jueves, 20 de agosto de 2020

¿Y EL BOSCHISMO?

 ¿Y el boschismo?

Por Efraim Castillo

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Con la salida del poder del PLD y el achicamiento del PRD me surgieron varias preguntas: ¿Desaparecerá el boschismo del espectro político dominicano? ¿Se marcharán para siempre sus enunciados políticos sin dejar una huella, un signo benéfico para el futuro? ¿No será rescatado por alguien? ¿Será recordado Juan Bosch sólo como creador de ficción? Pero antes de responder esas y otras preguntas que con seguridad serán formuladas en el futuro, es preciso apuntar que el boschismo —como concepto— emergió de la frustración del propio Bosch, tras el derrocamiento de su gobierno en 1963, y la incubación teórica del mismo luego del revés electoral sufrido en 1966; un camino que lo llevó —desde 1964— a abandonar su fecunda y admirable creación literaria de ficción para concentrarse en la producción de los ensayos que fundaron su teoría del Estado, la cual, en muchos recodos, recuerda la inaugurada por Hegel en 1807 con la publicación de Phänomenologie des Geistes, en donde el filósofo alemán enfatizó sobre el espíritu objetivo y afirmó que “la realización del hombre sólo puede conseguirse en una sociedad organizada políticamente […] y no conforme a un hipotético ‘estado de naturaleza’, como lo postuló originariamente el liberalismo”.  

Bosch comprendió en aquel auto exilio en Benidorn [tal vez leyendo a Hegel y otros textos abiertos al materialismo dialéctico], que de haber contado con una estructura política organizada ideológicamente, el golpe de 1963 no se hubiese ni incoado ni ejecutado. Y fue en Benidorn donde nació el boschismo.

Bosch entrevistado por María del Pilar Arderius [Doña Pirula, la primera mujer periodista de Alicante], mientras tomaba un baño de sol en Benidorn.

En treinta años de una febril producción ensayística —de 1964 a comienzos de los noventa, cuando el Alzheimer bloqueó su sinapsis—, Juan Bosch produjo alrededor de medio centenar de obras, entre teorías socio políticas, historia y biografías, que inició con diez obras fundamentales: Bolívar y la guerra social [1964], Crisis de la Democracia de América en la República Dominicana [1964] y continuó con El pentagonismo, sustituto del imperialismo [1966], Dictadura con respaldo popular [1969], De Cristóbal Colón a Fidel Castro [1969], Breve historia de la oligarquía [1970], Composición social dominicana [1970], El Caribe: Frontera Imperial [1970], Tres conferencias sobre el feudalismo [1971] y La revolución haitiana [1971]. Estas diez obras definieron, no sólo el pensamiento y, obviamente su concepción del Estado, sino que fundaron el boschismo como una plataforma ideológica para alcanzar y sostenerse en el poder.

Bosch supo, a través del estudio y el sacrificio supremo de cerrar definitivamente su producción literaria de ficción, que de llegar al poder como lo hizo en 1962, ya jamás podría ser derrocado tan inútil y asquerosamente como ocurrió en septiembre del 63 y por eso, en 1973, abandonó el PRD y fundó el Partido de la Liberación Dominicana, al estilo de un acabado corpus ideológico con el que apetecía sintetizar, no sólo sus teorías, sino las aspiraciones de todos los que en el discurso histórico teorizaron, lucharon y aportaron deseos, sudor y lágrimas para arribar a un Estado conformado por un organismo capaz de guiar la sociedad hacia la felicidad.

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El nombre del nuevo partido fundado por Bosch obedeció a las correspondencias dialécticas de una articulación histórica en que Estados Unidos y la Unión Soviética se disputaban el liderazgo internacional y el vocablo liberación contenía la noción de protesta y libertad. Y de ahí —que nadie lo dude— surgió el nombre Partido de la Liberación Dominicana [PLD], un organismo que según Bosch lucharía por alcanzar la ansiada autonomía del país, esa independencia absoluta que anhelaron Duarte y los trinitarios a partir del 1838 y que, desde entonces, los dueños del mundo y sus corporaciones lo han impedido para continuar engulléndose el planeta a su antojo.

 Joaquín Bidó Medina

 Antonio [Tonito] Abreu

La membrecía inicial del PLD quedó integrada por José Joaquín Bidó Mejía, Antonio Abreu, Rafael Alburquerque y un grupo de dirigentes perredeístas que Bosch consideró desgarrapatados e inmaculados, entendiendo que éstos le ayudarían a construir una nueva República Dominicana. Demás está decir que ese grupo fundador se estructuró entre aquellos que habían leído y asimilado el discurso de la historia dominicana y sus procesos políticos a través de los diez textos que Bosch escribió entre 1964-71; y para sellar la alianza partido-militancia, se creó un lema cuya facundia serviría de leitmotiv, algo así como un recordatorio invariable para expresar que el fin buscado no era el bienestar individual, sino el social: “Servir al partido para servir al pueblo”.

Para singularizar la simbología del partido, Bosch escogió un color que ningún partido  tenía, el morado, que recordaba al Sacro Colegio del Vaticano; y a la bandera le insertó una estrella dorada, comenzando ésta a ondear apoyada por una singular y atractiva ideología, cuya militancia se ufanó en ser la única capaz de sacar de la pobreza al país y resolverle sus problemas de agua y electricidad. Sin embargo, lo más importante del PLD fue su estructura orgánica, cimentada en círculos de estudios, comités de base, núcleos de trabajo, direcciones medias, un comité central y un poderoso comité político; una verdadera nomenclatura granítica cimentada en una disciplina que se apoyaba en el voto orgánico.

Como una característica diferencial respecto a los demás partidos del sistema, Bosch inició una estrategia nacional de exclusión política: el PLD representaba lo puro y honrado debido a que las demás agrupaciones configuraban lo non sancto, la corrupción. Y a través del órgano periodístico de la entidad, Vanguardia del Pueblo [fundado en agosto, 1974], se expresaba “no sólo lo que el partido pensaba, sino lo que el partido quería que se dijera”, ya que era su instrumento político y rendía “la misma utilidad que un serrucho en las manos de un carpintero, un bisturí en las manos de un cirujano o una máquina calculadora en las de un contable” [Vanguardia del Pueblo, No. 24]. Esa inteligente diferenciación moral que estableció Bosch en el país llevó al PLD a publicar un álbum de la corrupción en noviembre de 1981, cuya tirada alcanzó alrededor de ciento cincuenta mil ejemplares y allanó el camino del boschismo hacia el poder.

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Para llegar al poder en 1996 el boschismo necesitó del reformismo; requirió unir el intenso antihaitianismo que latía en un Balaguer agotado a las ansias de gobernar del boschismo, cuyo predicamento de pulcritud se debatía en la política nacional. Y antes de la segunda vuelta del torneo electoral de ese año, Peña Gómez fue la víctima [el “camino malo”] de una yunta de políticos nonagenarios cuyas vidas útiles llegaban al final y dependían del triunfo para cerrar sus protagonismos históricos. Balaguer y Bosch sabían que el 47% obtenido por Peña Gómez en la primera vuelta lo condenaba a la derrota por el estancamiento de su crecimiento y sellaron su unión en un Frente Patriótico para sumar el 14.9% del reformismo al 38% del PLD, y así posibilitar la presidencia a Leonel Fernández. 

 Juan Bosch y Joaquín Balaguer levantan la mano a Leonel Fernández, tras la formación del Frente Patriótico, en 1996. 

Con su retórica de monje apasionado, Balaguer anunció que su apoyo al PLD era desinteresado y lo hacía “por la satisfacción de poder seguir siendo dominicano en tierra dominicana”; una clara alusión al alegado origen haitiano de Peña Gómez. Pero Balaguer sabía que la victimización a que era sometido el líder del Acuerdo de Santo Domingo estaba más allá de la xenofobia y aterrizaba en el atrevimiento de desafiar un statu quo agonizante. Aquella derrota de Peña Gómez agravó la enfermedad que padecía desde 1994 y la que, finalmente, lo llevó a la tumba en 1998.

