lunes, 5 de diciembre de 2011

Trina Urbáez: una llama ardiente atravesando la historia



Por Efraim Castillo

1. Introducción

D
ESDE HACE UNOS meses me he venido haciendo dos preguntas malintencionadas, posiblemente las mismas que se hacen muchos de los que, como yo, nacieron bajo el pesado fardo de la Era de Trujillo (y digo pesado fardo sin la animosidad de referirme ni a lo mucho bueno ni a lo mucho malo que ataviaron esos treintaiún años de historia dominicana, cincelados bajo la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, alias El Jefe y no El Chivo, como confundieron a Mario Vargas Llosa cuando recabó datos para la novela que le dio el Premio Nóbel de Literatura). La primera pregunta que me hice fue la siguiente: ¿Fue cobardía no combatir la dictadura de Trujillo? Y la segunda, un poco más filosófica, fue esta: ¿Se debió rechazar servir a Trujillo?
Pero, ¿por qué me hice esas dos preguntas que, aunque parecen tontas, son en el fondo malintencionadas? La posible respuesta descansa en que el nombre de Rafael Leónidas Trujillo se ha convertido en sinónimo de todo lo malo y aberrante del universo para el sector social que sufrió sus torturas, persecuciones y muerte, pasando éstos —los miembros de ese sector—  a convertirse en los abanderados de todas las virtudes y heroísmos imaginables. Es decir, que como un retruécano, lo que fue pecado en la Era, tal como decir antitrujillista o comunista, ha devenido en una aberración abanderarse con el trujillismo o reconocer las buenas obras que realizó.
Y por eso, enlacé esas dos preguntas al pedimento de mi amigo José Román García de que hablara en el homenaje que la sociedad sancristobalense hace a la doctora Trina Urbáez Díaz de Blandino, como un reconocimiento a sus excelentes comportamientos como munícipe ejemplar y como extraordinaria atleta y que, como todos los actos que esta Benemérita ciudad de San Cristóbal prodiga a sus vecinos o a ciertas efemérides relacionadas con la Era, de seguro levantarán algún tipo de roncha por parte de los bendecidos ciudadanos que combatieron al dictador. Y esas ronchas, esas irritaciones —a posteriori—  no deberían producirse, porque San Cristóbal tiene el derecho irrefutable de exaltar las virtudes, esas enormes reservas de moralidad y valía, que sobrevuelan entre sus propios munícipes y así poder atesorar en un hall —o galería— de civismo las dignidades que, desde aquel 1822 en que fue elevada a la categoría de municipio, han sido ejemplo y baluarte de honradez, trabajo y civismo.
Y, señores, Trina Urbáez Díaz de Blandino es un claro ejemplo de esas reservas de moralidad y valía.

2. Una mujer llamada Trina

Trina, como todos saben, nació en el año 1929, precisamente el año en que intelectuales como Manuel de Jesús Galván, Emilio A. Morel, Leoncio Ramos, Francisco Benzo, Luís a Webber, Opinio Álvarez Mainardi, Pedro Rosell, J. Marino Incháustegui, Alberto Font Bernard, César Dargan y Andrés Avelino Lora, entre otros, firmaron el manifiesto de apoyo a la candidatura para la presidencia y vicepresidencia del país de Rafael Leónidas Trujillo y Rafael Estrella Ureña. Nació en el año en que también nacieron Martin Luther King y Oriana Fallaci, y aunque el 1929 produjo el descalabro de Wall Street en aquel jueves negro de octubre, reafirmó a Mussolini en el poder de Italia, encendió a Alemania de las esvásticas hitlerianas y vio emerger el más preciado medicamento de la humanidad: la penicilina.
En aquel 7 de junio del 1929, Trina abrió sus ojos cuando en el mes de enero de ese mismo año el Rey de Italia le otorgó a Trujillo las insignias de Comendador de la Orden de la Corona, y cinco días después —el doce de junio— el presidente Horacio Vásquez lo honró con la Medalla del Mérito Militar, premiándolo por sus diez años de servicio en el ejército y por haber confeccionado un plan de economía en los servicios militares del país. En ese 1929 también había nacido, el 5 de junio, dos días antes que Trina, Rafael Leónidas Trujillo Martínez, alias Ramfis, por quien El Jefe cometió muchos de los dislates que socavaron su imagen y lo condujeron hacia su trágico final.
Pero Trina no eligió aquella fecha para nacer, sino que por esas eventualidades del azar, fue depositada en el tiempo y el lugar precisos para atravesar indemne, sumamente indemne, una historia cuajada de grandes y violentas transformaciones que arroparon, no sólo a República Dominicana, sino al mundo. Fue en ese trecho neurálgico de la historia en donde el país comenzaba a dejar atrás un sendero arcaico y atiborrado de viejos simbolismos, para adentrarse en un camino marcado por las modernas técnicas que irrumpieron con estrépito los procesos cronológicos y que estallaron como un pandemónium[1] en la Segunda Guerra Mundial, dejando tras de sí un rastro de sesenta millones de muertos. 

3. ¿Fue cobardía no combatir la dictadura de Trujillo?

La vida bajo las dictaduras no ofrece ni facilita los espejos de la Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll[2] para, atravesándolos, arribar a mundos utópicos, porque a las dictaduras hay que sufrirlas si no se desean combatir, viviéndolas bajo sus reglas, pero extrayendo de ellas ese lado reconstructivo que viene parejo con las férreas disciplinas que estructuran los alcances provenientes de sus programas de reintroducción capitalista, siempre bajo la férrea supervisión del Estado —como se produjo en el modelo dictatorial de Trujillo—. Esta modélica organización de las dictaduras fue la que visionó Juan Bosch, en 1963, pero que no pudo implementar por su derrocamiento en septiembre de ese año y que luego, en 1969, expresó en su teoría Dictadura con respaldo popular.
Trina Urbáez de Blandino —contrario a nosotros, los nacidos entre los años 1938 y 1944, que integramos la Generación maldita del 60— conoció la Era desde su mismo inicio, asimilando ese cambio descomunal que transformó el país entre el 1930 y 1945, cuando las dictaduras, empujadas por los fenómenos revolucionarios producidos antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron que operar nuevos discursos.
Trina contaba ocho años de edad cuando los coberos y limpiasacos oficiales, abofeteando la historia, propusieron y obtuvieron el cambio de nombre a la capital dominicana; tenía quince años cuando el país cumplió su primer centenario de fundada y Trujillo, en un acto que debe ser recordado como un trascendental acontecimiento histórico, arribó a un tratado para pagar la deuda externa que nos ocasionó los más terribles daños: el azaroso Empréstito Hartmont, tomado setenta y cinco años atrás, en 1869, por Buenaventura Báez al aventurero inglés Edward H. Hartmont, por la suma de 420 mil libras esterlinas, de las cuales sólo recibimos una pequeña parte y que ocasionó, entre otros males: los cierres de crédito al país antes de finalizar el Siglo XIX, la confiscación de nuestras aduanas y, lo más brutal, la primera intervención norteamericana, en 1916. Y cuando Trina arribó a los  diecisiete años, vivió el momento en que Trujillo quiso abrirse a la democracia permitiendo el surgimiento de partidos liberales, presionado por los cambios posbélicos, pero que tuvo que recular violentamente, produciendo el primer sismo de repudio colectivo a la dictadura. La secuela de esa represión fue la expedición de Luperón, en 1949.
En esos episodios de los años cuarenta, Trujillo, gran dominador del imaginario dominicano de los años veinte y treinta, tropezó con una generación  que, aunque incubada mayoritariamente bajo su mando, no conocía a plenitud, y a la que pertenecía Trina. Esta fue una generación que a pesar de haberse alimentado con las consignas propagandísticas del régimen, también tenía acceso a la radiodifusión de onda corta, a la prensa y al cine, por lo cual se había enterado de la existencia de la Unión Soviética y de las caídas del fascismo y nazismo, aunque, desde luego, también conocía las trochas dictatoriales abiertas en España, con Francisco Franco en 1939; en Paraguay, con Alfredo Stroessner en 1940; y que conocería más tarde las de Marcos Pérez Jiménez y Gustavo Rojas Pinilla en Venezuela y Colombia, en 1953.
Desde luego, las dictaduras germinadas entre y después de la Segunda Guerra Mundial diferían de las mesiánicas de Stalin, Mussolini, Hitler y Trujillo, porque éstas se apoyaban en ideologías sostenidas sobre bases que propugnaban estrategias vinculantes a la capacidad nacional de producción y exportación, así como al control de los niveles de inversión externa. En ese mundo recién abierto, Trina entró a la Universidad de Santo Domingo, destacándose como estudiante y como atleta, y al graduarse como Doctora en Farmacia y Ciencias Químicas, pasó a laborar en la Secretaría de Estado de Agricultura, como técnica de análisis de suelos.
Entonces, rondando los veintitrés o veinticuatro años, ¿cómo debía sentirse una muchacha sancristobalense frente a una dictadura como la de Trujillo, quien era oriundo y protector de su ciudad? Sartre en el capítulo sobre La temporalidad estática, en El Ser y la Nada, su obra filosófica cumbre, tiene una respuesta ante ese nudo que aprieta al ser humano frente a la realidad:

Los novelistas y los poetas —escribió Sartre— han insistido esencialmente sobre esta virtud separadora del tiempo, así como sobre una idea vecina, que se desprende, por otra parte, de la dinámica temporal: la de que todo “ahora” está destinado a volverse un “otrora”. Porque el tiempo roe y socava, separa, huye. E igualmente a título de separador —separando al hombre de su pena o del objeto de su pena—, también cura[3].

