martes, 12 de mayo de 2020

¿RECORDAREMOS?


¿Recordaremos?

Por Efraim Castillo

En la famosa epístola Eloisa to Abelard, de  Alexander Pope [1717], hay cuatro versos que han sido esgrimidos como tema central, sustancia básica y si se quiere anecdótica, en múltiples plataformas culturales que utilizan lenguajes estéticos para comunicarse: cine, literatura, música, etc. Esos cuatro versos tocan profunda y maravillosamente el olvido y el recuerdo, pero sobre todo la presencia de un amor evacuado desde el alejamiento y el enclaustramiento: How happy is the blameless vestal's lot! / The world forgetting, by the world forgot. / Eternal sunshine of the spotless mind! / Each pray'r accepted, and each wish resign'd [Feliz es el destino de las vírgenes vestales / pues olvidan al mundo y el mundo las olvida a ellas / el eterno resplandor de una mente sin recuerdos / cada oración aceptada y cada deseo renunciado.]


 Alexander Pope [1688-1744]

Porque los recuerdos, como efluvios, presionan siempre y convierten los registros de lo existido en presencia continua, en evocación para desenterrar aquellos pasajes —afortunados o penosos— de lo vivido y así abrir, como enuncia Walter Benjamín, ese espacio que aparece al quebrarse la temporalidad lineal y se abre al tiempo en todas las direcciones para hacer confluir pasado, presente y futuro en un remolino en el que giran el antes y el después [Obras, Libro I, 2008]. 

Es por esto que la inmensa mayoría de las llamadas memorias y autobiografías evaden penetrar ese remolino que conduce a la recordación y exaltan la sinapsis que lleva a la memoralidad, a esa totalidad que exprime los recuerdos y produce la catarsis, la evacuación del alma, la compunción que duele y atormenta, iniciada en la historia con las narraciones contadas de padres a hijos y de éstos a nietos desde el calor del fuego tribal, las cuales evolucionaron a través del asombroso pensamiento helénico, en donde los creadores de la Historia la convirtieron en materia útil [en memoria social], como Heródoto de Halicarnaso, que se auxilió de ella y de los relatos contados por otros; como Tucídides, que viajó al lugar de los acontecimientos para reflexionar y desdoblar la información; como Jenofonte, que escribió apoyándose en sus recuerdos; o como los historiadores romanos Salustio, Tito Livio, Tácito y Cornelio Nepote, que a través de sus anales elaboraron relatos ajustados a sus memorias propias y ajenas, hasta arribar a Cicerón al entrar al Siglo V d. C.; así como con San Agustín y su magistral La ciudad de Dios, en donde la Historia alcanzó —mediante la apología del cristianismo— unas profundas reflexiones teológicas y filosóficas. 


 San Agustín de Hipona [354-430]

Pero, y ahora, ¿recordaremos u olvidaremos que este mundo, nuestro agitado mundo y toda su fanfarria de ostentación postmodernista, se ha arrinconado a causa de un microorganismo [sí, de un microorganismo] cuyo material genético es protegido por un envoltorio proteico que requiere —para subsistir— introducirse en células ajenas, nuestras células y, tras reproducirse en ellas, consumirnos y dejarnos sin vida?

Entonces, contéstemelo usted, ¿necesitaremos, citando a Pope, el eterno resplandor de una mente sin recuerdos para alcanzar la felicidad?


domingo, 19 de abril de 2020

LA SOCIALIZACIÓN HUMANA


La socialización humana
Efraim Castillo
En esta cuarentena he comprendido mejor la importancia de la socialización humana, la cual ha definido la propia historia, afianzado el concepto de que la naturaleza no hace nada en vano y de que el hombre —como expresó Giovanni Pico della Mirandola— “es la más afortunada de todas las criaturas y la más digna de toda admiración” [Oratio de hominis dignitate, 1487]. Y para explicar el origen de la socialización humana es preciso mezclar ficción literaria y teoría científica, ya que todo comenzó con el australopiteco [Plioceno-Pleistoceno], aquel homínido bípedo que dio inicio a la aventura humana en el paleolítico [hace tres millones de años], el cual, con una capacidad craneana de entre 450 y 600 cm3, tuvo que soportar grandes y violentos cambios climáticos, por lo que su dieta se convirtió de vegetariana en lacto-vegetariana, pescetariana y carnívora, lo que le permitió  disfrutar de dilatados espacios de ocio por la ocupación estomacal de prótidos. Esta alimentación aumentó su cerebro de 600 a 950 cm3 y dio lugar a una mutación del gen codificado como MYH16, según las investigaciones de Bruce Lahn et al, del Howard-Hughes Medical Institute [HHMI], que estudiaron 214 genes en el 2004 y determinaron que “el tupido haz de músculos maxilares que aprisionaban el cráneo cedió y así el cerebro pudo crecer y, aún hoy, seguir creciendo”.