Para Balaguer, 1996 fue el final de la extensa influencia que había ejercido en el país desde su inscripción en el Partido Dominicano de Trujillo a comienzos de los años treinta. Él estaba consciente de que más allá de su figura, de su palabra y su hacer, el Partido Reformista [su amada parcela política] carecía de un liderazgo prometedor que le sucediera. Para Bosch era todo lo contrario: su partido se apoyaba en una ideología nueva, autóctona, creada por él e inyectada a una figura nueva como Leonel Fernández, un joven cargado de atractivos conceptos; un brillante abogado, catedrático y poseedor de un verbo amplio y postmoderno. Entre la membrecía peledeísta, Leonel Fernández encarnaba lo idealizado por Bosch y por eso fue el elegido para guiar a la tribu peledeísta hacia el poder cuando el Alzheimer bloqueó la función cognitiva del preceptor. 

Pero, ¿implementó Leonel Fernández la esencia reivindicativa del boschismo en esos cuatro primeros años de su presidencia, transcurridos entre 1996-2000? ¿Introdujo acaso la teoría de Estado que Bosch, apoyándose en Hegel, incrustó en su doctrina, basada en que “la realización del hombre sólo puede conseguirse en una sociedad organizada políticamente […] y no conforme a un hipotético ‘estado de naturaleza’, como lo postuló originariamente el liberalismo”? En esos cuatro años, es preciso reconocerlo, Leonel Fernández introdujo sustanciales cambios en la administración pública que contribuyeron a crear el prestigio que lo devolvió a la presidencia en el 2004, cuando el PRD, con Hipólito Mejía gobernando, echó por el suelo la lucha de Peña Gómez de desterrar para siempre el cáncer de la reelección.

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Algunos historiadores y sociólogos afirman que el boschismo comenzó a morir desde que requirió del balaguerato para alcanzar el poder. Arguyen que Leonel Fernández —como cabeza del PLD tras el retiro definitivo de Bosch— pudo esgrimir la bandera del boschismo en su primer mandato, pero estuvo mediatizado por un congreso desfavorable en ambas cámaras, e intoxicado por la influencia de veintidós años de un balaguerato que arropó el horizonte político. Sin embargo, mucho del boschismo intervino en el primer gobierno de Leonel, logrando algunas de las medidas que modernizaron el Estado; y para ello contó [mediante promesas y canonjías] con el respaldo mayoritario de la oposición, pudiendo promulgar en junio de 1997 la Ley General de Reforma de la Empresa Pública, reestructurar el CEA, la CDE y las veinticuatro empresas agrupadas en CORDE; asimismo, creó en 1997 la Autoridad Metropolitana de Transporte [AMET], la Oficina Metropolitana de Servicios de Autobuses [OMSA], introdujo en la administración pública el uso eficiente de las nuevas tecnologías frente a las puertas del Siglo XXI, y aprobó la Ley General de Telecomunicaciones [la 153-98], de acuerdo a los convenios y tratados internacionales para garantizar un eficiente servicio en las comunicaciones.

Acostumbrado el país a un mandatario como Balaguer, poco dado a abandonar el país, los constantes viajes al exterior de Leonel para participar en reuniones de la OEA, Las Américas, la Asamblea General de las Naciones Unidas y a lejanos países de Asia, sorprendieron a la nación. Pero es preciso reconocer que esos viajes nos abrieron a encuentros altamente beneficiosos en una geopolítica cambiante: conectaron la nación con el exterior y nos abrió a una nueva manera de ejercer el poder, aunque por lo bajo se arrastraban los vicios heredados de la dictadura y los mandatos unipersonales de Balaguer, en donde el espionaje se hacía sentir con fuerza. Esos lastres, asociados a la ventana neoliberal abierta por Leonel para complacer a un empresariado empeñado en asumir los controles direccionales de la economía, comenzaron a quebrar las señales de un boschismo enfocado en alimentar la noción de liberación en el sujeto dominicano.

Algunos sociólogos dominicanos arguyen —sobre todo los vinculados a la izquierda romántica— que Leonel Fernández se dejó atrapar por un neoliberalismo que Balaguer atajó rotundamente a su regreso como gobernante en 1986, reiniciando programas socioeconómicos sujetos a su formación económica neoclásica.

 Friedrich Hayek
 Milton Friedmann

Esos mismos sociólogos enarbolan la tesis de que fue ese neoliberalismo el que echó del poder a Fernández en el 2000 e impidió el triunfo de Danilo Medina ante Hipólito Mejía, tras el fracaso de lo presupuestado con el achicamiento del Estado, sobre todo los beneficios esperados en la Ley General de Reforma de la Empresa Pública [la 141-97], que incluía CORDE, CDE, la Industria Hotelera Estatal y el CEA, una legislación que parecía emanada desde las teorías y cátedras de Friedrich Hayek y Milton Friedman. O sea, Leonel desprendía al Estado dominicano del patrimonio heredado de Trujillo y ahí comenzó a resquebrajarse el boschismo.  

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Juan Bosch falleció a los 92 años [el primero de noviembre del 2001] y no pudo ser testigo del declive de su doctrina en aquel gobierno inicial del PLD. La razón de que no pudiera ejercer una necesaria supervisión —ni una efectiva fiscalización sobre la administración de Leonel Fernández— es conocida de todos: desde el 1994 el Alzheimer había comenzado a invalidar su cerebro y Bosch, de ser el promotor y motor ideológico de su partido, se convirtió en una postal, en una imagen que además de escudo propagandístico servía para infundir en el país respeto y admiración. 

Por esa causa el cuatrienio 1996-2000 de Fernández no contó con la asesoría fundamental del ideólogo del PLD y fue notorio el desvío conceptual del boschismo en esa administración, sobre todo en lo que atañe a las medidas neoliberales implementadas por Fernández. Estoy seguro que de haber estado Bosch supervisando los pasos, las decisiones y las acciones de Fernández en su primer mandato, el boschismo hubiese marcado un derrotero distinto y el PRD no habría podido salir victorioso en las elecciones del 2000.
 
El desastre financiero que estremeció al país durante los cuatro años de gobierno de Hipólito Mejía, ocasionado por un corrupto sistema bancario que se venía arrastrando desde hacía  lustros y una efectiva campaña propagandística esgrimida por el PLD, hicieron posible el retorno de Leonel Fernández al poder. El país no se vio compelido a realizar una enredada analogía para comparar la administración de Fernández versus la torpe y desafortunada de Mejía, quien desperdició una administración que se inició con una favorable mayoría congresual y una militancia que clamaba reivindicación para la figura de su líder, José Francisco Peña Gómez, discriminado y señalado como el camino malo en el torneo de 1996. 

Al parecer, las desapariciones físicas de los líderes fundamentales de los tres partidos políticos envueltos en el clímax coyuntural dominicano [en un corto espacio de cuatro años: Peña Gómez en 1998, Bosch en 2001 y Balaguer en 2002], dieron un vuelco sustancial a las ideologías seguidas por las parcelas que dirigían.
 
 Jacques Maritain

 Emmanuel Mounier

 Eduard Bernstein

Podría ser un eufemismo [pero no lo es] endosar ideologías a los tres partidos que desde 1973 sellaron sólidas intervenciones en la actividad política dominicana; porque exceptuando al PLD, tanto el reformismo como el perredeísmo optaron por adoptar doctrinas internacionalistas que acomodaron a sus intereses partidarios: el reformismo —que se había unido al Partido Revolucionario Socialcristiano [PRSC] el 21 de julio de 1984– ingresó al socialcristianismo surgido de las teorías de Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, pero administró el país bajo un sistema altamente ecléctico, en donde Balaguer disponía a su antojo el desenvolvimiento socioeconómico de la nación, constituyéndose él en paradigma; el perredeísmo, adscrito a la socialdemocracia, ejerció en sus administraciones [sobre todo en la de Antonio Guzmán, 1978-1982] muchos de los principios de la ideología implementada a partir del pensamiento revisionista de Eduard Bernstein [1850-1932], pero las aspiraciones de liderazgo dentro de la organización crearon en la misma una atmósfera que terminó dividiéndola en grupos y luego en separaciones definitivas.

