lunes, 4 de febrero de 2013


Canto XII de Confín del polvo

 
Por Efraim Castillo
 
¿QUÉ NOS QUEDA aún por conquistar
si no esta riqueza interior
que aplasto la cabeza de Alejandro
comprimió los pulmones de Cesar
enfrento los caballos siberianos
de Atila y corrigió los defectos de Carlo Magno?
 
¿Qué nos queda por conquistar todavía
si el espacio infinito se va presuroso
por los hoyos negros           
y el agua desaparece entre nuestras manos
mientras aire y viento se entregan
a los temibles óxidos?
 
¿Qué nos queda si no las arrugas
las cuitas, los desfiladeros de lo inerte
y las olvidadas afrentas?
 
¿Qué, si no esas limosnas lanzadas
como en cascadas sobre piedras y leves humos?
¿Qué  si no las lágrimas de súplica
los gritos ahogados entre sollozos y brumas?
 
Debería haber, entonces,
como impreso en algún lugar del bosque,
alguna partícula, un atomillo
de ternura que se quiebre al conquistarse;
debería haber, se supone, en algún resquicio
entre la claridad centelleante del desierto
cierta arenilla que permita pisotearse.

Debería existir, como pura suposición,
alguna cola de estrella cuyo brillo
pueda cegar los ojos;
debería intuirse, eso está claro,
que entre leguas y leguas de mar
cierto pececillo nade en contra-corriente.
 
Entonces, ¿habrá algo para conquistar?
quedará el corazón apto para entregarse
a la tarea armoniosa del entusiasmo,
que despierta lo conquistado?

¿Qué nos queda, aún, por conquistar
si ya todo el llanto esta dado,
si ya todos los caballos han galopado,
si los ojos de las vírgenes han sido cercenados,
si no quedan corazones que apresuren sus latidos
tras los asomos de la aurora?

 
Para  nada valdrán los fusiles,
las granadas y misiles.
Para nada servirán las gruesas botas
ni las charreteras ni las máscaras.
Nada importará tanto, entonces,
como la luz en el ojo del niño
y su sonrisa estallando frente al sol.
 

viernes, 18 de enero de 2013


Tengo un gen:

Por Efraim Castillo

Tengo un gen de cuervo
un gen de tigre
un gen de águila
Y un gen de trucha.
Tengo un gen de viento
y un gen de lluvia
y un gen de lodo
y un gen de infierno.
 
Puedo graznar
rugir
lanzar chillidos
nadar a contracorriente;
Puedo bramar
y caer a tierra a través del tiempo
y ensuciar la yerba
y quemar las flores.

 
Tengo un gen de víbora
y un gen de cielo
y un gen de sapo
y un gen de cóndor.
Tengo un gen de lobo
y un gen de oveja
y un gen de río
y un gen de nieve.
 
Puedo serpentear sobre la arena
observar la disolución del cosmos
saltar sobre los charcos limpios
y volar sobre empinadas lomas.
Puedo aullar
balar
cambiar mi figura líquida
suspender mi caída sobre las brisas heladas.


Tengo un gen de hiena
y un gen de roble
y un gen de liebre
y un gen de esperanza.
Tengo un gen de elefante
un gen de hormiga
un gen de pulpo
un gen de miedo.

Así, sí, así,
puedo auscultar los peligros de la noche
esconderme de los rayos
esperar las buenas nuevas.
Puedo trotar pesadamente sobre las verdes sabanas
nutrirme de los desperdicios
asirme al futuro con ocho brazos
crecer internándome en la tierra
y temer a los ruidos de la tempestad.


Tengo un gen de tiburón
un gen de tristeza
un gen de flecha envenenada
un gen de ciempiés.
Tengo un gen de océano
un gen de toro
un gen de avestruz
y un gen de fuego.

Puedo devorar lo devorable
llorar mis desconsuelos
matar los corazones
y caminar sobre lo prohibido.
Puedo extenderme y dar la vida
embestir lo inimaginable
entorpecer la gran mirada
y quemar la conciencia pura.

Tengo un gen de tetra rojo
y un gen de obelisco
y un gen de oso
y un gen de luna.
Tengo un gen de piedra
y otro de arena
y un gen de caballo
y un gen de locura.

Con pena puedo ver los ásperos contornos
encerrar secretos
ser la diversión del circo
alumbrar malamente al ser furtivo
encumbrar las construcciones
servir de refugio a los grandes fósiles
galopar como brisa sobre el horizonte
y ser hazmerreír en los manicomios.

Tengo un gen de mosquito
un gen de ruiseñor
un gen de libro
un gen de Alí Babá.
Tengo un gen de Plutón
un gen de alondra
un gen de rinoceronte
y un gen de murmullo.

¡Qué bueno poder atragantar los sueños!
Y trinar en las madrugadas
almacenar las altas palabras
descubrir los olvidados hurtos de la historia
perderme en la profundidad del infinito
arrullar los oídos quietos
pisar duro sobre las planicies
y pasar inadvertido entre la gente.


Tengo un gen de malandrín
un gen de Abraham
un gen de asno
y un gen de león.
Tengo un gen de cebra
un gen de mantarraya
un gen de venado
y un gen de oasis.