Ese, para Sartre, es el poder del ser humano de comprender y asimilar el verbo sobrevivir, pero no como un suceso oportunista, sino como un acontecer fenomenológico. Y sólo los sancristobalenses que vivieron en su ciudad los treintaiún años de la dictadura pueden descifrar esa noción de historia que los remite, sin disminuirlos, a una supervivencia que mezcló la admiración, el miedo y la resistencia interior, con el agradecimiento. Porque ellos, como testigos de primera fila de aquella Era, sí supieron cómo se batía el cobre y se sobrevolaban las sospechas. De ahí, a que entre los que asesinaron —o ajusticiaron como afirman otros— a Trujillo el 30 de mayo del 1961, los nombres de muchos sancristobalenses descollaron como héroes de una resistencia interior que siempre estuvo agazapada entre esa admiración, entre ese agradecimiento y entre ese odio que se vincula a los paradigmas históricos.

4. Pero, ¿Se debió rechazar servir a Trujillo?

¿Por qué más de un millón de dominicanos, exceptuando unos pocos, no le dijeron NO a Trujillo y se esperó hasta mediados de la década de los 40’s, cuando surgieron grupos antagónicos a su régimen?  En su obra Fenomenología del espíritu[4], Hegel arroja luz sobre esta relación entre amo-esclavo —o en el caso específico del poder político, entre dictador-ciudadano—. Explica Hegel: El esclavo (o el ciudadano, apunto yo) por el contrario, no tiene necesidad del amo (o del dictador, apunto yo) para satisfacer (sus) propias necesidades, y, por lo tanto, se encuentra en una posición de efectiva ventaja respecto de aquel. El trabajo lo ha emancipado del dominio del amo (o del dictador). Pero el esclavo (o el ciudadano) se ha hallado en la posición del dominado, porque ha sentido angustia frente a la totalidad de la propia existencia a causa de que ha tenido miedo a la muerte (Furcht des Todes), es decir, del amo absoluto (o del dictador). Para Hegel,  enuncia el filósofo italiano Antonino Infranca, el propio miedo del esclavo —o ciudadano, apunto yo—, contagia y aprisiona al amo —o dictador, reafirmo yo— que se vuelve, al mismo tiempo, su propio esclavo[5], conformando una simbiosis.
Tanto la jovencita Trina, con apenas ocho años cuando cambiaron el nombre de la capital dominicana por el de Ciudad Trujillo, como sus padres, como San Cristóbal  y todo el país —pero también como los millones de rusos, alemanes, italianos y latinoamericanos que seguían a esos amos-dictadores llamados Stalin, Hitler y Mussolini—, lo que perseguían era —como enuncia Hegel— estabilizar el proceso socio-político a través de un “amo-colectivo”, es decir, de un dictador asimilado, porque la conciencia servil contiene todo ello en sí misma, dando como resultado que unos mandan por el poder de la fuerza y otros obedecen por la sumisión del débil. Este miedo, sin embargo, insiste Hegel, permanece solamente formal y no se revierte sobre la existencia real y consciente.[6]
Entonces, está claro: Trujillo, contrario a lo que muchos piensan, fue aprovechado por el país como un fenómeno organizador, como un amo-dictador para satisfacer los múltiples caos que permanecían disueltos por los avatares de una historia sin definición aparente y Trina, la niña sancristobalense de ocho años y luego la adolescente de mediados de los 40’s, y después la atleta graduada de los 50’s, sumergida en las transformaciones aceleradas del país, no podía sucumbir a la tentación de combatir lo que, para ella, y el noventa y nueve y pico por ciento de los dominicanos, marchaba de acuerdo a lo que se veía, no a lo que se intuía.
Sin embargo, sí hubo —y estoy seguro— una reconversión en esa aparente sumisión de la conciencia de Trina —y la de casi todo el país—, y ese cambio fundamental comenzó a inundarlos a todos a partir de  la mitad de los años 50’s, cuando Trujillo permeó la obediencia y la admiración del país hacia su régimen, tras sustituir la dureza del respeto y el temor como fundamento de la obediencia, por una estrategia de terror sociológico copiada de los dictadores que pisaron nuestro suelo a partir de la mitad del decenio de los 50’s: Domingo Perón, Marcos Pérez Jiménez, Gustavo Rojas Pinilla y Fulgencio Batista, momento decisivo en que los asesores de Trujillo debieron exponerle que el tiempo de regir un país con la táctica del terror como doctrina, había llegado a su fin.

5. Trina Urbáez Díaz de Blandino: la satisfacción de una trans-sociabilidad iluminada por la prudencia y el amor

Hoy, a sus ochentaidós años, Trina Urbáez Díaz de Blandino puede mirar atrás y sonreír, porque desde allá, desde ese hito que fue el año 1929, su vida ha recorrido un trayecto histórico impulsado por cruciales cambios sociales, tecnológicos y científicos, y ella lo ha recorrido como una testigo cuyo discurso se apegó a las disciplinas enmarcadas en el deporte, en la beneficencia, en el servicio a los demás, en la unidad familiar y, sobre todo, en un inconmensurable amor por su país. Trina vivió completamente la dictadura de Trujillo, asimiló como experiencia existencial la salida de Balaguer en 1962, el triunfo de Juan Bosch en diciembre de ese mismo año y su derrocamiento en septiembre del 1963; fue testigo de la Revolución de Abril del 1965 y el regreso ese mismo año de Balaguer y su triunfo en 1966, y ha coexistido con los cambios políticos del país, a partir del 1978 a la fecha. Así, Trina ha completado los ciclos discursivos de una República Dominicana, que aunque a veces parece doblarse sobre sí misma y se vislumbra a punto de quebrarse, siempre se levanta vigorosa, apoyada en sus buenos hijos.
Por eso Trina, con orgullo, puede responder, sin miedo al pasado, al presente y al futuro, esas dos preguntas malintencionadas que me hice recientemente, porque ella vivió —y vive— ese sendero de asechanzas con que nos trampea la vida… ¡como una llama ardiente atravesando la historia!
Diciembre del 2011.




[1] Pandemónium es la capital del infierno en el poema El paraíso perdido, del inglés John Milton.
[2] Lewis Carroll fue el seudónimo utilizado por el escritor y matemático británico Charles Lutwidge Dodgson
[3] SARTE, Jean-Paul: La temporalidad estática, en El ser y la nada. Editorial Losada, S.A., 9na. Ed., Buenos Aires. 1993.
[4] HEGEL, G. W. F.: Fenomenología del espíritu. Traducción de Wenceslao Roces con la colaboración de Ricardo Guerra. Ed. Fondo de Cultura Económica. Ediciones F.C.E. ESPAÑA, S. A.  México, D. F.  1966.


[5] INFRANCA, Antonino: El miedo en la fenomenología del espíritu de Hegel. Revista Topía (número dedicado a la vida cotidiana argentina). Buenos Aires. 2001.
[6] HEGEL, G. W. F.: Obra citada.

domingo, 20 de noviembre de 2011

LECTURAS CONVERSANDO CON EL TIEMPO POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO Pastiche de Güibia