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Las ambiciones de liderazgo personal no afloraron en el PLD mientras Juan Bosch vivió —pero permanecían latentes— y después de su fallecimiento salieron a flote, adquiriendo una inusitada fuerza tras el regreso de Leonel Fernández al poder en el 2004 y su repostulación en el 2008, que aplastaron momentáneamente las aspiraciones de Danilo Medina de vengar su derrota electoral del 2000; y fue a partir de entonces que comenzaron a violentar las bases del boschismo. Esas ambiciones de poder —mezcladas a la sed de enriquecimiento— crearon resentimientos en la capa direccional de un PLD que carecía de la supervisión de su ideólogo y antepusieron a la tribu la ambición personal sobre la  disciplina y el lema de un partido que, antes de ascender al poder, limpiaba e higienizaba las plazas en donde celebraba sus mítines.

El sueño boschista de construir un Estado soberano comenzó a ser minado por la praxis de un hacer balaguerista anexado al neoliberalismo y a la visible rivalidad que afloraba entre los herederos de ese sueño, los cuales deseaban igualarse a una estructura empresarial que permanecía al acecho para imponer su hegemonía.

A esa mixtura de ambiciones se agregó un demonio que arribó al país en el 2002: la Constructora Norberto Odebrecht, de Brasil, que trajo consigo la llave que abrió la puerta a la corrupción total del Estado, y cuyos sobornos echaron abajo el viejo pattern del 10 y 15% de sobrevaluación en los contratos. Odebrecht estrenó el venenoso recurso congresual de las adenda, que elevaba los contratos de las obras —después de adjudicados— en hasta un 50%; y todo con la aprobación presidencial. El primer contrato a Odebrecht [2002] se firmó para la construcción de un acueducto que llevaría agua potable a las provincias Santiago, Valverde, Santiago Rodríguez, Montecristi y Dajabón: el Acueducto de la Línea Noroeste.

 Norberto Odebrecht

Este contrato comenzó un periplo delictivo que se magnificó —años después— con Punta Catalina, el esplendor maquiavélico de la corrupción, el cuerpo total de un iceberg que emergió tras el asesinato de una ideología químicamente pura: el boschismo.  

El malestar hiperbolizado por Odebrecht alimentó conductas cuyas huellas se movían en el país desde la independencia y provocaron divisiones entre los trinitarios, como el exilio de Juan Pablo Duarte, en 1844. Esas huellas obligaron a Juan Bosch a retirarse como cuentista en 1964 y comenzar su travesía como ensayista en Benidorm, comprendiendo que la corrupción [del latín corruptio, lo opuesto a la generación de vida; lo que se echa a perder, se descompone y pudre], tiene la facultad de dividir y sepultar conciencias, y que el padre de la sociología, Auguste Comte, definió como “la demolición gradual de la moral pública [porque] el problema social es un problema moral” [Ouvres, tomo IV: Cours de philosophie positive, 1830-42]. Sí,  Bosch sabía que la ausencia de moral podía convertirse en un virus que destruiría al PLD, tal como había destruido a la mayoría de los partidos en la historia política del país.

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La corrupción de Estado provocada por Odebrecht desde el 2002, no sólo nos costó dos mil millones de dólares y un sinfín de escándalos, sino que incidió en la división definitiva del PLD; un fraccionamiento alimentado, además, por tres elementos que se inyectaron con inusitada furia en su directiva: a) la pérdida de los valores y principios de la doctrina boschista; b) la ambición desmedida de poder y riqueza de varios de sus dirigentes; y c) el pugilato entre Leonel Fernández y Danilo Medina por alcanzar un lugar en la historia a través de mandatos presidenciales; una burda emulación del afán de Joaquín Balaguer por sobrepasar a Buenaventuras Báez en el ejercicio del poder [o sea, la angurria del danilismo versus la glorificación del leonelismo].

Esos factores —abonados por Odebrecht, que aportaba el dinero negro en los enfrentamientos— enceguecieron al discipulado mimado del boschismo. Y sería bueno preguntarse, porque la duda siempre se mueve pendularmente, si Juan Bosch no sospechaba que bajo la piel de oveja de sus queridos alumnos no se guarecían lobos de afilados colmillos, ya que desde 1982 —y cada vez que podía—, repetía para consumo del país y la membrecía peledeísta que “los dominicanos saben muy bien que si tomamos el poder no habrá un peledeísta que se haga rico con los fondos públicos; no habrá un peledeísta que abuse de su autoridad en perjuicio de un dominicano; no habrá un peledeísta que le oculte al país un hecho incorrecto, sucio o inmoral”.

¡Pobre Bosch! Su pulcritud y decencia le impidieron ver, sentir y oler los lobos y cuervos que habitaban aquella tribu de hombres que creyó seleccionar y educar bajo una doctrina que reunía esencias humanísticas, sociales, económicas y políticas; un seleccionado nomotético para posibilitar un esplendente tránsito en el discurso histórico dominicano. ¡Pobre Bosch!, sin lugar a dudas el político más limpio y dedicado del país y bajo cuya tutela crecieron el PRD, el PLD y sus hijos volitivos [entre los cuales se encuentra el PRM], que no podrán negar los genes boschistas que circulan por sus venas. Y es prudente decir que ese ADN, con seguridad, circula límpido en las venas de quienes aún [como yo] creen en su legado.

Hoy, como una venganza de la historia, aquel acusador álbum de la corrupción publicado en 1981 por la dirigencia del PLD —integrada, mayormente, por militantes provenientes de hogares humildes y pequeño-burgueses—, se ha convertido en un vengativo boomerang, en un documento que les sirve como anillo al dedo; como la misma horma de unos zapatos que nunca pensaron calzarían.

Pero quedan varias preguntas: ¿podrá alguien reivindicar el boschismo? ¿Llegarán Leonel Fernández y Danilo Medina a rasgarse las vestiduras y pedir perdón a Bosch por la traición que le infligieron, apoyados en un comité político que operó como un presídium soviético para deshacer a su antojo el sueño doctrinario del político dominicano más fecundo? ¿Surgirá desde la descomposición del PLD un liderazgo verdaderamente boschista?    

 

 

 

 


lunes, 27 de julio de 2020

EL POETA SORPRENDIDO





El Poeta Sorprendido

Por Efraim Castillo

[Fragmento del Capítulo 9 de Currículum. El síndrome de la visa, 1982]

Pérez tenía frente a sí el Baluarte cuando oyó la voz del poeta sorprendido que lo llamaba desde la esquina formada por la calle Espaillat:

—¡Pérez, Pérez!

Al volverse hacia el poeta sorprendido, Pérez lo vio borracho, avejentado, y al pedirle que se acercara a él, recordó que ese borracho había ganado un premio nacional de poesía y cientos de folios resumían sus poemas. El poeta sorprendido cruzó la calle tambaleante, despeinado, empequeñecido por el tiempo y los sueños inalcanzados. Al observar sus ojos, Pérez adivinó la frustración de toda una generación y la falta de coherencia que primó en aquel grupo de poetas que se reunió a botar-el-golpe del acoso trujillista, formando bien temprano [en la década de los cuarenta] la revista La Poesía Sorprendida.

—¡Hola Pérez! —saludó el poeta.

