viernes, 5 de agosto de 2011

Currículum de Efraim Castillo, una Novela del Presente


Por Manuel Núñez

            He aquí, señores, una vasta panoplia en la que se enlazan como dentro de un rompecabezas: crónica histórica, panfleto periodístico, lugares comunes, guiños de humor, remedos publicitarios, pornografía, remilgos y guaserías, ejercicios de estilo; todo eso, pasado por el tamiz de la escritura novelesca, junto a la trama que genera toda una serie narrativa y que define la novela como una digresión de situaciones en torno al síndrome de la huida: la búsqueda desesperada del visado norteamericano para abandonar el país: verdadera fiesta escritural, en la que Castillo pasea su mirada incrédula —¡sin reticencias de ningún tipo!— en derredor de un bestiario de revolucionarios libertinos, develando la purulencia de las capillas ideológicas, físicas y morales; y el adecenamiento de las creencias sagradas, confrontado con el pragmatismo de la vida cotidiana.

            Con todo esto, Castillo persigue la desmesura narrativa: la novela se confunde con los discursos que él toma de la opinión y que, sin embargo, es imposible que construya sin éstos.  Hay, pues, en todo este guirigay narrativo la confrontación de varias ideologías y una rebelión contra los estilos narrativos tradicionales.

La dedicatoria de la novela Currículum implica todo un programa de exorcismo ideológico: «…a los que se van que no son culpables, a los que se quedan que no son culpables».  La ideología del pesimismo y de la culpabilidad, en lo concerniente a la insurrección de abril de 1965, es llevada a situaciones de acoso, pero sin conciliación; se construye como un conflicto, pero sin nostalgias ni veleidades morales.  Hay, pues, una carnavalización de la historia cotidiana, una caricatura del afán del heroísmo.  Prolifera en este texto el desenfado con una técnica de la utilización del estallido moral de situaciones embarazosas: Beto blasfemia a miss Ramírez, Beto castiga —¡sin concesiones!— la adulonería de Monegal.  Hay, además, la profanación de la ética, a través de la destrucción de la censura sexual, de la parodia del amor clandestino y del deber incontaminado del Mesías político: la novela no es respuesta, es interrogación.

Y, aún hay más, señores, la novela funciona como disgregador ideológico y este es su principal valor: la pluralidad de sentidos contradictorios. La crisis de las ideologías en las que todo fluye, se dispersa y se reúne bajo un denominador común: los conflictos ideológicos de la época, el feminismo y el machismo, el intelectual y el partido, así como el afán de poder.

En ese tenor, se sitúa la misoginia de Beto Pérez: la sexualidad y la política adquieren los mismos visos, por un lado el caudillismo, es decir, el dogmatismo en posición de poder; y por el otro, la sumisión de todas las amantes de Beto, y, en particular, el masoquismo de su esposa.  Todo ello sirve a la afirmación de su poder y de su razón de Estado.

La rémora de la ilusión lleva a nuestro héroe a despreciar el trabajo; y aquí entramos dentro de nuestra primera historia: la biografía de Beto Pérez, el político sosia del lumpen, el lumpen sosia del intelectual, todo ello ribeteado con visos de heroísmo.

Según la ideología del franciscanismo revolucionario, Beto debe purificarse, para desclasarse, como diría La Moa, uno de los personajes de la novela. Beto abomina su salida del presidio, porque restarle sufrimientos a su biografía, es restarle heroísmo: el suplicio es la consagración: el militante debe ser de mármol: sus obligaciones familiares, sus dudas, sus miedos, sus angustias no importan.  ¡La revolución es todo! El militante es cero.  Este jansenismo del nuevo apostolado, postula al militante como un ser que está por encima de las cosas terrenales, guiado únicamente por sus aspavientos.

Y todo esto, se confronta con el individualismo tentador de Monegal.  La literatura encuentra aquí su principal panacea, la complejidad de sentidos, la orgía semántica, llevada al paroxismo.  No hay lirización del fracaso de la guerra, no hay culpables tampoco.

