin embargo, Mirna Ledesma y Alejandro Asencio han logrado escaparse de esas conceptualizaciones donde la palabrería sustituye la acción, enmascarándose con cientos de epítetos que, en la mayoría de los casos, causan más desconcierto que confianza: postmodernismo, abstraccionismo-post-pictórico, cinetismo, futurismo, neoplasticismo, dripping, expresionismo abstracto, casualismo, fauvismo, computer art, materismo, neoconstructivismo, art pouvre, colour painting, arte concreto, tachismo, vibracionismo, etc., aparte, claro está, de las corrientes surgidas a partir de Las señoritas de Avignon, de Picasso, y que formaron verdaderas escuelas que superviven hasta nuestros días, precisamente por eso, por asentar a miles de cultores que vieron en ellas respuestas para sus búsquedas: cubismo, surrealismo, abstraccionismo y expresionismo. Mirna y Alejandro, insertándose plenamente en el oficio de la plástica, justo allí donde la expresión, casi siempre, aparece como una consecuencia de la praxis, de la actividad subjetiva que corre pareja con la investigación, han logrado evadir las resacas que producen los anecdotismos académicos y se han reorientado hacia una preocupación estética que —se podría apostar a ello—, los hará arribar a las metas presupuestadas en sus búsquedas. Por eso, cuando contemplé sus trabajos, pensé inmediatamente en el minimal y en ese Robert Morris de mediados de los sesenta, que ascendió al más puro reduccionismo como reacción, claro está, a ese abigarramiento, a esa noción del anecdotismo inútil, que planteaba el enfoque del arte como puro objeto, y que recobró, sustancialmente, ciertos elementos del suprematismo de Kasimir Malevitch (o quizás de Vladimir Tatlin o de Piet Mondrian), sobre todo en el empleo de formas geométricas descontextualizadas de sus correlatos emotivos, y que, desgraciadamente, no devino en escuela debido a que se adelantó muy violentamente a su época, por un lado, y al contexto en donde surgió este movimiento, la convulsa Rusia del final del zarismo, por el otro. Sin embargo, las esencias del suprematismo quedaron integradas a los principios metodológicos de la Bauhaus.



   Pero los trabajos de Ledesma y Asencio no miran hacia el pasado, no. Ni siquiera otean este presente. Son, eso sí, como testigos que, de pie, señalan un horizonte que luce algo sospechoso y le gritan «que ya está bueno de burdas truculencias, de frenéticos bailes en donde se mueven, como marionetas, las esferas inauditas de la imitación y el desconcierto».

Alejandro Asencio



2.
Tanto Mirna Ledesma como Alejandro Asencio, han adoptado —para su oficio— un fundamento existencial que separa, meticulosamente, la verdadera realidad social dominicana de esa otra falsa realidad que se petrifica en el folclor o en la imitación, y que siempre provoca las averías que conllevan a los solipsismos tardíos, a esos malestares culturales de trágicas consecuencias. Porque es, precisamente, desde esas petrificaciones e imitaciones de donde emanan las frustrantes búsquedas que suelen arrimar los procesos creativos nacionales a horizontes ajenos, desalojando lo que podría ser una cultura propia de su esencia vital. Octavio Paz enuncia que el fondo brota de la forma y no a la inversa[3], agregando que cada forma secreta (oculta) su idea, su visión del mundo, por lo queavenirse a la interpretación de la realidad dada, es otra de las trampas mortales en que suelen caer los productores plásticos que se entrampan al salir de la academia. Pero, al parecer, Mirna Ledesma y Alejandro Asencio la han evadido, explorando e insertándose en modos de interpretación que lucían distantes u ocultos, tras las esferas que se alimentan con los altibajos de la estructura cultural y que sólo saben encontrar los trabajadores consagrados, esos que, como Yoryi Morel (con su impresionismo tardío), Eligio Pichardo (con su figurativismo ancestral), Paul Giudicelli (con su exploración de la línea), Cándido Bidó (con su primitivismo exhaustivo) y Ramón Oviedo (con su constante búsqueda del ser estético atrapado en lo secular), han desdoblado y presentado al mundo, trascendiendo, así, lo petrificado, lo meramente folclórico… ¡o lo enajenado como propio, y que, desgraciada o felizmente, pertenece a otro!