—¿Cómo estás, poeta? —preguntó Pérez, desviando los ojos hacia El Conde, en donde justo a esa hora la madrugada, la melancólica madrugada, echaba su batalla final contra un sol que se avecinaba ferozmente. Pérez observó la calle desierta, habitada sólo por los residuos, por los detritos de una sociedad que avanzaba a ciegas  tratando de imitar lo mejor de las sociedades céntricas para asimilar únicamente lo fácil, lo que siempre se asocia a lo peor. Luego, Pérez retornó su mirada a los ojos del poeta y advirtió lo hundidos que estaban entre unas cuencas huesudas y revestidas de una piel amarillenta. Los ojos del poeta, dramatizados por la luz artificial, dejaban escapar destellos de muerte. Pérez recordó el día en que el poeta sorprendido le obsequió el primer número de la revista La Poesía Sorprendida, un ejemplar firmado por todos los integrantes del movimiento y donde figuraba entre sus miembros el nombre de Lupo Hernández Rueda. Pérez repasó, palabra por palabra, el contenido del Apasionado Destino, el manifiesto con el que los poetas sorprendidos saludaban a un mundo atrapado en la más cruel de las guerras, escrito por Alberto Baeza Flores. Pérez recordó el primer párrafo de aquel manifiesto:

“No sabemos si la poesía nos sorprende con su deslumbrante destino, o si nosotros la sorprendemos a ella en su silenciosa y verdadera hermosura. No sabemos si ella sorprende este mundo nuestro y es su hermosura quien mantiene esa fidelidad secreta en la escondida, interior y grande esperanza. No sabemos si el mundo loco corre a ella, porque precisa ahora correr como antes, como siempre o como mañana; o si ella corre a él porque necesita salvarlo.”

 
Alberto Baeza Flores

Pérez recordó a aquellos poetas como talentosos buscadores de estilos de vida alejados por completo de la realidad social dominicana; a seres que se escudaban en una poética evocada para despojar al ser de su dolor, ontologizando sus angustias. Pero no los culpó. Ellos no eran los responsables de toda la mierda trujillista que los rodeaba, sino los ambientes, las atmósferas cargadas, los contornos que condicionaban sus entornos. Entonces volvió, súbitamente, al presente, a la calle El Conde, y sus ojos retornaron al poeta sorprendido: allí frente a él, observándole, mirándole y reflejando a través de su mirada las malditas frustraciones vividas en aquella calle mancillada, en aquella calle a la que trataban de alejar de su destino, de su principio trascendente de ser-el-corazón-de-las-protestas, un testigo de cargo en el pendiente juicio de nuestra historia. Pérez, no obstante, llegó a la conclusión de que La Poesía Sorprendida había sido mejor que nada, mucho mejor que el haber permitido un fragmento de tiempo literario transcurrido en vacío. El poeta tomó a Pérez por una mano y lo llevó frente a la tienda de discos Musicalia, y deteniéndose allí, el poeta secreteó algo que Pérez no pudo escuchar por el ronquido de aquella voz pastosa que alguna vez fue látigo y cincel. “¡Ah, las escorias, los desperdicios del arte, de la sociedad! ¡Ah, los lúmpenes que de todos los lados pululan alimentados por el sistema!”, se dijo Pérez, y sacando de un bolsillo unas monedas, se las dio al poeta sorprendido.

—¡Carajo, Pérez, qué bueno eres! —expresó jubiloso el poeta, elevando la voz al observar las monedas—. Siempre lo dije, Pérez, que tú eras bueno y no el hombre frustrado que dicen por ahí.

Pero Pérez no lo escuchó. Siguió escudriñando en su mente la colección de La Poesía Sorprendida que había sido facsimilizada recientemente por la Editora Cultural Dominicana, y trató de recordar algún poema de Franklin Mieses Burgos, el más completo, cabal y coherente de aquellos poetas agrupados bajo un mismo sueño. “Sí”, se dijo Pérez, “Franklin fue quizás el que mejor comprendió su mundo desde la plataforma de ser y estar, de valorar y llorar, de constatar y adecuar” y recordó el poema que Armando, uno de los hijos de Mieses Burgos, le recitaba de tarde en tarde en la calle Espaillat: “Yo estoy muerto con ella inevitablemente desde donde su pena estremecida grita / donde un río como ella pasa callando siempre”.

Luego Pérez, sin tratar de herir al poeta sorprendido, le preguntó:

—¿No podrías decir, lanzar al aire, algún poema de Mieses Burgos?

—¿Deseas algo de Franklin, Pérez? ¡Pues aquí te va, amigo Pérez! —y sacando fuerzas para impregnar en su voz los sonidos de antaño, los sonidos de cuando frente a Trujillo [en las tardes literarias del Partido Dominicano], su voz era el trueno preferido para anunciar el maná junto a las lluvias, el poeta sorprendido comenzó a declamar:

“Sin Mundo ya y Herido por el Cielo
voy hacia ti en mi carne de angustia iluminada,
como en busca de otra pretérita ribera
en donde serafines más altos y mejores harán por ti más
blando y preferible
éste mi humano, corazón de tierra.
¡Oh, tú, la que sonríes magnífica y sublime
desde tu eternidad desfalleciente! En vértigo de altura
dolorosa,
parte mi vida en dos como tus trenzas."

 Franklin Mieses Burgos

Y mientras la voz del poeta sorprendido ascendía y descendía entre los recuerdos y sonidos de su mejor época, los ojos de Pérez bajaron por la calle Espaillat hasta el mar, deslizándose entre el apretujamiento de las vetustas calles Arzobispo Nouel y Padre Billini. Los versos de Franklin se filtraban al oído como esplendorosos garfios, mientras la voz del poeta sorprendido se quebraba, palidecía, se elevaba y caía al tratar de dar lo mejor de sí; mientras las luces del tendido eléctrico palidecían con el subdesarrollo a cuestas, porque allí estaba la madrugada anunciando un nuevo día.

sábado, 25 de julio de 2020

IMAGEN Y PODER

Imagen y poder

Por Efraim Castillo

 Efraim Castillo

La imagen, desde las cavernas, ha sido un motivo de reflexión para el ser humano. Nietzsche, en “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral” (1873), enunció que “todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; esto es, de disolver una imagen en un concepto”. Esa afirmación de Nietzsche es una evolución teórica del amplio camino que ha recorrido la imagen desde su nacimiento

Hans Belting, en su libro “Bild und Kult. Eine Geschichte des Bildes vor dem Zeitalter der Kunst “ (Imagen y culto: Una historia de la imagen antes de la era del arte, 1990), arguye que la ampliación del concepto imagen se debe indiscutiblemente al Renacimiento: “La imagen no es tanto un fin en sí mismo y como actividad social no está determinada por el qué sino por el cómo, por su rol en la vida pública y su función en la identidad colectiva”.

Belting alude a que la imagen antes del Renacimiento no era considerada propiamente como arte: “Desde los más remotos tiempos, el papel de las imágenes se ha manifestado por las actuaciones simbólicas realizadas a favor suyo por parte de sus defensores, o en su contra, por sus detractores. Las imágenes se prestan para ser exhibidas y veneradas, como para ser profanadas y destruidas. Éstas, en tanto sustitutos de lo representado, obran provocando manifestaciones públicas de lealtad o deslealtad”.

Belting describe el desacuerdo fundamental entre las iglesias ortodoxa y católica, del 1054, cuando el delegado papal proclamó el cisma de la iglesia en Constantinopla y criticó a los griegos por presentar la imagen de un hombre mortal en la cruz, representando a Jesús como un muerto (y explica que) de igual manera, cuando los griegos llegaron a Italia para el Concilio de Ferrara-Florencia en 1438 —en pleno Renacimiento—, fueron incapaces de orar frente a las imágenes sagradas occidentales, cuyas formas no les eran familiares.

Ese desacuerdo echó por el suelo la unión de la iglesia, y Belting explica que el desacuerdo “llegó al punto de que el patriarca Gregorio Melisenos argumentó en contra de la propuesta de unión de la iglesia, diciendo: “Cuando entro en una iglesia latina no puedo orarle a ninguno de los santos allí retratados porque no reconozco a ninguno de ellos. Aunque reconozco a Cristo, no puedo siquiera orar frente a él porque no reconozco la manera como lo retratan”.

La imagen religiosa no fue aceptada por la iglesia sino hasta principios del siglo XI, cuando el catolicismo comenzó a desprenderse de su pasado judío, aunque en Nicea II, 787 d.C. se formuló de acuerdo a determinados preceptos teológicos, y la imagen ha venido creciendo —más allá de la estética religiosa— como una presencia y fortaleza que alimenta el sistema mediático, hasta el extremo de alcanzar la plenitud.