El oportunismo es la fronda común en la que se pasean todos los personajes de Castillo: Cuqui y Pedro La Moa se convierten en soplones para obtener el visado norteamericano, Monegal y Vicente aprovechan la amistad de Beto para proponerle a la esposa de éste relaciones de alcoba; el poeta sorprendido es un pedigüeño que persigue que los otros paguen su ración de alcohol diaria, Beto es un gigoló, un vividor de las mujeres, «un auténtico pequeño burgués al que no le gusta bajar el lomo» (p. 31), Stewart, el cónsul norteamericano, quiere hacer de Beto un colaborador de su servicio de espionaje.  Y de toda esta amalgama surgen los aspavientos de pedagogo político de Beto Pérez, el paralelismo entre los procedimientos del partido y las pandillas de gánsteres y, finalmente, el fetichismo de los muertos: «los buenos están muertos Beto, quedan los que se apartaron… ¡como tú!»

El narrador omnisciente es el instigador, el crítico, el que interroga incesantemente.  Cada una de sus preguntas inaugura una serie inacabable: en una habitación cualquiera del hotel Londres, Beto Pérez reconstruye junto a su amiga Landa, el fantasma de la escena traumática: su madre y el señor Landrón burlándose soberbiamente de su complejo edípico, su madre aflorando en el recuerdo cual una esfinge profana despojada de sus mitos.  Estas y otras formas del recuerdo como abyección, pluralizan el texto.

Se trata de un texto polimorfo, donde narración, documentos, diálogos, descripción, reflexión, acontecimiento, trama, forman una misma unidad discursiva; tendida hacia el desenfado, la ironía y el cinismo: obra de artesano de entuertos ideológicos, desprovista de todo determinismo, de toda reconciliación, de todo finalismo.  ¡Amén!.


Currículum: La Escritura Novelesca

Tres tipos de tipografías tejen el tinglado novelesco de Efraim Castillo: la primera abarca 5 capítulos y la encuesta; la segunda corresponde al historial o Currículum del protagonista y consta igualmente de 5 capítulos; la tercera corresponde al resto de la novela y abarca 27 capítulos.

Tanto la tipografía Vicente-Beto y la correspondiente al Currículum operan una ruptura en el tiempo del relato.  El diálogo Vicente-Beto es una digresión temporal sobre los acontecimientos de la novela, la novela se inicia con un comentario sobre lo ocurrido y termina en el mismo tenor: la encuesta.

Hay, pues, en la tipografía de Castillo una estrategia semántica, en la que se funden tres tipos de relatos: historia, reflexión y acontecimientos del personaje Beto Pérez; y a éstos corresponden los remedos periodísticos del Currículum, el diálogo interminable de Beto y Vicente y la narración novelesca con sus diálogos y sus descripciones.

Sin embargo, si observamos en su puntuación el ritmo y la disposición escritural de los capítulos, constataremos que su puntuación oculta el ritmo y la dicción, por ejemplo en los capítulos 31, 32, 33, entramos en un hacinamiento tipográfico, selva de palabras (no hay puntos ni párrafos) en que la lectura se convierte en algo irritante, sobre todo en este texto que recoge un conjunto de voces parecidas y donde la narración debe airearse.  Y este procedimiento estropea el esquema acentual de la frase del autor, la prosodia novelesca, que se configura por la distribución de las pausas y los silencios, distribución del fraseado y por la puntuación o dicción textual y en ausencia de ésta por el blanco o el espacio.  Y esto fragiliza la estrategia novelística de Castillo, destruye la especificidad de su frase; pero no en toda la novela.  Por ejemplo, en las cuartillas del Currículum elaborado por Beto, aparece una escritura ideologizada al servicio exclusivo de la información; letanía histórica, que es fuente oral de la trama novelesca, pero no es la trama ni forma parte del ritmo de la novela.  Otro aspecto molesto son los yerros en otras lenguas, especialmente en francés, gazapos irritantes para lectores puntillosos y que no acotamos aquí para no hacer prolijas estas apostillas.


La Ideología y La Vida

Leyendo los epígrafes que orlan cada capítulo podemos entrever que la composición de la novela se construye como un conflicto (entre Beto y su identidad) y constatar, luego, un contraste entre esta composición general y el fraseado, en el que aparecen desigualdades marcadas incluso tipográficamente; pero el ritmo de la composición (las acotaciones del formulario, el dualismo narrativo entre Beto y Pérez, la búsqueda de una identidad, de una biografía) destruye por sí solo la homogeneidad de los esquemas ideológicos y sus maniqueísmos, y es desde ya, una anti-ideología.