Podría burlar los silbatos policiales
multiplicarme en muchas tribus
rebuznar en la quieta tarde
lanzar zarpazos sobre los rostros burdos.
Puedo cubrir de rayas todo mi entorno
sepultar navíos en la nada
enredarme en la adrenalina tras un espanto
y ser frescor entre la aspereza.

De mi poema Confín del polvo

martes, 8 de enero de 2013


EL SECUESTRO


Por Efraim Castillo

 

Lo último que vio fue el mar. Allí, frente a él, en el momento que era lanzado desde el acantilado. Después lo cubrió el agua y luego la nada, el descenso de su cuerpo atado a cadenas hasta el suave lecho de arena. ¡Y entonces la muerte! Desde que lo plagiaron en la céntrica avenida, el mundo se había perdido para él y su vieja dolencia ocasionada por la herida recibida  en la Revolución de Abril reverdeció como la yerba seca tras las lluvias. Había vuelto la tos y también los horribles dolores de garganta. ¿Para qué lo querían, para qué lo torturaban estrujando su lengua con papel de lija, si él sólo cumplía con los mandatos de su conciencia al proferir lo que sentía hacia el hombre al que llamaba El Galápago, el eterno, el retenedor en sinfín del poder; si sólo —como un pequeño soldado— hacía lo que muchos deseaban emprender y no hacían, callando miserablemente? Luego de su rapto, comprendió que sus actos, que sus protestas y acusaciones habían rendido sus frutos. Comprendió que El Galápago —y con él sus sicarios— le temían. Cuando lo aproximaron al mar sintió alguna esperanza. El mar siempre había sido su aliado, su baño de redención y acudía a él en los momentos en que la tristeza lo embargaba.

            Desde el vehículo en que lo transportaban, luego de ser secuestrado, podía sentir el ruido de la ciudad, las alternativas acústicas del fragor de la tarde. En los días sucesivos, cuando lo llevaban con los ojos vendados de un lugar a otro, medía las horas por la intensidad de los ruidos producidos en las calles: los pregones, las bocinas de los vehículos y las voces de los transeúntes, marcaban en sus oídos las rutas establecidas por sus captores. Sabía cuando transitaban de Este a Oeste y de Norte a Sur y viceversa.

            Al momento de ser secuestrado, en el instante en que fue tomado por los hombros violentamente e introducido al jeep, el profesor sólo pensó en su mujer e hijos.

            —¡No quiero ir, coño, no quiero ir! ¡Déjenme quieto, hijos de puta! —había proferido a sus captores y, sobre todo, al matón de ojos grandes que lo asió con fuerza y lo empujó hacia la parte posterior del vehículo.

             Pero sólo escuchó un:

             —¡Entra rápido, comemierda! —que se convirtió en el centro de todos los sonidos, porque los insultos que le lanzaban iban, desde un recuento de sus actividades contra El Doctor, hasta los pronósticos de lo que sería su vida a partir de aquel secuestro. No obstante los golpes, las fricciones con papel de lija sobre su lengua y la aplicación de bastones eléctricos contra sus tetillas, el profesor mantenía un silencio que ofuscaba y sorprendía a sus torturadores, aunque el miedo lo inundaba por dentro cuando pensaba en su mujer e hijos. Ese temor, ese miedo, lo había estado sintiendo desde tres días antes de su plagio, porque sabía que lo seguían y se lo había dicho a su esposa la noche anterior y ésta, visiblemente preocupada, le suplicó que no continuara los ataques al Doctor.

            —No es El Doctor el más peligroso  —dijo a su esposa—, sino los asesinos que le rodean. El Doctor no siente miedo ante nada ni nadie porque por sus venas no corre sangre, sino hielo. ¡Pero esos asesinos que le rodean sí sienten miedo! Mientras El Doctor contempla la historia como un témpano que se desplaza hacia ningún lugar, sus sicarios temen que se deshiele y se los trague el mar. Para El Doctor todo está dado, signado por un destino del que no podía escapar.

            Brunilda, su esposa, siempre preocupada, le expresó:

             —Ya sea del Doctor o sus matones... ¡debes apartarte de esa lucha solitaria por algún tiempo!

            La primera señal de que lo espiaban provino del individuo que, de buenas a primeras, apareció frente a su casa con un puesto de frutas, y sin importar que lloviera a raudales, permanecía allí, imperturbable, con un capote visiblemente militar sobre sus hombros.

La segunda señal la captó durante su travesía hacia la universidad en un autobús público, cuando un tipo bien extraño se sentó próximo a él y, tras dejar el vehículo en la zona universitaria, lo seguía a todas partes, observándolo y anotando en un cuaderno todos sus actos: con quién conversaba y qué hacía al dejar las aulas. El sujeto, inclusive, tomaba el mismo transporte que lo llevaba de regreso a su casa al atardecer.

La noche anterior al secuestro, el profesor recibió la tercera y última señal de que lo seguían: caminando hacia el parque central junto a dos discípulos, un vendedor de billetes los siguió durante todo el trayecto de ida y vuelta, intercambiando disimulados saludos con algunos agentes policiales que encontraba a su paso. Sin comunicárselo a sus alumnos, el profesor comprendió que su vida corría peligro y aunque no sintió miedo por él, sí lo experimentó por su familia.