 
3.
Sí, quiero llorar, pero no lloro, porque esta muestra, Percepciones, de Ledesma y Asencio es todo un desafío, toda una provocación que proviene de dos artistas noveles, recién egresados de la promoción del pasado año, pero que, a base de sacrificios y penurias, han logrado reunir una treintena de obras cuyo valor es evidente, rebasando los buenos augurios y proyectando espacios plásticos (como el minimal art y otras nuevas corrientes que tratan de recobrar las particularidades perdidas de las esencialidades del arte) que sólo habían sido tocados, muy levemente, por otros realizadores dominicanos consagrados.
   Esta exhibición, entonces, es una feliz demostración de que la ENBA está funcionando, de que la ENBA está llenando un vigoroso cometido y reflejándose con una extraordinaria vitalidad que hace honor a sesenta años de promociones constantes; a sesenta años que marcan un derrotero iniciado en el año 1942, cuando su dirección recayó, nada más y nada menos, que en ese renombrado escultor español llamado Manolo Pascual, y que continuó con José Vela-Zanetti, Josep Gausachs, Yoryi Morel, Celeste Woss y Gil, Gilberto Hernández Ortega, Joaquín Priego, Guillo Pérez, Joaquín Mordán Ciprián, Ana Luisa García, Marianela Jiménez, Rosa Tavárez y que, actualmente, dirige Juan Medina, produciendo, en estos sesenta años (y a excepción del año de la Gesta de Abril), sin lugar a dudas el grueso de los grandes productores plásticos dominicanos: Gilberto Hernández Ortega, Marianela Jiménez, Plutarco Andújar, Iván Tovar, José Ramírez (Conde), José Rincón Mora, Silvano Lora, Fernando Peña Defilló, Paul Giudicelli, Eligio Pichardo, Clara Ledesma, Domingo Liz, Ada Balcácer, Mariano Eckert, Aquiles Azar, Virgilio Méndez, Alberto Ulloa, Rosa Tavárez, Cándido Bidó, Leopoldo Pérez, Elsa Núñez, Soucy de Pellerano, José Félix Moya, amable Sterling, Joaquín Mordán Ciprián, Noemí Mella, Nidia Serra, Manuel Montilla, Vicente Pimentel, Dionisio Blanco, Alonso Cuevas, Miguel Núñez, Juan Medina, José Perdomo, Radhamés Mejía, Gaspar Mario Cruz, Norberto Santana y Freddy Javier.
   Sé que muchos nombres faltan en esta lista. Pero eso no importa. Lo vital es lo otro, lo que deberá anexarse al conjunto cultural. Porque, de medir bien sus pasos, evitando caer en los rejuegos de una mercadotecnia que marca valores inexactos o ficticios, y remontando las corrientes adversas de los facilismos, Mirna Ledesma y Alejandro Asencio, después de estas maravillosas Percepciones, habrán de estar entre esos nombres faltantes, integrándose, así, a las maravillosas realidades que la Escuela Nacionalde Bellas Artes (ENBA) ha producido para el engrandecimiento de la plástica dominicana.   
   Y es por este futuro, que avizoro esplendoroso, por lo que, aunque quiero llorar… ¡no puedo!

Octubre, 2002.





[1]En este trabajo, escrito en el año 2002, aposté por los talentos de Mirna Ledesma y Alejandro Asensio, y el tiempo me ha dado la razón: ambos, ocho después, se encaminan hacia la cumbre, no sólo de la plástica dominicana, sino regional. 
[2] LUKÁCS, Georg: ESTÉTICA 1. Editorial Grijalbo, S.A. Barcelona – México. 1966. Pag. 33.
[3] PAZ, Octavio: CORRIENTE ALTERNA, Siglo XXI Editores, S.A., México. P. 7.

jueves, 6 de enero de 2011

Respuesta a Quico Tabar


Enero 6, 2011.