Hace un tiempo escribí, en trance evocativo: “Una Güibia que disfruté como el que más, desde que mi madre me llevaba niño en las tardes a respirar aire yodado para desapretarme el pecho. Que luego compartí con tíos y compañeros, pese a los ocasionales ‘pejes ciegos’ flotantes. Y que en los 70 acunó bajo los almendros mi amistad con Enriquillo Sánchez y Lil Despradel, en placentera peña de tres”. Debí decir que fue destino idealizado, soñado, confabulado, junto a los muchachos del barrio, camaradas de gimnasio y de aulas, durante los años 50 y 60. Lar de escapatorias escolares maceradas de lucha libre, fisicoculturismo, pancadas y brazadas cortando el oleaje hasta alcanzar las metas empotradas en el mar. Para hacer clavadismo temerario, aun en días de mar picada. Por ahí anduvo Felipe El Gladiolo con su lente fotográfico escrutador y Plinio Pina Peña con la cámara de filmación a cuestas, cuando el proyecto Driscoll Films y el Cine Club Dominicano inventariaban prospectos cinematográficos.
Debí consignar que en noviembre del 64 en compañía de Carlos Gómez Doorly y otros jóvenes nos congregamos al amparo de la noche y los almendros para formar un frente que frenara la continuidad sin salida democrática del Triunvirato. En penumbra, una voz con sonoridad de micrófono se hizo sentir conciliatoria de las posiciones allí expresadas. Era Peña Gómez que instrumentaba la estrategia fraguada por Bosch en el Pacto de Río Piedras. Su timbre chocante dado el tono “conspirativo” del encuentro, que mandaba a “hablar bajito”. En ese mismo nalgatorio público frecuentado por los capitaleños surgió durante el conflicto bélico del 65, como un oasis de paz dominical, el carrito de churros y hamburguesas que daría paso al Caserío. Luego el propio Peña Gómez en función de síndico construiría los quioscos llamados “paragüitas”, con intención renovadora. Corporán le añadió un grifo.
En mis años mozos y desde varias generaciones atrás, Güibia fue la playa de la ciudad, con su balneario público provisto de vestidores, duchas y alquiler de trajes de baño. Dos plantas con terraza, un bar con vellonera, bailadores trenzados, mulatas de cuerpos soberbios, tercias de ron ajustadas al cinto de los chulos. Arriba, a nivel de calle los frondosos almendros techaban las butacas haraganas para aquellos contemplativos del mar que buscaban descanso, junto al parquecito de juegos infantiles. Abajo, en la playa, el movimiento de bañistas en la arena, la competencia por alcanzar Peñita coronada por Brugal, precedida por los trampolines Saint Thomas y Curazao, restos de una plataforma que la fuerza de la naturaleza cambió.
Para llegar, la vía más emocionante era tomar una guagua de dos pisos, cuidando no quedar descabezado en el trayecto por las ramas de los árboles o algún alambre cruzado del tendido eléctrico. Bajarse en la Independencia y atravesar el campo de fútbol perteneciente al Club Iberia. A la vista, imponente, se erguía Güibia, con su estructura como andamio de concreto y ese azul espumante picado llenando la perspectiva de sus vacíos ventilados. Una suerte de santuario de la libertad en medio de la dictadura, donde se podía practicar deportes, jugar, nadar, bailar. Mis tíos Mané, Bienvenido y Pilín Pichardo Sardá me llevaban con frecuencia. El primo Pacho Sardá me introdujo temprano en el nivel más sórdido del ambiente, con cueros y chulos. Censurado por mi madre y la tía Carmen.
Este balneario está arraigado en la historia de Santo Domingo. No en balde la hoy avenida Independencia fue llamada el Camino de Güibia. Entre 1885 y 1903 un tranvía daba servicio desde el puerto a Santa Bárbara, conectando con el Fuerte de la Concepción sito al norte del parque Independencia donde estaba la estación central, para rodar hasta Güibia y luego alcanzar a San Gerónimo. Una concesión rentable frustrada por los intereses políticos de la época y la miopía municipal.
A mediados de los 40, dos refugiados republicanos residentes en Ciudad Trujillo se inspiraron en Güibia en sus crónicas dominicanas. Jesús de Galíndez se quejaba de la afición de los capitaleños por el parque Colón, cuando los enamorados disponían del Malecón y del balneario, donde a las notas de un bolero en las noches “las parejas se deslizan con cadencia tropical y las olas rompen sobre la arena, en cascada de espuma”. Para Forné Farreres, “desde la mañana hasta el atardecer, un hormigueo de bañistas marean el cielo con sus trusas de colores y ‘slips’ ceñidos a sus carnes. A lo largo de la arena requemada por el sol desfila una geometría de cuerpos, con elegancia alada, sensual”. El médico austríaco Kurt Schnitzer (Conrado) captó magistral con su ojo fotográfico esta dinámica.
Al lado de este recinto abierto regenteado por Virgilio Gómez Pina, operaba el aristocrático Casino de Güibia, con su trampolín y facilidades exclusivas, juegos de mesa, espacio de fiestas, banquetes, agasajos de la mayor selectividad bajo la Era, con asistencia de Trujillo y su círculo. Hoy Club de Profesores de la UASD, ubicado entre el balneario público ha poco sellado de zinc por el ayuntamiento y Adrian Tropical, un acertado desarrollo de la antigua estación de policía y del parqueo contiguo que salva el pudor perdido del Malecón. En ese lugar Pocho Medina regenteó en los 80 el Castillo del Mar, punto obligado para la estocada bohemia. Allí moró un moreno portentoso de voz ronca, grave, profunda. De gorjeo estupendo y maestro. Pulsando su guitarra solitaria. El, todo Espiga de Ébano y dignidad.
En los años 40, cuando los refugiados españoles nos redescubrían y exaltaban las bondades recreativas del balneario, Pedro René Contín Aybar (El Águila Herida), enamorado enfebrecido de Biel, su atlético marino (que años después fue mi barbero), cantó admirado a la belleza masculina, al juego retozón de los jóvenes en la arena. Al macho cabrío confundido como pez entre las olas. Un hermoso poemario circulado en edición limitada de 30 ejemplares plasmó una atrevida declaratoria de atracción homosexual, uno de los mejores textos de la literatura dominicana y sin dudas una descripción emocionada del ambiente del balneario. Quien vivió Güibia y lee este material del crítico y señor de las artes que fue Contín, queda pronto atrapado entre las redes de sus metáforas.


Güibia en los años 60

El Commander Efraím Castillo, cinéfilo, conectó en conversación que sostuviéramos con Muerte en Venecia de Thomas Mann, llevada al celuloide por Luchino Visconti y actuada “de película” por Dirk Bogarde. A quien se le derretía sudoroso el tinte rejuvenecedor aplicado al pelo y los bigotes, obsedido tras los pasos del mozalbete Tadzio. Contagiado inexorable el maduro escritor por la peste que asolaba a Venecia, muerto en una tumbona en el Grand Hotel des Bains. Nuestro Contín, más práctico y aunque también contemplativo, no sucumbió en el ensueño.

“Conversábamos en la playa, bajo/
los almendros. Su penetrante mirada móvil descubría las/
rojas y doradas frutas en su nido de hojas, saltaba al/
árbol y, seguido, sangraba entre sus dientes la almendra,/
mientras, sonriente, reanudaba su plática conmigo…/
Aquella criatura, semisalvaje, me/
atraía por su candor y por su fortaleza. Carne donde/
morder y campo para sembrar./
Nadando era un pez. Saltando al agua, un albatros./
Surgiendo de las ondas caminaba a la playa como un/
soberano en el sillón de su corte y al salir, desnudo, se/
desprendía de sus hombros el mar, manto de su realeza y/
poderío./
Una ola venía a lamerle el pie. En su enmarañada/
cabellera, pajón de algas, rutilaba la espuma. Apoyaba/
la barbilla en su mano entrecerrada y todo su cuerpo,/
bruñido de sol, respiraba alegría y sanidad y belleza.
 “-¡él!-, aquella figura alada, más brillante que las otras,/
de pie en el trampolín, sonriente, moviendo un brazo en un/
saludo olímpico, antes de lanzarse a las ondas./
 Biel, nadando, cortaba la sombra de las nubes, y los/
retazos de mar más azules unía con los claros. Los /
olvidados mitos de Anfitrite estremecían el ambiente.
“La hoja grande, amarilla y rosa-viejo, se abarquilla/
en el mar. Inventaré una palabra nueva, la pondré, con/
un beso, sobre mis dedos, soplaré. Y ella se irá, embarcada/
en esa frágil nave volandera, a ocultar mi secreto en lo/
 más profundo de las ondas."

En la novela Guerrilla nuestra de cada día, Efraím Castillo –mi entrañable Commander de sueños libertarios compartidos en las agitadas mesas de debate del Panamericano de los 60, un intelectual crítico dotado de un talento publicitario y literario excepcional- nos retrata la Güibia que fue, la que se nos escapó como pez escamoso a los de nuestra generación, transidos de nostalgia. Contrasta las dos Güibias de la Era: la del exclusivo Casino para familias acomodadas; y el balneario “para las chopas, obreros, guardias, policías y marineros”. Situando el relato en tiempos de Balaguer, resiente el cambio que se produjo para peor. “Hoy, sin embargo, la parte de las chopas ha sido asaltada, tomada por las huestes de vagos que, cada día, aumentan en Santo Domingo, por lo que la Güibia que formó parte de mi niñez, no es esta que se diluye entre el bombardeo de las aguas negras de miles de alcantarillas que desembocan en sus aguas y arenas y las alharacas endemoniadas que se forman allí cuando se cierra la noche.”