La batalla central se ceba en torno a la ideología y la vida, la ideología tiende la razón política contra el individuo: los esquemas, la permanencia del pasado, la moral, el orden, la homogeneidad como entes fijos. La vida, en cambio, tiende las contingencias pragmáticas contra los modelos ideológicos que ella misma crea, desborda, muta, deshace, rehace y contrapone hasta hacerlos muchas veces imposibles y utópicos.

Sin embargo, el conocimiento y la vida no se oponen, están el uno en el otro, comparten una misma zona histórica, teórica y epistemológica.  Fuera de la vida no hay teorías ni ideologías.  Ambas sólo pueden surgir (y surgen) en y por la vida.

La vida es el laboratorio de las ideologías, en ella, por ella, todas las quimeras de los quimeristas se resquebrajan, los paraísos se pudren —¡pétreos portentos prófugos del principio de realidad!—; la vida es el mayor disgregador ideológico… Inclusive, la vida es más poderosa que la teoría —¡que todas las teorías!—, porque todas las teorías están en ella.

La novela de Castillo es un drama de la conciencia, una lucha entre la ideología izquierdista de Beto y su vida: las contingencias vitales son férreas obligaciones familiares, su conciencia (el narrador omnisciente) le hostiga punzantemente: «¡Oh, si su hija se mete a cuero, Pérez…! ¿Por qué no va haciendo algo, hombre?» (p. 122). A esta letanía se agregan las imprecaciones de la esposa de Beto: «Todos los días lo mismo, Beto. ¿Cuándo saldremos de esta miseria?» (p. 142).  Sin embargo, pese a la violencia de la vida sobre el modelo ideológico, Beto no se convertirá en un soplón como Cuqui y La Moa, porque del otro lado está la conciencia: «¿Qué pasaría, Boris, con la venta de la conciencia en los hombres? Mercado de las conciencias, conciencias podridas a dos por chele: conciencias semipodridas a centavo: conciencias usadas a cinco cheles: conciencia sin uso a diez centavos» (p. 305).

Pero, ¿acaso puede la literatura resolver estas contradicciones? ¿Con qué fines? ¿A favor de quién… en nombre de qué ideología? ¿En este conflicto entre el programa ideológico que es Beto Pérez y su vida, entre la razón política y el personaje, puede hablarse de ganadores y perdedores, de izquierdistas y anti-izquierdistas?


Currículum, de Efraim Castillo, la Ideología contra la vida

La vida degrada los esquemas ideológicos basados en el afán de coherencia y en la programación de sentido, es decir, en la verificación de las leyes ideológicas enunciadas por los profetas políticos.  La unidad entre la moral que tenemos en torno a las ideas positivas y la práctica política, entre nuestras frases en futuro y lo que ocurre en el presente, se deshace.  Porque la historia no es un programa, no premia ni castiga a nadie, ni está asociada con algún Dios bondadoso.

La vida no une, dispersa.  Sin embargo, tendemos a la teología cuando le atribuimos a lo que nos ocurre un sentido pesimista u optimista, y según el contexto político izquierdista o anti-izquierdista, falso o verdadero, y erigimos esta coartada como un principio normativo y aplicamos una semántica dualista, maniquea a nuestros análisis y hacemos de esta normativa un mausoleo y convertimos este mausoleo en guía de nuestra acción y buscamos una coherencia y una fijeza ideológica en todo lo que nos rodea y nos creemos instrumentos de una razón superior que atraviesa toda la sociedad y le rendimos culto, adoración, a esas ideas, a esos principios que ahora son la imagen de Dios travestido y en nombre de esta nueva religión matamos, condenamos, mandamos al infierno y a la gloria y henos aquí convertidos en viejos papas inquisidores, en los matamoros del nuevo fanatismo, con un morral de razones fijas, de esquemas fijos, mientras la vida fuera de este tiempo ocurre de otro modo.

Y cada vez se hace más difícil la coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos, entre lo que somos y lo que queremos ser, porque los esquemas ideológicos son una respuesta, la vida es una interrogación: el riesgo permanente de los esquemas morales e ideológicos del sujeto.

