martes, 30 de julio de 2013


Inti Huamán o Eva again

Capítulo XIX: Tom The Rock
 
Por Efraim Castillo

 
 
TOM The Rock engañaba a sus admiradores. Aunque sobrepasaba los sesenta años y no tenía rostro aniñado, usaba una máscara de niño para aparentar que seguía siendo un chiquillo. Se hizo famoso cuando aprendió a emitir chillidos de recién nacido en un mundo ansioso por oírlos. Había nacido en el barrio más antiguo de Londres, cerca de la catedral de San Pablo. A los doce años fue utilizado en una marcha a favor de las píldoras anticonceptivas que patrocinaba el laboratorio biomédico de Paul Charoneaux, en Francia, en la que su voz atiplada entonó un solo que conmovió a los más empinados defensores de la fertilidad femenina. Antes de hacerse famoso, Tom fue considerado como un niño aniñado por su amaneramiento y sus preferencias de estar constantemente en compañía de niñas, jugando a las muñecas y deslizándose por los ríos con los pies descalzos, donde gritaba a menudo:

I am a little boy ... I am a little boy!

Sus vacaciones, que pasaba por lo regular en Kent, estaban acompañadas de excursiones a la pequeña bahía de Dover, en donde se retrataba con el castillo normando al fondo y los peces del canal saltando sobre las aguas.

Aunque sobrepasaba los sesenta años, las admiradoras de Tom The Rock afirmaban que tenía el secreto de la eterna juventud, y lo aclamaban por ignorar que escondía su verdadero rostro tras una máscara de niño. También desconocían sus fans que los sonidos guturales que emitía, parecidos a lalaciones de recién nacidos, se debían a un pequeño móvil que se había implantado en la glotis.

Los discos de Tom The Rock se vendían como pan caliente y millones de seres en todo el planeta se dormían al compás de sus grititos. Su fotografía colgaba en miles de hogares que lo consideraban como algo suyo, como un fenómeno que era necesario aquilatar para esperanzarse en un futuro humano que se extinguía. Pero el secreto más celosamente guardado por Tom era su participación en el jingle publicitario a favor de los anticonceptivos. Su antiguo nombre –Joseph Mackenzie– había sido destruido legítimamente por su apoderado, quien decía que Tom era el cantante más grande del Universo. En uno de sus conciertos, una dama de alrededor de setenta años fue conducida a un hospital, víctima de lo que los médicos llamaron un shock de adolescente, debido —y según los especialistas— a la enorme emoción sentida por una mujer de esa edad que, padeciendo el síndrome de maternidad imposible, veía y escuchaba a un niño emitiendo lalaciones.

Según los mentideros londinenses, en ciertas recámaras de Inglaterra y la devastada Europa se practicaba un extraño culto denominado therockset, consistente en un sorprendente coito entre humanos disfrazados de niños, vistiendo las ropas de Tom The Rock y utilizando máscaras que simulaban su rostro. Debido a ese extraño culto miles de personas habían sido encarceladas por el Scotland Yard y la Policía Mundial, conduciendo a Westminster las apresadas en Inglaterra, y a la moribunda prisión de Groenlandia las capturadas en otras zonas. Según los propios mentideros los apresamientos no se dieron a la publicidad porque entre los sorprendidos figuraban personas de la más rancia nobleza.

Pero debajo de la máscara Tom The Rock sufría, porque cada vez que tañía su guitarra de tonalidades astrales, fabricada especialmente para él por Atomicum Enterprises, Inc., establecida en Rochester, U.S.A., el cantante hacía una mueca de angustia. Esa mueca le salía de las fibras hondas de su corazón porque sabía que engañaba. Sabía que mentía. Conocía que cada gu, gu, gu que desgajaba el aire y perforaba los tímpanos de sus admiradores, era una terrible falsedad. Posiblemente por eso Tom era el humano que más lloraba en aquel universo que carecía de niños debido a las estrategias llevadas a cabo para detener una explosión demográfica que poblaba al mundo con más de treinta mil millones de habitantes.

La canción favorita de Tom, ¡Oh, children lovers!, de la que había vendido un billón de discos de zafiro, rezaba más o menos así:

Oh, my love, gu, gu, gu
Today will be the year, gu, gu, gu
Let our offspring born
Gu, gu, gu.
Pray for him, gu, gu, gu.
Mourn for him, gu, gu, gu
Oh, my love, gu, gu, gu
You will be the salvation
Gu, gu, gu
Of all the Universe
Gu, gu, gu
Oh, my sweet love,
Gu, gu, gu
We'll go to our bed
We make love
To save the universe

***

(Oh, mi amor, gu, gu, gu

Hoy será el año, gu, gu, gu

Que nacerá nuestro retoño

Gu, gu, gu.

Recemos por él, gu, gu, gu.