Al repasar sus últimos actos contra lo que él llamaba la dictadura ilustrada del Doctor, comprendió que posiblemente el discurso pronunciado en la facultad de humanidades quince días atrás, podía ser el punto álgido, el factor primordial de estos espionajes descarados. En su discurso, el profesor llamó a los gobiernos del Doctor los gobiernos degradantes, preguntando al auditorio con una voz elevada por grandes vibraciones, si no había alguien en el país que acabara de una vez por todas con El Galápago. Por ese discurso el profesor fue llamado a la rectoría y suspendido por una semana sin disfrute de sueldo, amén de que, tras la noticia reseñada en los periódicos, la partida presupuestaria mensual de la universidad fue retenida por el gobierno durante diez días.

            Pero el profesor, cuya vida había transcurrido entre las prisiones trujillistas, las protestas que siguieron a la muerte del tirano, las guerrillas del 1J4 tras el derrocamiento del gobierno de Bosch y la Revolución de Abril, no era fácil de asustar, y su único temor se reducía a lo que podría pasarle a Brunilda y los muchachos. “¡Son ellos los que me preocupan... sus vidas son mi responsabilidad!”, se decía, preguntándose luego si “¿valdría la pena continuar jodiendo la paciencia en un país con una memoria medalaganaria?” También sostenía la tesis de que El Doctor se desdoblaba en tres: a veces, en ciertas oportunidades era el buen hijo amante de sus recuerdos, preocupándose por un destino nacional vinculado a la educación, a los deportes y a las ciencias; otras, era el clásico vengador colérico de los poderosos, impidiendo las huelgas, las manifestaciones populares y atizando los odios entre las diferentes capas sociales; y también era el intrigante tras bambalinas, agudizando las fisuras entre sus propios servidores militares para convertirse en el escuálido líder que aparentaba ser.

            Sin importarle que le siguieran, se vistió con su flux azul la noche siguiente de comprobarlo, “su traje de la buena suerte”, según Brunilda y, anudándose al cuello una corbata de lazo, salió a la calle. Y por la agitación de brazos del falso frutero a otro sujeto, el profesor comprendió que sus pasos serían seguidos. Pero sin importarle nada, se dirigió al hombre de las frutas, diciéndole:

            —¡Buenas noches, amigo! —y emprendió un paseo que le llevaría a recorrer varios kilómetros de bloques con edificios multiformes, disímiles, construidos cada uno según los caprichos de sus dueños y sin obedecer a un patrón urbano. Para el profesor Santo Domingo no era más que eso: una insondable e irreverente ciudad del caos; una ciudad aposentada en tres obtusos sueños: primero el de Ovando, que la trazó según sus referentes españoles, enjaulándola como una paloma acechada por buitres; luego el de Trujillo, que la ató inmisericordemente a su megalomanía, a ese desmesurado y loco afán de perpetuar su yo más allá de la posible historia; y ahora el del Doctor, cubierto con la estúpida calibración de revivir las riberas del Nilo y quebrando, con sus despistes, las esperanzas de redención de cientos de miles de hombres, mujeres y niños, que abandonaban sus campos y sus siembras tras la ilusión de ser beneficiarios de la demagogia oficial, para recibir casas o apartamentos sin tener aún nociones mínimas de vida urbana.

Los pasos del profesor le llevaron hasta las esquinas plagadas de chinos en una Avenida Duarte cuya bullanguera actividad era única en el mundo. Ya el profesor había advertido que los chinos se estaban apoderando de la parte baja de la vía y por su nariz, al llegar a la esquina de la Avenida México, desfilaron olores a chofán, chicharrón de pollo, chow mein y de otras delicias de la cocina cantonesa provenientes de los restoranes levantados allí en los últimos años. Cada vez que transitaba por ese trecho el profesor se hacía la misma pregunta: “¿Cuántos chinos habrá en el país?”, y construía pensamientos de cómo se originaría la mezcla de razas dentro de los próximos cinco siglos. Él sabía que como mulato representaba una síntesis, un resultado del descubrimiento de América y pensaba que el porvenir del hombre, con las presiones de un tercio de la población mundial asentada en el Asia, no podría ser otro que un mestizaje con el amarillo y el rasgamiento de ojos, coronado con los pelos tan rectos como agujas de cartílago. Recordó entonces que en alguna de sus cátedras, había señalado que el tiempo que nos aguarda apostaba a la China, restaurando el viejo enunciado de Malraux de “que estamos viviendo el final de una era sin precedentes (...) en donde la China de Mao apunta vigorosa hacia el futuro”.

Así, entre pensamiento y pensamiento, el profesor caminó hasta el Malecón, que constituía para él un salmo de eternidad, un espacio donde se abatían las tristezas de la ciudad y donde renacían, en los atardeceres que se abrían a la luna llena, las alegrías idas, los clandestinos momentos de felicidad.