 Dr. Bruce Lahn.

El evolucionado nuevo espécimen, el homo habilis, tenía un foramen magnum situado mucho más delantero y dio a la cabeza una postura más erguida, pudiendo desarrollar invenciones como el mazo u otro tipo de tecnología y hacer posible que diferenciara los trabajos, los dividiera y pudiese asistir a una extraordinaria etapa de socialización en su vida tribal. Esta evolución, desde luego, requirió de cientos de miles de años, datados entre las interglaciaciones de Mindel-Riss [390 mil años], Riss o Illinois [290 mil años], Riss-Würm [140 mil años], y Würm o Wisconsin [80 mil años].



Las investigaciones de Lahn arrojaron mucha luz en el evento evolutivo del cerebro humano y registraron que “al mismo tiempo los ojos, al acercarse sobre una cara contraída por el abultamiento de la frente, pudieron empezar a converger y a fijar todo cuanto las manos aprehendían, aproximaban y presentaban”. Asimismo, se llegó a la expansión de las zonas cerebrales, a la existencia de tubérculos genianos superiores e inferiores, a la reestructuración del cuello junto con la postura erguida y se comprendió la importancia de aquilatar individuos viejos en la comunidad que posibilitaran la transmisión de experiencias y enseñaran a los menores del clan un lenguaje sintetizado hacia lo esencial.

A través de la maravillosa socialización —y ya nuestro antepasado convertido en homo sapiens— su capacidad craneana alcanzó en  miles de años los 1,300 cm3, luego los 1,400-1,450 cm3; y al entrar al paleolítico superior [40,000 AP] su cerebro alcanzó los 1,600 cm3 [ya como homo sapiens-sapiens], que es el tamaño actual. Entonces, sí, se comprendió eso que Aristóteles definió como el más profundo de los vínculos sociales: el amor.

lunes, 13 de abril de 2020

RECORDANDO A PEDRO


Recordando a Pedro

Por Efraim Castillo

En los días que el muro de Berlín fue derribado, Silvano Lora, Dato Pagán, Pedro Mir y yo, ocupando asientos en el atelier de Silvano de la avenida Pasteur, nos planteábamos apasionadamente el futuro de las culturas; es decir, de los componentes físicos y abstractos que moldean la totalidad de las producciones sociales e impregnan las singularidades a las naciones, esas cualidades que, evadiendo lo que numérica o cuantitativamente no responde a la especificidad local, crea la diferencia entre los pueblos  y que Heidegger, sabiamente, expuso «como el valor de un ser —su poder— que puede medirse por su capacidad de recrearse», asegurando que «un ser es tanto más singular cuanto más capaz es de recrearse» (Heidegger: “Identität und differenz, neske, pfullingen”, 1957).

 Pedro Mir.
Pedro Mir —que siempre fue dado a la observación profunda— no salía aún de su estupefacción por el desgajamiento en cadena de una estructura político-social como la Unión Soviética, que había costado tantos esfuerzos y sacrificios, pero apostaba a que lo que se vislumbraba en el horizonte como una naciente, desafiante y arbitraria polaridad en la conducción mundial, no podría erradicar el abanico multifactorial de valores que conformaban las singularidades nacionales.
Y esto lo decía Pedro Mir, a pesar de saber que desde hacía tiempo en la URSS y otros países de la Europa oriental los pantalones tipo vaquero, la Coca-Cola y los hotdogs comenzaban a ponerse de moda. Pedro conocía que no hay conquista completa hasta que la integración de lo meramente singular [ese complejo entorno —no contorno— de valores, creencias y actitudes compartidas] no se disolviera en lo numérico o cuantitativo, produciéndose el efecto-mosaico de la contaminación.
 Silvano Lora.
 Dato Pagán.

Entonces, Silvano, Dato y yo reforzábamos las reflexiones de Mir, señalándole las grandes conquistas, crecimientos imperiales y muertes de civilizaciones registradas en la historia: la sumeria, ahogada por la egipcia y otros pueblos de la Anatolia; la egipcia, consumida por reyertas internas y suplantada por un reinado griego a la muerte de Alejandro [el de Tolomeo]; la griega, absorbida por la romana, y ésta disgregada a partir de los grandes papados fortalecidos por Carolus Magnus [Carlomagno], que vigorizaron la llamada Edad Media; hasta llegar al último de los grandes guerreros europeos, Napoleón, que selló sus conquistas con un revolucionario código impregnado en las huellas de la Revolución Francesa y el derecho consuetudinario, pero que no pudo —a pesar de todas las ocupaciones martilladas por lanzas, sables, fusiles y cañones que destruyeron aldeas, ciudades y vastos territorios— destruir las singularidades de las naciones conquistadas, las cuales supervivieron a la masacre y a la asfixia.
Pedro Mir sabía que lo que ha impregnado de ese sabor singular a la enorme diversidad de pueblos ha sido —y será— la maternidad y la cocina, transmitidas como herencia por un cordón umbilical que se extiende orgánicamente a la lengua, a los olores y a los colores, y que se complementan en una expresión fundamental de totalidad.

