sábado, 14 de mayo de 2011

EL ROL DEL INTELECTUAL EN LA ERA DE TRUJILLO EN EL PERSONERO DE EFRAÍM CASTILLO

Nina Bruni

The University of the West Indies


“Ese gran pueblo de buena voluntad no cree en ‘el fin de la Historia’, simplemente porque los pueblos padecen en cada mañana el peso o el horror de la Historia [...] Estamos ante la necesidad de un gran viraje cuyas claves aún no se han definido”

Abel Posse [1]



INTRODUCCIÓN

EL PERSONERO DE EFRAÍM CASTILLO

            Dentro de la extensa narrativa publicada sobre la Era del dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo (1930-1961), y en especial la del último decenio, El Personero se distingue como novela coral. Se constituye en un extenso diálogo donde el lector, interlocutor indispensable, se ve involucrado en las pasiones, los horrores y las angustias de los últimos diecisiete años de la tiranía. La historia de amor que enfrenta tácitamente a Trujillo y a Alberto Monegal, su personero más cercano y enamorado de su amante favorita, se convierte en la perfecta excusa argumental para indagar las diferentes teorías sobre el trujillismo, cuya reflexión está a cargo de esas múltiples voces que se escuchan reiteradamente como si surgieran de una conciencia histórica colectiva.

            La complejidad estilística de la novela requiere otro análisis minucioso de sus diferentes componentes y de sus posibilidades de abordaje para discutir su tesis central: ¿se prefiere la desmemoria a la fecunda discusión sobre el pasado histórico?

Tal caso en relación con  la figura del intelectual se entrelaza en el texto a partir de un hecho muy simple: la Viuda de Monegal, luego de una treintena de años, encarga a dos caricaturescos bibliotecólogos, El Gordo y El Flaco, reabrir la gran biblioteca de su esposo (la BAM) para limpiarla y entregar los libros al Estado, clausurada desde el momento de la muerte del personero tras una cruel agonía impuesta por El Jefe. La BAM, “red espesa de significaciones”, es el nudo gordiano de varias historias y especulaciones, generalmente a cargo de El Gordo:

-¡Todo fue parte de la mecánica del extravío, Flaco! En Monegal se operó, mientras reducía  y ampliaba sus desahogos, un estado anímico similar al de Rommel después de la bomba a Hitler: mujer, hijos, la familia operaron una presión sobre su vida en el futuro, lo que se ejercería sobre ellos tras la muerte del protector. En esas circunstancias los hombres como Rommel y Monegal fundan, en las ataduras de las pistas dejadas, no sólo su propia reivindicación, sino la de sus familiares. De ahí, entonces, las pistas dejadas por Monegal, que sabía que la BAM sería comprada o confiscada por el Estado, no sólo como un acto de recuperación de la obra del personaje desaparecido, sino también por los ejemplares de valor incalculable que posee. [267]

Pero este laberinto de avances y retrocesos “es la pista del país” [267], el pasado, el presente y el futuro de la República Dominicana, al que Monegal predeterminó como un postrujillismo de consecuencias funestas [268].

            A partir de este puzzle histórico, van fortaleciéndose las diversas teorías que el ideólogo trujillista urdió a modo de laberinto para ser interpretadas luego de su desaparición. En fin, los personajes desmenuzan un sinfín de las teorías convergentes, esparcidas durante la Era y las dejan a nuestra consideración para ¿rearmar? los acertijos de la historia que se encadenan inexorablemente entre sí.



PRESENTACIÓN METODOLÓGICA

            Una reflexión sobre el rol del intelectual desde una perspectiva sociológica, histórica y literaria, exige la aceptación de determinadas cuestiones de corte filosófico.

            Si nos remontamos al inicio de la modernidad, encontramos que su advenimiento saca a la luz como una característica principal la figura de los intelectuales y su rol en relación con el poder / saber conectado con la política que surge o podría resultar de sus posturas. Tal relación ubica al centro de los acontecimientos a un sector social intelectual clave en el nacimiento de los tiempos modernos y no menos relevante en los nuestros.

            Aceptamos, pues, la existencia de una sociología de los intelectuales y adoptamos para la presente exposición la propuesta de Zygmunt Bauman. El sociólogo de la Universidad de Leeds, analiza el papel de los intelectuales modernos y la conexión de su trabajo con el desarrollo de la cultura moderna mediante un estudio de la esencia de la modernidad y de la posmodernidad en el análisis de la cultura. Los intelectuales “legislaban” sobre las opiniones del resto de la sociedad mientras se creyó que se podía determinar la verdad de las creencias. Pero en nuestro tiempo, el período posmoderno [2] , se perdió aquella certeza moderna y se relativizaron nuestros sistemas de valores y creencias, convirtiéndose los intelectuales en “intérpretes” de los diferentes puntos de vista. El nuevo rol del intelectual tiene consecuencias directas para el análisis de la cultura contemporánea. Delineamos a continuación algunas precisiones a tener en cuenta:

1.      El intelectual se autoasigna su objeto de estudio. Al intentar autodefinirse y otorgarse capacidades traza un límite de su propia identidad que pasa a ser político pues se concede el poder de incluirse o excluirse en un contexto social.

2.      Aunque el hecho de autodefinirse obliga a los intelectuales a enumerar sus características, no hacen referencia a la relación social que los distingue del resto de la sociedad porque la categoría de intelectual emerge como dadora de sentido y no pone en tela de juicio sus propias condiciones como tales.

3.      También vale preguntarse cómo y cuándo aparece la figura del intelectual (¿en un momento histórico preciso?, es una invariante de la condición humana?) para cuestionarse por su particularidad.

4.      Su distinción radica en ser una figura específica y singular, moderna y posmoderna.

Por tal motivo, para analizar el rol del intelectual durante la Era de Trujillo en El Personero, nos basaremos sobre las estrategias del trabajo intelectual cuyas metáforas son la del papel del “legislador” y la del “intérprete”.

Si los intelectuales se asignan un lugar en la sociedad, el campo intelectual necesita pensarse dentro del campo del poder y en cuanto a las relaciones sociales donde esta categoría cumple un papel estructural en el desarrollo social. Del análisis de Bauman, cuya tesis principal es demostrar la particularidad del intelectual moderno asociado al poder en comparación con los tiempos premodernos de los sabios y maestros dominantes, tres aspectos son útiles para profundizar la mirada sobre el tema que nos compete:

1.      La pragmática del poder que incluye el campo intelectual genera una aguda asimetría que provoca un sentimiento de inseguridad en los dominados, carentes de el conocimiento. El intelectual como sabio asociado al poder pone en marcha un excelente mecanismo de autoperpetuación de ese poder/saber que, por supuesto, se apoya en las personas incompletas y necesitadas del cuerpo social.