            Fue a su regreso del Malecón cuando fue plagiado, cuando el hombre de los grandes ojos lo introdujo con fuerza al jeep, trasladándolo hacia un lugar cubierto por un silencio que se quebraba por el sonido de helicópteros y aviones. Tal y como lo introdujeron al vehículo, así mismo lo sacaron, empujándolo hacia unas escaleras tan altas y empinadas que cayó tres veces como Jesús con el madero. Entonces lo levantaban tras cada caída y proseguían los empujones con mayor violencia. Pero no profirió palabra alguna. Su conciencia estaba allí, justo en el lugar adecuado, en aquella parte derecha de su cerebro que le permitía ser sarcástico a la hora de gritar y escribir y, al mismo tiempo, sacar de abajo para resistir ciertos razonamientos lógicos.

Cuando sus secuestradores lo detuvieron en seco, pudo escuchar una voz de mando, áspera y aguda, gritar:

—¡Aquí está el comemierda de los insultos al Doctor! ¡Introdúzcanlo a la habitación!

El profesor podía jurarlo: nunca había escuchado una voz como aquella, con una intensidad tan penetrante, tan dura, tan afilada y cortante, que le hizo recordar los documentales sobre Hitler, Mussolini, Roosevelt y Fidel. Aquella era una voz que reunía el terciopelo y la abrasiva condición del vidrio roto. ¡Y aquella voz se estaba dirigiendo a él, lo aludía a él y buscaba ensañarse en él!

—¡Ahora verá este maricón lo que es cajeta! —y empezaron, entonces, los golpes como una lluvia de explosiones sobre su rostro; como si bloques de hormigón se desprendieran desde lo alto de una torre y aplastaran sus ojos, oídos, boca y nariz con gran impacto. Al desmayarse le echaron un balde de agua helada sobre la cabeza y cuando abrió los ojos impedidos de observar más allá del profundo negro de la venda, sintió sobre sus párpados como si pesadas cadenas  le golpearan con extraordinaria fuerza. Pero no dijo nada; ni siquiera emitió un quejido de dolor. Pensó en el mar: imaginó las olas encrespadas de blanco montarse una sobre la otra fueteando los cambiantes niveles; las imaginó vigorosas, esparcidas sobre la brisa. Luego percibió la luna llena: contempló sus valles oscuros y puntos luminosos y, sobre las imágenes del mar y la luna, vio a Brunilda sonriente, enérgica, señalándole algún punto sobre el horizonte donde aparecían sus hijos. El dolor le corría por las sienes y descendía por su espalda hasta la vieja herida recibida en la revolución; sintió que volvía a abrírsele, que volvía a sangrarle. Y hubiese deseado dejar escapar un grito, desarticular todas las fuerzas que contenían el lacerante dolor, refugiándose en el alarido. Así, sin poder más, de su garganta salió un estruendo, un chillido, un sonido enorme que hizo temblar a sus golpeadores:

—¡Maaaaalllllldiiiiiitoooooos! —y dejó caer pesadamente su cabeza sobre el pecho.

Visiblemente sorprendido, uno de los torturadores gritó al otro:

—¿Qué ha pasado? ¿Volvió a desmayarse? —Entonces quitó la venda de los ojos del profesor y le abrió la camisa, colocando un oído sobre su pecho—. La respiración está muy lenta —dijo asustado, mientras un oficial entraba a la habitación.

—¿Qué han hecho, coño?  —gritó el oficial—. ¡Las órdenes eran bien claras: golpearlo para darle una lección, no matarlo! ¡Sólo había que golpearlo, tal y como hicimos con el animador gordo!... ¿recuerdan? ¡Esas eran las órdenes! —Mientras vociferaba, el oficial apoyó la cabeza sobre el pecho del profesor, expresando—: ¡Todavía respira! ¡Desátenlo rápido, maricones!

Los torturadores desataron de la silla al profesor, saliendo el oficial hacia la oficina contigua, donde tomó el teléfono y marcó un número.

—El profesor ha sufrido un ataque, señor —dijo a la voz que le contestó—. No, no está muerto. Al parecer, a los muchachos se les fue la mano. ¡Que no, no está muerto, aunque luce muy mal! ¿Qué hacemos, señor? ¡Está bien, señor, lo esperaremos aquí! —Después de colgar, el oficial regresó al cuarto de las torturas, ordenando a uno de los matones—: ¡Busca otro cubo de agua fría y alcohol, rápido! ¡Será preciso reanimarlo para cuando llegue el coronel!

El oficial sabía que si el profesor moría traería problemas. La golpiza al animador gordo, a comienzos de la dictadura ilustrada, formaba parte del statu quo donde el comunismo amenazaba constantemente y los grupos consultivos de la Embajada Americana (el MAAG y ciertos ramales de la CIA, entre ellos) evitaban las sanciones internacionales. ¿Para qué servían las Naciones Unidas ahora, sino para apoyar las acciones de los Estados Unidos y sus socios? El orden mundial, y eso lo comprendía el oficial, ya no implicaba la permanencia de dos gobernantes (uno con una pesada carga de ancianidad y el otro al borde de la misma) obsesionados por el poder en dos islas del Caribe, sino que se remitía a imposibilitar la reestructuración de la Unión Soviética e inyectar a la China con elevadas dosis de esa medicina que lleva en su fórmula, nada secreta, pantalones bluejeans, Coca Cola, carnes molidas de McDonald‘s, figuritas de Mickey Mouse y un fondo musical de rock’n roll. El oficial sabía que ahora sólo estaban defendiendo un gobierno solitario que permitía a cierta oficialidad de las fuerzas armadas y a un grupo reducido de burócratas enriquecerse dentro de un asqueroso festín de corrupción. Así, al borde del pánico, pensó en su ascenso a oficial superior que descansaba en la secretaría y en el horroroso papel que había desempeñado en los institutos castrenses durante los últimos veinticinco años: servir de matón para que otros brillaran. Pero, por otro lado, pensó que su suerte estaba ya echada y que de nada valdría un arrepentimiento tardío. Entonces, gritó de nuevo a los torturadores:

—¡Apúrense, coño!