(Publicado en este diario el 19 de noviembre del 2016)


miércoles, 8 de abril de 2020

¡SÍ, ME QUEDO EN CASA!


Sí, me quedo en casa

 


Por Efraim Castillo 

Sí, me estoy quedando en casa y se me agotan las reservas de alimentos y los fármacos recetados para regular la presión arterial, disminuir el crecimiento de la próstata, proteger el único riñón que me queda y otros padecimientos que han surgido desde que entré en el ciclo biológico de la ancianidad. Desde luego, al pasar todo el tiempo en casa, leo —casi devoro— más libros y navego y descubro un ciberespacio que no había concebido antes; un ciberespacio congestionado de cuantas cosas pueda uno imaginarse: películas, noticias, correos útiles e inútiles, podcast, memes, bulos [fake news], publicidad comercial, publicidad política, literatura, pornografía y chateos. También descubro acrónimos y siglas que, antes de la cuarentena, desfilaban fugazmente frente a mis ojos y no me detenía a indagar lo que significaban, como tbt [throwback thursday], fb [Facebook], yt [YouTube], lol [laughing out loud], omg [oh my God], xoxo [hugs and kiss], ily [i love you] y otros que me separaban generacionalmente de mis hijos y nietos.

Sin embargo, en esa telaraña de multi-información, de mentiras, desaciertos y locuras, también encuentro verdades, manifestaciones de amor, tiernos abrazos, efusivas reuniones familiares y aplausos a los verdaderos héroes de esta pandemia: a los médicos, paramédicos, policías, militares y voluntarios espontáneos que desafían en todos los terrenos al coronavirus [SARS –Covid 2], protegidos sólo con el escudo de una vocación de servicio y un corazón fortalecido de amor.

Sí, me estoy quedando en casa, y al hacerlo trato de contribuir con mi actitud a combatir este brote epidémico planetario, a combatir desde mi aislamiento que el virus  no me contagie ni yo contagiar a los demás y así imposibilitar su propagación. Y ahora que me quedo en casa, he rememorado soledades, abandonos, nostalgias y viejas cuitas que mi memoria tenía archivadas en esos surcos que los lóbulos del cerebro esconden para espantar las tristezas. Y entonces me fortalezco cuando leo los mensajes solidarios de un mundo atrapado entre un agente infeccioso microscópico [pero con la asombrosa capacidad de mutarse en nuestro organismo] y la sorpresa de saberse indefenso, achicado, y sólo recurre como arma esencial de combate a una frase que nos llega hondo: 

"¡Quédate en casa!"...

Y aquí estoy, quedándome en casa hasta que mi cuerpo, la provisión de alimentos y medicamentos aguanten, porque los que no contamos con esas tarjetas clientelistas como solidaridad y las otras —que han convertido una amplia franja de nuestra sociedad en un ejército de inútiles, en manadas de seres manipulados hacia el voto—, estamos expuestos, al quedarnos en casa, a convertir nuestros hogares en redención, sí, pero también en desamparo, soledad, en tumbas navegando a la deriva. Pero por suerte, estamos en el mes de abril, en primavera, y es bueno recordar que abril y la primavera forman parte de una historia de gloria; porque en abril y la primavera las campanas repiquetean siempre para anunciar reivindicaciones y cambios profundos.

Sí, me estoy quedando en casa.

 Abril 7, 2020.

miércoles, 18 de marzo de 2020

LA CIUDAD COMO ESPEJO


La ciudad como espejo

Por Efraim Castillo

La ciudad colonial es el único rincón verdaderamente español del país y uno de sus encantos consiste en lo fácil que puede atravesarse a pie, tanto de norte a sur, como de este a oeste. Trujillo nos dejó una ciudad colonial medianamente organizada; una ciudad con un sentido paternal de la limpieza y el orden. Pero aquellas fueron, desde luego, unas conquistas situadas al margen de los horrores, como hicieron los romanos en las ciudades ibéricas y germánicas: un hacer para aguijonear, un fomentar para humillar.


 Rafael L. Trujillo

Pero sería bueno recordar que la ciudad se formó como la contracultura del nomadismo, como la asimilación de aquellos humanos errantes que, cansados, buscaban cobijarse en lo sedentario. La ciudad fue un invento para hacer posible el fenómeno del establecimiento y ejercer el poder a plenitud. Los sumerios, egipcios, griegos, romanos y los demás hospederos de civilizaciones, levantaron sus fortalezas y crearon dentro de ellas modos de vida para proteger sus herramientas y estrategias. La ciudad fue —y aún es— el mejor de los sistemas para controlar al hombre. La ciudad es, así, la mejor aliada del poder, facilitando las estadísticas de nacimientos, de los sistemas educativos, de los controles de alimentos y, sobre todo, de las muertes. La ciudad es —y fue— el control absoluto del hombre por el hombre.

