lunes, 5 de diciembre de 2011

Trina Urbáez: una llama ardiente atravesando la historia



Por Efraim Castillo

1. Introducción

D
ESDE HACE UNOS meses me he venido haciendo dos preguntas malintencionadas, posiblemente las mismas que se hacen muchos de los que, como yo, nacieron bajo el pesado fardo de la Era de Trujillo (y digo pesado fardo sin la animosidad de referirme ni a lo mucho bueno ni a lo mucho malo que ataviaron esos treintaiún años de historia dominicana, cincelados bajo la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, alias El Jefe y no El Chivo, como confundieron a Mario Vargas Llosa cuando recabó datos para la novela que le dio el Premio Nóbel de Literatura). La primera pregunta que me hice fue la siguiente: ¿Fue cobardía no combatir la dictadura de Trujillo? Y la segunda, un poco más filosófica, fue esta: ¿Se debió rechazar servir a Trujillo?
Pero, ¿por qué me hice esas dos preguntas que, aunque parecen tontas, son en el fondo malintencionadas? La posible respuesta descansa en que el nombre de Rafael Leónidas Trujillo se ha convertido en sinónimo de todo lo malo y aberrante del universo para el sector social que sufrió sus torturas, persecuciones y muerte, pasando éstos —los miembros de ese sector—  a convertirse en los abanderados de todas las virtudes y heroísmos imaginables. Es decir, que como un retruécano, lo que fue pecado en la Era, tal como decir antitrujillista o comunista, ha devenido en una aberración abanderarse con el trujillismo o reconocer las buenas obras que realizó.
Y por eso, enlacé esas dos preguntas al pedimento de mi amigo José Román García de que hablara en el homenaje que la sociedad sancristobalense hace a la doctora Trina Urbáez Díaz de Blandino, como un reconocimiento a sus excelentes comportamientos como munícipe ejemplar y como extraordinaria atleta y que, como todos los actos que esta Benemérita ciudad de San Cristóbal prodiga a sus vecinos o a ciertas efemérides relacionadas con la Era, de seguro levantarán algún tipo de roncha por parte de los bendecidos ciudadanos que combatieron al dictador. Y esas ronchas, esas irritaciones —a posteriori—  no deberían producirse, porque San Cristóbal tiene el derecho irrefutable de exaltar las virtudes, esas enormes reservas de moralidad y valía, que sobrevuelan entre sus propios munícipes y así poder atesorar en un hall —o galería— de civismo las dignidades que, desde aquel 1822 en que fue elevada a la categoría de municipio, han sido ejemplo y baluarte de honradez, trabajo y civismo.
Y, señores, Trina Urbáez Díaz de Blandino es un claro ejemplo de esas reservas de moralidad y valía.

2. Una mujer llamada Trina

Trina, como todos saben, nació en el año 1929, precisamente el año en que intelectuales como Manuel de Jesús Galván, Emilio A. Morel, Leoncio Ramos, Francisco Benzo, Luís a Webber, Opinio Álvarez Mainardi, Pedro Rosell, J. Marino Incháustegui, Alberto Font Bernard, César Dargan y Andrés Avelino Lora, entre otros, firmaron el manifiesto de apoyo a la candidatura para la presidencia y vicepresidencia del país de Rafael Leónidas Trujillo y Rafael Estrella Ureña. Nació en el año en que también nacieron Martin Luther King y Oriana Fallaci, y aunque el 1929 produjo el descalabro de Wall Street en aquel jueves negro de octubre, reafirmó a Mussolini en el poder de Italia, encendió a Alemania de las esvásticas hitlerianas y vio emerger el más preciado medicamento de la humanidad: la penicilina.
En aquel 7 de junio del 1929, Trina abrió sus ojos cuando en el mes de enero de ese mismo año el Rey de Italia le otorgó a Trujillo las insignias de Comendador de la Orden de la Corona, y cinco días después —el doce de junio— el presidente Horacio Vásquez lo honró con la Medalla del Mérito Militar, premiándolo por sus diez años de servicio en el ejército y por haber confeccionado un plan de economía en los servicios militares del país. En ese 1929 también había nacido, el 5 de junio, dos días antes que Trina, Rafael Leónidas Trujillo Martínez, alias Ramfis, por quien El Jefe cometió muchos de los dislates que socavaron su imagen y lo condujeron hacia su trágico final.
Pero Trina no eligió aquella fecha para nacer, sino que por esas eventualidades del azar, fue depositada en el tiempo y el lugar precisos para atravesar indemne, sumamente indemne, una historia cuajada de grandes y violentas transformaciones que arroparon, no sólo a República Dominicana, sino al mundo. Fue en ese trecho neurálgico de la historia en donde el país comenzaba a dejar atrás un sendero arcaico y atiborrado de viejos simbolismos, para adentrarse en un camino marcado por las modernas técnicas que irrumpieron con estrépito los procesos cronológicos y que estallaron como un pandemónium[1] en la Segunda Guerra Mundial, dejando tras de sí un rastro de sesenta millones de muertos. 