2.      El estado como administrador y regulador de lo cotidiano, de la vida social y como orden de poder, abre un espacio para el intelectual quien establece un discurso capaz de generar dicho modelo.

3.      Los intelectuales se convirtieron en el gozne de la transición en los tiempos modernos con una visión prospectiva que transformó la incertidumbre de ese paso en una respuesta respecto de la vida social. Sin embargo, este intelectual funcional (quizás ideal) sólo garantizó la perpetuación de un régimen, a la luz de los hechos y textos analizados. Pero lo más importante tal vez radique en la toma de conciencia de aquella incertidumbre que, luego de dos siglos, transmuta en otra como umbral de la posmodernidad o última etapa de una modernidad inconclusa. [3]

            De todos modos, el lugar cardinal que Bauman asigna al intelectual en la relación poder/conocimiento, despeja el camino ascendente del intelectual funcional de visos gramscianos que, aunque sujeto a un discurso de la razón relativamente autónomo, se vincula a la reproducción y/o crítica del orden establecido. Otra cuestión velada es cómo medir la autonomía de la razón. Probablemente se dé por entendido que el discurso racional, ligado al Estado, legitimándolo o criticándolo, está determinado por el poder.



DE LEGISLADORES e INTÉRPRETES

LOS INTELECTUALES: PEQUEÑOS BURGUESES

Los fracasos recurrentes del liberalismo en relación con la política práctica, provocan en los intelectuales dominicanos de fines del siglo XIX y principios del XX una decepción angustiante de corte existencial que se resuelve en la tragedia de la “inviabilidad de la nación dominicana”. Este nacionalismo impotente de base rodosiana sumado a la consecuente incapacidad de las clases gobernantes para formar instituciones estables propias de un Estado nacional, es la base óptima sobre la cual Trujillo yergue su régimen. Convirtió al nacionalismo en el credo de redención sublime que proclama la superación del pasado, falsificándolo, y los intelectuales, apostando desde su punto de vista a la única posibilidad de “futuro”, libran acaloradas batallas verbales en el único espacio público de realización. La historia nos demuestra cómo este estrato social intermedio se somete por causas socio-económicas al diseño de proyecto totalitario que llega a conformar un “sistema de significación mitológica” impuesto a la sociedad como legitimación del poder despótico [4] .

Lo cierto es que este falso “poder del saber” otorgado por Trujillo a sus intelectuales orgánicos junto con reconocimiento, cargos públicos, manejo de la prensa y a cambio de absoluta fidelidad, lanza al personaje más antiteórico de toda la Era al camino exitoso de sus treinta y un años de tiranía.

Por lo tanto, aquel fracaso de la materialización de la utopía liberal  percibido por los intelectuales como una doble tragedia (inviabilidad de la nación; la dicotomía ciudad-campo) explica la facilidad con la que Trujillo neutraliza a los intelectuales tradicionales o aristocráticos.

Esta falaz ideología del progreso nacional que el dictador utiliza como columna vertebral de su régimen, encierra las teorías clave del universo trujillista que El Personero pone en tela de juicio.



ALBERTO MONEGAL, LEGISLADOR

            La representación del intelectual del régimen trujillista se centra en el personaje de Alberto Monegal como el “ideólogo” principal tanto de los aciertos de El Supremo como de sus más terribles yerros pergeñados a través de sus intrigas.

            Las peculiaridades de esta figura se construyen a partir de múltiples perspectivas en dos líneas temporales: la del pasado, cuando el mismo Monegal ya en reclusión recuerda sus vicisitudes como personero y se confiesa en voz alta, y la del presente a cargo de la Viuda, de los bibliotecólogos que van componiendo las hipótesis a partir de las huellas dejadas por el amanuense, y del coro-pueblo, semejante en su función al de la tragedia griega.

            Todas las observaciones e interpretaciones vertidas por los personajes sumadas a los monólogos y a las remembranzas de Monegal, nos revelan su ánimo ambivalente, con fuertes vaivenes emocionales, a un muerto en vida; un personero, leal y traicionero, “Y no debería sorprendernos que Monegal, a la larga, convirtiera su gran amor, su idolatría por Trujillo, en celos, primero, y en odio después.” [108]

            Como único teórico coherente de la legitimación del poder despótico, Monegal nos deja como herencia un legado de “significantes cruciales” [268] para nuestras interpretaciones. Nos detalla aspectos impensables de la vida del dictador, lo cual manifiesta el contrapunteo constante destacado en la novela entre su sentimiento de adoración extrema por El Padre de la Patria y su amarga y cruda reflexión sobre la verdad de los acontecimientos, como un rasgo psicológico maquiavélico de quien legitimara la autarquía de Trujillo, su verdugo (“lo destruyó y bien le pesó” [27])

            Aunque Monegal se autodefina como “un servidor de Trujillo, un personero, un vulgar bufón en la corte de los lambones” [115] su impronta como quien “esculpió la imagen” y los mitos trujillistas provoca el debate pues en la novela se entrecruzan aquellos, impuestos a la sociedad, que realmente construyeron y sostuvieron al régimen mediante una simbología discursiva que desvirtuó el pasado y ocultó al sujeto real “para hacer ver a Trujillo como un resultado de nuestra historia, haciendo inclusive que el genocidio de los haitianos se olvidara al paso de dos o tres años...” [104-6]

            Como dador de sentido a una “realidad virtual” que en su asociación con el poder absoluto debía legitimar, a lo largo de El Personero se interpretan desde todos los ángulos las teorías primordiales del régimen y que sitúan a Monegal como el intelectual que se autoasigna el derecho de una posición privilegiada que, a pesar de su trágica caída, logra con astucia su objetivo durante la Era trascendiendo a los tiempos posteriores.

Estas grandes teorías, transformadas en los mitos recurrentes de la Era [5] , fueron articuladas por el intelectual funcional con la instrumentalidad de lo político: el absurdo adquiere un hálito de mesianismo que adultera la historia dominicana hasta negarla y que, en definitiva, convierte a la ideología de la Era en una gesta épica.




LA HISPANOFILIA: MADRE DE TODAS LAS TEORÍAS

LO HISPÁNICO, SINÓNIMO DE LA DOMINICANIDAD

            El nacionalismo como elemento aglutinante de los intelectuales de la Era, símbolo de la plena realización nacional, necesitaba por definición la presencia de un “Otro” amenazante y bárbaro que la historiografía dominicana desde el siglo XVIII y la literatura de principios del XX supieron inventar: Haití [6] .