Estimado Quico:
Este artículo tuyo de Hoy enfrenta —muy valientemente— el costado principal de esa desenfrenada invasión de haitianos al país. Y al subrayar lo de valientemente lo hago apoyándome en los enlaces históricos que han movilizado esas migraciones:
·       las persecuciones de Dessalines a los blancos y mulatos de aquella parte de la isla, luego de la independencia haitiana, en 1804;
·       la ocupación de nuestro territorio por fuerzas haitianas, en 1822;
·       los miles de haitianos que ocuparon Hincha y Las Caobas, tras la separación de 1844, y Veladero y Cachimán, luego de la guerra restauradora, auspiciados por Boyer, Geffrard y Saget, aunque este tipo de ocupación ya había sido diseñado por Dessalines y Cristophe, perdiendo el país alrededor de 3,500 kilómetros cuadrados de territorio;


·       la modernización de la industria azucarera dominicana, auspiciada por emigrantes cubanos y puertorriqueños, así como agroempresarios norteamericanos, entre 1874-1880, requería de braceros expertos, algo que no ofrecía el país, por lo que se precisó importar jornaleros haitianos y barloventinos, expertos en estas faenas;
·       la disminución de la oferta europea de azúcar de remolacha durante la Primera Guerra Mundial provocó el encarecimiento de los precios azucareros, los cuales se elevaron, de $5.50 en 1914, a $22.50 en 1920, lo que indujo a la instalación de nuevos ingenios y a la importación masiva de más braceros haitianos;
·       otra de las oleadas beneficiosas para la producción de azúcar de caña aconteció durante la Segunda Guerra Mundial, lo que abrió el apetito de Trujillo, que construyó en 1948 el Central Catarey, en 1952 el Central Río Haina, y en 1956 el Central Esperanza, y comprando a propietarios canadienses, norteamericanos y puertorriqueños  los ingenios Monte Llano, Ozama, Central Amistad, en 1952; el Central Porvenir, en 1953, el Santa Fe, en 1954; y los de Barahona, Boca Chica, Quisqueya y Consuelo, en 1956. Estas compras demandaron, desde luego, grandes importaciones de más braceros haitianos, las cuales se oficializaron a través de acuerdos bilaterales;
·       con la subida al poder de Balaguer, en 1966, se inició otra modalidad en la importación de jornaleros haitianos: la construcción de edificaciones;
·       la tragedia histórica de la economía haitiana, cuyos líderes no supieron mantener a flote la maquinaria agroindustrial dejada allí por Francia, convirtiéndola en odio hacia todo lo blanco y europeo; y
·       las preocupantes tragedias acaecidas el año pasado: el terrible terremoto del 12 de enero y la epidemia de cólera, que han ocasionado las masivas migraciones de los últimos meses.
Demás está decirte, estimado Quico, que la población de haitianos en el país, concentrada hasta el 1961 en los bateyes y sus contornos, se ha desbocado hacia las ciudades atraída por los promotores de urbanizaciones, torres y hoteles, responsables de esta explosiva avalancha, la cual se ensancha hacia todas las faenas que ocupaban hombres y mujeres del país: quincallería, mensajería, motoconchismo, etc., y que llena comercios y esquinas de pedigüeños, entre los cuales se encuentran niños desde dos a catorce años.
Así, los culpables verídicos de este caos han sido, a través de la historia:
·       los gobernantes e intelectuales haitianos, que han manifestado a través de proclamas y teorías raciales que esta isla debe tener una sola nación: Haití;
·       los propietarios extranjeros y dominicanos de ingenios, que han propiciado importaciones de braceros haitianos sin políticas de repatriación;
·       los promotores de edificaciones que, al igual que los empresarios azucareros, han estimulado la contratación de mano de obra de ese país en las construcciones, sin importarles el estatus del inmigrante;
·       y los gobiernos que, desde Balaguer hasta Leonel Fernández, han patentizado una increíble ineptitud ante este problema que, a la larga, podría destruir nuestra médula cultural: la lengua y la religión.
Con mi admiración de siempre, queda de ti,


Efraim

viernes, 31 de diciembre de 2010

Cartas entre Quico Tabar y Efraim Castillo. Balance 2010


Termina el año con balance negativo
La política quedó marcada por violaciones constitucionales
Escrito por: TEÓFILO QUICO TABAR (tabasa1@hotmail.com)
Mañana termina el 2010, que para buena parte de los dominicanos seguramente quedará marcado como un año negativo en la mayoría de las cosas que acontecieron en la vida pública, a pesar de que las autoridades hablan de crecimiento de la economía.