Es el sujeto que la hace, la transforma; es ella la que lo modifica, lo construye, ya que el sujeto es, precisamente, la alianza del individuo con lo social, el paso de lo individual a lo colectivo, que es, también,  una pluralidad de lógicas y de intereses clasistas y grupales.  De ahí que la actividad política sea necesariamente la búsqueda de una coherencia de grupo, de una uniformidad discursiva.  Pero la coherencia —como la escolástica— es la expresión de un poder, porque éste no dispersa, sino que une.

Todo esto hace de Beto Pérez un militante utilitario al servicio de la uniformidad ideológica y moral de su organización política, aunque, sin embargo, la necesidad del éxito económico destruye la homogeneidad de su identidad política.

El contraste de estereotipos une Beto y Monegal: Beto parte de su fracaso como militante y como pares de familia al heroísmo: la liquidación del enemigo y su inmolación final; Monegal, en cambio, pasa del éxito económico a la esterilidad de los borregos del capitalismo; en ambos funcionan dos abstracciones: la disidencia y la apología del sacrificio en Beto, la reproducción del optimismo del poder y el elogio del individualismo en Monegal; pero en ambos funcionan igualmente el machismo, la religiosidad, la pereza intelectual.  Constatamos, pues, que si los esquemas ideológicos los separan, la vida (lo social, lo histórico y la práctica) los une, ambos reproducen y enarbolan nuestras taras culturales, nuestros valores.

Como en La Otra Penélope, de Andrés L. Mateo, como en Sólo cenizas hallarás, de Pedro Vergés, constatamos en Currículum la historia de una impotencia.  La historia vivida como fracaso.  Se trata de un pesimismo que forma parte del saber popularizado.  Este mito es tal vez un síntoma socializado; pero para indagar esto habría que analizar la fisonomía de los personajes en la novela dominicana y así sabremos en qué medida nuestros novelistas reproducen, o transforman, esos estereotipos y clichés popularizados, que los espeleólogos de la cultura nacional se empeñan en llamar esencia de lo dominicano, es decir, los rasgos permanentes de la nación.  Y todo esto responde a la ideología de la novela como mimesis de la realidad, se trata de la alienación de nuestra novela al discurso sobre la historia dominicana.  Estos personajes novelescos han pasado por 30 años de trujillato, por 12 años de balaguerato y toda esta dura prueba los ha convertido en seres adocenados e impotentes, en instrumentos de la sociedad.  Las limitaciones éticas del novelista reducen la aventura literaria.  Sólo la disidencia liberará estos personajes de toda la carga de positivismo, de moralismo, con que ha sido escrita nuestra historia.

Incapaz de resolver la contradicción entre su vida y su ideología, Beto golpea a su mujer, su sadismo es su desahogo, su viaje fuera del partido es un retorno: rechaza las tentaciones de Monegal y de Stewart y se convierte en héroe y se suicida como en las épocas trágicas, castigando su pasajera apostasía política y lavándose de toda claudicación.  Y con este crimen y castigo renace el credo político, se trata del triunfo del modelo izquierdista en la vida de Beto.  Castillo lo homologa al Cristo: «.¡Ah Cristojesús, tú y tu número!»

La muerte de Beto es la permanencia del pasado sobre la vida; pero la vida resuelve ese pasado con todas sus contingencias, Efraim Castillo nos hizo creer que Beto era izquierdista para que creyésemos que era anti-izquierdista, cuando en realidad Beto era izquierdista.  Puro guiño burlesco.  Más que romper con un tabú o una barrera, Castillo abre un páramo de posibilidades a la novelística dominicana.

viernes, 3 de junio de 2011


La historia como sospecha
Quien pierde sus raíces, pierde su identidad, y yo he cuidado mucho las mías#.       — José María Jover Zamora
Por Efraim Castillo

SOBRE LA REVOLUCIÓN y Guerra Patria del mes de abril del año 1965 se han escrito cientos de ensayos, artículos, crónicas, fábulas, cuentos, novelas, poemas, especulaciones de ciencia ficción y, desde luego, miles de mentiras, todo apoyado en que aquel evento constituyó —junto a las luchas contra la primera intervención norteamericana y la dictadura de Trujillo— uno de los episodios de mayor relieve del Siglo XX en la historia dominicana. Por eso, alrededor del mes de abril de cada año surgen nuevos libros, artículos y declaraciones sobre aquel estallido heroico, anexándose a los ya asentados en librerías, bibliotecas y archivos. Y lo asombroso de todo es que cada libro, cada artículo, cada poema y obra de ficción, trata de presentar la contienda desde diferentes interpretativas, pero enrumbado hacia la sospecha, hacia la vinculación o desvinculación de los hechos y sus protagonistas en actos de heroísmo o cobardía, de frustración o pasión.

