viernes, 20 de agosto de 2010

Efraim Castillo y la postmodernidad


—Miguel D. Mena: Manolo Tavárez ha sido la figura más cantada dentro de los prototipos revolucionarios. Es curioso pensar que cada generación tuvo sus héroes: Manolo, Caamaño, Amaury Germán Aristy. Los tres cayeron, los dos primeros fusilados, el último en la gran escenificación de la violencia de los Doce Años balagueristas, aquel frío enero de 1972, en la Autopista de las Américas, dentro de una cueva que, por cierto, ha sido casi físicamente borrada. ¿Podría pensarse un plano de la postmodernidad dominicana a partir de la descafeinización de los héroes cotidianos? ¿Le dice algo el concepto postmoderno?

—Efraím Castillo: La postmodernidad es un mito, Miguel. Primero, habría que preguntarse si la modernidad nació, verdaderamente, a finales del siglo XIX, o si fue, acaso, con el invento de la escritura cuneiforme de los sumerios; después, sería necesario preguntarse si el concepto que la anima no fue más que una mixtura, un cóctel entre el hedonismo resultante del epicureísmo —donde el fin supremo de la vida sería el aprovechamiento del placer burgués (no te sonrojes, Miguel, pero ese es el placer al que se refirió Epicuro, desde sus prédicas en el jardín: «la muerte, pues, el más horrendo de los males, en nada nos pertenece, pues mientras nosotros vivimos no ha llegado y cuando llegó ya no vivimos»)— y del neoplatonismo —«Todo ser perfecto es fecundo, y engendra otro ser, que es semejante a él; siendo el Uno la perfección infinita, será infinitamente fecundo; pero el ser que se engendra es inferior a sí»—, por el otro, en unos devaneos y conjeturas que arribaron a la noción nietzcheana  de que «el mal es relativo» y, un poco más allá, de que «el mal ético es sólo temporal, un estúpido fenómeno transitorio por la inadaptabilidad del hombre inferior, que no se atrevió a establecer los fundamentos de una moral innovadora, sobrehumana, motivada por un trascendente desarrollo evolutivo».
Efraim Castillo

La modernidad y, tras ella, la postmodernidad, no son, entonces, conceptos que puedan aplicarse con pinzas en la evolución del hombre, ya que, de ser empleados, se conectarían a los grandes cambios estructurales de la historia. Así, modernidad tuvo que ser la creación sumeria del sistema sexagesimal de numeración, ubicada en el año 4 mil antes de Cristo, y, postmodernidad, el agrupamiento de los números por decenas practicado por los egipcios a través de los jeroglíficos, unos mil años después. Modernidad debió ser la introducción del sistema decimal —no posicional— babilónico, llevado a cabo en el año 2 mil antes de Cristo, y postmodernidad el desarrollo del cálculo mecánico basado en las ruedas dentadas de los griegos, efectuado mil 840 años después.  Asimismo, Miguel, creo que la modernidad tiene que ver con el análisis publicado por Platón, antes de cumplir los 30 años, acerca de la función del piloto al borde de un navío (no estaría demás observar que cibernética viene del vocablo griego kibernetes, que debe traducirse como piloto), pero postmodernidad —eso es indudable— debe entonces insertársele a la publicación del libro Algebr wa’l mukabala, en el año 850 después de Cristo, del matemático árabe Al Karismi, que fundamentó los estudios algebraicos y abrió la más amplia posibilidad para resolver problemas que parecían infinitos.

Modernidad podría ser el descubrimiento de la pólvora, de la brújula y la imprenta, por parte de los chinos, y, postmodernidad, los inventos de la máquina impresora de Gutenberg y, doscientos años después, de la máquina de calcular de Pascal, a la que hay que anexar la creación, unos años más tarde, del sistema binario de Leibniz.
Paul Cézanne


La modernidad surge cuando los nuevos esquemas rompen los viejos, cuyos ciclos de vida se han comenzado a agotar y la postmodernidad, entonces, se caga y mea en aquella, irrumpiendo las esferas con violentos paradigmas. Tal como Cézanne, luego de la segunda mitad del Siglo XIX, que invadió el mundo del arte con nuevas apuestas de líneas y colores y remató las viejas escuelas, pero que, luego, se quedó corto cuando a comienzos del Siglo XX Picasso revolucionó el mundo del arte con Las señoritas de Avignon, junto a un Marcel Duchamp, que estremeció las galerías con su Desnudo bajando las escaleras, las que ya se habían tambaleado con la exposición de los impresionistas 40 años antes.

A partir de ahí, el mundo del arte jamás volvería a ser igual hasta que, en los años veinte, surgió el abstraccionismo.
Mondrian, Composición en rojo, amarillo y azul

También las grandes guerras crean modernidades y postmodernidades, en virtud de que fundan coyunturas que se almacenan y se convierten en nuevas estructuras. Y lo mismo ocurre con las ideologías y las religiones. El cristianismo, puedes estar seguro, Miguel, fue un ciclón postmoderno dentro de aquellas creencias mágicas y politeístas de la antigüedad. Y a ese cristianismo fastuoso del Siglo XV le salió al frente —como una postmodernidad— la reforma que comandó Lutero. Todo esto podría enseñarnos que los humanos —así como el mundo material que habitamos— somos perfectibles y que la característica fundamental que nos rodea es la evolución a la que llamamos cambio.

No deberías extrañarte, entonces, de que eso a lo que hoy se le llama postmodernidad se convierta en pura obsolescencia dentro de algunos años, reportando como válido lo que alguien, hace muy poco, expresó: «vivimos tan aceleradamente que cada década inaugura un nuevo siglo».

Jean Francois Lyotard dijo hace quince años que «el saber se cuantificaba en bytes». O sea, que ya no hay espacio para que un monje ciego —como el de la novela El nombre de la rosa, de Eco—, se coma la única copia existente del segundo libro de la Poética de Aristóteles.

Sobre la descafeinización  de nuestros héroes, de esas figuras protagónicas que, como Manolo, asesinado en 1963, Amaury en 1972, y Caamaño en 1973, ¿qué podría decirte?

Si lo que se llama modernidad surge desde el entusiasmo que se nutre de las estructuras, la postmodernidad es la contracultura que brota desde los desencantos, y Balaguer fue un promotor, un constructor que, desde los oportunismos de la guerra fría, chantajeó a los yanquis para doblegar nuestros sueños. Así como lo inservible debe alimentar el fuego, lo valioso, lo trascendente, también debe servirnos  como coraza para perpetuar los recuerdos sólidos, esas remembranzas que nos torturan a puros ramalazos en las madrugadas.

Creo que aunque a Rosa Montero no le gusten los escritores comprometidos, cada uno de los que tuvimos que chuparnos impávidos los asesinatos de esos tres héroes, debemos revestirnos de coraje y, cada vez que podamos, escribir sus nombres para atizar las memorias. ¿Quién recordaría las guerrillas del Santo Che en este mundo desmurallado, si los que nos beneficiamos de su canto hubiésemos sepultado nuestras voces?

Los entornos de la memoria sólo marchan entre los recuerdos recurrentes, y es entonces cuando —algún día y presionados por sus constantes gritos— tendrán que salir a flote para estremecer y revolucionar la historia. 

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