Desde las imágenes congeladas de mar y atardeceres, el profesor emergió a la realidad de un cuartucho de torturas con dos matones desatando su cuerpo de una pesada silla. Los vio, y supo que lo único que lo separaba de la cegadora luz de la linterna eléctrica sobre su cabeza, era la muerte: ahí estaban sus rostros asustados, henchidos de un pavor irremediable, de un pavor que sólo lo suplía su eliminación. Por sobre el asombro y el miedo que veía en aquellos rostros el profesor oyó la voz del oficial emitir un grito:

—¡Malditos!, ¿por qué le quitaron la venda de los ojos?

—¡Estaba desmayado, señor! —contestó uno.

—¡Estamos a punto de jodernos! —expresó con asombro el otro, mientras ponía la venda sobre los ojos al profesor.

Cuando terminaba de ser vendado, el profesor sintió que la puerta del cuartucho se abría y oyó una voz más educada, más pausada, preguntar:

—¿Y todavía no lo ha examinado un médico?

Buscando con su cabeza el lugar desde donde provenía la voz, el profesor continuó escuchando:

—Si este hombre muere, usted, estos cabrones de mierda, yo y todo el cuerpo lo pasaremos muy mal, ¿oyeron?

Y la respuesta a aquella pregunta no se hizo esperar porque escuchó de los labios del oficial una excusa que podía ser refrendada por su adolorido cuerpo:

—¡Señor, a los muchachos se les fue la mano! ¡Recuerde todo lo que dijo y escribió este comunista en contra del Doctor!

El dolor profundo sólo puede bloquearse con el amor, con el deseo de amar más allá de lo posible, del rencor profundo y del odio que calcina y para el profesor no había otra forma de soportarlo, sobre todo después del recrudecimiento de su vieja dolencia. Por eso se aferraba, ¡y ahora más que nunca!, a la convicción de que las ideas no mueren, de que lo único perecedero era el odio, que podía ser derrotado por el amor y por las risas. Entonces, sacando de no sabía dónde una sonrisa grande, la llevó hasta sus labios.

—¡Eh, señor! —oyó decir a uno de los torturadores—. ¡El comunista se está sonriendo!

El coronel, el oficial y los dos matones, dirigieron sus ojos hacia la boca del profesor y… ¡allí estaba como una flor la más grande y hermosa de las sonrisas!

—¡Estos comunistas son especiales! —gritó el coronel.

 

—¡Deja de sonreír, maldito! —gritó al profesor uno de los matones, propinándole una bofetada.

En ese instante entró un oficial médico y se dirigió al coronel, señalando al profesor:

—¿Este es el hombre? —preguntó.

—Sí, ese es –respondió el coronel.

El médico colocó su maletín sobre una mesa, lo abrió y sacó un esfigmógrafo, el cual colocó sobre el pecho del profesor, a la vez que quitaba la venda de sus ojos.

—¡Este hombre tiene una sonrisa en los labios! —dijo al coronel.

—Eso ya lo sabemos, doctor —respondió el coronel—. ¿Cómo lo encuentra?

—¡Este hombre se está muriendo, coronel! —expresó el médico. Su corazón a penas late. No creo que dure mucho, señor. Lo único que puedo recomendarle es que lo trasladen a una sala de emergencias.

—¡Imposible! —dijo el coronel—. ¡Esta es una operación secreta! ¡Si lo trasladamos a un hospital militar se sabrá todo! ¿No podríamos improvisar una sala de emergencia aquí?

—¡Es imposible, coronel! ¡Este hombre está casi muerto!

—¡Pero doctor, este hombre nos sonrió minutos antes de usted llegar!

—¡Hay hombres así, coronel! —expresó el médico—. Antes de morir... ¡sueñan! Eso los ata a lo mejor de sus vidas. Es como si quedaran suspendidos de una memoria cósmica y entonces vagan hacia sus momentos estelares.

—¡Déjese de poesía, doctor! ¡Los sueños no son más que eso: sueños, mierderías y nada más! ¡Cualquier disparo puede matar un sueño!

El médico, introduciendo el esfigmógrafo en el maletín, miró con ironía a su interlocutor y salió lentamente del cuartucho. El coronel, con la preocupación dibujada en su rostro, ordenó al oficial y los matones que llevaran al profesor al jeep y esperaran sus órdenes. Por su mente bullía una respuesta contundente: “Definitivamente no me voy a joder solo”, y salió a reunirse con sus hombres y lo que quedaba del profesor.