Lloremos por él, gu, gu, gu

Oh, mi amor, gu, gu, gu

Tú serás la salvación

Gu, gu, gu

De todo el Universo

Gu, gu, gu

Oh, mi dulce amor,

Gu, gu, gu

Iremos a nuestro lecho

Nos haremos el amor

Para salvar el universo)

 

Tom The Rock, en cada canción, daba en el clavo porque acertaba en lo que pedía el desvalido ser humano. Sin embargo, aquella noche el cantante subió las escaleras que lo conducían a la azotea de su vivienda, la cual ocupaba el piso catorce de una torre de apartamentos, desde donde se divisaba el Palacio de Westminster, The Parliament, en el cual había dado numerosos conciertos a la Cámara de los Lores y a la Cámara de los Comunes, en las postrimerías del reinado de Guillermo El simple, apodado también El plebeyo, por su gusto desorbitado por las mujeres de clase baja.

Desde la azotea, Tom The Rock sintió el golpeteo de las brisas frescas del Támesis y su careta se unió a la noche. Estaba dispuesto a terminar la farsa en que se había convertido su vida. Antes de abrir la puerta de su apartamento para subir a la azotea había encontrado un sobre que abrió mientras los ruidos de la noche londinense golpeaban sus oídos:

—Te llamo a las doce. Helen —decía la nota.

Eran las once y treinta, la cual reconoció por los diamantinos golpeteos del Big Ben, que mostraba una de sus caras desde la Elizabeth Tower, al noroeste del Palacio de Westminster.

La nota dejada por Helen lo abatió más. Estaba cansado, triste, solitario, aunque unas horas antes era tratado mejor que al mismo patrón británico y sus ropas sintéticas eran arrancadas a pedazos. Siempre se dijo para sí que sólo Shirley Temple podía compararse, como infante famosa, a él. Entonces repasó el instante en que había decidido subir a la azotea, al lugar desde donde Londres yacía sonámbula en busca de alguna esperanza: se contempló quitándose las ropas y colocando sobre el brasero de la chimenea los troncos plásticos cuya publicidad afirmaba que ardían horas y horas sin consumirse. Se observó encendiendo la chimenea y recordando la advertencia de los diarios de la mañana:

—Se agota el combustible fósil, es necesario buscar más allá de los plásticos, más allá de las petroquímicas.

Sí, recordó que al despertar en la mañana había husmeado en las redes cibernéticas las revistas en las que buscaba afanosamente, como todo el universo, noticias alentadoras sobre la fertilidad femenina. Por eso, al despertar, escudriñó las páginas de Sciences Monitor, The Atomic Magazine, Universalis, Sciences Teluricus, prestigiosas publicaciones que las redes ampliaban cada día en sus espacios. Tom The Rock las devoraba buscando, que no quepa duda, una respuesta esperanzadora. Pero la mayoría de los editoriales siempre decían lo mismo:

—Se está al descubrir lo que puede significar un aliento para remediar la esterilidad... Posiblemente dentro de algún tiempo se descubran las causas (aún desconocidas) que han producido este fenómeno tan desgarrador de la infertilidad femenina...

Todas las noticias daban aliento y con ello se pretendía esperanzar a la humanidad con divagaciones en futuro:

—Posiblemente… Dentro de algún tiempo… Se está al descubrir…

Siempre lo mismo.

Desde la azotea, Tom The Rock se observó estirando las piernas sobre un cómodo cojín desde donde contemplaba la llama ardiente de la chimenea; los troncos plásticos parecían genuinos, sonaban igual al quemarse que los verdaderos. También llevó los ojos hacia la careta que usaba y también le pareció genuina. Desde la azotea cerró los ojos y se contempló poniéndose de pie y extrayéndose de la glotis el aparato que reproducía las lalaciones y sonidos infantiles, colocando en el mismo sus nuevas creaciones de sonidos infantiles: de niño llorando por su teta favorita; de niño gritón que no deja dormir a mami; de niño travieso que odia a papi por hacerle el amor a mami; de niño egoísta que llora aunque esté satisfecho. Pero como siempre hacía al refugiarse en su hogar, puso un disco de zafiro en el reproductor de música con la cantata Gott ist meim König, de Bach, contenida en el score como la BWV 71. Recordó desde la azotea que las notas de la cantata lo habían envuelto en los maravillosos años de su infancia, cuando era la voz no castrada más famosa del coro de la Saint Paul's Cathedral.

Pero ahora Tom The Rock pensaba sólo en sus engaños, en los falsificados chillidos y gugúes de recién nacidos, en los ruidos de los autogiros que sobrevolaban Londres sobre su apartamento, llevando en su interior a fanáticos que pagaban por aquella travesía. Pensó en el prado verde de Canterbury, en el letrero gigantesco construido a comienzos del dos mil por la Coca-Cola en Piccadilly Circus, para relevar el antiguo.

—¡Ah! —pensó Tom—, si mi cabeza pudiese ser llevada desde la Torre de Londres hasta las aguas del Támesis.

