lunes, 8 de octubre de 2012


Aquella vez que descubrí Constanza

Por Efraim Castillo.
 
 





Cuando a finales de enero del 1964 el entonces coronel de la policía Morillo López me puso en libertad —tras cerca de tres meses en prisión—, advirtiéndome que debería portarme bien; es decir, que no siguiera buscándome problemas de militancia revolucionaria, arribé a la conclusión de que un corto descanso alejado de las actividades políticas me vendría bien y convencí a mi compañera de entonces que viajáramos a Constanza a comienzos de febrero.

Desde el mismo momento que llegamos a la terminal de La Javilla, en la avenida San Martín de Santo Domingo, y abordamos el carro Austin (importado y promocionado por obra y gracia del triunviro Donald Read Cabral), sabía que aquel viaje no sería igual a otros que había realizado a distintos puntos del país.
 


Recuerdo que algo muy intenso se apoderó de mí tan pronto nos alejamos de Abanico y comenzamos a ascender la loma Casabito. En aquel 1964, la carretera —inaugurada el 16 de agosto de 1955— aún presentaba el aspecto de vía construida a lomo de mulo y aprovechando las condiciones naturales del terreno. El asfalto que la cubría descansaba en un sólido lecho de cascajo y muy pocos baches vulneraban su superficie. En el ascenso, escuché viejas historias que hablaban de la Ermita de Nuestra Señora de la Altagracia, situada en el pico de Casabito.

Antes de llegar a Constanza franqueamos los poblados Las Palmas, Arroyo Frío, Los Ríos y, al llegar a Tireo, escuché el sonido de los aserraderos, cuyos sinfines convertían en madera los troncos de pinos, ébanos, caobos y sabinas que cubrían las montañas de la cordillera.

Cuando el Austin ascendió al punto alto que abandona Tireo, la imagen de Constanza entró por mis ojos como un chorro de placidez y esa imagen nunca ha salido de mí, recordándome unn hermoso valle cubierto de hortalizas y pinos circundándolo. Sí, desde aquel instante, supe que esa visión me acompañaría por siempre.  

Al preguntarle al conductor sobre el mejor alojamiento, éste no me señaló el hotel Nueva Suiza, cuya silueta se recortaba al sur del pueblo, sino que nos trasportó al Brisas del Valle, un hotelito propiedad de Doña Cunda Collado. En aquel febrero del 1964 el clima de Constanza era mucho más frío que ahora, y en todo el valle podía olfatearse el penetrante aroma de los pinos y las hortalizas recién cosechadas. Mi compañera, hija de españoles, me confesó aquella noche que Constanza le recordaba las viejas historias narradas por su padre, cuando siendo un mozalbete en las montañas de Galicia, su madre le pedía que fuera al bosque en procura de leña.
 




 

 
 “Este es un pueblo hermoso, Efraim”, me confesó esa noche, luego de la cena servida por
Doña Cunda.

Pero la sorpresa mayor aconteció al día siguiente, cuando sentados en el parque, observamos a la gente dirigirse a sus faenas a pie o sobre tractores y camionetas. Entre los transeúntes contemplamos rasgos asiáticos y al preguntarle a un limpiabotas por aquellas personas, nos respondió que “eran algunos japoneses que Trujillo había asentado en Constanza”.

La tarde de aquel día nos enteramos que Constanza, además de la colonia japonesa, que ocupaba la zona sur del pueblo y justo a la salida hacia San José de Ocoa, también albergaba una colonia española, asentada en el noreste de la comarca. Esa misma tarde visitamos ambas colonias y observamos que la mayoría de las casitas lucían bien pintadas y con flores sembradas en sus frentes, como el resto de las viviendas de la ciudad.

Los días siguientes conocí junto a mi compañera varios parajes de Constanza: subimos a las lomas  El Gajo y Culo de Maco y nos trasladamos a El Convento —cuando este mini-valle lucía pleno de vegetación y misterio—; asimismo subimos a Valle Nuevo y La Nevera en un viejo Jeep, propiedad de un primo de Doña Cunda, visitando el salto de Aguas Blancas. Pero lo más importante que nos ocurrió fue conocer personas y hacer amistades.
 