El jeep atravesó la ciudad varias veces: primero hacia el Oeste, hacia la Jefatura de las Fuerzas Armadas, en donde el coronel habló con sus superiores, escuchando respuestas inútiles:

—¡Usted lo que quiere es echarnos una vaina, coronel! —y luego hacia el Norte, hacia el hospital de las Fuerzas Armadas. Allí fueron más específicos, pero casi tan duros:

—¡Le recibiremos al moribundo, coronel, pero usted tiene que hacerse responsable por lo que pueda suceder!

Pero el coronel sabía que de firmar los papeles exigidos en el centro médico cargaría con la responsabilidad del secuestro del profesor. Entonces ordenó a sus hombres volver a introducirlo en el vehículo y transitaron un poco más al Sur de la Santo Domingo dormida, de la ciudad inerte, tendida entre la oscuridad y la basura acumulada en sus aceras y callejones. Minutos después entraron al Palacio Policial por la parte trasera y el coronel pidió que le comunicaran con el oficial superior de guardia, solicitándole que recibiera la carga que transportaba. Cuando éste le dijo que no podía recibir al profesor, solicitó que llamara por teléfono al jefe de la institución.

—¿Está usted loco, coronel? —expresó por teléfono el jefe policial— ¡A ese hombre lo están buscando por todo el país! ¡Llévese su muerto a otro sitio! —Después, el coronel oyó el click del teléfono al cerrarse violentamente. Entonces, el coronel supo que el futuro del profesor estaba en sus manos y, con éste, su propia carrera militar.

—¡Vamos a deshacernos de este comemierda! ¡Enfila el rumbo hacia los arrecifes de Las Américas! —ordenó el coronel al conductor del jeep y emprendieron de nuevo su marcha hacia el Este, bajo la noche agonizante.

Los momentos anteriores a la madrugada, son los trechos más oscuros de las noches dominicanas. Esos instantes se parecen profundos cortes oblicuos, tales como zanjas estancas donde se tejen, asientan y yacen los grandes misterios de la vida; donde los más inverosímiles secretos de alcoba se estrujan y se cometen los más siniestros crímenes. El coronel lo sabía y especuló que, “si ya estaba frito, inexorablemente condenado a joderse por el maldito profesor, entonces él se encargaría de que no hubiese cuerpo del delito.”

—Ya las fuerzas armadas dominicanas no sirven para nada —gritó a sus matones y luego, aspirando profundamente, expresó—: ¡Coño, qué falta hace Trujillo!.

Cuando se detuvieron frente a los arrecifes de coral de Las Américas, el coronel ordenó a sus hombres sacar al moribundo del vehículo y llevarlo hasta el mismo borde del acantilado. El profesor sintió, más allá del ruido de las olas, la tibia presencia de la brisa marina golpeando levemente su maltratado rostro. Cuando lo depositaron sobre la dura formación rocosa, el coronel exigió a los matones que lo ataran con cuerdas y luego le colocaran cadenas alrededor del cuerpo. Uno de los hombres, después de atar y encadenar al profesor, exclamó:

—¡Ahora este maricón pesa más de una tonelada!

Entonces el coronel, en un arranque de histeria comprimida, ordenó finalmente a sus hombres deshacerse del profesor. Cumpliendo la orden, los matones tomaron por los hombros y las piernas al profesor y, balanceándolo fuertemente sobre el precipicio, lo dejaron caer al mar.

Mientras caía, el profesor abrió los ojos y contempló el más hermoso de los paisajes: sobre la superficie marina teñida por un azul profundo, comenzaba a levantarse el clarificador, el penetrante e inmenso fulgor de la madrugada. Después, cuando su rostro golpeó el agua, vino la nada como un sacudimiento donde se funden la oscuridad y las estrellas.

martes, 25 de diciembre de 2012


El jingle y su historia


Por Efraim Castillo
 
¿Qué es un jingle?

          La palabra jingle tiene un origen inglés y se refiere —según el Webster’s English Dictionary Online— a la rima o el sonido de una manera repetitiva pegadiza. De ahí a que a la cancioncilla One Horse Open Sleigh, compuesta en 1850 por el norteamericano James Pierpont, le anexaran en 1857 las palabras jingle bells, convirtiéndola en Jingle bells, One Horse Open Sleigh, por la insistente repetición de algunas estrofas. Pasarían cincuenta y tres años para que la publicidad se decidiera a utilizar una cancioncilla en una campaña publicitaria, pero lo que incidió en tal decisión fue la furiosa aparición del medio radio a finales de los 10’s y comienzos de los 20’s.
James Pierpont

          Así, el primer jingle grabado y puesto en escena por la publicidad salió al aire en 1920: una cancioncilla creada para los calcetines Interwoven Socks e interpretada por los Happyness Boys[1], un dúo que mantuvo uno de los primeros programas populares de la radio, integrado por el tenor Billy Jones y el bajo-barítono Ernest (Ernie) Hare. El jingle fue  grabado en un estudio de California en un aparato Brunswick, que se convirtió en un éxito instantáneo, despertando un maridaje que ha ido aumentando, año tras año, salpicando en su esplendor al siguiente estadio publicitario: el cine.
Happyness Boys
           Aunque el tempo de una canción —usualmente de 32 compases— la determinó la duración de la música en el acetato de 78 rpm, el del jingle fue medido por los espacios de los programas en que se insertaba. Dependiendo del ritmo de la música, su tempo promedio fue de ocho a doce compases y tres frases.