3. ¿Fue cobardía no combatir la dictadura de Trujillo?

La vida bajo las dictaduras no ofrece ni facilita los espejos de la Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll[2] para, atravesándolos, arribar a mundos utópicos, porque a las dictaduras hay que sufrirlas si no se desean combatir, viviéndolas bajo sus reglas, pero extrayendo de ellas ese lado reconstructivo que viene parejo con las férreas disciplinas que estructuran los alcances provenientes de sus programas de reintroducción capitalista, siempre bajo la férrea supervisión del Estado —como se produjo en el modelo dictatorial de Trujillo—. Esta modélica organización de las dictaduras fue la que visionó Juan Bosch, en 1963, pero que no pudo implementar por su derrocamiento en septiembre de ese año y que luego, en 1969, expresó en su teoría Dictadura con respaldo popular.
Trina Urbáez de Blandino —contrario a nosotros, los nacidos entre los años 1938 y 1944, que integramos la Generación maldita del 60— conoció la Era desde su mismo inicio, asimilando ese cambio descomunal que transformó el país entre el 1930 y 1945, cuando las dictaduras, empujadas por los fenómenos revolucionarios producidos antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron que operar nuevos discursos.
Trina contaba ocho años de edad cuando los coberos y limpiasacos oficiales, abofeteando la historia, propusieron y obtuvieron el cambio de nombre a la capital dominicana; tenía quince años cuando el país cumplió su primer centenario de fundada y Trujillo, en un acto que debe ser recordado como un trascendental acontecimiento histórico, arribó a un tratado para pagar la deuda externa que nos ocasionó los más terribles daños: el azaroso Empréstito Hartmont, tomado setenta y cinco años atrás, en 1869, por Buenaventura Báez al aventurero inglés Edward H. Hartmont, por la suma de 420 mil libras esterlinas, de las cuales sólo recibimos una pequeña parte y que ocasionó, entre otros males: los cierres de crédito al país antes de finalizar el Siglo XIX, la confiscación de nuestras aduanas y, lo más brutal, la primera intervención norteamericana, en 1916. Y cuando Trina arribó a los  diecisiete años, vivió el momento en que Trujillo quiso abrirse a la democracia permitiendo el surgimiento de partidos liberales, presionado por los cambios posbélicos, pero que tuvo que recular violentamente, produciendo el primer sismo de repudio colectivo a la dictadura. La secuela de esa represión fue la expedición de Luperón, en 1949.
En esos episodios de los años cuarenta, Trujillo, gran dominador del imaginario dominicano de los años veinte y treinta, tropezó con una generación  que, aunque incubada mayoritariamente bajo su mando, no conocía a plenitud, y a la que pertenecía Trina. Esta fue una generación que a pesar de haberse alimentado con las consignas propagandísticas del régimen, también tenía acceso a la radiodifusión de onda corta, a la prensa y al cine, por lo cual se había enterado de la existencia de la Unión Soviética y de las caídas del fascismo y nazismo, aunque, desde luego, también conocía las trochas dictatoriales abiertas en España, con Francisco Franco en 1939; en Paraguay, con Alfredo Stroessner en 1940; y que conocería más tarde las de Marcos Pérez Jiménez y Gustavo Rojas Pinilla en Venezuela y Colombia, en 1953.
Desde luego, las dictaduras germinadas entre y después de la Segunda Guerra Mundial diferían de las mesiánicas de Stalin, Mussolini, Hitler y Trujillo, porque éstas se apoyaban en ideologías sostenidas sobre bases que propugnaban estrategias vinculantes a la capacidad nacional de producción y exportación, así como al control de los niveles de inversión externa. En ese mundo recién abierto, Trina entró a la Universidad de Santo Domingo, destacándose como estudiante y como atleta, y al graduarse como Doctora en Farmacia y Ciencias Químicas, pasó a laborar en la Secretaría de Estado de Agricultura, como técnica de análisis de suelos.
Entonces, rondando los veintitrés o veinticuatro años, ¿cómo debía sentirse una muchacha sancristobalense frente a una dictadura como la de Trujillo, quien era oriundo y protector de su ciudad? Sartre en el capítulo sobre La temporalidad estática, en El Ser y la Nada, su obra filosófica cumbre, tiene una respuesta ante ese nudo que aprieta al ser humano frente a la realidad:

Los novelistas y los poetas —escribió Sartre— han insistido esencialmente sobre esta virtud separadora del tiempo, así como sobre una idea vecina, que se desprende, por otra parte, de la dinámica temporal: la de que todo “ahora” está destinado a volverse un “otrora”. Porque el tiempo roe y socava, separa, huye. E igualmente a título de separador —separando al hombre de su pena o del objeto de su pena—, también cura[3].

Ese, para Sartre, es el poder del ser humano de comprender y asimilar el verbo sobrevivir, pero no como un suceso oportunista, sino como un acontecer fenomenológico. Y sólo los sancristobalenses que vivieron en su ciudad los treintaiún años de la dictadura pueden descifrar esa noción de historia que los remite, sin disminuirlos, a una supervivencia que mezcló la admiración, el miedo y la resistencia interior, con el agradecimiento. Porque ellos, como testigos de primera fila de aquella Era, sí supieron cómo se batía el cobre y se sobrevolaban las sospechas. De ahí, a que entre los que asesinaron —o ajusticiaron como afirman otros— a Trujillo el 30 de mayo del 1961, los nombres de muchos sancristobalenses descollaron como héroes de una resistencia interior que siempre estuvo agazapada entre esa admiración, entre ese agradecimiento y entre ese odio que se vincula a los paradigmas históricos.

4. Pero, ¿Se debió rechazar servir a Trujillo?

¿Por qué más de un millón de dominicanos, exceptuando unos pocos, no le dijeron NO a Trujillo y se esperó hasta mediados de la década de los 40’s, cuando surgieron grupos antagónicos a su régimen?  En su obra Fenomenología del espíritu[4], Hegel arroja luz sobre esta relación entre amo-esclavo —o en el caso específico del poder político, entre dictador-ciudadano—. Explica Hegel: El esclavo (o el ciudadano, apunto yo) por el contrario, no tiene necesidad del amo (o del dictador, apunto yo) para satisfacer (sus) propias necesidades, y, por lo tanto, se encuentra en una posición de efectiva ventaja respecto de aquel. El trabajo lo ha emancipado del dominio del amo (o del dictador). Pero el esclavo (o el ciudadano) se ha hallado en la posición del dominado, porque ha sentido angustia frente a la totalidad de la propia existencia a causa de que ha tenido miedo a la muerte (Furcht des Todes), es decir, del amo absoluto (o del dictador). Para Hegel,  enuncia el filósofo italiano Antonino Infranca, el propio miedo del esclavo —o ciudadano, apunto yo—, contagia y aprisiona al amo —o dictador, reafirmo yo— que se vuelve, al mismo tiempo, su propio esclavo[5], conformando una simbiosis.
Tanto la jovencita Trina, con apenas ocho años cuando cambiaron el nombre de la capital dominicana por el de Ciudad Trujillo, como sus padres, como San Cristóbal  y todo el país —pero también como los millones de rusos, alemanes, italianos y latinoamericanos que seguían a esos amos-dictadores llamados Stalin, Hitler y Mussolini—, lo que perseguían era —como enuncia Hegel— estabilizar el proceso socio-político a través de un “amo-colectivo”, es decir, de un dictador asimilado, porque la conciencia servil contiene todo ello en sí misma, dando como resultado que unos mandan por el poder de la fuerza y otros obedecen por la sumisión del débil. Este miedo, sin embargo, insiste Hegel, permanece solamente formal y no se revierte sobre la existencia real y consciente.[6]
Entonces, está claro: Trujillo, contrario a lo que muchos piensan, fue aprovechado por el país como un fenómeno organizador, como un amo-dictador para satisfacer los múltiples caos que permanecían disueltos por los avatares de una historia sin definición aparente y Trina, la niña sancristobalense de ocho años y luego la adolescente de mediados de los 40’s, y después la atleta graduada de los 50’s, sumergida en las transformaciones aceleradas del país, no podía sucumbir a la tentación de combatir lo que, para ella, y el noventa y nueve y pico por ciento de los dominicanos, marchaba de acuerdo a lo que se veía, no a lo que se intuía.
Sin embargo, sí hubo —y estoy seguro— una reconversión en esa aparente sumisión de la conciencia de Trina —y la de casi todo el país—, y ese cambio fundamental comenzó a inundarlos a todos a partir de  la mitad de los años 50’s, cuando Trujillo permeó la obediencia y la admiración del país hacia su régimen, tras sustituir la dureza del respeto y el temor como fundamento de la obediencia, por una estrategia de terror sociológico copiada de los dictadores que pisaron nuestro suelo a partir de la mitad del decenio de los 50’s: Domingo Perón, Marcos Pérez Jiménez, Gustavo Rojas Pinilla y Fulgencio Batista, momento decisivo en que los asesores de Trujillo debieron exponerle que el tiempo de regir un país con la táctica del terror como doctrina, había llegado a su fin.