“Tal vez esta sea la razón de que Güibia golpee mi frente cada cierto tiempo y tenga que acudir a ella para pisar su arena y oler la hediondez que vierten sobre ella el Ozama y las apestosas cloacas. Aún con los patronatos y fundaciones que se estrenan a diario tratando de salvar lo insalvable, Güibia no ha encontrado aún quien la salve. Por eso, al acudir de vez en cuando a contemplarla, pretendo convertirme en su salvador, estableciendo desde mis pensamientos las fórmulas mágicas para arribar a una ecología de lo baldío.”
Ojalá Güibia, ahora des enclaustrada, renazca “como el principado del amor”, como quiere Efraím. Solaz de una ciudad vivaz que se resiste a morir. Bocanada de brizna yodada bajo los almendros.

jueves, 10 de noviembre de 2011

LA SONATA N° 14, OP.27, N°2 DE BEETHOVEN

Estimado Freddy:


La historia que me envías sobre la sonata claro de Luna (primer movimiento) es sumamente hermosa, pero no es la verdadera, ya que esta sonata se la dedicó Beethoven a Constantina Guilleta Guicciardi, una alumna del músico que tenía 17 años y de quien Beethoven se enamoró profundamente. En ese entonces él tenía 30 años. Beethoven incluso le pidió a su padre la mano en matrimonio, pero éste se negó rotundamente, probablemente porque era músico y no de la nobleza. Luego, ella se enamoró de otro y se casó, lo que produjo una gran decepción al maestro. Junto a esto, él ya estaba comenzando a ser sordo, por lo que comenzó su sufrimiento aún más grande. El nombre de Claro de Luna para esta sonata (la N°14, Op.27, N°2, Quatsi una fantasia), compuesta en 1801, no se lo puso Beethoven, sino el crítico alemán Ludwig Rellstab, a través de un ejercicio analógico entre el Primer Movimiento de la pieza y los hermosos claros de luna del Lago Lucerna, de la Suiza Central.

Desde luego, estimado Freddy, la historia de la mujer ciega es uno de los mitos que han rodeado y rodearán para siempre a Beethoven, el gran mago de los arpegios.

Efraim

viernes, 4 de noviembre de 2011

De su libro Confín del polvo


II

¡Ah, si cada gen pudiera buscar su historia,
encaminarse presuroso hacia el estallido del camino
y saltar sobre las aguas putrefactas
acabando su ciclo de vueltas irredentas!
¡Ah, si una explosión de soles borrara la incertidumbre
deslizándose por el lado empinado del camino
sin quemarse con los destellos del ayer
y reencontrarse en el resplandeciente valle!

Entonces lo unigénito sería plurigénito:
cada quien ubicaría su legado en el banquete,
alimentando sus deseos con aquella palabra perdida
donde ser y espacio se aúnan en el cosmos,
repartiéndose un sol de quimeras y esencias. 

Sí, los viejos conceptos serían mutilados,
echados para siempre en el vertedero de detritos
y todo lo mustio reverdecería en los campos mutilados.

Entonces –y no como un fin, precisamente—
el coro de las cofradías, de los vientos,
de las algarabías, de las encrucijadas,
de los hacedores de trampas,
de aquellos que asesinaron la esperanza,
de los sabios que fueron humillados,
de esos que llegaron como no debieron llegar,
desenmañarían esta historia atosigada de espantos
para emprender la inmensurable marcha hacia la alborada.

sábado, 15 de octubre de 2011

De Efraim a Freddy Ortíz



Octubre 2, 2011.

Estimado Freddy:

¡Qué certera, sensible e inquisidora estuvo tu columna del jueves pasado, dedicada honrosamente a la familia Perelló!

Lo de certera, porque resumiste el fondo esencial del verdadero significado de filantropía, que no es más que “demostrar amor desinteresado a la humanidad” y, en este ejemplo específico, a Baní, el lar nativo de los Perelló.

Lo de sensible, porque como conocedor que eres de los componentes de esa prestigiosa familia y, sobre todo, por su ascendencia inmediata, Don Masú Perelló, haz comprendido que ese gesto de entregar e integrarse plenamente, no sólo a un pueblo como Baní, sino también a una región que, como el Sur Dominicano, requerían de una institución exploradora y canalizadora de sus raíces culturales, obedeció al sagrado compromiso de devolver lo abrigado entre los más insondables afectos.

Lo de inquisidora, estimado Freddy, porque tocaste con el filo de lo sociológico, las vergüenzas de todos aquellos que, tras enriquecerse en sus terruños, han rehuido los compromisos humanitarios de “devolverles” —aún con pequeñas limosnas— el agradecimiento de haberlos prohijado. ¿Te imaginas la larga hilera de riquezas extraídas por comerciantes, personeros, truhanes y farsantes a este extraordinario país y qué pocos ejemplos de devolución filantrópica registrados?  (Desde luego, las pocas excepciones cabrían y sobrarían en el puño de una mano: la de los León, en Santiago, la de los Bludhorn, en La Romana, y ahora, esta de los Perelló en Baní).

La filantropía, que nació para competir con el alma pura del cristianismo primitivo, cuyos seguidores entregaban —más allá de cuanto poseían— sus propias vidas en aras de la Fe, se integró definitivamente a esta maravillosa doctrina, porque dar, devolver y comprometerse, tras la ruta recorrida de una exitosa administración comercial o intelectual, no es más que una maravillosa simbiosis entre el Ser, la Sociedad y Dios, porque es allí, en el ”dar”, en el “devolver” y en el “compromiso” donde se asienta lo mejor de esa “democracia directa” tan soñada por Hanna Arendt.

Con mi felicitación por tu artículo también va la mía hacia los Perelló.

Efraim Castillo




DE VARIADOS TEMAS
Los Perelló
Freddy Ortiz
devariados@yahoo.com
La obra que acaba de donar la familia Perelló a Baní y la región, es digna de más que elogios, honra. Porque se trata de un centro cultural con una inversión multimillonaria, sacada de sus bolsillos, a lo que se añade la asignación mensual para pago de mantenimiento, empleomanía, etc.
Se cumple así un propósito que vivió en don Masú, el “padrote” de esos hijos que continuaron exitosamente sus empresas. Definitivamente, el olfato empresarial, la aguerrida actitud para las inversiones y la disciplina en el manejo de los recursos, ha dado sus resultados y, ya casi dando paso a una nueva generación, cumplen con el propósito de dejar, más que capital, más que empresas, un legado eterno que elevará su digno apellido, cuantas veces un estudiante acuda a ese Centro a buscar o exponer conocimientos.
Los hermanos Perelló constituyen uno de esos raros fenómenos de supervivencia, crecimiento y unidad, luego de la muerte del fundador. Hemos visto que, en la mayoría de los casos, los herederos depredan los capitales que dejaron sus progenitores, porque cada cual establece su proyecto particular, generalmente influenciados por los cónyuges, que buscan convertirse en poderosos capitalistas sin haber soltado una gota de sudor.
Pienso que cada acto de trascendencia que toma esta familia, se hace bajo la foto de don Masú y es su ejemplo el que preside la filosofía empresarial y personal de todos ellos, para así mantener la ejemplar unidad que les hace excepcionales.
Ahora bien, ¿qué tal si empresarios de otras latitudes copian a los Perelló y hacen idénticas inversiones? Digamos que fabricantes de cemento en el Sur y el Este; productores de cacao en el Nordeste; hoteleros del Este, etc.
¿No está de moda el “capítulo social” de las empresas, como parte de su plan de mercadeo? Pues ahí tienen un ejemplo a imitar, si es que quieren sembrar con solidez, con profundidad y a largo plazo, de manera que el pensamiento positivo hacia sus empresas o productos, viva eternamente.
¡Un aplauso de pie a los Perelló!