Por eso, ya no es posible vivir sin la imagen y su presencia es sinónimo de poder. ¿Acaso no es eso lo que vemos a diario con los rostros de nuestros políticos inundando los espacios públicos?

domingo, 19 de julio de 2020

NADA DE MILAGRO


Nada de milagro

Por Efraim Castillo

[Soliloquio de Joaquín Balaguer en 1986 antes de acudir al Congreso, en mi relato El hombre que volvió]
Este regreso no es un milagro. Esto es tan concreto como lo que hice en mis doce años: cierre de aserraderos, creación de parques nacionales y polos turísticos, presas para administrar nuestros ríos, escuelas, puentes, reforma agraria, multi-familiares, hospitales, avenidas, carreteras, acueductos, y la pacificación del país a sangre y fuego. Pero también este regreso es el resultado de las cagadas políticas del PRD y una izquierda a la que atomicé con garrotazos y dinero. 

Pero si la esencia de este regreso no fuera una reafirmación del pasado, ¿se podría creer en Nefertitis, Ramsés, Julio César, o Gengis Khan? ¡Ah!, entonces esto satisfaría una tesis de grado, sin confundir una cosa con otra, ya que este regreso muchos lo verán como una venganza del destino y podría referirme a él yéndome un poco hacia atrás, hacia ese camino trazado por nuestros abuelos en este amasijo ingrato de razas que —como una simbiosis en ebullición— nos sumerge en un desequilibrio genético. Porque, ¿qué somos, realmente? ¿Negros? ¿Mulatos? ¿Indios? Peña Batlle jodió a Trujillo con la palabra indio y la suspendió de una historia vulnerable, ingrata y mentirosa, llevándonos hasta este punto en que creemos ser lo que no somos.

Habitamos ahora un mercado de abastos, una feria de servicios con entradas y salidas sujetas a condiciones variables, una nomenclatura superviviente de ocho años de atrasos perredeístas que nos enlazaron a un laissez faire, a un laissez passer bonapartista, aunque sin el quebrantamiento de los derechos que violé en los doce años. Pero, ¿qué querían? ¿No sabían que la guerra fría penetraba cada rincón del país con pestilentes cargas de misterios, pesquisas y trampas? ¡Ay, si la Unión Cívica se hubiese alzado con un poder que no podía sostener la cháchara infantil de Viriato Fiallo! ¿Adónde hubiera llegado este suelo que menospreció a Duarte y lo condenó al exilio? Cuando salí como un ente fugado, como una sombra humillada bajo el sol de enero, en 1962, sólo unos cuantos apostaron a mi glorioso retorno, auxiliado por la pólvora yanqui en 1966. 

 No, no se puede confundir la apetencia de poder con un milagro: este regreso mío está vinculado a otra situación; o mejor dicho, a otras intenciones con un discurso diferente, en donde podría operar la funcionalidad de una multiconciencia ideológica sostenida en la concepción del bienestar. Porque la masa silente ya no existe: ha tomado formas diversas a partir de la Avanzada Electoral y las otras mascaradas que forman las  contradicciones. Lo que me espera ahora, en este retorno, es una apertura con ligeras incorpora­ciones de permisividad para sentarme en esa silla presidencial a la que llaman y repiten como cotorras mi sentencia de que no es más que una silla de alfileres, y desde allí dejar que vean la verdadera cara del tiburón cuando viene de lado.


viernes, 10 de julio de 2020

ESTAS LÁGRIMAS

Estas lágrimas

Por Efraim Castillo

Estas lágrimas vierten dolores
purifican consuelos alados
extraen la angustia profunda,
la agitan, la truecan en pócimas;
la remueven y vierten memorias.
Estas lágrimas auspician visiones
deshacen furias estacionadas
hurgan calmas, abren nostalgias.
Estas lágrimas levantan sensaciones
viejas soledades, escondidas agonías.
Estas lágrimas vierten cascadas
confusos y abatidos desconsuelos.
Estas lágrimas mitigan, apaciguan,
detienen sueños que perturban.
Estas lágrimas son ágiles gacelas,
redimen, separan y provocan
estadios melancólicos del alma.
Estas lágrimas vuelan airosas
como diminutos colibríes,
como brotes vespertinos de lirios,
nacen y se esparcen como lluvia.
Estas lágrimas anegan mis ojos
los abrasan como olas de savia
y al aflorar no me pertenecen,
no forman parte de este yo perdido,
de este avatar bruñido de quimeras,
de espasmos donde yacen las esperas.

 Efraim Castillo

lunes, 22 de junio de 2020

EL TORNEO ELECTORAL DOMINICANO 2020


El final del torneo electoral dominicano

Por Efraim Castillo

1. El timing

¿Qué es el timing? ¿Con qué se come eso? Esas preguntas deberían responderlas los que dirigen las estrategias electorales del PLD, para quienes el timing es un péndulo que puede definir el futuro político de esa organización, sujeta a ganar el torneo del próximo 5 de julio para evitar que varios de sus dirigentes sean sometidos a la justicia e impedir que una sustancial parte de su militancia emigre hacia La Fuerza del Pueblo, el partido con que Leonel Fernández aspira a reivindicar en el país la casi extinta ideología del boschismo. Por eso, los estrategas peledeístas han estructurado una táctica de vaivén elástico, en donde los argumentos y persuasiones propagandísticos se ajustan al discurso de la pandemia que nos azota.

 Leonel Fernández

Pero también tendrían que responder esas preguntas los estrategas electorales de los partidos opositores [principalmente los del PRM], a los que el virus les ha confundido la maniobrabilidad y los ha situado en un ángulo defensivo que no existía antes del virus, debido a que los resortes del paternalismo con que ha manipulado el oficialismo la crisis —ejercido desde la plataforma de un miedo anexado a la dádiva—, no representaba un crecimiento para su candidato. Por eso, para los estrategas del oficialismo, la pandemia les cayó del cielo, fue como un salvavidas al cual se asieron ante el empuje avasallador de la oposición en el mes de marzo. Y fue a partir de esa estruendosa derrota del danilismo cuando éste comenzó a maniobrar desde dos plataformas y su estrategia marcó un nuevo giro táctico: a) adaptó sus acciones al discurso de la pandemia, convirtiendo las ayudas privadas e internacionales a su favor; y b) maniató a la oposición a través de las repetidas medidas de emergencia y los toques de queda, permitiendo a su candidato repartir limosnas a manos llenas desde vehículos gubernamentales camuflados con eslóganes de la campaña oficial.

Eso, mientras el Ministro de Salud ofrecía [y ofrece] noticias benignas y esperanzadoras que sólo ellos pueden afirmar acerca de una contaminación viral que ha sido mal manejada desde los primeros contagios. Desde esas tácticas, el danilismo ha adaptado los recursos del poder [los servicios gubernamentales de espionaje, la fuerza pública, la publicidad oficial, etc.] y los ha unido a la podrida servidumbre de vocingleros que cuestan al tesoro público miles de millones de pesos anuales.

 Danilo Medina

A menos de un mes de las elecciones presidenciales y congresuales, el timing, esa parte vital e invalorable en donde el tiempo —más allá del reloj—  tiene que aquilatarse como un aliado del que depende el triunfo o el fracaso de la campaña política, constituye el momento sagrado de la acción, en virtud de que determina el antes y el después, el instante en que las estrategias alcanzan la proporcionalidad de la acción. Por eso, la oposición liderada por el PRM debe evadir ripostar las encuestas amañadas y mantener las propuestas del cambio exigido por el país, blandiéndolo como el concepto que impulsó la candidatura de Luis Abinader.


 Luis Abinader

2. Las promesas


En la ponencia de Joseph Napolitan en la Decimonovena Conferencia Anual de la Asociación Internacional de Asesores Políticos [1986], hay un capítulo, el 35, en donde el creador histórico de la asesoría política detalla el porqué los candidatos con posibilidades de ganar no deben descender al campo de las promesas extremas:
“El candidato [especialmente si tiene grandes posibilidades de ganar] no debe hacer promesas exageradas. Prometer más de lo que se podrá cumplir tiene un coste, ya que aunque muchos electores olvidan lo prometido, los adversarios lo recordarán. También puede suceder que las promesas sean tan exageradas que lleguen a sonar a falso y dañen la credibilidad del candidato.”