Esta Santo Domingo —que fue Ciudad Trujillo por  virtud de un lambonismo que no acaba— vio la carnavalización desde la monstruosidad de aquella “Feria de la paz”, la cual, alimentándose con los pagos quincenales, se multiplicó para trastocarse en Guachupita, en Mata hambre, en Gualey, en todas las villas de miseria que el progreso edifica para rememorar la muerte. Porque para el campesinado emigrado a la urbe no hay otro retorno que aquel aprisionado por la memoria. Desde la villa andrajosa, desde el arrabal incierto, el agricultor enganchado a quincallero o a aprendiz de albañil sólo cobija otra migración en su mente: la que marcha hacia la cárcel o hacia el afanoso triunfo del despojo.


 Joaquín Balaguer

Luego sobrevino la ciudad de Balaguer hacia el caos irredento, hacia la presunción de ser sin estar, hacia la escenografía del teatro pobre, donde las avenidas, las horribles estatuas, los monumentos y rotondas sorprendidos, todo como confusión para despertar asombros; todo como caricias para adormecer las madrugadas, todo como ecos para despertar furiosas inmigraciones desde el campo.


 Leonel Fernández

A la ciudad de Balaguer le siguió la de Leonel, que la atosigó de rampas, perforando en su intestino un sistema ferroviario que aún no termina de propiciar el desahogo. Pero desde Ovando, todas las transformaciones se han olvidado del peatón, del que va a pie rumiando sus sueños y es al que espera la reivindicación. 



 Nicolás de Ovando

De ahí, entonces, que no debe extrañar a nadie que el emigrar del campo a la ciudad se haya convertido en otra moda, en otro estilo de vida entre los habitantes rurales, los cuales sólo buscan integrarse a una aldea global que ya McLuhan, hace décadas, definió muy claramente.


lunes, 16 de marzo de 2020

MI QUERIDO TEILHARD


Mi querido Theilard

Por Efraim Castillo

El deseo de escribir algo —un artículo, un poema— sobre el sacerdote jesuita Pierre Theilard de Chardin (1881-1955), lo enlazo a uno de los episodios más dolorosos de mi vida: la expulsión de que fui objeto en el Instituto Politécnico Loyola (1954), la cual cargo como una cruz desde hace 65 años, porque constituyó la rotura de un sueño. Sí, aquella expulsión —que vinculé a mis constantes discusiones con un profesor de historia y un pequeño enfrentamiento con el sacerdote que nos enseñaba teología, al que cuestioné sobre la sexualidad de Jesús— malogró mis deseos de abrazar el sacerdocio y me convirtió en un asiduo negador de los conceptos que relacionan la pedagogía con las metafísicas religiosas. Debido a la aflicción que me embargó por aquella expulsión, adquirí —no como una revancha, sino como una coraza— la capacidad de desarrollar inquietudes literarias y un apasionamiento por las reivindicaciones sociales, algo que maduró a finales de los años cincuenta cuando las neuronas profundas que mueven la creatividad me empujaron hacia la literatura.

 Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955)

Aquella exclusión del Loyola me internó en un hábito de lectura que me llevó a indagar y visibilizar mundos que rebasaban las realidades vividas, vislumbrando entonces lo que podría ser mi futuro. En ese interregno descubrí a Theilard y su encuentro con “el ideal divino en la médula de los objetos materiales” (Theilard: Escritos del tiempo de guerra, 1915-1919), apasionándome con una lectura que me ayudó a percibir los correlatos vitales entre las percepciones y las apercepciones; y así, muchos de los conceptos que antes consideraba como puras abstracciones, los valoré en su justa dimensión. Theilard abrió en mí amplios continuos, profundas realidades y los esplendentes fluidos  de una maravillosa evolución universal. Por eso, Theilard me cautivó.

Ya en mi vida adulta —envuelto en las investigaciones del mercado, la publicidad y la literatura—, Theilard me ayudó a comprender la dicotomía entre la estructura estética del mundo y las crecientes exigencias científicas de los últimos doscientos años; comprendí que era posible conciliar teología, paleontología, zoología, botánica y geología en una espiritualidad cristocéntrica, ese lugar en donde el amor es un explosivo que aglutina el perdón. Entonces hallé respuestas para entender lo que ocurría en el mundo y comprendí la esencia de la noosfera, la capa pensante de las evoluciones geológica y biológica que habitan el espacio, un asentamiento trascendente en donde convergen la psiquis y los fenómenos del pensamiento humano, ese corte maravilloso desde donde “la Tierra cambió su piel y [mejor aún] encontró su alma” (Theilard: El fenómeno humano, 1955).