 Origen del jingle

 En mi libro Sobre publicidad dominicana[2] me atreví a especular sobre el origen del jingle y escribí lo siguiente, tal vez porque en mí el ánimo de la ficción sobrevolaba por sobre todo lo demás:

          Esos benditos sonidos musicales acompañados de una letrilla pegajosa, brillante, elaborada, creados pensando en que debe repetirse, aprenderse e impulsar al sujeto envuelto en la historia (el producto), tiene su origen en el roce de los estribos de los caballos durante la cabalgadura. Ese chirriar de metales contra el cuero de la montura y la piel del caballo, así como los engranajes de las carretas deslizándose por los caminos, servían de acompañamiento a las melodías inventadas por los conductores durante la travesía.

          El cascabel, por ejemplo, que casi siempre envolvía los cuellos de los caballos, también se unía al acompañamiento musical y de ahí, estoy seguro, surgió el nombre de la más famosa canción navideña (Jingle bells, despues de la inmortal Noche de Paz —Stille Nacht, heilige Nacht, del sacerdote austríaco Joseph Mohr—, compuesta en 1818.
Joseph Mohr
    Cuando escribí aquel artículo en la revista ¡Ahora! en el decenio de los 60’s, los músicos que integraban el ensamble que se estructuraba para grabar los jingles cobraban entre diez y veinticinco pesos por sus ejecuciones, y los creadores musicales (incluyendo el arreglista) sólo ciento cincuenta. Los cantantes, como seres privilegiados, exigían entre veinticinco y cincuenta pesos, siendo este último cobro —el de cincuenta pesos— lo que se destinaba a los cantantes de primera como Fernando Casado, Luchy Vicioso, Cuqui Defilló, Niní Cáffaro, Francis Santana, a los integrantes del cuarteto Los Solmeños (formado por los mellizos Pichardo, Nandy Rivas y Tito Saldaña). Solano, que usualmente se integraba a los coros, también cobraba ese monto.
 Fernando Casado
Luchy Vicioso
Así, un jingle, en el tiempo romántico que abarcó dos decenios (los 60’s y 70’s), salía por alrededor de trescientos cincuenta pesos. Esta suma se desglosaba así: Compositor ciento cincuenta; 5 músicos cincuenta; y 3 cantantes cientocincuenta. Hoy, en este Siglo XXI, hay que descomponer el jingle de la siguiente forma: compositor y arreglista, cincuenta mil pesos; cuatro o cinco músicos, veinticinco mil; tres cantantes promedio, treinta mil; y estudio, edición y copiado, alrededor de diez mil. Lo que redondea el costo en unos ciento quince mil pesos.

Desde luego, ese es un costo económico, ya que todo depende de la calidad del compositor-arreglista., porque hay producciones musicales que redondean los entre doscientos cincuenta y trescientos mil pesos. 

Podría verse muy abultado el crecimiento en el costo de la producción del jingle  y, sin embargo, no es así. Esta elevación es mucho menor que el aumento de la tarifa por pulgada cuadrada de los diarios, así como muchísimo menor que el aumento de las tarifas por segundo en las emisoras de radio y televisión.

 Los mismos sueldos del personal publicitario se han cuadruplicado. Hace treinta años un buen creativo publicitario ganaba entre cuatrocientos y mil pesos mensuales. Hoy, ese mismo creativo devenga un sueldo no menor de los cincuenta o setenta y cinco mil pesos, y si es muy bueno o procedente, digamos, de Argentina, Brasil, España o EE.UU., el sueldo hay que pagarlo en dólares y nunca es menor de cinco mil dólares, amén de que hay que costearle gastos de representación, vehículo y seguro médico. Esto arroja, a favor de los músicos, una justificación y habla de lo mucho que se ha disparado la vida en República Dominicana.

 Hoy, contrario a veinte o treinta años atrás, un jingle hay que pagarlo acéptelo o no el cliente, y es la agencia publicitaria la que tiene que correr el riego. Recuerdo que en aquella época romántica de los 60's la agencia llamaba al compositor y le decía que necesitaba un jingle para el día siguiente, entregándole el el guión textual y, tal como René del Risco y yo hacíamos, le proporcionábamos un lead[3] melódico, siempre recordando alguna canción de moda. El compositor llamaba entonces a los músicos y estructuraba el ensamble. Por lo regular, Rafael Solano utilizaba a los integrantes de su orquesta, al igual que Jorge Taveras, quien contaba con los músicos que integraban a Los Caballeros Montecarlo, conjunto que dirigía. De esta manera, el jingle contratado en la mañana estaba listo en la tarde del día siguiente.
Rafael Solano
Jorge Taveras
 
Por lo regular, el tiempo de estudio nunca pasaba de dos o tres horas (Solano me realizó un jingle para los tenis Paseo, Siete Vidas y Campeón en el tiempo record de una hora y media, siendo aprobado por el cliente ese mismo día. Ahora bien, si el cliente rechazaba el trabajo, se llamaba al compositor y le explicaba que el jingle no había gustado y él, bajando la cabeza, se iba como si toda la culpa descansase en sus hombros. De verdad, había mucha injusticia en aquel trato con los músicos.
Danny León

Para esa fecha el mercado del jingle, en cálculos anuales, no pasaba de cincuenta o cien producciones, las cuales se repartían entre Rafael Solano, Bienvenido Bustamante, Papa Molina, Milton Peláez y, emergido por esos años, Danny León. Chiquitín Payán, que fue un gran jinglero entre los decenios 40, 50 y comienzos de los 60’s, fue dejando el terreno a otros y, finalmente, se ausentó del país junto a su esposa e hijos.