 Josep [Joe] Napolitan 
Lo expresado por Joseph Napolitan en aquella ponencia de 1986 debería servir de consejo a los candidatos que protagonizan la campaña electoral que se desarrolla en el país, para que no entren en la trampa del rejuego de las promesas irrealizables; sobre todo Luis Abinader, que encabeza las encuestas. Porque, ¿qué le espera al país luego de esta pandemia que nos abocará a una estrepitosa caída de los servicios y que, por ende, hará menguar nuestro PIB? En el rejuego de las promesas ilusorias el candidato del danilismo ha ofrecido de todo: trabajo, becas, transporte, comida y hace énfasis en la palabra “gratis”, lo cual ha provocado un eco que ha rebotado con fuerza en los recintos de la oposición que lidera Abinader, cuyos estrategas han debido explicarle la maldición que encierran los compromisos que exceden la realidad, y recordarle que lo prometido en los momentos de crisis tiene que emparentarse a ella, nunca sobrepasarla, tal como lo que prometió Winston Churchill al asumir el cargo de Primer Ministro de Gran Bretaña, el trece de mayo de 1940 [en sustitución de Arthur Neville Chamberlain], mientras Inglaterra era asolada por los bombardeos nazis: “sangre, lágrimas, esfuerzo y sudor [blood, toil, tears and sweat]


 Sir Winston Churchill
Sin embargo, sí hay promesas que Abinader debe ofrecer y remachar constantemente a los cuatro vientos, haciendo hincapié en las involucradas en el cambio: la erradicación definitiva de la impunidad, que es apadrinada por un aparato judicial corrupto; el encarcelamiento de los canallas que, para enriquecerse, roban los dineros del erario público; la eliminación del nepotismo y la prevaricación; la reestructuración profunda de la organización hospitalaria y del sistema educativo, cuyos ejercicios los ha viciado la corrupción; la extirpación de la política en los cuarteles militares y policiales, en donde aún prevalece la esencia del trujillismo; la puesta en marcha de un programa fronterizo que suprima los indecentes tráficos de personas, drogas y armas; la viabilidad de una política cultural que inserte como materias académicas la literatura, la plástica, la música, el teatro y la danza.
Estas son las promesas que el país espera oír, ansiosamente, desde las voces de Abinader y los demás candidatos opositores, porque son promesas que el danilismo, por incumplirlas, no podrá nunca ofrecer. Estas son promesas que emulan, pero en sentido inverso, la que hizo Prometeo acerca del fuego.     
3. La recta final

La campaña para la elección de presidente, vicepresidente, senadores y diputados entra en su recta final, ingresando en una ruta que el próximo 5 de julio conducirá a nuestros votantes hacia las mesas de votación [tanto aquí como en varios países que asientan numerosas colonias de ciudadanos dominicanos]. Ese día los candidatos sabrán que piano y violín no son lo mismo a pesar de utilizar cuerdas para producir música y de que no es al final que se gana un torneo, sino al comienzo, cuando la pesca es más abundante por estar tranquilas las aguas. Todos sabemos en República Dominicana que esta campaña arrancó el mismo 17 de agosto del 2016, momento en que el PLD optó por gobernar el país a través del poder absoluto, ejerciendo un dominio total de las cámaras legislativas, la autoridad judicial, la fuerza pública y el sistema fiscal, lo que le permitió gobernar con una total impunidad y quebrar miserablemente el sagrado fuero de la institucionalidad.



Y fue ahí —hace cuatro años— cuando se inició esta campaña que culminará el próximo 5 de julio, la cual dividió el país entre los que desean seguir chupando alegremente la teta del estado y los que anhelan, entre otros cambios, que se asiente un sistema legislativo que diga NO cuando desde el palacio presidencial se desee imponer alguna inmundicia con el SI, un procurador general al que le duela la delincuencia y una justicia que, verdaderamente, cubra sus ojos con una venda.

Usualmente, las rectas finales sirven de escenario para descargar campañas negativas, esas campañas contentivas de actos punibles de los candidatos, y en los cronogramas estratégicos suelen programarse en el timing abocado a los días u horas anteriores a la votación, para evitar que los contrarios puedan reaccionar a tiempo, responder lo mostrado en los anuncios y el golpe sorpresa surta lo esperado. Sin embargo, en esta recta final no ha habido tales sorpresas, porque desde las primarias celebradas en el mes de octubre pasado lo hemos visto todo: una corrupción creciente vehiculada a través del engaño, actos de nepotismo, de prevaricación y el uso excesivo del poder, un dominio que se ha apoyado en esta pandemia para —con tácticas vergonzosas— tratar de sacar provecho del dolor y la indigencia de un pueblo acorralado.      
Que no quepa duda, el próximo 5 de julio se impondrá el voto castigo hacia el PLD [sin importar lo malo o lo bueno que sea su candidato]; un voto castigo que resumirá holísticamente la indignación de ocho años de una administración estatal que convirtió el país en un paraíso de corrupción, abrigado en una desmesurada compra de periodistas, en una irritante propaganda, en mendaces datos de crecimiento y, sobre todo, en un desdichado correlato de falsedades que vulneró sueños y esperanzas.   
Por eso, el voto castigo está decidido y no creo que el deseo del pueblo de cambiar y borrar del escenario las odiosas caras que han protagonizado la corrupción que vivimos, pueda ser alterado.  
4. Memento mori

Este domingo, 5 de julio, muchos de los que durante los últimos ocho años— y un buen número desde los últimos dieciséis— sabrán que son mortales, que son simples hombres abocados a la muerte y no los soberbios y engreídos personajes que creían ser cuando los brillos del poder absoluto los enceguecían. Este 5 de julio, cerca de la medianoche, esos personajes se darán cuenta de que todo en la vida es transitorio, banal y tremendamente anodino. Este 5 de julio, muchos de esos seres que se creían amparados por un inexpugnable y maldito escudo de impunidad, se darán cuenta de que la vida falsificada y, más aún, la vida vivida con una máscara de engaño y corrupción, tiene su final. Este 5 de julio, como una voz lejana que nunca quisieron escuchar, la pandilla peledeísta que traicionó los principios del boschismo conocerá que a todos les llega un memento mori.         

Los romanos, que estudiaron hasta la saciedad las civilizaciones que les precedieron [sobre todo la griega], comprendieron que a sus generales y héroes les faltaba un recordatorio, un martilleo constante que penetrara sus conciencias; una voz que les acordase la simplicidad de la existencia, y por eso crearon la figura del sirviente que les apuntaba en los desfiles victoriosos la frase: “¡Mira detrás tuyo! ¡Recuerda que eres un hombre, no un dios!”


 Tertuliano 

Según Tertuliano [160-220], esta expresión, memento mori [recuerda que morirás],  provenía de los sabinos, uno de los pueblos que, al igual que los etruscos, ecuos, latinos, ligures y samnitas [entre otros], habitaron la península itálica antes que los romanos. Los sabinos utilizaban este llamado para recordar a los miembros destacados de la comunidad que eran sencillamente mortales; una manera de bajarle los humos de la cabeza.


 Joaquín Balaguer

En las elecciones de mayo del 1978 [el torneo en que el balaguerato fue echado del poder por un pueblo que se hastió de la prepotencia de sus mandatos y, sobre todo, de lo que acarreaba un régimen absorto en el poder absoluto], a Balaguer, sin quizás el político dominicano que mejor conoció el trujillato por ser un testigo protagónico de aquella tiranía, le había faltado —desde que asumió la presidencia en 1966— una frase, una voz, un memento mori a sus espaldas que se repitiera como un mantra, como una recordación de que a los humanos nos espera un instante en que lo mortal se apagará y el poder, la vanidad y todos los privilegios se extinguirán. Un recordatorio que es necesariamente vital para todos los que logran triunfos políticos, deportivos, empresariales, literarios, científicos y artísticos, y se ofuscan por el goce momentáneo que los envuelve. Aunque ligeramente moderado, Balaguer suavizó un tanto la implacabilidad de su gobierno en 1986, pero siguió ignorando la importancia del memento mori.