Entendí —adentrándome en las teorías de Theilard— que los conceptos mueren, ya sean ejecutados por los concretos que los suplantan, las argucias que los marginan, o las tecnologías que los vuelven obsoletos. Porque después de todo, es en la ínsula [en lo profundo de la cisura silviana] en donde se aposenta el tizón que enciende los goces de los hallazgos y perpetúa una memoria que vacila entre lo meramente aparente y lo real.

PERCEPCIÓN/APERCEPCIÓN


Percepción/Apercepción

Por Efraim Castillo

En los sondeos de opinión pública que se realizan para determinar las predilecciones de los votantes en los torneos electorales, la futurología y la lucubración juegan un papel protagónico. Y lo juegan, porque exceptuando a los militantes de voto duro —cuya preferencia está atada al partido—, el azar de las muestras cubre mayormente a ciudadanos apartidistas que guían sus favoritismos a través de la percepción. Y aquí se cuela y entra en juego el aforismo de Nietzsche de que “no hay hechos sino interpretaciones” (1886), porque los flujos perceptivos son procesos de cambios continuos y dinámicos que varían de acuerdo a los inputs sensoriales. Es decir, la percepción no determina lo absoluto —lo determinado— en el sistema cognitivo del votante.

 Joseph (Joe) Napolitan (1929-2013)

Pero, no obstante, el vocablo percepción es, posiblemente, el vocablo sagrado en los procesos electorales, sobre todo durante las coyunturas en donde se avecinan los cambios posicionales de gobiernos y administraciones; acentuándose como predicción antes de finalizar los conteos de votos. Así, el vocablo percepción abre llaves e impresiones en la mente del elector.

Joseph Napolitan (1929-2013), el hombre que creó la profesión de asesor político y, por lo tanto, la persona reconocida como el padre de esa actividad, en su libro Cómo ganar elecciones (1994) enunció que el “candidato podrá tener cuatro cardenales y dieciséis obispos que testimonien su honestidad, pero si la gente continúa creyendo que es deshonesto, no podrá realizar la obra de gobierno, [debido a que] la percepción es más importante que la realidad”.

(Esta aseveración de Napolitan conforma el capítulo 17 de su libro y está refrendada por una exitosa experiencia de consultoría política que llevó a la presidencia a John F. Kennedy, Lyndon Johnson, Valery Giscard d’Estaing, Ferdinand Marcos, Boris Yeltsin y Oscar Arias, entre otros; amén de a decenas de senadores y congresistas a ocupar curules en el congreso norteamericano.)

Pero, ¿es irrefutable la afirmación de Napolitan acerca de que la percepción opera una impresión del candidato que enmascara la realidad y no puede ser revertida? Eso podría ser cierto si no existiera ese otro vocablo, apercepción, que para Immanuel Kant (siguiendo a Leibniz) determina que “es el acto fundamental del pensamiento, la concepción primaria de las formas a priori o formales que el entendimiento añade a la materia de la experiencia subjetiva” (Crítica de la razón pura, 1781-87). Es decir, la percepción primaria es una experiencia subjetiva que puede transformarse mediante la apercepción, en donde lo percibido se filtra a través de la conciencia y se convierte en pensamiento, en conocimiento.

 Edward Bernays Freud (1891-1995)


Por eso, no existe un dictum que legalice la percepción como una impresión inevitable, por lo que puede revertirse en lo contrario de los inputs que la conformaron. Edward Bernays Freud (1891-1995), creador de la propaganda moderna y cuyo libro, Propaganda, influyó en las estrategias comunicativas de Joseph Goebbels, explicó que es posible realizar cambios perceptivos a través de una “manipulación consciente e inteligente de los hábitos que moldean las mentes y definen nuestros gustos” (Propaganda, 1928).


sábado, 28 de diciembre de 2019

DOS AMIGOS


Dos amigos

Por Efraim Castillo

Marina Frías


 Marina Frías de Echenique


Una tarde de diciembre del 2003, Marina Frías [la esposa de Carlos Mario Echenique] me llamó por teléfono para preguntarme si el amor era un premio. Le contesté que no, aunque sabía que para ella sí lo era. Expliqué a Marina por qué creía que el amor no era un premio, sino un valor que nace con nosotros, ya que viene en el paquete que nos da la vida, al igual que el odio y que el miedo y que la pena, que son [como apuntó Freud en Pulsiones y destinos de pulsión, 1915] los sentimientos que nos torturan y esclavizan. Le expuse a Marina que el amor es un sentimiento que, como correlato, nos conduce al odio, a la pena y a la sinrazón, y por lo tanto no puede ser una premiación, ya que habita en nosotros. Sin embargo, le dije, hay una puerta que si la dejamos completamente abierta podría llevarnos al premio mayor que nos da la vida: el perdón, esa conciencia pura que nos dejó Jesús para convertir en rebotes los agravios, las mezquindades y los egoísmos conque nos arremete la existencia. Es por eso que, sin lugar a dudas, el perdón es el mejor de los humanismos y, por lo tanto, la única vía para alcanzar una concienciación pura y convertirnos en acreedores de uno de los mayores premios de la vida: la obtención de una paz armoniosa, espiritual, total.
Sí —dije a mi amiga Marina—, es el perdón y sólo el perdón el único atributo que, en el trecho de la vida, podría llamarse premio, ya que no reduce la existencia a esos sentimientos posesivos que, como el amor, el odio y la pena, conducen al ser humano hacia las aberraciones.  