Las sistematizaciones de hoy, en cuanto a producciones musicales publicitarias arrojan un balance de más de quinientos jingles anuales y los principales compositores son: Danny León (quien falleció este 2012), carlos Mario Echenique, Jorge Taveras, Víctor Víctor (Vitico), y San Beng, entre otros, los cuales son preferidos por determinadas agencias y, en el mayor de los casos, sus producciones son repeticiones melódico-armónicas de días mejores con la impronta epocal de la bachata y el hip-hop. O sea, que la diferencia en sólo dos o tres décadas, respecto al costo del jingle, es de varios miles de pesos por producción.

El mercado del jingle en otros países del Caribe tiene bases específicas establecidas para equilibrar la oferta y la demanda, como: a) pagos por la extensión del uso más allá del contrato firmado, b) reglas sobre las responsabilidades de pago en caso de que el cliente rehace la producción, y c) pago o prohibición total de los instrumentos electrónicos que sustituyan los acústicos.

El pago por el tiempo de utilización podría oscilar en nuestro país entre los seis y doce meses, ya que este es un tiempo prudente para que una campaña agote sus recursos motivacionales introductorios, o de un determinado mantenimiento, y en caso de que esos recursos hubiesen dado un excelente rendimiento y la estrategia siguiente obligue a continuar con la producción, lo adecuado sería pagar por la reutilización del jingle, incluyendo los modelos y talentos que integraron las realizaciones audiovisuales de la campaña, exceptuando, claro está, la participación creativa de la agencia, la que seguirá cobrando su comisión por la colocación del material. En cuanto a las responsabilidades de pago en caso de que el cliente rechace el jingle, éstas deberían ser obligatorias sólo para la agencia publicitaria.

 Tal vez esto suene agrio a los oídos de un jinglero, pero hay que reconocer que un creador musical ha traspasado las fronteras del jornal, y por lo tanto no puede considerarse un obrero; mientras que los músicos, ajenos por completo a la cadena de la producción, son llamados para participar en algo que sólo ganarán como intérpretes, como ejecutantes, razón por la que su trabajo no puede quedar embargado al gusto de un cliente y de la popia agencia, a los cuales ellos no conocen.

El problema de los instrumentos electrónicos —los sintetizadores, sobre todo— es que pueden sustituir una gran cantidad de músicos ejecutantes. El string, por ejemplo, puede sustituir a los violinistas y el melotrón las cuerdas graves (cellos, violas, etc.); el wind wood y el clavinete pueden ser sustitutos de los instrumentos de viento, tales como oboes, clarinetes, flautas, etcétera; y el sintetizador orquestador puede arrasar con el resto de los instrumentos, a excepción de cierta percusión casi imprescindible para ser utilizada en la base rítmica del jingle o el número musical. Es decir que con tres músicos (bajo, batería y el ejecutante del sintetizador) se puede realizar un jingle.
Sintetizador digital Korg X50
 
 Tanto el string como el orquestador y otros sintetizadores de sonidos musicales han sido prohibidos en muchos países, cuando se trata de sustituciones. Considero que el organismo correspondiente para implementar estas prohibiciones podría ser la Oficina Nacional de Derecho de Autor (la ONDA), de no estar activa la Asociación de músicos, cantantes y bailarines (AMUCABA)[4], debiéndose realizar una reglamentación al respecto, ya que si se calcula una producción anual de quinientos jingles anuales (sólo jingles, no grabaciones de álbumes, conciertos, etcétera), contando cada uno de éstos con cinco sustituciones, miles de ejecuciones serían dejadas de cobrar por músicos dominicanos.

Creo por esto, que un mercado de producción musical por el orden de varios millones de pesos anuales debería ser atendido cuanto antes. Sobre todo, para tranquilidad de las publicitarias, de los clientes, de los organismos correspondientes y, por supuesto, de los músicos.

 De mi libro “Breve historia de la publicidad y otros ensayos”, próximo a publicarse.


[1] SALA COSTA,  Judith: Del jingle a las canciones pop: Una aproximación al uso de la música en publicidad. Universitat Abat Oliba CEU. Facultad de Ciencias sociales. 2009.
[2] CASTILLO, Efraim: Sobre publicidad dominicana. Biblioteca Taller 55. Editora Taller. Santo Domingo. 1979.
[3] El lead es un adelanto o pequeña entrada, en cuanto a música, que orienta al compositor acerca de lo que el creativo desea de la melodía.
[4] La Asociación de músicos, cantantes y bailarines, AMUCABA, jugó un rol estelar, no sólo en la aplicación de un reglamento que defendía al gremio, sino en la estructuración de premios relativos a los trabajos artísticos anuales de sus miembros y el festival que llevaba su nombre catapultó a muchos de los grandes músicos y cantantes de República Dominicana.