Justamente, todas las referencias sobre lo haitiano en la novela connotan lo negativo en relación con el vudú [26], la brujería [87] o el rechazo visceral  a los negros en pos de mejorar la raza [182; 276]

            Aunque definido como “hispanista de pacotilla” [133] por su viuda quien culpa a España de toda la desgracia del país  desde su posición pro yanqui, Monegal “soñaba con la utopía de un relanzamiento gigantesco del país como bastión de la conquista” [133] para salvarlo de la haitianización “a través de los profundos lazos culturales que fueran capaces de oponerse al crecimiento geométrico de la agresión africohaitiana” [168] En consecuencia, lo hispánico debía adquirir en el sistema educativo de República Dominicana un protagonismo estelar.

            Esta visión histórica pensada arbitrariamente desde la diferencia insalvable que causa la colonización francesa en Haití, se resuelve en una dicotomía falsa pero efectiva a los fines perseguidos por el régimen: la dominicanidad como prolongación de la hispanidad por la naturaleza humanista de la colonización versus el haitianismo como extensión de un engendro aportado por Francia y por los esclavos africanos.

La sublimación disparatada y grotesca de lo hispánico propulsa la aventura intelectual de la diferencia como la matriz ideológica del régimen contra la “amenaza” de la desintegración que el amanuense trujillista impidió “heroicamente” perpetrar, justificando así el genocidio haitiano respaldado por durísimas políticas fronterizas:

El 37, contrario a lo que muchos creen, no será recordado como un año de luto y dolor para nuestro país, que prácticamente ha alcanzado la gloria bajo su dirección, sino como una fecha ratificadora de la Separación del 44. Esa política del chapeo deberá erigirse como una constante necesaria, lógica y nacionalista, si verdaderamente deseamos ser libres como país que respeta y venera sus ancestros. Nunca he dudado de que en algún rincón oscuro de la Patria se anide un Moisés que emerja vigoroso para desear reivindicar lo que los haitianos consideran como suya: la isla total. Nuestra frontera no puede convertirse, bajo ningún concepto, queridísimo Jefe, en otra Isla de la Tortuga, que nos enajene para siempre. Así, la Frontera deberá ser el lugar para la vigilancia eterna, llevando hasta ella hombres y mujeres puros, que evadan de sus conciencias todas las tentaciones que la corrupción del contrabando puede ofrecer. Estas dos variables enriquecerán robustamente la política intramigratoria y fortalecerán los dos poderosos signos de nuestra nacionalidad: el mulataje y la lengua. [138]





EL MULATAJE Y LA MITIFICACIÓN DE LA FRONTERA

Si lo racial define lo cultural, la teoría del mulataje se complementa estratégicamente con la de la hispanidad y con la consecuente mitificación de la Frontera pues  para concretar el plan de Monegal: “El mulataje deberá ser la raza del país en cinco generaciones.” [137]


Las rutas sinuosas de la BAM seguidas por los bibliotecólogos, nos revelan las dos caras de una misma moneda. El amanuense no sólo veía en Trujillo el alter ego de la hispanidad [106-7] sino la síntesis misma de la sociedad dominicana. El astuto Monegal “apeló al mulataje que encarnaba Trujillo para construir su teoría” porque “sabía que erradicar África de nuestro territorio [deduce el Gordo] era una utopía”. [137]


La política migratoria con Europa y con Japón en los tiempos de posguerra para llevar a República Dominicana agricultores, sobre todo españoles que fortalecieran el idioma, y la perpetua vigilancia de la frontera con Haití son las variables cruciales que fortalecerán ambos rasgos distintivos de la nacionalidad dominicana: el mulataje y la lengua, robusteciendo la política intramigratoria. Ya no cabe duda de que Monegal recupera a favor de “su patrón racial” la doble dicotomía histórica ya mencionada: el “Otro” enemigo perenne, lo haitiano, y el “Otro” enemigo interno, el campesinado, reinterpretando a su gusto los conceptos decimonónicos de civilización y barbarie.


EL RÉGIMEN QUE NO DUERME

            La utopía de Monegal sostenía una teoría que denominó “orientación en la orientación” según la cual este pueblo no podía [...] tener reposo ni mental ni físico, en virtud de que aún la sangre mulata no había llegado a su síntesis verdadera. Sostenía el personero que cuando se produjera el milagro de la simbiosis exacta, en donde la mulatidad alcanzara ese grado de perfección ideal, entonces se reinvertiría la orientación hacia las promesas no cuajadas. Monegal apuntaba hacia una simbiosis en que lo español, como predominio cultural, aflorara sobre los demás vestigios enrolados en eso que él llamaba desagradable mejunje de atisbos africanos, indígenas rezagados y, lo peor, yanquis superpuestos, que se tragarán todo el ancestro, el inconmensurable ancestro del verdadero ser dominicano. [226]


Con esta noción sociológica donde se aduce al concepto de agitación constante, al régimen no durmiente para mantener a los estamentos sociales en continuo movimiento, el personero logró que Trujillo comprendiera “que el circo es parte esencial de los pueblos”, que lo lúdico es parte de esa agitación constante, una rama de su teoría de la orientación en la orientación, y que el deporte es “tan afín a la conducta social como la fue la guerra en el estadio feudal de la civilización.” [226-7]


LOS YANQUIS SUPERPUESTOS O LA CONTAMINACIÓN CULTURAL

            Si bien presentaremos en otro escrito las múltiples imágenes cinematográficas de Ciudad Trujillo en relación con el tema del progreso en términos comparativos del pasado (la Era) y la presente Santo Domingo, nos compete mencionar los informes de Monegal, descubiertos e interpretados por el Gordo, que asombran por su visión futura de la ciudad y sobre los cuales desarrolla su teoría sobre el turismo.

Alberto Monegal previó las consecuencias del turismo explicándolo en términos de “polos” que dividen en dos a la isla de norte a sur (Cordillera septentrional y central al oeste, y Cordillera oriental) y de las estribaciones con incursiones medioambientalistas en los Haitises. [60] 


El caso es que la comparación del Gordo entre el informe de Monegal de los años ’50 y el ordenado por Balaguer en el ’67 al Estudio H. Zinder por encargo de la OEA para promover el desarrollo turístico, resulta en que Monegal había observado a mediados de siglo cuáles serían las derivaciones “del asalto campesino a la ciudad” [63] hacia fines de siglo (anticipándose al temor siempre discutido por los bibliotecólogos) sobre la aparición de “hombres rubios con cámaras, pantaloncitos tipo Bermudas y nuestras mulatitas a cuestas como cruces encendidas.” [63]

Combatió el turismo a través de su teoría de la contaminación cultural alertando a los académicos sobre los peligros de la mezcla de nuestras esencias; así justifica la necesidad de un dictador como Trujillo, líder único y mentor de la cultura y de la historia dominicanas. La lógica explica que la reiterada necesidad de una dictadura se basa sobre determinado ciclo del ser humano que lo impele a ser guiado. [64]