Esos nuevos artículos y libros de historia que salen al mercado cada año, se unen a los ya escritos desde múltiples análisis:
  1. Julio César Martínez (¿Fue necesaria la Revolución de abril, 1972);
  2. Fidelio Despradel (Historia gráfica de la revolución de abril, 1975);
  3. Juan Bosch —quien junto a Alberto Caamaño y Montes Arache, fue la figura protagónica de aquel episodio— (La guerra de la Restauración y la Revolución de Abril, 1980);
  4. Nicolás Silfa (Guerra, traición y exilio, 1980);
  5. Miguel Guerrero (La crisis dominicana, 1984);
  6. Tony Raful (La Revolución de abril de 1965, 1985);
  7. Víctor Grimaldi (El diario secreto de la intervención norteamericana de 1965, 1985);
  8. Luis Homero Lajara Burgos (¿Por qué se produjo la revolución de Abril del año 1965, 1987);
  9. Fafa Taveras (Abril, la revolución efímera. Testimonio y análisis, 1990);
  10. Jesús de la Rosa (La Revolución de Abril de 1965, 2002);
  11. José Antinoe Fiallo Billini (Aprendamos de la insurrección del 24 de abril: Lo que se quería, lo que pasó y lo que podrá pasar, 2002);
  12. Juan Pérez Terrero y Lipe Collado (gráficas y relatos de la Revolución de Abril de 1965, 2004);
  13. Arlette Fernández (Coronel Rafael Fernández Domínguez, soldado del pueblo y militar de la libertad, 2005);
  14. Bernardo Vega (El peligro comunista en la Revolución de Abril, ¿mito o realidad?, 2006);
  15. Claudio Caamaño (Caamaño: Guerra civil 1965, 2007);
  16. José Antonio Núñez Fernández (La guerra de los locutores de abril 1965, 2010);
  17. Pedro Pablo Fernández (La otra guerra de abril, 2010);
  18. Ángel Lockward (La leyenda de los hombres rana, 2010)…


Y extranjeros como:
  1. John Bartlow Martin (El destino dominicano, 1965);
  2. Theodore Draper (The Dominican revolt; a case study in American policy, 1968);
  3. José A. Moreno (El pueblo en armas. Revolución en Santo Domingo, 1973);
  4. Antonio Ricardi (La revolución dominicana de abril vista por Cuba, 1974);
  5. Walter Bonilla (La Revolución de Abril y Puerto Rico, 2001);
  6. Magdalena Cubas y Antonio Ferreira Ruiz (Memorias del coronel Roberto Cubas Barboza, Oficial Comandante de las tropas del Paraguay, integrantes de la Fuerza Interamericana de Paz, FIP, que ocupó la República Dominicana durante el conflicto de 1965, 2009); y
  7. Fred Halliday y Hamlet Hermann (Caamaño in London: The exile of a Latin American revolutionary, 2010); entre otros.

Desde luego, otra de las inclinaciones literarias acerca de aquel glorioso abril del 1965 está dedicada a la ficción, a esa poética del esplendor que escarba los episodios en donde el dolor se cuece junto al heroísmo y a la fogosidad cruda y que, en plena resistencia armada, llevó a escritores como Jacques Viaux, Franklin Domínguez, Miguel Alfonseca, Juan José Ayuso, René del Risco, Antonio Lockward, Iván García, Rafael Vásquez, Ramón (Chino) Ferreras, Añez Bergés y otros, a la producción de cantos, poemas, narraciones y artículos sobre lo que real —o imaginariamente— ocurrió en aquel asedio de tropas nacionales y yanquis, a los hombres que luchaban, primero por recuperar la legalidad del Gobierno Constitucional surgido a través de las elecciones de diciembre del 1962, y luego por oponerse a la intervención de tropas norteamericanas que desembarcaron el 28 de abril del 1965.