Y probablemente creció, pero ese crecimiento se quedó atrapado en las redes que el sistema ha creado para que solo un grupo privilegiado pueda disfrutar de los peces grandes, dejándole al resto de la población los desperdicios.
La política quedó marcada por violaciones constitucionales; elecciones en las que primaron el despilfarro de recursos y el transfuguismo auspiciado por el oficialismo; pugnas y discusiones en los partidos; debilidades institucionales y ausencia de valores éticos y morales que debieron enmarcar la acción pública.
Surgieron  brotes de  enfermedades nuevas que amenazan a la población, precisamente entre los que no poseen las redes que permiten pescar libremente y sin límites.
Ausencia de programas alimenticios adecuados en las escuelas provocando cientos de niños intoxicados; aumento del narcotráfico; violencia, atentados y violaciones por doquier; aumento del desempleo; subida del precio de los combustibles y la electricidad sin que se eliminen los tortuosos apagones; basura en la mayoría de las calles; denuncias de corrupción y todo un conjunto de cosas que describen un año 2010 desastroso, pero las autoridades dicen que la economía creció.
Nuestro modelo está basado en muchos aspectos que resultan, además de antihumanos contraproducentes, porque parten de unos indicadores que no reflejan necesariamente la realidad de lo que ocurre en la mayoría de los hogares, pues el crecimiento de la economía debe estar íntimamente ligado a la situación de la población.
Cuando no se reflejan mejorías en las condiciones de vida de los habitantes, aunque los expertos lo digan, no se puede hablar de crecimiento económico, sino más bien de crecimiento de algunos sectores y de unos indicadores que les sirven a los organismos internacionales para calificar o medir las posibilidades de cobrar en esos países, no importa si la mayoría de la gente vive mal.
Pero para el gobierno y algunos sectores la economía creció, aunque para el resto del país solo crecieron las desigualdades y toda la secuela negativa que ella engendra, aumentando cada vez más  las diferencias y creando caldo de cultivo que igualmente aumentan los resentimientos.
El 2010 llega a su final sin que se vislumbren expectativas positivas para el próximo año, lo que preocupa, pues si el gobierno sigue pensando que todo anda bien y continúan actuando de espaldas a las verdaderas necesidades que padecen las mayorías, podrían estarse incubando actitudes que exploten de un momento a otro, sin que necesariamente sea para bien de la propia gente.
Dios permita que todos los sectores, especialmente oficiales y dirigentes reflexionen, para que en el 2011 primen acciones de mayor contenido humanista, más respeto a la institucionalidad, más solidaridad y pueda lograrse paz social y económica duraderas.


Diciembre 30, 2010.

Estimado Quico:

Vuelvo —con infinita alegría— a felicitarte por tu artículo de este día en el diario Hoy, aunque me siento en la obligación de señalar que te faltó relatar uno de los aspectos más negativos del año 2010 —el cual se encuentra a punto de convertirse en historia—: el problema haitiano, que está llegando a uno de esos límites en que se desligan las adhesiones, los sentimientos y la cordura para desembocar en la histeria. Tú, como hijo de emigrantes sirios, debes sentir en esa parte blanda del corazón el hondo significado de un destierro religioso, económico o político y, tal vez por eso, puedas juzgar con imparcialidad la tragedia que vive Haití y las pesadas consecuencias de un éxodo que, por descontrolado y peligroso, nos está convirtiendo en depositario de una población compuesta, no sólo por honrados trabajadores de la construcción, sino también por mendigos, huérfanos, enfermos y delincuentes.