            El remate final, prueba de los vaticinios de Monegal, lo da el Gordo con su manifiesta preocupación sobre las implicancias de la invasión turística en un país sin educación como República Dominicana:

la fuga a la ciudad engalanada de gift shops, y la multiplicación de las academias para la enseñanza del inglés, con el empobrecimiento del pobre español. ‘¡Aprended inglés, el idioma del futuro!’, se imaginó el Gordo que dirían los mensajes en grandes vallas publicitarias. ‘¡El que no sabe inglés será hombre-hambre, hombre-miseria, hombre-estropajo, hombre-mierda! [62-3]


PRIMERA CONCLUSIÓN

·                    Alberto Monegal fue mucho más que un intelectual que legitimara el poder despótico de Trujillo. Durante el proceso polivalente de la constitución de su figura como el intelectual de la Era, su categoría emerge como “dadora de sentido” a una realidad (virtual) o, mejor dicho, a un sistema a un punto tal que transforma la ideología que legitima racionalmente al régimen en un mito fundamental (¿o fundamentalista?) en el cual Trujillo es la única verdad superior.

                        El discurso de su producción intelectual, pleno de pensamientos, valores y símbolos capitales en la estructura de la dominación, oculta al sujeto real Trujillo para identificarlo en su identificación con el discurso de su gesta nacional donde hasta el mismo Monegal se diluye como intelectual y curiosamente se reconoce como bufón del carnaval, a pesar de dar forma y sentido a la tiranía:

            Además de personero soy amanuense, mis escritos son los de él, mis discursos son los de él; me estoy convirtiendo, poco a poco, en él. [...] Los amanuenses somos así, nos debemos al patrón, al que nos paga. Además, tengo que pasear con el Jefe, subir y bajar los escalones, desplazarme con él a los mítines,  a las inauguraciones. [...] Los que marchamos a la sombra de Trujillo carecemos de tiempo propio; es más, el país mismo ya no tiene tiempo propio. [...] El país se ha acostumbrado a respirar, a caminar, a trabajar con el ritmo del Jefe y estamos dejando de ser nosotros para convertirnos en él. ¿Qué mejor destino que ése? ¿Qué éramos antes que él? [92]

            Parece ser una constante que la figura del intelectual emerja como tributaria de la relación saber/ poder en los momentos de profundas transiciones o crisis. Así como el paso crítico a la modernidad trajo consigo la incertidumbre sobre el porvenir que permitió al intelectual aliar su saber al poder del Estado para legitimarlo o intentar un discurso “relativamente” autónomo que abriera un espacio de crítica positivo, también parece una constante que estos amanuenses sean destruidos, como Monegal, por el mismo poder que los necesita para legitimarse. Tal asociación del intelectual con el poder parece, paradójicamente, necesaria y eventualmente imposible.

           La intelectualidad dominicana del siglo XIX y principios del XX no pudo propiciar un espacio de interpelación social con la crisis de la disociación entre la utopía liberal y la política práctica. Sólo se estigmatizaron con un denominador común: la inviabilidad de la nación dominicana, prólogo adecuado para la historia que Trujillo escribiera. La intelectualidad burguesa que dio el primer impulso a Trujillo y, sobre todo, el ideólogo del régimen, Alberto Monegal en El Personero [7] , en pro del nacionalismo y del progreso, nos demuestran de qué manera el intelectual se convierte en un cuchillo de doble filo para quien no sabe tomarlo por el asa.

·                    La otra cuestión es si un intelectual funcional (legislador) como Monegal que lleva al paroxismo la figura de Trujillo y todos los acontecimientos de la Era no corre el riesgo de asumir como verdadera la realidad inventada para el tirano:
  -Los intelectuales de la Era, Flaco, trataban de probar a Trujillo sus infinitas capacidades, ya no de servir sólo como amanuenses, sino la de estructurar la realidad como una ficción. Creo que Monegal sabía que a Trujillo este informe número dos sobre su teoría y práctica de la intermigración para mejorar la raza, le sería leído al Jefe desde la plataforma de la anécdota; como una curiosidad monegalesca de imbricar un poco de sazón a la realidad.
              -¿Realidad virtual?
              -Un poco más que eso, Flaco. Monegal sólo actuaba en esos fenómenos que implicaban situaciones antropológicas. [...] ¿Ves este paquete de papeles marcado con un número tres?
                  -Sí, lo estoy viendo.
              -Pues creo que con esto mi tesis sobre las teorías de Monegal y sus conexiones ulteriores alcanzan una amplia apoyatura.
                -¡Explícate, Gordo!
         -En estos papeles, Monegal plantea a Trujillo la necesidad de mejorar su ganado. ¿Te das cuenta como el tal Monegal argüía lo que él consideraba mejoramientos biológicos en todos los órdenes? ¿Recuerdas la anécdota de Trujillo con Juancito Rodríguez y de cómo surgió la enemistad entre ambos caciques?
                  -Algo he oído, Gordo.
                  -Esa enemistad se debió a asuntos de celos por el ganado vacuno de Rodríguez de parte de Trujillo. ¡Y oye lo que recomienda Monegal al Jefe respecto al ganado!: [...] Los próximos pasos para ganar el respeto total de las naciones del mundo será la consecución de la raza nacional a través de un mulataje que imbrique los residuos inmortales de la sangre ibérica con los despojos de la aborigen y el salpicamiento de la negra; esa negra que llegó a América sin desearlo, sin pedirlo, sin siquiera soñarlo. A esa yunción extraordinaria de carne y fluido esencial deberá seguir la creación del ganado dominicano. Entonces seremos la isla clase aparte, el país de la utopía ganada, del sueño real. [...] ¿Estás oyendo, flaco?
                  -¡Increíble, Gordón! ¡No hay nada más parecido a Maquiavelo! [143-4]

             La interpretación de la Viuda, en cambio, es mucho más práctica y clave para otro aspecto insoslayable en El Personero:

            -¡Mierda para Monegal, Castillo! Ese no era nada más y nada menos que un poeta disfrazado de historiador. ¡Monegal todo lo metaforizaba... se iba a la lengua de los poetas o, peor aún, a la lengua de los historiadores, o ambas a la vez, para tamizar, filtrar los sentidos, las palabras, a veces hasta lo inteligible, hacia las zonas en donde se regodeaba consigo mismo y con el futuro! [246]                                                               

          Estas dos últimas citas dejan claro que el personero se permite estructurar “monegalescamente” una realidad como ficción y nos enfoca en todas las alusiones en la novela sobre su capacidad de novelar, demostrada cabalmente con el análisis de La Mañosa de Juan Bosch [181] o con la descripción de la entrada de los camiones que transportaron la primera ola intramigratoria a la ciudad de San Cristóbal “como si se tratara de probar a Trujillo que la vida de los pueblos de mueve como una ficción redimida.” [140]


LA NOVELIZACIÓN DE LA HISTORIA

            De lo expuesto anteriormente, un análisis más completo del rol del intelectual en El Personero no puede rehuir al tema de la ficcionalización de la historia: primero, porque la novela es una ficción sobre la Era que claramente plantea las dudas sobre la validez de la novela histórica y cómo hacer historiografía, y, por otra parte, porque la Era se constituyó sobre la estructura de un discurso ficcional que llegó a construir una realidad paralela o virtual.