viernes, 9 de septiembre de 2011

A Danny de León de Efraim Castillo

Danilo León Vicioso (Danny de León)
Mi estimado René:
Desde el pasado lunes, 5 de los corrientes, en que Freddy Ortiz y yo visitamos a Danny, no he podido dormir. Y la razón es obvia: Danny fue para mí, más que el compadre al que le bauticé a Danilito, un claro ejemplo de ese talento musical tan escaso en el país y en el mundo, y a quien, en repetidas ocasiones, sermoneé para que lo utilizara en provecho del país y el mundo.
Ahora, luego de tu dolorosa noticia, presiento que algo faltará en mi vida, porque siempre tuve a Danny, no como un amigo, o un compadre, al que se llama de vez en cuando, sino como un asesor, como una mano abierta tendida hacia las mías y, más que todo, como un ser humano siempre dispuesto a dar sin esperar recibir nada a cambio.
Cuando lo conocí, una noche de sábado del año 1967, en que tocaba junto a Rafaelito Cepeda y Juan Valenzuela —en ese maravilloso trío que se llamó Los Bemols—, en el patio español el Hotel Hispaniola, le pedí que realizara algunos jingles para mis clientes, y ahí nació nuestra amistad y compadrazgo, una relación que se extendió ininterrumpidamente por cuarenta y cuatro años.
Junto a Danny formé el más armonioso tándem creativo, en donde yo aportaba los textos y él los musicalizaba, contándose por decenas las producciones que realizamos juntos. Inclusive, mi obra de teatro La fosa del mundo le sirvió de base para su extraordinaria composición Habrá un nuevo mundo y muchos de nuestros jingles se utilizaron en varios países del continente.
Pero aparte de su talento musical, Danny León Vicioso fue un excelente creativo y su numen se explayó hacia zonas sociales que, catapultadas por su visión humanista, recibieron sus creaciones como regalos de Dios.
Su vida, que se extendió por sesenta y cuatro años, transcurrió sin hacerle daño a nadie, empleándose a fondo en cada proyecto que asumía, como aquel legendario restaurante que llamó El Fogón, en la Avenida George Washington, y a quien le endosé el lema de Lo mejor del malecón, que servía de reunión vespertina a sus amigos del alma, sirviéndonos de apoyo para discutir y analizar, no sólo los problemas que ahogaban al país, sino los que acogotaban al mundo, como la contaminación ambiental, el desequilibrio ecológico, la Guerra de Vietnam y la vida dominicana, que comenzaba a ahogarse por los clientelismos políticos.
A Danny lo llamaba a cualquier hora (de noche, de madrugada, al mediodía) cuando arribaba a la idea buscada y, tras leerle el texto recién creado, él me llamaba luego para cantarme la melodía compuesta. Su mundo era la melodía pura y la articulaba siempre con ese dejo romántico que narraba las historias para que llegaran al corazón del oyente… ¡Y ese fue su gran aporte al mundo de la música y, sobre todo, a la publicidad nacional! En doce, dieciséis, treinta y dos compases, Danny, como si se tratara de una aria operática, narraba melódicamente el anuncio para ser aprehendido, para ser creído y, en la mayoría de los casos, para no ser olvidado.
Lo penoso de esta partida a destiempo, estimado René, es que Danny León, a quien nunca me cansé de sermonear para que se introdujera en un mundo musical más profundo, había comenzado a realizar —alejado de ese cosmos de los estribillos— obras musicales enmarcadas en nuestra historia, cantando las asperezas por las que ha tenido que atravesar nuestro pueblo desde el cruel encuentro de nuestros aborígenes con los conquistadores.
Pero sé que Danny no ha muerto. Eso lo sé porque su música y sus arreglos permanecerán más allá de los tiempos… Más allá de los espejismos modales a que este frenético desarrollo tecnológico nos tiene atrapados.
¡Sí, Danny León Vicioso está allí, donde lo inmortal se vuelve luminoso cuando se asienta en la virtud del talento!
Efraim Castillo

domingo, 21 de agosto de 2011

Currículum (El síndrome de la visa) o La Carrera por La Vida.  La Novela de Efraim Castillo

Por Diógenes Céspedes

         ¿Cómo aprender a ser crítico sin condenar ni elogiar? Creo que esa pregunta acuciante debe ser el lema de cada día no solamente para quienes ejercemos la actividad de situar, a través de la lectura, los valores de un texto.

         Pero debe ser también pregunta que se plantee todo lector de obras de ficción, de discursos informativos o teórico-ideológicos, antes de emitir su primer juicio acerca de un texto.  Si previamente nos planteamos esta pregunta ya estamos dando el primer paso consciente en torno a un oficio cuya valoración en cada sociedad ha adoptado, por lo general, el sentido peyorativo que la opinión le ha impuesto.  Es decir, la crítica entendida como destrucción (negación) o la crítica entendida como elogio (positiva).  A este dualismo conceptual acerca de la crítica se añade todavía un tercer polo: el de la mesura o justo medio aristotélico.  El ideal del crítico es la conciliación y el crítico ideal es aquel que la sociedad reconoce como tal; llegar a conciliar —repito— lo negativo y lo positivo.  Si él logra esto entonces su crítica será objetiva, imparcial, ecuánime.  Este es el tipo de crítico que el poder festeja.  Cuando las instancias de poder de la sociedad han logrado que el crítico se desubjetivice, que se vuelva aséptico, que ya no sea él quien piense, sino que lo que él escriba sean los enunciados de la opinión y del poder, entonces ese será un crítico sereno. Pero este tipo de crítico, cuyo apostolado aparece en periódicos o en revistas de frivolidades, no puede ser confundido con la crítica literaria o artística.  Aunque las relaciones que mantienen el poder y el crítico paraoficial así lo proclamen y se le den a ese crítico todas las facilidades y medios para ejercer su actividad.

         Partir de que la crítica no es elogio ni condena sino actividad de un sujeto que sitúa los efectos políticos e ideológicos de un texto teórico o que, en la ficción, sitúa los efectos políticos e ideológicos de un texto teórico o que, en la ficción, sitúa los valores que fundan la obra, exige a cada instante, en virtud de un juego dialéctico contrastivo entre la teoría y lo empírico que es la obra en este caso, la comprobación de cualquier juicio, afirmativo o negativo, con respecto al texto.  Si esta dialéctica no funciona la crítica se vuelve comentario personal avalado por la logorrea, la cual puede tomar varias direcciones a la vez: especulación teórica, impresionismo, lirización, sicologismo, delirio místico o sacralización.  En nuestra cultura literaria actual es masiva la crítica de este tipo.  Ella sigue su camino y nosotros el nuestro.

1.  La retórica, el título y el inconsciente

         Todo título, en la ficción, anuncia un dispositivo de escritura.  Desde la portada y la contraportada, desde la primera frase hasta la última todo es sentido.  Organización generalizada del sentido en el texto, a la cual llamamos ritmo y que especifica la obra. Ese trabajo del ritmo lo veremos más adelante.

         Toda portada pone en juego una retórica que busca seducir al lector, tanto en su registro visual como en su registro verbal.  Lo visual funciona como campo metafórico.  Es decir, establece una relación con el título.  En la novela de Efraim Castillo esa relación se establece entre el icono de un pasaporte y el subtítulo El síndrome de la visa, pero también entre la imagen del pasaporte quemado y el no otorgamiento del visado.  Pero también las lenguas de fuego remiten a todo el momento histórico que atraviesa la escritura: desde la muerte de Trujillo hasta 1980.  Otra relación retórica de título a subtítulo es el empleo de Currículum como sinécdoque por Currículum vitae.  En ausencia de ese término se establece una rima imaginaria que asociamos inmediatamente con visa.  Entre vida y visa se establece esa relación, porque en la escritura novelesca que analizamos hay una carrera alocada por conseguir una visa.  Carrera que es en definitiva una carrera por la vida y una aventura de un sujeto cuya identificación depende de un pasaporte.  Frente al consulado, Pérez es reconocido como tal gracias a su pasaporte.  Hay otras relaciones de lectura que pueden ser trabajadas: por ejemplo, el pasaporte como figura de la libertad luego de la muerte de Trujillo.  Pero queríamos hacer surgir el dispositivo retórico, visual y verbal, donde el sentido en el lenguaje hecho discurso, tiene más sentido que las palabras.  Y esta relación la trabaja también el inconsciente.

La contratapa es un discurso de la razón literaria: expone un condensado de ideas que son opinión de autor sobre su trabajo, sobre sus intenciones de escritura.  Un condensado temático que aclara más que los clisés autobiográficos a que algunos nos tienen acostumbrados.  Hay incluso en esta justificación de la escritura, la exposición de una preocupación del lenguaje y el sentido, constante de todo el texto: «CURRÍCULUM, así, se convierte en la aventura de la visa con viceversa».  El registro visual que acompaña la contratapa es la parte autobiográfica sin palabras.  La foto, esta vez un retrato de familia, dice alegóricamente yo soy eso, como el espejo freudiano.

2.  El dispositivo textual de Currículum
Siendo el ritmo la configuración, disposición u organización generalizada del sentido en el texto, éste no puede ser segmentado, medido ni aislado porque él no es una sub-categoría de la forma.  ¿Por qué no puede ser el ritmo seg­mentado en trozos? Henri Meschonnic2 ha dicho a este propósito: «Si el ritmo esta en el lenguaje, en el discurso, él es una organización (disposición, configuración) del discurso.  Y como el discurso no es separable de su sentido, el ritmo es inseparable del sentido de ese discurso.  El ritmo es organización del sentido, no es más un nivel distinto, yuxtapuesto».

Esto nos permite tomar a Currículum como un discurso y decir que desde la primera frase hasta la última el ritmo organiza el sentido.  En todo discurso, sea teórico, informativo o de ficción, hay un ritmo-sentido.  Y en cada discurso el rit­mo tiene valores que lo especifican.  Si en la obra literaria es el ritmo el que le confiere tal calidad, ¿cómo reconocer los valores de ese ritmo?