Ahora el peledeismo, que abandonó un boschismo que proponía “servir al partido para servir al país” y lo convirtió en un “ordeñar al país para servirnos nosotros”, sabrá que a todos nos llega el memento mori.


5. ¿Y ahora qué?

No era necesario ser clarividente, ni mago, ni meteorólogo, para adivinar el resultado de lo que pasó el 5 de julio del 2020, el día en que el pueblo le dijo a Danilo Medina [a viva voz] que su gobierno corrupto había llegado a su fin. Y no era necesario convertirse en pronosticador para arribar a esta conclusión, porque desde el momento en que él y su pandilla echaron por la borda el boschismo como guía, como proyecto de gobierno y asumieron la consigna del enriquecimiento personal como trayectoria, los resultados de ese torneo electoral histórico tenían que ser —más tarde o más temprano— tal como acontecieron: una derrota aplastante, contundente.

Pero, ¿y ahora qué? ¿Podrá Luis Abinader cumplir con los anhelos de quienes lo eligieron, unos anhelos que no sólo se relacionan con la distribución equitativa del Estado y su economía, sino con el adecentamiento de una nación asolada por la corrupción, por una justicia parcializada, por el narcotráfico y el nepotismo, por la prevaricación, la mentira y la exclusión social? ¿Podrá Luis Abinader fundar una administración que puntualice, al menos, los principios básicos de la democracia, respetando la división de los poderes y sus derechos fundamentales, y haciendo cumplir la ley? ¿Podrá Luis Abinader acabar definitivamente con un borrón y cuenta nueva que ha servido como cortina de humo para propiciar la continuidad de la corruptela, un borrón y cuenta nueva que ha devenido en una especie de perdonar ahora para luego ser  perdonado, una forma del toma-y-daca [el famoso tit for tat inglés]?

 José Francisco Peña Gómez

Luis Abinader debe saber que su triunfo es una deuda que contrajo desde que el país fue asaltado por la perversión de los contratos de la Odebrecht y los gobernantes, congresistas y ministros se adhirieron a ellos para enriquecerse con sus engaños, cayendo en el rejuego inmoral de las adendas. Luis Abinader debe saber que su victoria es una obligación contraída con las promesas de desarrollo social que Peña Gómez no pudo cumplir por las campañas racistas que se tejieron sobre él; pero sobre todo, Abinader tiene que comprender que la victoria del día 5 de julio es un pagaré que firmó con miles y miles de dominicanos que clamaron justicia a través de la Marcha verde.

 Juan Bosch

A partir del 16 de agosto —cuando se coloque sobre su pecho la banda con la bandera y escudo patrios—, Luis Abinader tendrá que relacionar el cambio [el leit motiv de su campaña] con la verdadera esencia de su significado, no como una simple transición, ni como el palimpsesto en que se ha convertido, donde los que lo asumen como estrategia reescriben sobre él lo que les acomoda. Abinader tendrá, responsablemente, que explicar y probar a través de sus ejecutorias, que sí, que el cambio buscado y el adecentamiento político nacional que quiso ejecutar Bosch en 1963 —y que se perdió en la maraña de tantas traiciones y mañoserías— llegó con él y su gobierno.

Sí, Luis tendrá que probarlo.

6. ¡Cuidado, Luis!

Entre la espesa maraña que envuelve la actividad política dominicana, sobresale un espécimen que ha deambulado airoso desde la misma formación de la sociedad duartiana La Trinitaria: el trepador, un sujeto advenedizo que practica el ex post facto con una inusual destreza, porque sabe cuándo y cómo aprovecharse de una determinada situación después que ésta ha sido resuelta. Por eso, al conocer la estructura del contexto en que actuará, el trepador ejecuta su interpretación de la circunstancia y se inserta en ella, haciendo notar su presencia en el preciso instante que se dilucida. Pero también —y del mismo modo—, el trepador otea el futuro para establecer el intervalo en que deberá abandonar el barco que se hunde y así saltar al bote salvavidas que lo integrará, ipso facto, al nuevo estándar, o al fatídico borrón y cuenta nueva que anulará su pasado y lo reinventará, camuflándose a sí mismo.

Jean-Paul Sartre creó un concepto, el mauvaise foi [mala fe], que describe al trepador como un sujeto cosificado al que no le importa abanderarse en cualquier ideología para sobrevivir y, por lo tanto, actúa de mala fe, atándose al autoengaño. Sin embargo, es preciso explicar que en el existencialismo sartreano la existencia precede a la esencia y el trepador dominicano está más allá de esta ontologización, porque su praxis se ha perfeccionado por un curriculum iniciado en la lucha separatista del 1844 y continuado en la Restauración del 1863, en las falsificaciones y robos de Buenaventura Báez, en la dictadura de Lilís, en la intervención yanqui del 16, en los aspavientos reeleccionistas de Horacio Vásquez, en el trujillato, en los siete meses de Bosch, en la Revolución de abril, en la agonía y éxtasis del balaguerato, en los ascensos y caídas del perredeísmo, y en las dilatadas euforias del leonelismo y el danilismo, donde se hirió de muerte al boschismo.













Jean-Paul Sartre


El trepador dominicano nace con un serrucho en las manos, con un rápido “sí señor, a sus órdenes” en los labios, con un vestuario apto para asistir a fiestas y entierros, con una agenda multicolor en los bolsillos; el trepador nacional puede reír y llorar al mismo tiempo, puede deglutir y deglutirse, ser fiel e infiel instantáneamente, puede exclamar un viva Trujillo, un viva Bosch, un viva Balaguer, un viva Leonel, un viva Danilo, y ahora un viva Abinader con la sonoridad de un coro gregoriano. El trepador dominicano es una careta múltiple, una voz coral.

Y es ahí donde reside la peligrosidad del trepador, del parveno, del escalador social, ya que necesita —para colarse— mentir, cubrirse de disfraces y antifaces y, obnubilado en su pretendido escalamiento, llegar a lo indecible, a una peligrosa actuación que lo aproxima al crimen.           

¡Cuídate, Luis!, de ese malandrín que tanto daño ha hecho el país y que, en su trayectoria, ha posibilitado la supervivencia de la corrupción, la prevaricación, el nepotismo y una lambonería que trastorna la cabeza de los gobernantes, haciéndoles creer que son dioses.  


7. El neuromarketing

Con los avances de la neurociencia y el advenimiento del neuromarketing, el conocimiento del cerebro alcanzó su madurez, propiciando un golpe paradigmático en los espacios electorales, un fenómeno casi igual al escenificado en el decenio del 50, cuando el marketing incursionó en el torneo electoral de EEUU, en 1952, con la utilización de una agencia publicitaria por parte de los republicanos para crear la campaña de su candidato, Dwight [Ike] Eisenhower. La campaña, creada por Rosser Reeves, de la publicitaria BBDO [Batten, Barton, Durstin & Osborne], se apoyó en un tema [It’s time for a change] y una frase [I like Ike]. Debo explicar que hasta finales de los ochenta, las frases y los estribillos eran los guías esenciales en la propaganda electoral. 