Sobre los siguientes temas, emprendemos nuestras consideraciones. [8]

1.     CÓMO ENTENDEMOS LA HISTORIOGRAFÍA
Aunque la oscilación constante entre los dos aspectos clave y supuestamente opuestos que se van construyendo a partir de las intrigas históricas propuestas por la BAM –la validez de la investigación histórica y la novela como un modo de hacer historiografía- se resuelven en apariencia en el capítulo previo al epílogo de la novela cuando el Gordo y el Flaco deciden “alimentar los fuegos de la tarde” con los documentos y las fotografías que hubieran sido parte de una novela, no es más que una estrategia que pone al descubierto el verdadero interrogante sobre la Historiografía.

Los quebrados caminos de interpretación en voz de los verborrágicos personajes que a lo largo de la extensa novela nos conducen a tomar partido, alternativamente, por una posición u otra, nos lleva a interpretar la historiografía como el terreno donde coinciden lo real y las prácticas del discurso ficcional. Lo interesante es que cuando esta unión no puede ni pensarse se practica una sutura, base sobre la cual Monegal (léase los intelectuales de la Era) construyó el sistema de significaciones que dieron cuerpo al mito que también moldeó el presente de los dominicanos. No en vano, finalizando la novela, el Gordo coincide en parte con Castillo, escritor de la novela frustrada,  “En que la Era de Trujillo es una novela que estamos viviendo aún. Las fotografías, cartas, libros y documentos de esta biblioteca sólo forman parte de un capítulo. Lo bueno podría estar por llegar.” [421] La Viuda, con su pragmatismo habitual asegura: “¡Lo que pasa es que como sucede en Alemania con muchos secretos  a voces de la tiranía hitleriana, aquí aún El Jefe sigue mandando!” [362]

Aunque parezca preferible la memoria histórica a la desmemoria, irónicamente, se convierte en trampa mortal porque “recordar los horrores del pasado” obliga a recordar sus virtudes y a reconocer al presente “neotrujillismo despotricado, vagabundo, mucho más ladrón y enfermizo que la matriz copiada.” [422]

El coro de personajes cruciales en la historia relatada supera en cierta media el valor de los documentos históricos.

-¿Qué sabes de la historia, Martínez? Lo único que deseo es que te introduzca en ella. Hay cambios muy violentos en las vidas de los hombres y a ti te ocurrió uno de ellos. A través de esos cambios se pierden las perspectivas, los ángulos en que el frente y la parte trasera se confunden. ¿Has pensado en lo de tu hija, en cómo te reconocerá la historia?
-¡Mierda! ¡Lo que dices es pura mierda, Gómez! ¡La historia es esta que estamos viviendo, aquí, en el Trocadero, en esta bohemia que nos rodea y deleita! ¿Para qué pensar en el futuro o en el pasado, o en este mismo presente? El Jefe nos absorbe, nos guía, nos detiene y adelanta, y él es un faro, Gómez, no lo olvides jamás! [378]

La inclusión de extensos diálogos y de las entrevistas a la Viuda de Monegal, a Marta Martínez, amante de Trujillo y Monegal, al Trepador Martínez, padre de la muchacha, y a su segunda esposa, expone a los lectores a la opinión en voz alta y sin intermediaros acerca del significado de “contar la historia”

Pero, ¡por favor, no anote eso! [ruega Marta], porque hay decires, palabras que sería mejor que la historia se las tragase y que nadie, absolutamente nadie en lo por venir, osara pronunciar. Que hay pasajes, trechos memoriales que deberían quedar como tumba, como sagrada tumba de lo que se pronunció y desapareció, y no como huesos o carne, o pulpa de fruta que se lanza a tierra; [...] porque ¿qué debe y qué no debe anotarse? [378]

            El Personero no resuelve la controversia porque el verdadero objetivo es plantear la duda. Pero lo cierto es que la polifonía de opiniones y reconstrucciones teóricas sobre la Era ahondan el punto e vista crítico y provocan una saludable duda que relativiza cualquier pretensión de imponer una visión unívoca sobre la realidad como verdadera. Si un intelectual o los intelectuales orgánicos del régimen construyeron una realidad como se construye una novela ¿por qué la ficción no puede ser un modo de abordar la historia y de deconstruir un canon impuesto por el poder?


2.     RELACIÓN HISTORIOGRAFÍA – PODER
No cabe duda de que Alberto Monegal como el amanuense de Trujillo define a la historiografía en su directa relación con el poder autoritario. Los intelectuales de la Era organizaron hasta la exageración la memoria del Jefe mediante publicaciones masivas y un discurso majestuoso (el mismo estilo que Monegal utiliza en cada documento dirigido a Trujillo) que definían al dictador como la “encarnación de la historia” misma. [106] Los hechos narrados, transformados en los mitos substanciales que atraviesan la Era resultaron concluyentes para validar la racionalidad del sistema en la historia dominicana, proyectados a la sociedad como verdad única.

Con distintos matices, el canon de obras y autores del trujillismo libra un combate verbal con el cual subyugan el pasado (y el presente) utilizando en su favor los tópicos centrales de textos fundacionales desde período colonial. Su historiografía consiste en la ficcionalización de la historia, no para crear una tradición (en conceptos de Eric Hobsbawn) sino para imponerse como la tradición recurriendo a la deshistorización del pasado. Monegal pregunta sobre Trujillo: “¿Qué éramos antes sin él?”

En la novela se enfatiza la capacidad del amanuense para crear una realidad virtual: el “como si” de de Certau se convierte en un abismo entre lo real y lo discursivo.

Por consiguiente, el nuevo interrogante gira en torno a la definición y el rol de los historiadores. ¿Son “poetas” [246] que metaforizan la realidad y que se autoasignan el derecho de configurarla como el autor de una novela?, ¿los poetas son historiadores y críticos que buscan desmontar las plataformas sobre las que se construyó la Era y cuyas consecuencias aún se padecen? , ¿O simplemente los intelectuales adoptan una moda?