Yo diría, retomando los valores que Meschonnic ha trabajado ya, que en primer lugar el texto debe revelar el sujeto.  Pero un sujeto tal que en la organización de la escritura no pueda ser identificado con el narcisismo o el impudor del yo pequeño-burgués.  El yo del sujeto del texto debe ser un yo de tal amplitud que apunte a constituirse en el yo de los otros.  En este sentido el primer valor de un texto es su transnarcisismo, es decir transubjetivo.  En segundo lugar el texto no pue­de ser mimesis de la realidad social, histórica, política, de la naturaleza o de otra índole aunque esté trabajado por todos los materiales de esas categorías.  El lenguaje de toda obra literaria es sui-referencial, es puramente simbólico y no remite más que a sí mismo, a su propio código.  Al ser lenguaje simbó1ico, el sentido del texto atraviesa toda representación o reflejo de lo histórico o lo social.  Esto se debe a una cuestión muy sencilla: el signo —o las palabras— de que está hecho todo texto no es representación de los objetos.  La relación entre signo y objeto, noción o concepto abstracto, es radicalmente arbitraria e histórica, no causal ni determinada.  Por eso el segundo valor del texto es ser trans-histórico y trans-social.  Y en tercer lugar, el sentido que el ritmo trabaja en la escritura debe ser de tal magnitud que atraviese las ideologías de su época, sin hacer de ellas una positivización o negación, sino una transformación que nadie puede recuperar para servirse de ella.  Los sentidos de un texto no pueden servir para algo o para alguien.  Nada hay que conocer, experimentar o probar en un texto.  El es conocimiento-desconocimiento.  En un texto, por su lenguaje simbólico, lo único que hay son sentidos nuevos por descubrir en cada lectura. Por eso su ter­cer valor es el de ser trans-ideológico.  Atravesar las ideologías es inscribir los sentidos de un texto contra los sistemas sociales.  Es así como el texto entabla una relación entre lo poético y lo político, siendo esa su manera de ser político. Manera que no se confunde con el politicismo de la crítica o denuncia moral contra un sistema y sus valores, lo cual, si un texto lo mostrara diciéndolo, no haría más que reforzar ese sistema que combate, o, simplemente, se quedaría en la lucidez crítica o en la reivindicación.  El poder tiene sus formas de anexarse o de neutralizar la reivindicación.  A corto o a largo plazo pierde quien concilia con un poder que está en relación de fuerza mayor.

3.   Los valores de la escritura en Currículum                      
Nos limitaremos a analizar el funcionamiento de lo trans-subjetivo, de lo trans-histórico y de lo trans-ideológico en el texto de Efraim Castillo para ver cómo el ritmo-sentido los organiza, haciendo más hincapié en lo último.

Parto de una primera hipótesis: el ritmo como organización generalizada del sentido trabaja la subjetividad del yo del personaje central que es Beto, Pérez, o Alberto Pérez, de modo tal que esta última no puede ser identificada con el yo del autor ni con el narrador omnisciente y sí pueden apropiarse de esa subjetividad todos los lectores que han vivido o pensado la problemática del intelectual pequeño-burgués que milita en la izquierda.  Y no digo ya de ese tipo de militante, sino de cualquier otro que haya estado envuelto en esas relaciones.

En ese sentido, Pérez atraviesa su propio narcisismo y su subjetividad es la de los demás.  Las acciones y los valores que lo distinguen son los del pequeño-burgués envuelto en una problemática existencial entre el partido y la vida.  Pé­rez posee todos los vicios y virtudes del pequeño-burgués: machismo, oportunismo, infidelidad, celo, amor familiar, amistad, además de los traumas síquicos. Pero con relación a los otros personajes del mundo novelesco el posee una ética política que los demás no tienen: su conciencia de sujeto le impide caer en la delación o entregarse al sistema a cambio de una visa, de un puesto en la publicidad o en el gobierno.  Pérez lleva a la culminación ese rasgo de la individualidad que tiene todo sujeto y al disponer de su propia vida (y simbólicamente de la del sistema con la muerte de Stewart) apunta a crear un valor: el hombre como amo de su propio destino.  Contrariamente a las otras novelas y relatos que se inscriben en este período post-revuelta de abril y que el sistema termina eliminando a los personajes.  Pérez pone fin a un tipo de militante carcomido por las contradicciones de la moral, el seguidismo y el humanismo cristiano y deja en su hijo Boris la posibilidad de la aparición de un nuevo militante. Pero si el camino de Boris es el mismo de Pérez, es decir el de militante intelectual, ¿no está ya planteada la contradicción entre militancia y ejercicio intelectual? El conflicto entre militar en partidos de izquierda y escribir ficción o producir teoría estriba en que la militancia exige la desubjetivización del sujeto.  Es decir, exige la pérdida del primer rasgo que lo especifica.  El conflicto que siempre se ha planteado, como Pérez lo muestra en todo su trayecto de personaje, entre partido e intelectuales no se reduce a la acusación simplista de que el intelectual es un pequeño-burgués, rebelde a toda forma de organización y carcomido por el individualismo o el egoísmo.  El conflicto está en que el sujeto es único y contradictorio, plural, múltiple en sus determinaciones discursivas y en sus acciones y esto es incompa­tible con la adopción de unos principios y reglamentos que se dan como únicos, verdaderos y totales, y que no admiten más variación que las modificaciones que se les hacen para hacerlos perfectos.  Yo postulo que ese conflicto es insoluble.  Pérez lo muestra con su suicidio.  Pero es insoluble en razón de que todo partido tiene por estrategia la conquista del poder, mientras que la orientación política de la teoría apunta al análisis crítico de ese poder y la ficción apunta a inscribirse contra ese poder.  Y el partido reproduce en miniatura el mis­mo esquema del poder de quienes están en el poder.  Es con­tra esta pérdida de la subjetividad y del poder de crítica que se inscribe el suicidio de Pérez, como simbó1ica de un tipo de militancia.  La mayoría en el partido es un signo, la minoría un significante.

4. Lo transhistórico o trans-social funciona en Currículum

Lo trans-histórico o trans-social funciona en Currículum no como reflejo o representación de lo real, sino como revelación de la subjetividad de la aventura del yo de Pérez en relación estrecha con la subjetividad de otros personajes. Los acontecimientos históricos y políticos están subordinados, sin quedar anulados, al trabajo de escritura. Por eso no puede ponerse etiqueta al texto y afirmar que se trata de una novela de la revolución de abril o de una radiografía de los últimos veinte años de la historia dominicana, ni mucho menos decir que se trata de una novela sicológica donde se cuentan las angustias existenciales de un personaje y su entorno humano.  La autonomía de la subjetividad de Pérez es tan importante que los hechos históricos y las acciones de los otros personajes adquieren sentido individual, el que tienen para Pérez, es decir como el los vivió o los vio o como se los contaron.  Lo histórico pasa en la escritura a través de la sub­jetividad de Pérez.  Por lo cual esa referencia a hechos históricos no está, en la ficción, sometida a comprobación.  O sea, que para el funcionamiento del texto no son verdaderos ni falsos, obedecen a una lógica y a una contradicción del sen­tido en el texto. Incluso, el recurso a nombres de personajes de la historia real apunta a hacer creer en la verosimilitud de la ficción, no a fundar una verdad de los acontecimientos históricos sucedidos entre 1961-80. De modo que Currículum no es la historia de la revoluci6n de abril, aunque haya buena parte de sus materiales en el texto. Esos materiales están sometidos a la lógica de la subjetividad de Pérez, que es un per­sonaje de ficción.  La problemática que Pérez se plantea es su vida en el presente que está viviendo en cada discurso o narración que le da existencia imaginaria.



6. El plano del valor trans-ideológico en Currículum

En el plano del valor trans-ideológico, lo subjetivo y lo histórico son en Currículum la unidad dialéctica del texto organizado como ritmo-sentido.  No son, para la noción misma del discurso, separables.  La actividad del sentido trabaja contra innumerables ideologías de época: contra el lenguaje concebido co­mo estilo (elección de palabras bellas) o estética; contra la moral sexual; contra una concepción de la militancia política de izquierda basada en la adhesión, el sufrimiento y el sacrificio inútil; contra la manipulación política de izquierda que hace del militante un instrumento que debe obedecer ciegamente a los dictados de unos jefes que están por encima de los sujetos; contra el discurso publicitario como ideología consumista que en su práctica deshistoriciza los valores culturales de la sociedad; contra el oportunismo y la utilización de todo tipo. Y no agoto todos los mitos contra los cuales se inscribe el texto.

Cuando se dice que el poema no hace lo que hace y co­mo lo hace sino por su definición del lenguaje comun3 hay que evitar un malentendido. Escribir no es imitar el lenguaje común.  Tampoco la oralidad es la escritura. La relación en­tre lenguaje común y oralidad es el trabajo del ritmo como actividad del sentido.  Nada hay más ambiguo que el lenguaje común y él encuentra en la contradicción de los sentidos en el texto la manera de transformar las ideologías.  La clave es la relación dialógica, espacio abierto a las contradicciones de los personajes y sus discursos. Como muestra el incípito de Currículum.  Incluso, en el caso extremo de la redacción del currículum dirigido por Pérez al cónsul, dicho currículum pasa a través del diálogo entre Pérez y Chabela-Isabel, pero es a partir de este generador que la ficción pone en juego todo su dispositivo dialógico.  Multiplicidad de discursos intercambiados por todos los personajes a todos los niveles.  