 Rosser Reeves [1910-1984]

El mismo Rosser Reeves publicó en 1961 uno de los libros que más incidieron en el desarrollo de la publicidad y el marketing, Reality in Advertising, en donde expuso su teoría del USP [Unique Selling Proposition], consistente en investigar una de las singularidades fundamentales del producto —o el servicio— y proponerla como característica diferencial en la campaña. La frase, el gimmick y los estribillos venían marcando —como persuasores de fácil recordación— el rumbo de la creatividad publicitaria desde finales del Siglo XIX y su utilización consistía en golpear con ellos insistentemente la mente del consumidor para vulnerar sus deseos y conducirlo hacia la compra del bien ofertado. Desde luego, hubo creativos como David Ogilvy que nunca se creyeron eso y apelaban a otro tipo de persuasión.
                                                                                                         
Hoy, tras la incorporación de la neurociencia a la investigación de los mercados, el neuromarketing [comercial y político] puede acceder a datos más precisos sobre los consumidores y votantes, y se convertirá —como afirma en su tesis doctoral Matthew Carl Sauvage, de la George Washington University, 2013—  “en la base de los estudios políticos vinculados a las estrategias de campaña”, argumentando que a través del neuromarketing Político los partidos y sus candidatos “podrán transmitir eficazmente su candidatura y su mensaje, comunicándolo de manera emocional y ajustando el lenguaje corporal para activar las redes de asociación positivas y ser más efectivo, cercano y persuasivo”.

Pero lo más importante del neuromarketing [comercial y político] es que en esta era de la multi-información se podrá acceder a los integrantes de varias generaciones nacidas en los últimos veintitantos años (1995-2020) y que, disfrutado a plenitud de la multiconectividad, han desarrollado personalidades muy diferentes. Estas generaciones son los millenials o Y [1981-1996], con entre 40 y 24 años; la generación Z, o post-millenials [1997-2010], con entre 24 y 18 años; y luego desde el 2010 hasta un probable 2025, la T o Táctil, llamada también la Generación Alfa.


Estas generaciones, que han absorbido una extraordinaria capacidad dialógica, aprenden no sólo en la institución escolar, sino a través de otras voces provenientes de las redes [combinando así diálogo y razonamiento], por lo que el neuromarketing puede ser más efectivo que el microtargeting [las micro focalizaciones] y otras investigaciones del mercado electoral.

8. El eslogan

Un eslogan, ya sea para ser utilizado como acompañante del logotipo de una corporación o en campañas publicitarias y propagandísticas, debe sintetizar y vender un concepto, un valor, o la intención de una estrategia; porque el eslogan nació para eso, para identificar y facilitar la persuasión del discurso, convirtiéndose [como enuncia J. Jonathan Gabay en Teach yourself copywriting, 2003,] en “la correa o línea de sujeción de los mensajes publicitarios y políticos”.  La misma procedencia gaélica del vocablo, sluagh-ghairm [grito de guerra] implicaba ya un contenido ligado a la adhesión y a la acción grupal. Y esa es la razón por la que tantos eslóganes han estado vinculados a sucesos victoriosos o frustratorios en el trayecto de la historia.

Bastaría sólo con cliquear Google y escribir el vocablo eslogan para que este motor de búsqueda presente cientos de temas y frases que han acompañado a héroes y villanos, entre los que no se salva ni el Alea iacta est que Suetonio atribuyó a Julio César, ni el aforismo imputado al vikingo Erick El Rojo, de Si corres, morirás cansado; así como la famosa frase que endilgan a Napoleón de que No hay nada imposible para quien lo intenta.

Joseph Goebbels, que mitificó a Hitler y al nazismo utilizando el eslogan para idiotizar al pueblo alemán mediante una mezcla de orgullo, odio y miedo, sabía que una frase corta y penetrante causaba tanta unión como destrucción y de que todo dependía de su uso y frecuencia. Franklin D. Roosevelt, Dwight [Ike] Eisenhower, John F. Kennedy y Lyndon Johnson, ascendieron a la presidencia de los Estados Unidos no sólo debido a sus conocimientos o caras bonitas, sino a eslóganes que sostenían las estructuras conceptuales de sus campañas. Y lo mismo ha sucedido en el resto del mundo con los que han ganado el poder a través de torneos electorales, en donde las estrategias se han conceptualizado con temas sintetizados en eslóganes. De ahí, a que los temas y eslóganes de campaña, una vez que éstos han incidido en el triunfo, deberán emitir señales de que serán implementados por parte del candidato beneficiado.

 Joseph Goebbels

Como tendrá que hacer Luis Abinader, que sabiendo que el voto castigo del país a Danilo Medina no fue motivado por su política económica, sino por los latrocinios cometidos por él y sus áulicos, enfocados en prevaricaciones, nepotismo, desfalcos, sobrevaluaciones y tráfico de drogas, descansó su estrategia electoral en el concepto cambio, cuya hermenéutica implica una profunda y real transformación de los valores éticos y culturales que estructuran el tejido social de un país, en un tránsito de décadas.

Entonces, Abinader debe tener bien presente [como si fuera una tarea pendiente] que el pueblo aguarda por un cambio prometido, cuya lectura podría traducirse en el encarcelamiento para aquellos canallas que, burlándose del pueblo, creyeron que la impunidad les acompañaría más allá de las elecciones. Y este cambio debe alejarse de cualquier asomo del nefasto borrón y cuenta nueva que tanto daño ha causado al país.

 9. El nepotismo

Un amigo me invitó a confrontar el nepotismo del trujillismo con el ejercido por el danilismo, una tarea difícil, ya que a la tiranía le han faltado historiadores que reconozcan sus aportes a la modernización del Estado dominicano y le han sobrado los atrapados en resentimientos personales, los cuales se han agrupado para juzgar como perjudicial todo lo proveniente de ella. Y este desequilibrio podría desbalancear un poco la analogía. Pero los hechos están ahí: imperturbables y aptos para juzgarse de acuerdo a sus alcances: Trujillo ejerció sus mandatos a sangre y fuego, cometiendo innumerables abusos y asesinatos que constituyeron sus antivalores fundamentales, mientras que el danilismo, a mi entender, sólo le aventajó en uno: el nepotismo. 












Pisístrato [607-527 a. C.]

El nepotismo, como aberración social, no emergió en la historia humana con Pisístrato [607-527 a. C], ni cuando los romanos emplearon el vocablo nepotis [sobrino] para identificarlo durante el Primer Triunvirato, constituido por Gneo Pompeyo Magno, Cayo Julio César y Marco Licinio Craso [60-53 a.C.]. El nepotismo surgió en el paleolítico superior, cuando el jefe cavernícola prefirió a su sobrino o amigo para representarlo en las reuniones de la tribu. O sea, el nepotismo ha habitado en la especie humana desde que ésta culturizó su entorno a través de artificios durante el paleolítico superior, y por eso este flagelo —que invita a la arrogancia, al abuso y a menospreciar las cualidades intrínsecas de los demás— aún gravita e invita a la corrupción, convirtiéndose en un cómplice activo de aquellos gobernantes a los que el poder enceguece, como [verbigracia] Rafael Leónidas Trujillo [1930-1961] y Danilo Medina [2012-2020], quienes creyeron que sus  parientes eran representantes de los valores requeridos para puestos específicos, violando los cánones de la meritocracia. 

Gneo Pompeyo Magno [106-48 a. C,]

Por eso, el antitrujillismo no surgió sólo debido a los asesinatos y abusos del dictador; el antitrujillismo emergió también como una consecuencia de un feroz nepotismo que se engranó en el tejido social dominicano, en donde hijos, hermanos, sobrinos, cuñados, primos, queridas y amigos del tirano, contribuyeron con sus arrogancias a multiplicar una repulsa que, harta de las arbitrariedades del sistema, lo descabezó la noche del 30 de mayo del 61.

El nepotismo ha sido una lacra, un cáncer que ha contaminado la política dominicana, causando grandes actos de corrupción, tal como aconteció durante la tiranía; pero nunca había explosionado como en estos fatídicos ocho años del danilismo, en que su esposa, hermanos, hermanas, cuñados, concuñados, primos de los cuñados, guardaespaldas, amigos de los hermanos, amantes, novias, etc., fueron nombrados en puestos claves de la administración pública, justo allí en donde se mueven vigorosamente los fluidos monetarios.

Después de realizar esta comparación, le expresé a mi amigo que el nepotismo del danilismo superó ventajosamente al practicado por Trujillo en alrededor del dos por uno. Y creo que así como aconteció en el pasado, en que el nepotismo fue una de las causas del odio engendrado hacia la dictadura, es necesario admitir que también fue el motor de la derrota electoral del danilismo.