 

 
Conocimos a dos muchachas que respondían al nombre de Nelly: una tenía el apellido Abud y la otra Soto, y a través de ellas nos hicimos amigos de un joven matrimonio híbrido formado por el constancero Miguel Ángel Matías y la japonesa Yoko Takata, una jovencita que ya estaba embarazada. Miguel Ángel resultó ser hermano de Daniel Matías, al que había conocido en la Agrupación Política 14 de Junio.
También hicimos amistad con varios jóvenes que militaban en movimientos revolucionarios, como Bolívar Soriano y otros, los que me invitaron a dar charlas en un viejo club de madera situado al lado de una sala de cine, frente al parquecito central.

 
Desde luego, aquellas charlas produjeron mi expulsión del pueblo, la cual me fue comunicada por el jefe de la fortaleza —un coronel cuyo nombre prefiero no recordar— a través de uno de los jóvenes recién conocidos. Demás está decir, que la tristeza me invadió cuando tuve, junto a mi compañera, que abandonar Constanza.

Pero este pueblo nunca abandonó mis recuerdos. Los recuerdos amados se introducen en nosotros como garfios, como lanzas que taladran los músculos y los nervios, y dejan huellas ardorosas que nunca cesan. Por eso, cada vez que esas memorias acudían a mí buscaba la forma de volver a Constanza, hasta que, al fin, cuando la situación económica me lo permitió, comencé a comprar algunos metros de tierra... pensando siempre en el retiro.

Recuerdo que en uno de aquellos viajes llevé conmigo a mi hijo Efry, que entonces contaba con siete años de edad, y nos hospedamos en el hotel Nueva Suiza. La primera mañana que Efry salió a la terraza del hotel y contempló el valle de Constanza, me dijo exactamente lo mismo que yo había pensado cuando arribé por primera vez a este asombroso lugar:

“Papi”, me dijo Efry, “Constanza es un paraíso”.

Sí, Constanza, el valle agrícola intramontano más alto del Caribe —desde luego, después de Valle Nuevo—, es todo un paraíso y como tal hay que mantenerlo. Por eso, mi percepción, la de mi hijo Efry y la de todos los que lo divisan por vez primera, no se aleja de la del colono Victoriano Velano, en 1750, ni de la del licenciado Antonio Sánchez Valverde, cerca del 1785; ni tampoco de la del cónsul británico sir Robert Hermann Schomburgk, cuando lo visitó en 1851, ni de la del geólogo norteamericano William Gabb, quien lo visitó en 1871; ni la del Barón alemán Eggers, en 1887, que asombrados, propagaron a los cuatro vientos la belleza de su geografía; ni mucho menos, la de Antonio Abud y Ñañín Quezada, que llegaron, vieron y se quedaron para siempre; así como la de todos aquellos —como yo—que tras haberla conocido, añoran siempre volver para deleitarse con su clima y su gente.

Es por todo esto que creo, profunda y sinceramente, que la campaña preparada por el Comité Municipal de Constanza, para robustecer los vínculos de amistad entre los visitantes a esta ciudad y sus habitantes, así como para fortalecer el amor hacia todo lo que representan sus bosques, ríos y medioambiente, es una muestra —pequeña pero altamente efusiva— de lo vital que sería para el futuro de este paraiso nacional valorar la importancia que revisten estos principios.

Si las mujeres y hombres de Constanza justiprecian el orgullo de ser los habitantes de un territorio colmado de esplendentes historias de trabajo, valor, de una simbiosis cultural única en Latinoamérica y, ante todo, de un clima y belleza que nada tienen que envidiar a los mejores del mundo, entonces el porvenir de este valle estará asegurado, porque nadie, absolutamente nadie que no sea Dios, podría impedir que el progreso físico y espiritual cubra el horizonte de este prodigioso enclave.

      

 


 

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