Aún más, el epígrafe que abre el texto es un diálogo del narrador-omnisciente con el lector, una provocación, una incitación: «Nos venden sueños en technicolor y a 525 líneas.  Entonces, ¿qué más quieren?» La dedicatoria exime de culpa al lector.  No hay condena ni elogio para el que, en la lucha, se va al exterior o se queda en el país.  No hay más que goce de la lectura a través del descubrimiento de los sentidos del texto.  Ese es el gran dispositivo de la ironía que el texto va a poner en funcionamiento para erosionar todos los discursos que se creen ser la verdad.

En el capítulo que abre la novela Beto y Vicente, su amigo, pasan balance a la situación sentados en un banco de un parque (según se ve en el capítulo 28, p. 271), aunque la ficción presenta una simulación de descronología. Prácticamente se presenta en el primer capítulo un condensado de casi todas las peripecias, que se anticipan ya: negación de la visa a Pérez, anuncio de la aparici6n de Pascual Jiménez, un personaje gargantuesco por su risa descomunal y su burla de todo, también la escena para otros personajes como la prostituta del Cruce de Guayacanes, Victoria, Hugo Morales.  El recurso del lenguaje común, en este primer capítulo, impide la coagulación de un ejercicio de estilo. Al inicio de frase: «A la franca, Vicente, tengo que irme». Y también el final de ese capítulo: «Verdad que eres comemierda, Beto. Comemierda eres tú, Vicente, a la franca».  Vicente trata de convencer a Beto para que entre al mundo de la publicidad o use mejor su talento.  Es la misma estrategia que usará Monegal con Beto.  Si no fuera porque, luego del suicidio de Pérez, su mujer diferencia a Vicente de Monegal (p. 346 y 347) uno hubiese podido confundir a ambos personajes.  Vicente y Beto fueron dos militantes de izquierda que se dieron por tarea trabajar para la revolución.  Vicente se alejó de esa creencia y siguió el mundo de la publicidad, al igual que Monegal. Pérez persistía, sin mucha convicción, en esta teleología, aun­que su intento final de irse a Estados Unidos prueba su determinación mítica de hacer el viaje purificador del héroe.  El precio que se le exigía era muy alto para su ética política, aunque ya abandonara la militancia.  Por eso Beto es un valor frente a Cuqui, a Pedro La Moa y a todos los que, bocones sin seso, se vendieron por una visa.

Currículum se inscribe contra una ideología de la moral sexual existente. El texto no narra sino que muestra, principalmente a Pérez con Isabel, Miss Ramírez, Julia y los otros personajes femeninos de la ficción, en una intensa actividad sexual. El sentido de los discursos amorosos es irrecuperable para la sociedad (ver final del capítulo XI, Beto y Landa, final del cap. XVII Pérez-Isabel, en el cap. XXXI Pérez-Miss Ramírez, en el cap. XXII el burlón Pascual Jiménez o el hijo de la viuda le traza una estrategia sexual a Pérez si llega a Estados Unidos, cap. XII Pérez-Landa, p. 95-98). Pero también está la escena de seducción de Monegal (menos que la de Vicente) a Elena, la mujer de Pérez (contada por ella misma al agente de la embajada que investiga el suicidio de Pérez (pp. 346-348).  El currículum que Pérez escribe al c6nsul contiene no pocas alusiones a los traumas sexuales.    

Pérez es un personaje hecho de contradicciones. Vicente lo define bien al final de la Encuesta (p. 321), con todos los vicios, pero en la crítica contra la ideología militante de izquierda, él antepone el amor al partido, a la doctrina, frente a la imposibilidad de ser hombre lleno de contradicciones y ser comunista: «¡Podría meterme a comunista de verdad, pe­ro fracasaría, como he fracasado en todos mis planes/ ¿llegaría a creer en Marx, en Engels, en Lenin, en Mao? Podría creer; pero, ¿y la entereza? ¿Y la fuerza de voluntad para la praxis revolucionaria? A la primera buena hembra que me pase por el lado, ¡adiós, Marx! A la segunda, ¡adiós, Engels! A la tercera, ¡adiós, Lenin! Y a la cuarta, ¡adiós, Mao!» (p. 37) Así se expresa Pérez cavilando y analizando el formulario de visa norteamericano en La Cafetera.  ¿Lo resuelve todo el calificativo de pequeño-burgués que le aplican Juan B. y Pedro La Moa con sus esquemas? Si la concepción del amor para el político es un instrumento, seguramente que no hay solución.

Pérez concibe un marxismo que ponga la subjetividad por encima del partido y de la sociedad: «el pensamiento, la presión ejercida sobre el yo por la colectividad, la ideología de un yo hacia los otros con el yo primero y entonces el individualismo: marxismo del Siglo XXI: Lukács imponiéndose con ruidos como pudo imponerse Marcuse sin lograrlo: Mayo del 68» (p. 302).
Pérez revela, como personaje, la situación problemática del intelectual en la sociedad. No es que éste esté por encima de ella, sino que al ser un sujeto crítico su discurso tiene que ser vigilado, cuando no controlado.  Monegal, antiguo ayudante de Pérez en la izquierda, pero feliz empresario, como muchos que abandonaron el partido, se lo recuerda: «¿Crees que con este calvario vas a recobrar tu prestancia revolucionaria? ¡No te quieren, Beto, eres demasiado para ellos! Lo que pasa es que saben que a un tipo como tú no lo van a doblegar. ¡Si hay miles de ejemplos, Beto! ¿A quienes joden en la Unión Soviética? ¡A los artistas, Beto, a los artistas! ¡A los creadores!» (p. 105).

Y es contra la manipulación de un saber, de una inteligencia por parte de los partidos o de los sistemas sociales contra lo cual lucha el intelectual. Luchando contra eso tam­bién lucha en contra de la manipulación que de los otros sujetos hacen las estructuras sociales.  Manipulación que el capítulo IV muestra perfectamente.  Beto Pérez, luego de salir de la cárcel, se enfrenta a un careo con Juan B. y La Moa, quienes tratan de saber si ha delatado al partido y viene como espía: «Y Juan B, mirando con sonrisita y todo a La Moa y La Moa haciendo, así por así, una muequita y una señalita con el dedo índice pasado sobre el cuello ¡zas! ¡Cortado el cuello del intelectual! ¿Y entonces, qué hacer con el cuello en el suelo? —Entonces, ¿no me queda otra alternativa? ¡Ustedes no pueden matarme! —¡Hacemos lo que queramos con la militancia! —¡Eso es un crimen! —Y la explotación de los obreros también» (p. 32). Esta es la razón política del partido contra el militante, no solamente contra el militante intelec­tual. Contra éste también se ejerce la desvalorización de su trabajo, al igual que contra la teoría. Juan B. encrespa a Beto: “¿Y nada de comunicaciones en la guerrilla? —Sabes que históricamente es imposible una guerrilla ahora. — ¿Sí? —¡Sí, Juan B.! ¡Lo sabes bien, muy bien! ¿No acabamos de fracasar? ¿No acabamos de perder a Manolo, a Pipe, a Luisito, a Polo, a todos los demás? ¡No podemos reiniciar nada guerrillero sin antes estudiar las consecuencias del error! —iAh, salió el teórico! —dice Juan B. — ¡Lo que dije, lo que estoy diciendo siempre: con teóricos de mierda no se hace una revolución! —sentenció La Moa.” (p. 33).


La noción de centre en nuestra topografía urbana y capitaleña ha sido desplazada por los acontecimientos políticos, sobre todo a partir de abril del 65.  La noción de aquella unidad céntrica, intelectual y comercial, ha sido destruida.  Ella es hoy una nostalgia.  El narrador interviene: “Pérez sintió que sus ojos se llenaban de algo liquido y se dio cuenta de que estaba llorando. Ahí, en El Conde, estaba un gran pedazo de sí mismo y ahora era refugio, asilo, calvario, no del estilo lumpenesco de antaño, lúmpenes pedidores de cafés y cigarrillos, pero útiles a la hora de la revolución, sino de lúmpenes llenos de vicios y frustraciones, residuos de los malentendidos históricos; lúmpenes pedidores de tragos y fumadores de marihuana.” (p. 59)

En este ghetto condeano la manipulación y la utiliza­ción están siempre al acecho.  Pérez las desarticula y las sitúa a cada paso.  Labor difícil cuando la utilización pequeño-burguesa se reviste de amistad y recuerdos compartidos. Como en el caso de Otilio en La Cafetera: “Y entonces, para Pérez los ojos de Otilio adquirieron de nuevo la dulzura de antes y comprendió que su grasiento amigo sólo deseaba que alguien le acompañara en su guardia, a la espera de la medianoche para salir con la cajera.” (p. 39)

Igualmente Pérez se da cuenta de la utilización que de él quiere hacer su amigo Joaquín que al verlo deambular por El Conde lo llama a compartir su mesa en el Panamericano: “Ven, hombre, siéntate un momentito con nosotros. ¿Sabes quienes están conmigo? ¡Luis y tres hembritas! ¡Hay una para ti!” (p. 40)  Evidentemente Pérez se da cuenta que sobra una muchacha y entiende la manipulación de los “amigos” que le estaban dando tijeras (p. 41). El oportunismo de la pequeña burguesía, sobre todo de aquella que paso por la izquierda, queda también situado por Pérez: "...y recordando a Gabriel en el Catorce con su timidez, con su arrogancia muerta y, dando en el clavo, lo situó, no como el serruchador por antonomasia, sino como el trepador impenitente, con el buscador clásico de las oportunidades.” (p. 80-81).