5. Trina Urbáez Díaz de Blandino: la satisfacción de una trans-sociabilidad iluminada por la prudencia y el amor

Hoy, a sus ochentaidós años, Trina Urbáez Díaz de Blandino puede mirar atrás y sonreír, porque desde allá, desde ese hito que fue el año 1929, su vida ha recorrido un trayecto histórico impulsado por cruciales cambios sociales, tecnológicos y científicos, y ella lo ha recorrido como una testigo cuyo discurso se apegó a las disciplinas enmarcadas en el deporte, en la beneficencia, en el servicio a los demás, en la unidad familiar y, sobre todo, en un inconmensurable amor por su país. Trina vivió completamente la dictadura de Trujillo, asimiló como experiencia existencial la salida de Balaguer en 1962, el triunfo de Juan Bosch en diciembre de ese mismo año y su derrocamiento en septiembre del 1963; fue testigo de la Revolución de Abril del 1965 y el regreso ese mismo año de Balaguer y su triunfo en 1966, y ha coexistido con los cambios políticos del país, a partir del 1978 a la fecha. Así, Trina ha completado los ciclos discursivos de una República Dominicana, que aunque a veces parece doblarse sobre sí misma y se vislumbra a punto de quebrarse, siempre se levanta vigorosa, apoyada en sus buenos hijos.
Por eso Trina, con orgullo, puede responder, sin miedo al pasado, al presente y al futuro, esas dos preguntas malintencionadas que me hice recientemente, porque ella vivió —y vive— ese sendero de asechanzas con que nos trampea la vida… ¡como una llama ardiente atravesando la historia!
Diciembre del 2011.




[1] Pandemónium es la capital del infierno en el poema El paraíso perdido, del inglés John Milton.
[2] Lewis Carroll fue el seudónimo utilizado por el escritor y matemático británico Charles Lutwidge Dodgson
[3] SARTE, Jean-Paul: La temporalidad estática, en El ser y la nada. Editorial Losada, S.A., 9na. Ed., Buenos Aires. 1993.
[4] HEGEL, G. W. F.: Fenomenología del espíritu. Traducción de Wenceslao Roces con la colaboración de Ricardo Guerra. Ed. Fondo de Cultura Económica. Ediciones F.C.E. ESPAÑA, S. A.  México, D. F.  1966.


[5] INFRANCA, Antonino: El miedo en la fenomenología del espíritu de Hegel. Revista Topía (número dedicado a la vida cotidiana argentina). Buenos Aires. 2001.
[6] HEGEL, G. W. F.: Obra citada.

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