Y entonces recordó a Anne Boleyn, a Thomas Moore, al Conde de Essex y a la tramposa historia de Gran Bretaña. ¿Y qué era ahora aquel imperio de engaños y piratería? Ahora era la última nación de Europa en producción, convirtiéndose en un simple laboratorio de genios, en una mina que preparaba cerebros para venderse al mejor postor. Sí, meditó Tom, en el Estado Mundo Inglaterra no era más que eso: un destartalado laboratorio de cerebros.

          Desde la azotea, Tom The Rock recordó que con la cantata de Bach de fondo había caminado hasta la ventana norte de su apartamento, cuyos ribetes de aluminio reflejaban las llamas de la chimenea y reproducían su rostro. Se vio tosiendo y emitiendo el verdadero sonido de su voz: la escuchó áspera, rasgada, quebradiza y moribunda. Aquella era su voz verdadera, sin la simulación de la tecnología; aquella era una voz cercana a la monstruosidad del escarnio, de la violación, del pretexto ruin. Y como antes acontecía cada vez que escuchaba su verdadera voz, se abrazó a la verdad que le seguía como una sombra, como un espectro transparente que le envolvía en la paranoia. Sí, aquella era su voz, no la voz de niño aposentada en la máscara inverosímil, sino la voz que lo convertía en un reo del secreto que sólo Helen y él compartían.  Sí, Helen conocía todos sus secretos. Y desde la azotea, recordó el sonido del móvil y el retrato de Helen apareciendo en él sonriente y diciéndole:

—¡Hola, Tom! ¡Tengo algo que decirte!

Pero Tom The Rock no tomó el teléfono. Acomodándose de nuevo en la butaca frente a la chimenea, rumiando para sí que Helen lo llamaría al otro día. Recordó entonces que estiró las piernas hasta casi introducirlos en la chimenea y construyó en su mente una excusa para Helen, porque sabía que tendría que mentirle, que hacerle creer que era feliz, aunque ella sabía que no, que no lo era. Tom The Rock  acercó el móvil a él porque estaba seguro que Helen volvería a llamar y ella le hablaría acerca de la nueva careta que le había encargado a la Fábrica del Esplendor Dorado (金光玩具厂), de Yiwu, en China, considerada la Ciudad del Comercio Internacional del Distrito N°1. Helen le diría que la careta traería una piel sintética que expresaría sus sentimientos y emociones, porque podía conectarse a ciertos nervios periféricos del rostro. Él sabía que Helen insistiría en que le contara los motivos de su tristeza y correría en seguida hacia él, tocando la puerta y, al contemplarlo sin la careta, vería sus arrugas y observaría las cicatrices de los trasplantes de que había sido objeto su corazón, hígado, riñones y manos. Miraría en él al espantapájaros que engañaba, que moriría, que lloraba, que estaba incomunicado ante millones de seres que lo adoraban. Por eso Tom The Rock no volvió a contestar la segunda llamada de Helen, levantándose de nuevo de la butaca y sintiendo cómo temblaba su espigada estatura, agitada frente a las llamas de la chimenea.

Desde la azotea, Tom The Rock se contempló consultando su reloj y, tras relamerse los labios, sirviéndose un trago de whisky. Y aunque trató de no hacerlo, siguió pensando en Helen:

—Ahora debe estar saliendo del baño —pensó y la figura de Helen, con sus décadas a cuestas, ordenó sus pensamientos—. Debe estar bajando las escaleras y es posible que vuelva a llamar ahora.

Tom The Rock, desde la azotea se vio caminando de nuevo hasta la ventana, para desde allí mirar las luces del Puente de Londres, en The Surrey Side, perdidas entre las de los helicópteros de bolsillo que cruzaban rápidos sobre ellas.

—Lanzarse desde esta ventana —pensó Tom—, aseguraría una muerte instantánea. Sólo habría que arrojarse y aspirar el aire de la noche. Después de todo soy tan culpable como Paul Charoneaux y su laboratorio de la infertilidad que arropa al mundo. Sí, mi voz es tan culpable como Paul Charoneaux.

Pero Tom The Rock recordó que sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido metálico del videófono.

—¡Es ella! —se dijo—. ¡Me llama, quiere que le hable de mi tristeza, de mi angustia, de mis arrugas! ¡Pero ahora no! ¡No es posible que en esta hora de casi extinción yo, Tom The Rock, me comunique con ella!

Al recordar esto, Tom The Rock saltó desde la azotea y su cuerpo se estrelló con dureza en el asfalto de la calle. Su máscara, que se había colocado antes de salir del apartamento, no se desprendió.

Cuando Helen supo del suicidio de Tom no comprendió el porqué de aquel acto incomprensible, y pensó que, seguramente, al cantante le había llegado antes que a ella la noticia de que en Huarás, una aldea andina del Perú, había sido encontrada, en estado de embarazo, una india llamada Inti Huamán.

 

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