Aunque todos sabemos quién o quiénes son los culpables de este desordenado éxodo que nos asfixiará a la larga, preferimos no gritarlo, tal vez por miedo a convertirnos en cómplices de lo ocurrido en 1937, pero no es posible obviar la ineptitud del Gobierno.

En esa inmigración, que nadie lo dude, se mueve como un espectro vengativo la teoría de Jean Price-Mars, que nos endilgó un bovarismo colectivo por, según su hipótesis, creernos españoles y no africanos como sus compatriotas. Esta teoría de Price-Mars no es más que una especulación sin asidero científico, por sostenerse en lo racial, descartando los dos elementos fundamentales que integran una nación: la lengua y la religión. Asimismo, el intelectual haitiano, defensor y sostenedor del movimiento de la negritud nos culpó de “aliarnos con los europeos —franceses, españoles o de cualquier otro origen—, dándole la espalda a la épica lucha por la libertad que protagonizaron los esclavos de Haití”, así como de “rechazar todos los intentos de los haitianos por crear una sola nación de los dos países que comparten la Isla Española”[1].

Es por esto, estimado Quico, que considero una urgencia nacional el dar la cara al problema haitiano, lejos de las coyunturales y desastrosas consecuencias que nos ocasionará el cólera y los hacinamientos urbanos y rurales de esta inmigración.


Efraim

[1] Jean Price-Mars: La República de Haití y la República Dominicana: diversos aspectos de un problema histórico, geográfico y etnológico. Traducción de Martín Aldao y José Luis Muñoz Azpiri. 3a. ed., facsímil. Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1995.

Diciembre 31, 2010.


Hola estimado amigo:

Hoy es cuando estoy leyendo tu correo. En parte tienes razón, pero siempre les digo a mis amigos que la vida no la podemos captar en fotografías, sino viendo la película o la cinta entera, puesto que una foto da una impresión de ese momento, sin embargo viendo la cinta entera uno puede apreciar cual es la historia o la película completa. Te digo esto  porque sobre el caso haitiano y específicamente sobre la necesidad de establecer una política ajustada a nuestra realidad, clara, estricta y ejecutada sin vacilaciones, con todo el rigor, lo he expresado  en varias ocasiones. Es más, repdoduje en una ocasión un trabajo que realizó un gran amigo dominicano radicado en Europa, Carlos Julio Báez Evertz, quien participó como delegado de España en la Comunidad Europea en Bruselas donde reside actualmente con relación a Europa del Este, que como tú sabes se crearon situaciones, aunque con diferencias de costumbres, pero con ciertos rasgos que pudieran parecerse a los nuestros. Te repito que salvando las distancias económicas y culturales de ambos escenarios.

El problema haitiano no se parece bajo ninguna circunstancia a las emigraciones Árabes a República Dominicana. Nuestros antepasados vinieron con pasaporte, se inscribieron como residentes y se ajustaron a las reglas que en el país existían. Se mezclaron y se adaptaron. Se integraron de tal forma que pudiera decirse que no hay una familia dominicana que no tenga algún arabito en su entorno. Con los haitianos tenemos una situación sumamente delicada y agravada, puesto que no solo no hay una política definida, sino que la política actúa permanentemente socavando cualquier intento serio para la creación de reglamentaciones, pero por otra parte el poder económico que fundamenta sus proyectos en la mano de obra indocumentada, igualmente actúa de manera determinante e irresponsable.

Pero eso no ocurre ahora. Como trabajé en la industria azucarera por muchos años, ello me permitió, junto a Jose Israel Cuello, compilar algunos tratados que decriben el modus operandi de los gobiernos con relación a los braceros, auspiciados por los ingenios privados, Central Romana y Vicini y la propia industria estatal.

Lo que tenemos no es una foto, sino una cinta o película muy vieja con raigambres muy profundas, que no pude verlas de manera aisladas en el recuento del  año 2010 en que pretendí resaltar algunos aspectos negativos. Sé que tienes razón, pero cuando expreso sobre que el surgimiento o brotes de enfermedades pone en peligro a toda la población, especialmente la que no pertenece a los que tienen el control de las redes que impiden que todo el pueblo pueda pescar, lo hago en referencia a los haitianos, pero no son ellos los unicos responsables de esa situación.