3.     CÓMO ABORDAMOS LA HISTORIOGRAFÍA
Todo lo anterior nos inclina a aceptar la existencia de un punto en común entre la historiografía y la ficción: ambas parten de una deliberación sobre lo real. En el caso de la Era, su historiografía se concentra en los mitos fundacionales que la convierten en un absoluto infranqueable e impuesto a la sociedad. El Personero suscita múltiples propuestas de interpretación, reflexión y crítica sobre el mismo período y sobre el presente dominicano e, incluso, latinoamericano. [cita autores brujos]

Por lo tanto, no es absurdo abordar el análisis de la  historiografía o de un período histórico desde las obras de ficción que lo apropian como materia literaria y filosófica. Quizá superen a la Historia por las propuestas sobre la Verdad, relativizando todo concepto y punto de vista, porque la potencial validez de su contenido radica más en los significados que evoca que en lo factual.

En última instancia, la tiranía de Trujillo (como cualquier dictadura) se fundó y se perpetuó al organizar, intelectuales mediante, un sistema social con los patrones de una estructura narrativa (la del mito) cuyo grado superlativo de distancia con lo real configuró una dimensión paralela cuyo único héroe fue el Jefe. De ahí que “la Era es una novela que estamos viviendo” y que El Personero es otro espacio de apertura para indagar el pasado y el presente.


4.     RELACIÓN ENTRE LA ESCRITURA DE LA HISTORIA Y LA LITERATURA
En la relación entre la escritura de la historia y la literatura, Hayden White encuentra que las obras historiográficas reproducen en sus tramas los arquetipos de la novela: la comedia, la tragedia y la sátira. Cuando el historiador aplica inconscientemente –según White- uno de estos patrones, le confiere a su narración un significado particular. Así es que, desde este modelo, construye los metarelatos  que dominaron la imaginación histórica en Europa del siglo XIX. Un recorrido por los trabajos históricos y literarios dominicanos desde el período colonial al siglo XX [9] realza como factor común el predominio del modo trágico de narrar el pasado dominicano en el sentido de colisión de fuerzas o elementos irreconciliables en la naturaleza humana y en la sociedad, la figura del “Otro”, en una dicotomía insalvable: lo haitiano como enemigo acérrimo externo y el enemigo interno, el campesinado o la barbarie.

Este pesimismo intelectual que hoy día se percibe en muchas novelas de los ’90 sobre la Era se debilita en El Personero y deja el protagonismo a una sátira muy sutil como lugar desde donde se interroga sin rodeos conceptuales ni lingüísticos el quehacer histórico y literario. Las “historias” narradas sobre Trujillo [215-6] además de significar un dinero extra en estos tiempos de escasez, constituyen el modo de recoger las huellas que la historia inducida [215-16] ha relegado para silenciar complicidades. Tales vestigios de una memoria silenciada, a los que Monegal había comenzado a recoger antes de que le sobreviniera su desgracia, muestran facetas inadvertidas del tirano que deben ser conocidas por las generaciones posteriores para que  “su juicio acerca de la historia dominicana más reciente sea más completo” [216]; la ficción siempre apoyada sobre la garantía de los hechos “...De nada nos servirá inventar si deseamos reconstruir un episodio que sólo será bueno en la medida que probemos que fue verdad y no una simple ficción.” [102]

Sobran las alusiones irónicas a la literatura actual publicada sobre el trujillismo “...(porque ahora todo el que lo desea se destapa con un libro acabando a Trujillo...)” [221] El oportunismo se asocia al dinero y al sensacionalismo “¡Estos papeles de Monegal podrían hacernos ricos! Podríamos publicarlos, novelarlos, vendérselos a algún periódico, incluyendo las fotografías. Estamos en una época en que todo lo que huele a Trujillo es noticia que interesa a la gente.” [49] o, simplemente, a lo que parecería ser una moda que se confunde con las intenciones honestas de quienes desean abrir un verdadero espacio de reflexión sobre Trujillo y su época: ...señora Martínez [...]...se tendría que contar su historia de manera clara y concisa [...] Podría interpretarlo usted como una salida maniquea a una época que ya nos ha vendido como de horror y barbarie, y usted sabe [...] que muchas cosas no acontecieron como se nos pretende vender. [216]

            La crítica al lector de este tipo de novelas y al público en general también señala oposiciones. Por una parte se habla de una “generación y media que desea leer... saber más sobre Trujillo... no obstante todo lo que se ha publicado” [49] poniendo de relieve otros de los interrogantes abiertos  por la revisión histórica de los intelectuales, aquel de que si todo tiempo pasado fue mejor:

-¿Era aquello pero que esto que se vive ahora? Los jóvenes desean saber si la desgracia del trujillismo es peor que la desgracia de la democracia. Los papeles de Monegal no van a descubrir la vida total de la dictadura, pero podrían ayudar a decir a los interesados en sus misterios cómo vivían, cómo actuaban sus personeros y, más que todo, qué temores sentían del mismo régimen al que servían. De ahí, que debamos apurarnos en rebuscar, porque, al parecer, lo más emocionante, gordín, parece estar debajo de todas esas montañas de libros... [49]

Por otro lado, no se pasa por alto el gusto común del público porque “¡La gente lo que desea es oír mierdas, comparar mierdas con la que le toca vivir diariamente!” [421] y cierra el misterio sustancial de la potencial novela –como el Epílogo que el escritor Castillo finalmente les deja- echando por tierra toda la investigación hecha por los bibliotecólogos.

Un lector agudizado ahondaría todos los significados que envuelven la autoexclusión de Monegal, sus motivaciones profundas para consumirse en su propia salsa; pero los lectores comunes, que son quienes sostienen a los escritores, lo que buscan es el misterio, el drama que rodea a la muerte violenta, Flaco. Si la muerte de Gómez se queda en el aire puedes apostar el fracaso del libro. ¿No crees? [411]          

            Aunque la valoración de un episodio se base sobre su grado de verdad, la documentación sola no es suficiente:

-¡Pero ahí está el dinero, Gordo! Aún no nos decidamos a publicar la historia, tenemos un paquete de documentos que vale mucho dinero.
-¡No sueñes, Flaco! Estos documentos, estas fotos, toda esta vaina sólo podría venderse alrededor de una historia. Sin una historia, nada en la vida vale. ¿Qué crees tú lo fue lo más importante de Julio César, aparte de sus conquistas? ¡Cleopatra, Flaco... Cleopatra! [...] El dinero está en la historia, no en las cartas, ni en las fotos,  ni en las muertes! A lo mejor Castillo descubrió algún resorte, algún intersticio por donde la historia podría desvanecerse, diluirse y decidió cerrarla así. [421]

            Lo paradójico viene al promediar la novela cuando se tensionan al máximo las dos fuerzas opuestas: documentación histórica y ficcionalización. Se define a El Personero  como una novela histórica sobre los últimos diecisiete años del trujillismo absolutamente distinta de las otras que se han escrito porque no será exactamente una novela trujillista. [208-9] Como el proyecto ha sido abandonado por su mismo autor, la ironía indica que estamos leyendo un documento único sobre  la BAM, la investigación de los bibliotecólogos y de Castillo porque todo lo que pudiera resultar evidencia de la potencial novela ha sido quemado [214; 420-1] La explicación se encuentra justamente  en la cuestión de qué debe ser contado y qué no:

-Monegal fue un autorrecluso, un autoexcluído del movimiento social y mi socio y yo hemos considerado que la memoria que fabricó para ser recordado debe permanecer tal cual. El Monegal del amor, ese que lo sacrificó todo por amor, deberá perpetuarse en la ficción, en la especulación que la literatura creativa otorga a los seres extraordinarios para acercarlos al mito. [214]

Con atisbos de desesperanza se decide truncar la escritura de la novela y lo que se perfilaba como un proyecto absolutamente distinto desemboca, deliberadamente, en una reflexión sobre la trampa de la memoria histórica. La desmemoria es nuestro mal mayor (“En cada vuelta que des por el país te tropezarás con uno, dos, diez, treinta asesinos que te sonreirán como si nada hubiese pasado, como si los muertos de los treinta y un años no fueran más que basura.” [421]) Pero el recuerdo del pasado exige reconocer sus virtudes y, peor aún, revela la deformación del presente. De allí que el hallazgo impactante de los bibliotecólogos que revelaba una arista insospechada del régimen es pura basura que debe ser quemada [423].

            Aunque siempre existe el escritor oportunista que desea sacar provecho de los horrores de la historia, a lo largo de la novela se sostiene la idea de autoasignarse un espacio diferente del resto de los intelectuales que distingue a los bibliotecarios y al propio Castillo, como personaje y como novelista. La propuesta subyacente estriba en escribir una novela que abra un espacio de crítica verdadero; en caso contrario conviene desistir  como Castillo.


SEGUNDA CONCLUSIÓN

ALBERTO MONEGAL y EFRAÍM CASTILLO, INTÉRPRETES

            Como ya se viera,  hemos  asignado  al   personero   Monegal   el   rol  del   legislador –siguiendo la clasificación de Bauman- porque pone en existencia y sostiene toda una Era de horror y de legitimación del absurdo. Sin embargo, puede argüirse que al dejar las huellas históricas en su biblioteca de lo que la historia oficial no cuenta, Alberto Monegal se atribuye también la capacidad de prefigurar un futuro a pesar de su muerte: ¡Monegal todo los metaforizaba [...]para tamizar, filtrar los sentidos, las palabras, a veces hasta lo inteligible, hacia las zonas en donde se regodeaba consigo mismo y con el futuro! [246]

Se instituye como el primer intelectual crítico de la tiranía, adelantándose a todos los intérpretes. He aquí la fina ironía de la novela: también se ha transformado en un documento histórico, crítico y ficcionalizado en torno a la figura del ideólogo del régimen Trujillista al que en verdad Efraím Castillo decidió no escribir.



EFRAÍM CASTILLO EN RELACIÓN CON LA INTELECTUALIDAD DOMINICANA



La problematización de los equívocos y de la incertidumbre de los intelectuales dominicanos con el pensamiento del siglo XIX y con la historia dominicana en general, está a cargo de los intelectuales que luego de la muerte de Trujillo se incorporaron tardíamente a las corrientes del pensamiento universal que el tirano había sepultado. Llegaron a República Dominicana “las ideas del pensamiento social que habían germinado en el mundo americano en los años veinte [...] y hasta una nueva visión de la historia comenzó a propagarse [...] estremecidos todos por la gran movilidad social que caracterizaba la época”. De esta gran movilidad surgen fuertes movimientos reaccionarios contra la interpretación de la historia, el arte y la literatura para desarticular controvertidamente la historiografía tradicional. Los intelectuales, luego de la muerte de Trujillo, comenzaron “lo que es hoy una visión total del proceso histórico dominicano, desde una intelección que se basa no sólo en la búsqueda de las fuentes documentales tradicionales, sino en el cotejo de fuentes diversas en el testimonio de la oralidad y en la interpretación.”

            Los intelectuales que clausuran el siglo XX con una prolífera producción novelística sobre la Era de Trujillo, se autoasignan el rol del intelectual intérprete o posmoderno, entendiendo a la posmodernidad no como un ciclo que reemplazaría al moderno sino como el período de “radicalización de esa modernidad” donde se problematizan esos vínculos equívocos  con el quehacer social y la cultura y que, a su vez, permite al intelectual construir un punto de vista exterior, relativo y crítico (es decir, posmoderno), que percibe a los distintos proyectos o épocas históricos como contingentes y no totales.

            En tal sentido, el intelectual se ubica como mediador e intérprete del cambio social y deja abierto el espacio para su autocrítica y, en particular, Efraím Castillo se sitúa a sabiendas en la línea de fuego cruzado mediante tres rasgos cardinales de las prácticas culturales modernas (muy en relación con las prácticas de los medios): la ironía, la distancia crítica y la reelaboración lúdica.



¿POR QUÉ SE DISTINGUE EFRAÍM CASTILLO COMO INTELECTUAL?

       Desmonta los mitos de la ideología trujillista e implanta la duda sobre la historiografía oficial y sobre la reconstrucción de la Historia, tan enigmática, intrincada y paradójica como la BAM, como la misma novela. Es decir: revierte drásticamente a través del testimonio oral y de la coralidad aquel proceso domesticador de la barbarie que consistió en la incorporación de la oralidad a la escritura  que los intelectuales dominicanos de fines del siglo XIX y principios del XX preconizaban y que los revisionistas de la historia deconstruyen. En consecuencia, El Personero se articula fundamentalmente sobre el testimonio –con la incorporación de la entrevista como género literario-  de quienes fueron protagonistas silentes de la Era y que en el presente interpretan, también, las luces y las sombras de tal proceso, superando el valor de la documentación escrita.

·                    Desde la línea temporal del presente de la novela, abre un espacio público de crítica social –centrado principalmente en la dicotomía trujillismo versus actual democracia-, de crítica literaria en torno a las causas de la aparición de tanta literatura sobre la Era y de autocrítica como novelista-personaje que probablemente tenga su base en los comentarios actuales sobre su obra. [214; 277]
·                    Hace de El Personero un lugar común de transgresión que propone visiones desenmascaradoras o alternativas (recurriendo a las estrategias de los medios masivos) en conjunción con el desparpajo expresivo y la verborragia organizada como huellas significantes. Todas las estrategias literarias están al servicio de la interpelación de los órdenes establecidos históricos, sociales, literarios desde la perspectiva del presente.
·                    Nos demuestra que ni Trujillo, ni Monegal (entiéndase intelectuales de la Era) fueron figuras que cerraron a la sociedad sobre sí misma a pesar de los horrores de la tiranía. Lo antes prohibido se piensa ahora.  En consecuencia, el ser social toma forma de una interrogación constante que diluye toda certidumbre con respecto a un orden establecido y obliga a ejercer una sensibilidad nueva –posmoderna en el sentido ya señalado- hacia lo diferente, hacia la historia, hacia los conceptos de nación y democracia, siempre articulados con un discurso. El riesgo fue –de hecho- es y será la tentación de un discurso suturante, totalitario en el contexto del pesimismo intelectual crónico.