Marito Lama Haché

 Marito Lama Haché


Conocí a Marito Lama Haché cuando era apenas un niño de diez o doce años, y su padre Mario Lama Handal y yo nos desplazábamos por todo el país mercadeando y publicitando las zapatillas que su industria, Vulcanizados Dominicanos, producía. Marito, sin importar las distancias ni los horarios, nos acompañaba en las vacaciones, ayudando a cargar los camiones y participando en las estrategias mercadotécnicas que concebíamos. Lo recuerdo con sus gafas, siempre limpiecito y dispuesto a abrazar todas las actividades de comercialización, integrándose además a las ventas y al merchandising. Mientras crecía y alternaba sus estudios académicos con el ejercicio de productor y vendedor de calzados, su padre le fue enseñando todo lo que el suyo le había transmitido: esa sabiduría para los negocios que los palestinos transfieren a los suyos de generación en generación. Uno de los sueños de Marito, tras graduarse en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) como licenciado en administración, fue alcanzar un doctorado en una universidad norteamericana, pero prefirió permanecer en el país, auxiliando a su padre en la organización de Plaza Lama.

Ahora, Marito y sus hermanos Teófilo, Elsa, Mary, Mily y Pedrito, tienen la responsabilidad de continuar el exitoso desarrollo de Plaza Lama.


lunes, 23 de diciembre de 2019

Ideologías


Ideologías

Por Efraim Castillo

 Efraim Castillo


¿Vale la pena morir por este país? ¿Por cualquier país? En las luchas que establecemos en nuestro interior tratamos de olvidarnos de nosotros mismos, de lo que somos, de lo que realmente importamos, exaltándonos ante lo que valoramos como Patria y especulando que la muerte es una simplicidad. Por eso, la matriz creada por Gauguin al descubrir seres desnudos y felices en el Pacífico se convirtió —para él— en una ideología. Pero, ¿es así —con ideologías— como nos podemos integrar a la existencia plena, al marco de lo vivo para entonces trascender? ¿Qué es todo, entonces, sino un subsistir, un estar debajo de la propia vida y constituir una anomalía entre el ser y su ontología? Cuando el día se quiebra por algún motivo fortuito y se abortan las intenciones anexas a lo ideado, sobrevienen las frustraciones, desintegrándose todas las vivencias apoyadas en la ideología, y emergen las preguntas de si valdrá la pena hacer esto o aquello y, ni a fortiori, se buscan salidas dogmáticas, razonables.

Pero, ¿llegaremos a entender que el cambio —como ideología— es irrecuperable, inalcanzable, porque crea un zigzag intemporal, relativo y contentivo de esencias que, indiscutiblemente, siempre se niegan a cambiar? ¿Tendremos que explorar la tristeza y estrujar la memoria para denostar lo conquistado en aras de vuelos imposibles, tan distantes e ilusorios como el fugaz brillo de una remota estrella? No, e
s imposible negar las constantes pisadas, las huellas que permanecen silentes y las escaramuzas húmedas que terminan en sangre y seres pisoteados. Después de todo, nadie está a salvo de las búsquedas que fundan los silencios. Ni siquiera los callados, los permanentemente atados a las circunstancias, los buscadores atormentados de los inútiles brillos. Por eso, que nadie me hable de doblegar mi espíritu en pos de una fanfarria bullanguera.

Que nadie me hable de la libertad como una trascendencia del ser; que nadie me grite sobre la necesidad de cambiar a Dios por el hombre, o viceversa. La libertad podríamos obtenerla cerrando los ojos y proyectándola en el sueño. Cada ser, entonces, obtendría la recompensa de un trascender soñado, internándose en la utopía, en la creación de una felicidad inalcanzable, justo allí donde nada valen las proclamas ni los
empeños de esos canallas que socavan mi resistencia a ser programado para quebrar mis valores. No, que nadie, absolutamente nadie, me encasille —como conditio sine qua non— en una ideología de primera o en una ideología de tercera.