En 500 palabras tengo que producir un artículo que no me permite muchas veces entrar en análisis profundos. Te agradezco tu correo. Pones de manifiesto tu preocupación y la comparto. No sabes cuanto insisto con políticos amigos para que al tema haitiano se le de un trato preferencial, pero se que se mueven aspectos que lo hacen impenetrable, especialmente cuando nuestros políticos no quieren tocar a los Americanos ni con el pétalo de una rosa. Estamos atrapados y sólo los dominicanos tendremos que sacudirnos de esa situación, puesto que en 10 años probablemente no habrá manera de identificar nuestra nacionalidad que ya está diezmada. Lo que está ocurriendo en Santiago es un signo de que la gente se está "jartando" de esa situación y pondrá a las autoridades en jaque. El caso Santiago podrá solucionarse momentáneamente, pero surgirá en otros lugares y eso podría provocar situaciones lamentables, pero tal vez le den paso a una solución.

Puedes tener la seguridad de que esos señalamientos tan documentados que haces, los tomaré en cuenta. Me enaltece ser tu amigo y saber que un dominicano tiene tanta sensibilidad y sobre todo tanta cultura. Un abrazo y que el año 2011 se parezca a lo que tú deseas.

Quico.




Estimado Quico:

En la novela que escribo actualmente introduzco —como una historia satélite— la llegada al país de los Alahan, una familia libanesa que se asentó en el este dominicano y sembró de progreso y sabiduría todo el entorno que le tocó vivir, aportando, además, valiosos profesionales y militares a la nación. Con esto, desde luego, trato de comunicarte que la inmigración árabe a la República Dominicana no sólo ha constituido un ramal étnico de extraordinaria importancia, sino un inconmensurable aporte de conocimientos a la medicina, tecnología y economía.

En mi corta misiva no traté, de ninguna manera, de presentar un análogo entre las migraciones árabes y haitianas al país. ¡Eso nunca! Los únicos haitianos que han aportado enseñanzas y virtudes a la nación, salvo algunas singularidades —como  la de mi amigo Jacques Viaux, un insigne poeta haitiano, miembro de la Generación maldita del 60, quien aportó su sangre a la resistencia nacional contra la segunda intervención norteamericana—, fueron los mulatos que no pudieron embarcarse hacia Francia en 1804, tras las sanguinarias persecuciones de que fueron víctimas a raíz de la independencia de Haití y tuvieron que cruzar a la carrera la frontera, aposentándose —la mayoría— en San Cristóbal (los Monteux —hoy Montás—, los Leger, los Duvergé, los Boissard, los Renville, los Silié, los Aliés, los Chevalier —que aportó sangre a Trujillo—, etc.), introduciendo allí cambios radicales y beneficiosos en los cultivos de café, cacao y azúcar. 




Sin embargo, la inmigración árabe cristiana, que comenzó a establecerse en el país  y Latinoamérica a comienzos del pasado Siglo XX, debido a las persecuciones musulmanas, irrumpió como una lluvia fresca en un país que, como el nuestro, se desangraba por las montoneras y las malas administraciones. Esta oleada árabe instauró comercios y fincas y se mezcló con nosotros, quienes aún luchábamos por auto-identificarnos. Debo decirte, que entre mis anunciantes siempre conté con empresarios árabes que me demostraron la valía de sus aportes a la historia del hombre, a través de una sólida su cultura que ofreció a la historia trascendentales inventos como el arado, el álgebra, el alcohol, el cristal, el espejo, el jabón, la cámara oscura, la bomba de agua, el molino de viento, el botón y, sobre todo, estimado Quico, la sutiliza de su literatura, que irrumpió en Europa como un destello de luz a partir de Las Cruzadas. 

No Quico, de ninguna manera quise comparar esas dos migraciones. La observación la hice porque en el alma de todo emigrante se mueve un sentimiento de nostalgia que involucra los movimientos humanos a su propia diáspora, envolviéndolo del dolor que primó en sus ancestros.

¡Felicidades, amigo mío!

Efraim