Y esa abundante bibliografía de ensayos y ficción creció porque aquella resistencia se escenificó en una apretada geografía de algo más de cincuenta cuadras de hormigón y asfalto, correspondientes a la vieja ciudad intramuros, así como a cuatro del antiguo Ensanche Primavera, con linderos establecidos por la desembocadura del río Ozama, el Mar Caribe y las avenidas Máximo Gómez y San Martín. Esas apretadas cuadras, luego de la virtual derrota de las tropas wessinistas tras la caída de la Fortaleza Ozama y la impenetrabilidad del Puente Duarte, fueron cercadas por cuarenta y dos mil soldados norteamericanos, otros mil ochocientos setenta y cuatro de la llamada Fuerza Interamericana de Paz, FIP, integrada por soldados de Honduras (250 soldados), Paraguay (184 soldados), Nicaragua (170 soldados), Costa Rica (20 policías) y Brasil (1250 soldados)#, y alrededor de veinte mil de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional del país, fueron testigos de una de las mayores hazañas de heroísmo, traición, justicia, dolor, amistad, cobardía, venganzas, arrepentimientos, celos, egoísmos, vilezas, y de algo que jamás puede faltar cuando los odios estremecen la conciencia: de amor.

Por eso, sencillamente por eso, en los ensayos, anécdotas y ficciones, la Revolución de Abril se convierte en un actante#, en una figura de la historia dominicana donde convergen los principales componentes ideológicos que se debatían en el mundo, a partir de octubre del 1917#, con incidencias fundamentales en nuestro país:
  1. el velado fascismo mussoliniano que no sólo inspiró a Trujillo a través de su tutor mayor en las fuerzas norteamericanas de ocupación de 1916 —el oficial Thomas Watson, El Terrible Tommy#—, sino que sirvió de musa a Hitler y al historiador alemán Oswald Spengler;  
  2. las incidencias desprendidas del new deal de Roosevelt;
  3. el cerco clerical tendido por la Iglesia Católica para combatir el comunismo;
  4. la Guerra civil española y el triunfo de Franco con el apoyo de Alemania e Italia;
  5. el exilio español republicano;
  6. el fortalecimiento del marxismo durante y después de la Segunda Guerra Mundial;
  7. el poder atómico;
  8. el establecimiento en Palestina de la nación israelita tras el Plan de Partición de la ONU en 1947;
  9. la Guerra de Corea;
  10. el auge creciente de la Revolución Cubana;
  11. la oleada guerrillera en Latinoamérica;
  12. las luchas contra el colonialismo europeo en África;
  13. el ajusticiamiento de Trujillo;
  14. la entrada masiva del exilio dominicano;
  15. el asesinato del Presidente Kennedy;
  16. el fortalecimiento de la Guerra de Vietnam; y
  17. los nacientes actos de terror y secuestros de aviones, personas y embajadas,


Desde ahí, desde esa convergencia de enfrentamientos ideológicos que saturaban al mundo y al país, se maquinó para derrocar a Bosch, primero, y luego para organizar los odios, trepadurías, vilezas y acciones heroicas que desembocaron en la Revolución de Abril, después, y que a más de cuatro décadas del evento ha dado pie al surgimiento de un nutrido sendero bibliográfico de la historia dominicana, apelotonado de teorías, revanchas y sospechas, y relatadas a través de grandes y costosos esfuerzos. Afortunadamente, entre los títulos que aparecen cada año sobre el acontecimiento, brotan algunos que otean —desde el tronco mismo del suceso— los rasgos ideológicos de los frentes sin el pesado lastre de las venganzas a posteriori.

Esta enorme relación de emociones y sentimientos puede acopiarse, junto a las biografías escritas sobre los combatientes enfrentados, en los archivos públicos y secretos que transitaron antes, durante y después del acaecimiento; en fotografías producidas por artistas que expusieron sus vidas como Pérez Terrero# y Milvio Pérez#; en las frías tumbas de los combatientes caídos; en los apretados pasillos del Edificio Copello de la calle El Conde; en las ojeras multiformes de los que lloraron las partidas de seres amados; y, posiblemente, en el registro más importante: los testimonios de los que alguna vez callaron y ahora emergen como narradores de los espacios ocultos. Y esa voz —la del testimonio— ha sido y será un grito vital, no sólo para las viejas crónicas historiográficas, sino como presencia genuina en el esclarecimiento de la verdad, sobre todo cuando esa transmisión oral ha podido y puede rebasar las sospechas, esclareciendo las nieblas entretejidas por las verdades interesadas y oficiales, cargadas siempre de recelos, mentiras y olvidos.