En el trabajo de transformación de la ideología consumista de la publicidad, Pérez no solamente rechaza las tentaciones de Monegal sino que también Monegal, contradictoriamente, somete a una crítica corrosiva a los escritores que con un pasado de izquierda se integraron al sistema a través de la publicidad.  A Monegal no se le escapa ni el autor de la misma novela en la cual el es personaje: “Ahora es que este negocio se pondrá bueno, Beto.  Es tu oportunidad para entrar en el. Antes de la revolución entro Efraim Castillo. Tu tienes mas talento que el, vales mas que el, a pesar de que ambos son individualistas. Estamos tentando a otros. Rene del Risco, Iván García.  Ellos valen, Beto. Proceden de partidos de izquierda, del teatro. Necesitamos talento." (p. 200).     

Monegal prosigue su dialéctica persuasiva para conquistar a Pérez y le expone otros ejemplos: “...le mencionó la deserción de Castillo hacia la publicidad, sacrificando su talento, su amor a la revolución; le habló del futuro enganche de Rene, de Iván, de Miguel Alfonseca.” (Ibíd.) En esa descronología la respuesta de Pérez es negativa y se produce bastante lejos en la espacialidad del texto: "¡No, Monegal!, deja tus tentaciones para otros: apunta hacia Miguel Alfonseca o Marcio Veloz Maggiolo o Incháustegui Cabral." (p. 302) Este discurso es diferido porque Pérez se lo dirige a Boris, su hijo.

Evidentemente, una lectura como esta es muy esquemática y no da cuenta en una primera exploración de todas las connotaciones de los niveles que hemos escogido. Por ejemplo, en el aspecto de la manipulación no vimos la del poeta sorprendido (que a nuestro entender no es tal sorprendido), no vimos la escena de Paco's y el mozo, así como todas las respuestas de los encuestados con respecto al suicidio de Pérez a fin de mostrar el oportunismo o el interés narcisista anclado en nuestra cultura. No pudimos analizar como en el texto esta trabajada una crítica corrosiva contra los valores y mitos cotidianos de nuestra sociedad, manifestados a través de personajes que todo lo critican, que no hacen nada si no van a sacar un interés, que exhiben un desamor por el trabajo y un placer triste por el placer, que se muestran escépticos de todo, pero llenos de supersticiones, que su concepción y practica del amor conlleva una relación traumática de culpa y una sacralización de la familia. En fin, que aun en los casos extremos de sectarismo y dogmatismo político, sumado a otros rasgos que he descrito anteriormente, hay en los personajes —a pesar de sus revueltas— un profundo deseo de mantener el orden.

Revelando esas manifestaciones de los personajes por y en la escritura novelesca, el ritmo-sentido viene a ser actividad que sitúa y apunta a cambiar las ideologías y los mitos cotidianos de una cultura.  En eso Currículum, a pesar de la caída del ritmo a partir de la redacción del Currículum vitae al cónsul, logra retomar la relación dialógica combinada con descripciones puntuales de acciones de personajes para rematar en esa formidable encuesta que es una especie de reescritura destructora y devoradora del lado oculto que todavía no conocíamos de cada uno de los personajes de la ficción. Aquella Elena, devota y sacrificada esposa, se nos presenta bajo otra luz; Carmen Carolina remata al padre y al hermano, en quien ve una prolongación; el sectarismo de Juan B. y La Moa, la inconsistencia de los compañeros de partido; el opor­tunismo de la junta del Roxy, la miseria social del poeta que vive presto para el ditirambo; Julia, Miss Ramírez y el cuerito del Cruce son paradigmas del solipsismo amoroso producto de la escena traumática; el hijo de la viuda es la burla total contra aquellos que, creyendo ingenuamente en el paraíso, compran una visa para emigrar a Estados Unidos; Vicente, quien junto a Carmen Carolina da la mejor definición de la personalidad de Pérez se nos aparece, al igual que Monegal, como el arquetipo del Tartufo: el hipócrita seductor de la mujer del amigo; Guzmán, arquetipo de menor categoría que_. Monegal, pero no menos crítico y expositor del parasitismo y hasta del chantaje que ejercen aquellos que por haber militado en partidos de izquierda viven picoteando a quien no milita porque entro al mundo del capital: “El picoteo, hoy día, es toda una profesión entre aquellos que especulan con el recuerdo de nuestros días felices” (p. 324), dice Guzmán con ironía y humor. La opinión de Rodríguez revela el sentido común, el humor y el apego al terruño, así como el apego a un modo de vida, pero además muestra ese deseo inconsciente de burlarse de la muerte burlándose del muerto, tan presente en los velatorios: "Buenísimo que le pasara a Pérez por estar de jodón.” (p. 326) El juicio del pintor Oviedo apunta a mostrar dos cosas: la influencia de Pérez sobre el y el reconocimiento y asunción de su trabajo anterior co­mo pintura folklórica, de gift shop, para turistas.  Y en segundo lugar, mostrar lo que ya se ha visto, que todos los personajes no se mueven sino por un interés: "Perdóneme, pero tengo que seguir pintando. De eso es que yo vivo.” (p. 327) Así le dice Oviedo al encuestador.  En Harootian vemos también ese interés, al igual que en la china del restaurant.

Habría que examinar también bajo una óptica más cuidadosa el funcionamiento del personaje Isabel y ligarlo a toda ¡una concepción de la escritura que aparece en la novela, por boca de Pérez y también como practica ficticia dentro de la misma ficción (el cuento y el primer capítulo de una seudo-novela escrita por Pérez, pero en la cual Chabela confunde la ficción con la vida al concluir que ya el suicidio de Pérez estaba inscrito ahí).

Por último, la risa, la ironía, la burla, tienen que ser trabajadas a partir de toda la escritura a fin de ver no solamente la corrosión de una ideología epocal sino también las nuevas formas de reír, de ironizar que pudiera instalar el texto. Y ese trabajo de la risa y la ironía, que aquí le llamamos relajo, en otras partes choteo o cachondeo, es una forma de humor que se inscribe en ese concepto de carnaval que ha sido expuesto por Mijail Baktín estudiando a Rabelais.  La risa, el humor, el relajo y la ironía pueden, orientados contra la seriedad y el orden, iniciar un proceso de transformación de las ideologías de una sociedad.

Habría que analizar también el funcionamiento de los demás significantes que el ritmo, como significante mayor, organiza. Tales la sintaxis y las figuras, las pausas y la entonación, la puntuación (que en Currículum, al igual que nuestra prosa reciente es muy deficiente) y la grafía y la tipografía (uso y funcionamiento de mayúsculas aparentemente sin un semantismo que las justifique), los rasgos fónicos y la red de asociaciones sonoras ligadas a la rítmica del texto (proverbios, juegos de palabras de todo tipo), el vocalismo y el con sonantismo, la prosodia y los esquemas acentuales y rítmicos.  Habría que operar un estudio del fraseo en el texto y su relación con los enunciados breves terminados en preposiciones o conjunciones que indican un sentido no terminado, sino una dirección semántica alusivamente hacia lo que el lector debe descubrir.

De modo que solamente sugerimos aquí orientaciones de lectura para el descubrimiento de nuevos sentidos cada vez que el lector se enfrente al texto, ya que en este trabajo nos hemos centrado principalmente en el aspecto del ritmo-sentido. El tratamiento de los personajes y su funcionamiento en el texto es otro mundo a descubrir y sin embargo casi nada se ha dicho aquí, como tampoco se ha hablado del recurso a otros sistemas de escritura, el joyceano por ejemplo, presente en Currículum con sus latines, sus frases en inglés y francos. O aquella referencia al sistema cortazariano a través de la continua transformación del título de uno de sus libros: todos los fuegos el fuego.                             

Con Currículum tendremos discusión y opiniones encontradas por varios anos.  Es una novela de calidad y ella se viene a sumar a otros textos importantes como Sólo cenizas hallarás, de Pedro Vergés y Biografía difusa de Sombra Castañeda, de Marcio Veloz Maggiolo.  Todas ellas van haciendo la novela que llaman dominicana, que en definitiva no existe ni existirá nunca si pensamos en textos, para desconsuelo de Manuel Mora Serrano, que todavía espera en vano la llegada de la gran novela dominicana.
NOTAS:
1. Editora Taller, Santo Domingo, 1982.
2. L'enjeu de la théorie du rythme, NRF Nos. 330-331, julio-agosto de 1980.
3. Henri Meschonnic, Le langage, le pouvoir, artículo inédito, 1978.