Me subrayo en Kant como un alerta para rechazar el canon paternalista, ese que nos imponen los grupos hegemónicos para continuar el trujillismo: “Nadie puede obligarme a ser feliz a su manera” (1784). Mi felicidad es un albur, una mescolanza de  hieles y mieles en donde las risas y las lágrimas construyen la salsa de las melancolías, los goces, los apegos y los desencuentros. Mi felicidad es un torbellino que se apaga y aviva a través de placeres y penurias, de sobresaltos y frustraciones y por eso es mía, de nadie más.


jueves, 5 de diciembre de 2019

DOS POETAS


Dos poetas

Por Efraim Castillo

1. Mateo Morrison:

En la poética de Mateo Morrison convergen dos opciones que, absorbiendo el lenguaje, lo oponen a la vida y lo transforman en poema: una es la clara evasión de toda emoción, y, la otra, un sosegado esmero donde la reflexión se torna negación, oposición, sospecha y trampa. Y a partir de ese aparente caos moldeado por la absorción, la transformación y la reflexión, Morrison construye la evocación de un pasado que no vivió, pero que sí apreció desde la pesadilla del batey y la periferia urbana (sustancias vitales en el discurso de la creación anexa al cocolismo), arribando a la estrategia vital de pluralizar lo evocado, partiendo del yo como sujeto del recuerdo: 

Ensillaré el caballo que derribó a mi abuelo 
quien trató de escapar de los grilletes de la esclavitud…  
Ahora sí me voy, orillando los polos, el del Norte y del Sur 
en un navío de árboles 
Me iré en ese tren en el cual las miradas 
de quietos pasajeros te hacen sentir distinto…

 Mateo Morrison

Como en el Norberto James de Los inmigrantes, Mateo Morrison separa en Pasajero del aire discurso y lengua y, como voz, se opone a la historia, interrogándola, añorándola y convirtiéndola —junto a él— en sujeto y ritmo.

2. Pastor de Moya

En Alfabeto de la noche Ramón Pastor de Moya, como navegante del recuerdo, se recuesta en la nostalgia, en esa figura que doblega el olvido y se regodea en él. Y es a través del tránsito donde la certidumbre es sometida a la tortura de la memoralidad, del acecho frenético de lo sublime y lo pecaminoso, donde Ramón se deshace negando las sospechas, cayendo en la sensualidad del goce erótico y embriagándose de la nostalgia para trucarse, doblarse y convertirse en ese otro que habitó el pasado. Porque, ¿qué sucedería con los sueños inconclusos, esos que se escapan en las madrugadas y la memoria los olvida? ¿Cómo romper los esquemas advenedizos, las trampas cotidianas, los efluvios del poder? 

La nostalgia —en Pastor— es un velo, una amalgama de epifanías, un ensamble de sonidos recordando a Vivaldi. Sí, Pastor es un talentoso cabalgador de las brisas, un miembro orgulloso del club de la nostalgia.

 Ramón Pastor de Moya

Sin lugar a equivocaciones, ni a esos subterfugios que se catequizan como paradojas y mentiras, debo —con una mano sobre el corazón y la otra saludando la osadía— vocear a viva voz que este Alfabeto de la noche, de Ramón Pastor de Moya, es ritmo centrifugado, metáfora desafiando lo analógico, asedio en sinfín golpeando el rubor, voz de cisne convirtiéndose en trino, látigo de luz azotando la historia, la esperanza y los tiempos.

Por eso puedo enunciar que este Alfabeto de la noche es lengua trepidante, lengua tan certera y holística como un verbo circular y transformador de esencias; como un gemido de agonía atrapado en la anti-historia y lo opuesto a los signos; como un silbido arremolinado en el arcoíris.  ¡Sí, como un alarido convertido en poema!

lunes, 18 de noviembre de 2019

CULTURA PETRIFICADA


Cultura Petrificada

Por Efraim Castillo

Uno de los mayores retos del discurso creativo de Ramón Oviedo (1924-2015) se presentó a finales del 1990, cuando por diligencias mías ante el embajador dominicano en Francia, Caonabo Fernández Naranjo [quien había sido nombrado en el cargo a comienzos del 1987] la UNESCO aceptó como un obsequio del país a dicho organismo el mural Cultura petrificada —un lienzo de 156 por 467 cm—, el cual fue entregado a su Director General, Federico Mayor Zaragoza, a comienzos del 1991.


En Cultura petrificada Oviedo reivindica las ramificaciones de las voces, las notas musicales y los lenguajes estéticos de lo que fuimos y que, por desidia o enmascaramientos, yacen como formas muertas en nuestra historiografía. Con esta reflexión, Oviedo no quiso glorificar la tradición —solapada siempre en lo anónimo—, sino denunciar los disimulos asumidos por la postmodernidad para sepultar las características de las expresiones artísticas que superviven en el folclore. Oviedo, un escarbador consuetudinario de lo ancestral, organiza en Cultura petrificada una separación —un deslinde— del arte crítico y el asumido como pueblo, en un mural cuya lectura enfrenta —a través de un diablo cojuelo [o tótem] de brazos abiertos— la vinculación de penurias que ha tejido in extremis nuestra vinculación con el pasado. En el mural, el Maestro acudió al estudio de crónicas, mitos, creencias y supersticiones, todos cosidos alrededor de lo que somos.