·                    En la pluma de Andrés L. Mateo, aunque los intelectuales dominicanos tuvieron su revancha contra la historia dominicana y contra el trujillismo, siguen “pesimistas en la mayoría de los casos. Atrincherados y humillados pretendiendo dar cuenta de la posfactualidad del poder. Amanuenses, ancilares de palacio o burdos apologistas de lo que sea. Escudriñadores silentes del devenir, o parias rencorosos.”

El Personero, como excepción a la regla, interpela hasta la propia imagen de su autor y desecha por completo el manto trágico que envuelve a la mayoría de las narraciones de esta última década sobre la Era. Si Efraím Castillo busca la resonancia de su palabra en un espacio público a ser también redefinido, lo hace desde la ironía superlativa probablemente para que su discurso sea polémico y abierto, para autodefinirse y diferenciarse como intelectual en una posición determinada y, quizá, para que en el futuro vuelva a escribirse que “en la aventura espiritual de la dominicanidad, nada hay más parecido a la patria que sus intelectuales” pero esa vez con el fin de resaltar que como sector social diferenciado y funcional han concretado –o están realizando- la utopía de la modernidad inconclusa.


NOTAS


[1] Op.cit. pp.97 y 103.

[2] Op.cit. Zygmunt Bauman analiza el papel de los intelectuales modernos y la conexión de su trabajo con el desarrollo de la cultura moderna mediante un estudio de la esencia de la modernidad y de la posmodernidad en el análisis de la cultura. Los intelectuales “legislaban” sobre las opiniones del resto de la sociedad mientras se creyó que se podía determinar la verdad de las creencias. Pero en nuestro tiempo, el período posmoderno, se perdió aquella certeza moderna y se relativizaron nuestros sistemas de valores y creencias. Durante este período los intelectuales se convirtieron en “intérpretes” de los diferentes puntos de vista. Este nuevo rol del intelectual tiene consecuencias directas para el análisis de la cultura contemporánea.

[3] Si bien nos apropiamos del concepto de posmodernidad de Bauman que se desarrolla a lo largo de la exposición y se aplica estrictamente en relación con la novela El Personero, queremos señalar que no es un hecho arbitrario ni aislado. Esta interpretación de la posmodernidad coincide con la de muchos intelectuales de la Sociología y de las Relaciones Internacionales asociándola con el componente ideológico de la globalización y caracterizándola como una etapa exacerbada de tal proceso que parte del Primer Orden Económico Mundial (vísperas de la expansión europea hasta el siglo XVIII) y se concreta en el Segundo. En tal sentido, hablamos de posmodernidad –incluida la propuesta de Bauman- como el azote furioso de un capitalismo descontrolado.

[4] Para mayores detalles ver Andrés L. Mateo op.cit.

[5] Ver Andés L. Mateo, op. cit.

[6] Al respecto resulta necesaria la lectura de la investigación de Pedro L. San Miguel, op.cit.

[7] Vale señalar las notorias similitudes en la composición del personero Alberto Monegal con la de Manuel Arturo Peña Batlle (1902-1954), uno de los intelectuales más sobresalientes de la Era así como el más complejo desde un punto de vista psicológico. Las páginas que de Robert D.T. Crassweller (op.cit.) le dedica [195-97; 220-21] manifiestan las coincidencias con el amanuense protagonista de la novela: todo sentimiento era un sentimiento “in excelsis”, adhesión al trujillismo a pesar de ser contrario a él que desemboca en una contradictoria devoción extrema por el Jefe, libra una batalla emocional que lo lleva a l muerte. Según Andrés Mateo (op.cit., cap.VII, p.164) Peña Batlle, al igual que el personero creado por Efraím Castillo, muere postergado y dolido en su aristocracia intelectual y relata algunas de las humillaciones impuestas por el dictador. Mateo afirma que luego de recibir un diagnóstico adverso sobre su quebrantada salud desde Nueva York, Peña Batlle se encierra, como Monegal, en su casa a esperar la muerte. Sus lealtades más radicales señaladas por Crassweller toman forma en El Personero de las teorías estructurantes del régimen, como analizamos en la presente exposición: a) nostalgia por la España imperial que lo conduce a su visión trágica de Latinoamérica: la independencia de la Madre Patria fue un error; b) devoción a ultranza por la fe católica; c) extrema hostilidad hacia Haití, fobia que lo convierte en el autor intelectual de la política trujillista de la dominicanización de la frontera haitiana.

[8] El fundamento teórico de toda la reflexión sobre la novelización de la historia fue dado por la obra de Pedro San Miguel La isla imaginada, op.cit. y nos apropiamos deliberadamente de los cuatro conceptos clave que abrieron una nueva perspectiva en la novela estudiada.

[9] Ver Pedro San Miguel, op.cit.





BIBLIOGRAFÍA

Bauman, Zygmunt. Legisladores e Intérpretes. Sobre la modernidad, la posmodernidad y los intelectuales. Traducción de Horacio Pons. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes, 1997.

Castillo, Efraím. El Personero. Santo Domingo, República Dominicana: Editora Taller, 1999.

Crassweller, Robert D.T. The life and Times of a Caribbean dictator. New York: The Mc Millan Company, 3rd printing, 1966.

Gramsci, Antonio. “La formación de los intelectuales” en Los intelectuales y la organización de la cultura. México: Juan Pablos Editor, 1975.

Mateo, Andrés L. Mito y Cultura en la Era de Trujillo. Santo Domingo, República Dominicana: Librería La Trinitaria e Instituto del Libro, 1ª ed., 1993.

Pagni, A. y von der Walde, E. “Qué intelectuales en tiempos posmodernos o de ‘cómo ser radical sin ser fundamentalista’” en Culturas del Río de la Plata (1973-1995). Vervuert Verlag. Frankfurt am Main: 1995.

Posse, Abel. “La izquierda Justina y los intelectuales” en Argentina, el gran viraje. Buenos Aires: Emecé, 2000.

Said, Edward W. “Representaciones del intelectual” en Representaciones del intelectual. Barcelona: Paídós, 1996.

San Miguel, Pedro. La isla imaginada: historia, identidad y utopía en La Española. San Juan de Puerto Rico, Santo Domingo, República Dominicana: Isla Negra/ La Trinitaria, 1ª ed., 1997.

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