Ahora, para enriquecer y, eventualmente, martillar en los resquicios que movieron la historia hacia ese abril esplendente, Víctor Gómez Bergés, cuya pasión de político ha cedido el paso a la de jurisconsulto de las causas asentadas en los bordes históricos (esos linderos plausibles de revisarse para dignificar lo causal, aquello susceptible a la modificación), ha desenterrado de los escombros aún humeantes de aquel Abril, un testimonio entreverado con los motivos fundamentales que se agruparon para confluir en la revolución. Gómez Bergés —que había dado muestras de su gran olfato para la investigación histórica con su propio testimonio en Sólo la verdad# (libro en que narra el proceso de su campaña para aspirar a la Secretaría General de la OEA, con el apoyo de los gobiernos de México y Costa Rica, y la indiferencia de la administración balaguerista), así como Balaguer y yo, la historia#—, vuelve ahora con Verdades ocultas del Gobierno Constitucional de 1963 y la Revolución del ‘65#, a investigar para la historiografía reciente del país reordenamientos en muchos de los episodios, que ciertas verdades oficiales ofrecían como válidas, sobre todo las provenientes de la trinchera ubicada en la Base Aérea de San Isidro y que ha concedido la menor documentación sobre la contienda.

Gómez Bergés, en Verdades ocultas del Gobierno Constitucional de 1963 y la Revolución del ’65, remite a la sospecha, a la duda, mucha de la información registrada en las decenas de libros, ensayos, artículos y crónicas escritos para registrar los sucesos, fortaleciéndose de aquella hermenéutica teorizada por Paul Ricoeur en De l'interprétation - essai sur Freud, donde el filósofo francés traza un discurso exegético que incluye temas como la experiencia reflexiva que creó Descartes, las interrogantes a la tradición hermenéutica que enfrentó a la teoría crítica y la deconstrucción, hasta los desplazamientos que el propio Ricoeur ha considerado respecto a la fenomenología. Así, la historia, que desde Heródoto partía de una logografía que seguía la arenga homérica; o como desde Tucídides, que levantaba actas probatorias de la veracidad narrada, pero que violentaba sus consideraciones por los resentimientos provocados por su destierro; o como desde Polibio, que la universalizó a través de una interpretación donde primaba la hegemonía romana; o como desde San Agustín, que se ceñía a los discursos establecidos por el incipiente cristianismo brotado del Concilio de Nicea, en donde se dieron la mano Cristo y Platón, tuvo a partir de la publicación de De l'interprétation - essai sur Freud, motivos de sobra para alborozarse: por fin había nacido una teoría de la sospecha, para analizar —a través de una rigurosa hermenéutica— los discursos de Marx, Nietzsche y Freud, tres maestros que habían revolucionado las bases del pensamiento racionalista surgido a partir de la Revolución Francesa, creando nuevos rumbos respecto al materialismo económico, a la ideología del poder, y a la interpretación y análisis del inconsciente, así como trazando vertientes  coincidentes respecto a que la conciencia en su conjunto es falsa: para Marx, se falsea o se enmascara por intereses económicos; para Freud por la represión del inconsciente, y para Nietzsche por el resentimiento del débil.

A través de escuchar testimonios e investigar en libros, archivos y bibliotecas, Víctor Gómez Bergés va conectando y desconectando registros  —que el historiador no asienta como válidos hasta cruzar los datos y comprobar la veracidad de lo investigado—arribando a una proposición que muestra lo verídico, lo especulativo y lo falso de la historia escrita sobre la Revolución de abril y, lo más importante, en la motivación que dio origen al evento: el derrocamiento de Juan Bosch, el cual fue el detonante mayor de la revolución y guerra patria.