Con el expresionismo-abstracto que asumió a partir del 1984 —y que clausuró el periodo de las prisas—, Oviedo retornó a una escritura de lectura horizontal, ordenando la estructura del mural a partir de ese diablo cojuelo [o tótem] para simbolizar la expresión artística primitiva de nuestros aborígenes, amenazada del aniquilamiento total en los discursos desfigurados que han enmarañado las preferencias estéticas, tanto de críticos culturales como de los esnobistas de siempre, buscadores insaciables de una huidiza postmodernidad. El mural, desde luego, libera una reflexión teórica acerca de lo que sería la hipotética muerte de nuestra cultura popular frente al crecimiento exponencial de la cibernética, inscribiéndose como un manifiesto de protesta contra lo que Ernst Gombrich definió como “opción estética”, al preguntársele en un programa radial de 1979 sobre “qué entendía por arte primitivo” (Woodfield: The Essential Gombrich, 1996). Esta “opción estética” es lo que Ramón Oviedo concibió como una “cultura petrificada”, una instancia lúcida de la manifestación artística popular sustanciada en la evolución histórica, no sólo del pueblo dominicano, sino de todos los pueblos en donde convergen —convirtiéndose en sujetos— los renuevos del canto, la danza, la pintura y la lengua, relatados desde lo aborigen, lo africano y las imposiciones del colonizador.

Creado para denunciar, ningún escenario fue más propicio para Cultura petrificada que las paredes de la UNESCO, en París, una reafirmación pictórica de Ramón Oviedo para establecer la representación de una estética inclusiva y crítica sobre la necesidad de que el pasado y sus manifestaciones populares supervivan —negándose a morir— para abrirse a la comprensión amorosa de una historia que grita su perfil en lo contemporáneo.

jueves, 14 de noviembre de 2019


Mi amigo Mario

Por Efraim Castillo

(La historia nunca dice adiós. Lo que dice siempre es un hasta luego. —Eduardo Galeano.)

 Mario Lama Handal


Aunque conocí a Mario Lama Handal a comienzos de los 70’s, ya había escuchado mucho acerca de él a través de Rafael Corporán de los Santos, Tito Campusano y Adriano Rodríguez, quienes desde bien temprano en los años 60’s, o tenían programas radiales, o poseían guagüitas anunciadoras, y Calzados Lama —la tienda que Mario y sus hermanos Juan y Alicia habían heredado de su padre— era su principal cliente. La manera en que lo conocí se debió, precisamente, a la publicidad, porque para Mario un establecimiento comercial, así como una industria o un servicio, no podrían existir sin la construcción y proyección de una buena imagen hacia la colectividad, y ese es un perfil que sólo la publicidad, la propaganda o las relaciones públicas producen.

Fue Vinicio Hernández quien me lo presentó, invitándome a un almuerzo celebrado en el antiguo restaurante Lina —de la avenida Independencia— y que, al acudir a la cita, me sorprendió con otro invitado: Mario Lama, que había sido [como me enteré luego] el promotor del encuentro, con el propósito de conocerme para ofrecerme la publicidad de su empresa. Al preguntar a Mario el porqué de su interés en mi agencia, respondió que me había conocido a través de los anuncios que hacía, por lo que deseaba que me hiciera cargo de la comunicación social de su cadena de tiendas de calzados y de Vulcanizados Dominicanos, la industria de zapatillas deportivas (tenis) que poseía su familia. A partir de entonces, Mario Lama se convirtió en un excelente amigo y cliente vital de mi publicitaria, debido a su gran temple competitivo y su filosofía para ofertar, con la cual muchas veces perdía dinero para retener clientela.

Al cerrar mi agencia en los 90’s para dedicarme a trabajos creativos, asesorías y practicar plenamente la literatura, Mario siempre estuvo a mi lado y al solicitarme que le estructurara una house agency para manejar su publicidad, trabajé directamente en su empresa por algo más de tres años y allí le conocí mejor. Sí, le conocí mejor que cuando en carros y camiones llenamos con sus tenis y zapatos cuantas tiendas existían en el país; mucho mejor que cuando nos enfrentamos a su competencia a base de publicidad y buena colocación en los mass media; mucho mejor que cuando me confesó que la globalización y la cibernética habían cambiado la funcionalidad del punto de venta, convirtiéndolo o en una reducida boutique o en un gran shopping mall, por lo que Calzados Lama se abriría al concepto de una gran tienda, y fue entonces cuando nació Plaza Lama, a la que bautizamos con el slogan de La supertienda.

Es por todo esto que puedo afirmar que Mario Lama no ha muerto, porque vive en cada espacio de la publicidad dominicana, representando lo mejor del llamado cliente publicitario. Y desde ese bastión, Mario construyó su doctrina: servir siempre lo mejor ajustado a las necesidades de los humildes.