Al desmenuzar paso por paso las telarañas que envolvieron los dos meses anteriores a la toma de posesión de Bosch como presidente del país, Gómez Bergés arriba a la noción de que ya éste estaba, prácticamente, derribado. En esa noción, el historiador introduce, no sólo los odios y recelos de las jerarquías políticas y militares, alimentados por los cambios estructurales prometidos por Bosch durante la campaña electoral, sino a la falta de tacto político del propio presidente, al ausentarse por casi ocho semanas del país en una singladura que lo llevó a Nueva York, Washington, Londres, París y Bonn, aún humeante la pólvora y la sangre de Palma Sola, la brutal represión acaecida en la provincia de San Juan de la Maguana, a sólo ocho días del triunfo boschista, y en donde muere el general Miguel Rodríguez Reyes, a quien muchos señalaban como el próximo Secretario de Estado de las Fuerzas Armadas.

Gómez Bergés, después de presentar los episodios que condujeron al triunfo electoral de Bosch, analiza secuencialmente los puntos que molestaron al gobierno norteamericano y a los sectores políticos nacionales que lo adversaban, propiciando a priori un caldo de cultivo hacia la consumación del Coup d’Etat:
  1. las declaraciones de Bosch a la prensa norteamericana de que el más urgente problema dominicano es la distribución de tierras entre los campesinos pobres y en cuanto a los problemas a largo plazo, el establecimiento de industrias ganaderas y mineras para sustituir el azúcar como primer artículo de exportación;
  2. la rescisión del contrato a la Esso Standard Oil para la instalación de una refinería de petróleo;  
  3. la respuesta de Bosch al presidente Kennedy sobre el destino de las propiedades que pertenecieron a Trujillo, sus familiares y amigos#;
  4. las declaraciones de Bosch acerca de que recibió en Europa tres veces más ayuda que la ofrecida por los Estados Unidos;
  5. el distanciamiento con el general Imbert Barrera; y
  1. el discurso sobre la aplanadora; entre otros.


Estas observaciones, que antes habían sido señaladas por otros historiadores, Víctor Gómez Bergés las coloca en la balanza de la sospecha, permitiendo que el lector arribe a conclusiones nunca antes codificadas en los motivos fundamentales que condujeron, primero al Coup d’Etat del 25 de septiembre de 1963, y luego a la revolución y guerra patria del 1965.

Gómez Bergés también se interna en la teoría de Ortega y Gasset de que los ensayos sobre historia, todos, suponen que no hay una realidad última y propiamente histórica#. Al respecto, Ortega y Gasset, para solidificar su teoría y sospechas del acontecimiento histórico, se refiere a la muerte de Julio César, preguntándose: ¿Hechos como éste son la realidad histórica? La narración de ese asesinato no nos descubre una realidad, sino, por el contrario, presenta un problema a nuestra comprensión. ¿Qué significa la muerte de César? Apenas nos hacemos esta pregunta caemos en la cuenta de que su muerte es sólo un punto vivo dentro de un enorme volumen de realidad histórica: la vida de Roma. Y esto es lo que Gómez Bergés logra cuestionar en Verdades ocultas del Gobierno Constitucional de 1963 y la Revolución del ’65: ¿Fue la Revolución de Abril un acontecimiento como se ha tratado de vender o, por el contrario, respondió a una fenomenología que su tiempo atrapó y utilizó para descargar sus furias?

Al igual que Paul Ricoeur, Víctor Gómez Bergés desenmaraña una historia que, a partir de Verdades ocultas del Gobierno Constitucional de 1963 y la Revolución del ’65, no volverá a ser igual, porque tal como el filósofo francés, que no pretendió escribir un ensayo sobre historia, sino como él mismo explica, sólo un debate sobre Freud, surgido de tres conferencias dictadas en la Universidad de Yale, en Estados Unidos, y complementadas por ocho conferencias dictadas en la Universidad de Lovaina, en Bélgica, el abogado e historiador dominicano no ha tratado de mitificar o desmitificar a héroes y villanos, sino de registrar una sospecha, reconociendo y ampliando las motivaciones de un evento que, para siempre, cambió —al erradicar lo que Karl Popper llamó el elemento irracional de la intuición creadora#— la noción del espíritu y la cultura de la nación dominicana, intranquilizando o sosegando sus atrevimientos en el recorrido histórico.

Noviembre 2010.